El diario Clarín, en su obsesión con AFA, Claudio Tapia y Pablo Toviggino, mencionó que un helicóptero utilizado por quienes viajaban hacia / desde la chacra en Pilar (PBA), inmueble inicio de una causa judicial a Matías Yofe -el informante de Clarín- era de Luis Alberto Gold, hijo de Roberto Gold y cuñado de Hugo Sigman.
EL ORIGEN DEL DINERO
Historias que vuelven (1): Roberto Gold y el Partido Comunista, antes de Hugo Sigman
Ante las preguntas de por qué Roberto Gold era la clave del 'mundo Hugo Sigman', aquí la respuesta: Partido Comunista Argentino.
Urgente24 siempre sostuvo que la clave de ese entramado familiar nunca fue Sigman sino el fallecido Roberto Gold, y esto provocó preguntas de lectores. En algún momento ellos deberían recorrer las librerías de textos fuera de circulación y leer 'El Oro de Moscú', de Isidoro Gilbert, un periodista muy importante que tuvo la Argentina, conocedor de muchos secretos locales de los días de la Guerra Fría.
La URSS financiaba al Partido Comunista Argentino, y la administración de ese dinero es el origen de varios emprendimientos importantes.
El relato de Gilbert -conocedor de primera mano de todo lo referente a la historia del PC criollo cuando existía la URSS- remite a Roberto Gold, tesorero del PC, quien gestionaba empresas que, tras la caída de la URSS, quedaron bajo su control, base de los recursos que, muy bien administrados, obviamente, fueron la base del imperio farmacéutico Insud Pharma.
Su hija, Silvia Gold, es la mujer de Hugo Sigman.
Antonio D'Eramo escribió tiempo atrás en Noticias Argentinas:
"(...) A pesar que en sus comienzos en la industria farmacéutica, apadrinado por su suegro, Roberto Gold, uno de los empresarios simpatizantes del Partido Comunista Argentino, citado por el periodista Isidoro Gilbert en su libro 'El Oro de Moscú', era un defensor de la desregulación farmacéutica e importó durante años componentes genéricos en el país, en la actualidad intenta detener como sea la avanzada del gobierno de Javier Milei que intenta bajar los precios a como de lugar y si es necesario abriendo la importación de medicamentos para consumo humano del laboratorio del mundo que es la India y de fármacos de uso veterinario de Brasil. (…)".
El préstamo de Gold
El relato de Juan Pablo Carranza en Redacción Mayo:
"Hugo Sigman es un médico psiquiatra recibido de la Universidad de Buenos Aires (UBA), psicólogo social de la escuela de Enrique Pichón Riviere, que simpatizó con el Partido Comunista Argentino, estuvo exiliado en los años '70; y con el respaldo de los Gold devino en empresario farmacéutico.
Después de rechazarla varias veces, aceptó la oferta de su suegro de participar en la industria farmacéutica. Un año después de su llegada a España fundó junto a Gold el grupo Chemo para la comercialización de fármacos, apalancado por las compras de la firma Chemotécnica Sintyal propiedad de la familia Gold.
Con un significativo préstamo de US$ 400.000 que le dio su suegro -con intereses y garantía a tasa familiar-, Sigman y su esposa montaron la empresa que sería la piedra basal del Grupo Insud: Chema. Sigman se encarga de repetir siempre que devolvió cada peso de aquel crédito. Pero además de dinero, Roberto Gold le dio un capital invaluable: su networking, su red de contactos.
“Yo me apropié del prestigio internacional que él tenía para conseguir financiación. Si eres un desconocido, ¿por qué te van a financiar? Máxime cuando yo no tenía capital ni tenía nada. Por supuesto, después devolví todo el dinero. Pero, sin esa generosidad, hubiera sido muy difícil poder hacer el emprendimiento”, dice Sigman en 'Los que dejan huellas', el libro de la consultora KPMG, uno de los principales estudios de asesorías financieras y jurídicas a nivel mundial. (…)".
Jacobo Timerman y un relato inolvidable
Quintín siempre fue el seudónimo de Eduardo Antín -fundador de la revista El Amante, director del Bafici y árbitro de fútbol-, que publicó algunos textos notables en la revista Seul. El fragmento de uno de ellos es apropiado para cerrar este texto:
"(…) Es posible que la crisis del 2001 creara la necesidad de pertenecer a una comunidad políticamente menos amorfa, más radicalizada. Y también que haya quienes en esos años trabajaron, silenciosa y efectivamente, para articular esa necesidad.
A juzgar por la evolución de varios de sus miembros, en Tres Puntos pasaba algo de eso o, al menos, estaba latente. Algo tan poderoso como para que Héctor Timerman, un gran admirador de los Estados Unidos que practicaba el ritual judío del tefilín en medio de la redacción (un espectáculo que a mí, nieto de una judía que se negaba a pasar por la puerta de la sinagoga del barrio porque odiaba la religión, me dejaba completamente alucinado) terminara negociando secretamente un pacto con Irán y cortando con un alicate gigante los candados de una valija diplomática americana.
Apoltronado en mi escritorio, nada veía yo de todo eso que vendría, aunque tal vez debí percibir entonces algunas señales, tanto en la revista como fuera de ella. No sé si la presencia habitual en la redacción de Eugenio Zaffaroni era un indicio de algo, pero me viene a la memoria un recuerdo puntual. Gustavo Sierra, experimentado redactor de política internacional al que trajeron especialmente de Estados Unidos, me contó que un día fue a entrevistar a un integrante de la agrupación HIJOS y que, para su sorpresa, el joven reporteado buscaba el asentimiento de un supervisor ideológico para contestar cada pregunta. Fue una señal velada, confusa, de que en esos años algo se armaba bajo la superficie.
A Sierra lo despidieron bastante rápido, fue parte de la primera purga de redactores cuando llegó Lejtman (yo entré en la tercera o la cuarta), y por entonces me contó otra cosa: que un día le apareció un personaje enviado por el dueño de la revista para controlarlo en su tarea, un episodio altamente ofensivo. El emisario seguía pensando como un cuadro del PC de treinta años atrás, especialmente en relación a Cuba. No me había dado cuenta de que en Tres Puntos se desaconsejaba criticar a Cuba, donde Hugo Sigman hacía negocios y con cuyos líderes tenía una muy buena relación, además de una gran afinidad ideológica.
Entré en Tres Puntos sin haber quién era Sigman, sin conocer siquiera su nombre. Cuando Timerman y Claudia Acuña me convocaron para trabajar, me hablaron de una publicación ambiciosa, de un periodismo independiente, culto y bien pago. Y me comentaron que Jacobo Timerman, con su experiencia y su audacia como creador de medios, iba a ser una especie de padrino de la revista. Un tiempo después, le pregunté a Héctor Timerman de quién era Tres Puntos. Me contestó que era suya y de un socio financiero, pero no dio más datos. Cuando la revista estaba por salir, los redactores fuimos convocados individualmente a tomar el té con Jacobo al Hotel Alvear, lugar en el que residía.
En algún momento surgió el tema del socio financiero y Jacobo, pensando que le preguntaba por la solvencia de la editorial, me contestó: “No se preocupe por eso. Sigman tiene plata como para pagar la deuda externa”. Lo tomé como una exageración. Poco más tarde, cuando la revista cumplió un mes en la calle, el aniversario se celebró en una cena a la que asistió Sigman, pero sin que quedara claro quién era. Lo recuerdo como a un tipo colorado, de bigotes, con cierto aire tímido y la sensación de no estar del todo cómodo.
Mi abuelo consideraba que vender un producto más de un 10% por arriba de lo que le había costado era un acto usurario. Fue pobre toda la vida, pero en mi casa había una sensación de que lo mejor en la vida era ser independiente.
(...) Nos vemos poco con mi prima, que anda siempre por el mundo visitando hijos y nietos, pero cuando yo trabajaba en Tres Puntos, siempre me decía que los dos éramos empleados de Sielecki y yo le preguntaba quién era Sielecki. Me contestaba que Sielecki era el suegro de Héctor Timerman. Mi prima decía que Sigman, cuyo nombre casi no le sonaba, debía ser, en todo caso, un socio minoritario de la revista.
Pero se equivocaba. Con los años el hombre que según Jacobo podía pagar la deuda externa pero era un don nadie para mi prima, empezó a ser conocido, así como la diversidad de sus negocios y de sus intereses que van desde la agricultura a la producción de cine, de sus contactos con el poder a sus preferencias políticas, siempre cercanas a las de su juventud.
El oro de Moscú
Sigman había sido psiquiatra en el Policlínico de Lanús, cuyo servicio dirigía mi pariente Mauricio Goldenberg (...), pero también era un miembro del PC relacionado por matrimonio con los Gold, otra gran familia de la industria farmacéutica y socio de Sielecki en algunos laboratorios. Con una particularidad: Roberto Gold, así como Samuel Sivak, José Ber Gelbard y Ernesto Paenza, entre otros, integraban “el directorio”, un conjunto de empresarios que sostenía el Partido Comunista, en parte con fondos provenientes de sus negocios con los países de la órbita soviética.
No sé si hay muchos países en los que el Partido Comunista, a través de algunos de sus miembros, fuera dueño de empresas tan importantes. Tampoco sé si en otros países el corazón de la industria farmacéutica está en manos de un conglomerado de familias que ejercen una influencia notable en las políticas públicas.
Pero más adelante, la presencia de Sigman empezó a ser manifiesta. Aunque las batallas que con él libraban Timerman, Acuña y Gabriela Cerruti (la otra secretaria de redacción, cuya transformación posterior también me sorprendió mucho) no trascendían demasiado, Sigman empezó a presionar a quienes gestionaban la revista exigiendo resultados en las ventas. Ante la necesidad de hacer un periodismo espectacular, Cerruti entrevistó a Astiz y transcribió, aparentemente, lo que el energúmeno marino le había dicho en off, sin tener un respaldo grabado de sus declaraciones.
Nunca entendí qué justificación podía tener eso desde alguna pauta ética, aunque la nota, obtenida mediante un ardid de alguien cercano a Menem, fue considerada un éxito por mis compañeros. De todos modos, los números siguieron bajando y la pelea duró un año, hasta que el trío original fue despedido y comenzaron los cambios en la dirección y en la redacción, sin demasiados resultados.
Yo seguí en mi frasco dos años más, sin prever lo que vendría después ni entender en qué consistía el periodismo, aunque me daba cuenta de que iba camino de ser un oficio muy mal pago y poco más que una polea de transmisión de los deseos del poder. Una vez, Sigman me llamó y me ofreció comprarnos El Amante, pero la oferta era inaceptable. Terminé defendiendo a algunos de los despedidos de entonces. En algún momento, la discusión subió de tono y lo acusé de practicar el terror sobre la redacción, atemorizándola con sus exigencias. Aunque enseguida se desdijo a medias, contestó: “A veces, el terror es necesario”.
Yo seguí en mi frasco sin prever lo que vendría después ni entender en qué consistía el periodismo, aunque me daba cuenta de que iba camino de ser un oficio muy mal pago y poco más que una polea de transmisión de los deseos del poder.
Unos meses antes había tenido una experiencia positiva. A un siglo de la Revolución Rusa, Ricardo Ibarlucía, el responsable de cultura, me mandó a hacerle una entrevista al escritor Andrés Rivera, que había sido comunista. La idea era que contara un poco su experiencia como militante. Rivera se llamaba Marcos Ribak, era hijo de comunistas judíos emigrados y trabajó como obrero textil en San Martín mientras militaba en el PC, del cual fue expulsado en 1964, como todos los que tenían disidencias con la línea que llegaba de Moscú. Tuvimos una conversación muy agradable (Rivera era un gran cinéfilo y, de algún modo, nos sentíamos parte de una misma familia). En determinado momento le pregunté por qué se había separado del Partido. Me contestó que se fue dando cuenta de que sus superiores en el Partido eran los mismos burgueses, dueños de las fábricas en las que explotaban a los obreros y que usaban al Partido para beneficiarse.
La charla con Rivera fue uno de esos momentos en los que en mí se manifestaba algo que venía de adentro, uno de esos atavismos de los que hablé el domingo pasado. Fue la única nota que escribí y no se publicó. Después tendría otro arranque atávico que fue el definitivo. Dos años más tarde, mi posición en la revista era marginal. Estaba tranquilo allí, ganaba relativamente bien aunque me aburría bastante, hasta que un día un compañero me pidió que le saliera de testigo en un juicio de despido contra la empresa. Acepté e inmediatamente me despidieron a mí. Sabía que esas eran las reglas pero esta no es solo una nota sobre mi falta de lucidez. (...)."
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