Lo que hace meses explotó en Argentina, Uruguay y Chile ahora tiene su propio capítulo en Europa. Un video grabado en Adra, Almería, muestra a una joven con máscara animal caminando a cuatro patas mientras otra la sostiene con una correa. Las imágenes ya circulan en X y vuelven a encender el debate.
El movimiento therian, nacido en foros de internet en los años 90 como una forma de identidad vinculada a lo animal y derivado del concepto otherkin, no deja de generar revuelo en redes. No se trata de cosplay ni del simple uso de un disfraz: quienes se identifican como therians aseguran que una parte profunda de su identidad es animal y que, en determinados momentos, realizan un “shift”, es decir, permiten que esos instintos predominen por sobre lo humano. En redes, esa práctica física se popularizó como quadrobics.
Ahora, con su llegada a España, la discusión vuelve a dividir aguas. Para algunos es una forma de expresión individual propia de una generación atravesada por redes sociales y búsqueda de pertenencia; para otros, una tendencia que se desbordó cuando salió del nicho digital y ocupó el espacio público.
Qué es el therianismo y en qué se diferencia de otras subculturas
Para entender lo que muestran las imágenes de Almería hay que separar conceptos. El therianismo surge como una derivación del término otherkin, utilizado desde los años 90 en comunidades online para describir a personas que se identificaban espiritualmente con seres no humanos. Con el tiempo, una parte de ese universo comenzó a definirse específicamente como animal: ahí aparecen los therians.
La diferencia con los llamados furries es central. Mientras el furry adopta un personaje animal como forma de expresión estética o cosplay (muchas veces ligado a convenciones y trajes elaborados) el therian sostiene que su identidad es, en algún plano psicológico o espiritual, animal. No se trata de “jugar a ser”, sino de autopercibirse de esa manera.
En redes sociales esta identidad se volvió visible a través del llamado quadrobics: jóvenes que corren, saltan o caminan en cuatro patas usando máscaras o accesorios. Sus propios protagonistas aclaran que no creen tener cuerpo animal ni rechazan su humanidad, pero sí afirman que en ciertos momentos experimentan “shifts”, episodios en los que sienten que predomina esa parte instintiva. Esa exposición pública es la que hoy genera tanto interés como rechazo.
Entre inclusión, burla y límites en el espacio público
La expansión del therianismo fuera del nicho digital cambió el tono de la conversación. Lo que durante años fue intercambio en foros o contenido aislado en redes pasó a ocupar plazas, calles y ahora incluso supermercados, como muestra el video de la joven entrando a un Lidl. Y cuando la identidad se vuelve escena pública, la reacción también se amplifica.
En Argentina ya se vio ese recorrido: primero curiosidad y memes, después debates mediáticos y, finalmente, episodios más ásperos que incluyeron denuncias y discusiones sobre discriminación y responsabilidad. Psicólogos consultados en distintas notas señalaron que identificarse como therian no constituye en sí mismo un trastorno, pero que el foco debe ponerse en si esa identidad genera bienestar o interfiere con la vida cotidiana y con terceros.
Ahí aparece el punto más delicado. Cada persona puede autopercibirse como quiera, pero el espacio público impone reglas compartidas. Para algunos, la escena de Almería es simplemente una forma de expresión juvenil; para otros, es una muestra de que la tendencia cruzó un límite cuando salió del ámbito digital y comenzó a afectar a quienes no forman parte de esa comunidad. Con su llegada a España, el debate recién empieza.
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