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DISTANCIAMIENTO

Extrañamos los abrazos y eso tiene su explicación científica

Los abrazos son fundamentales para el desarrollo en la infancia. En los adultos contribuyen a la salud mental, a controlar el estrés y a reducir la inflamación.

No poder ver, tocar ni dar abrazos a los seres queridos debido a los protocolos de distanciamiento social por la COVID-19, ha afectado la salud mental de muchas personas. Algunos se han sentido solos, han anhelado el contacto físico y extrañaron la calidez de otras manos.

Por este motivo, algunos países permitieron los abrazos a través de un plástico, que protegería a los más vulnerables de un eventual contagio. Sin embargo, no ha sido así en todas partes, ni tampoco suficiente.

La experta en Comunicación, Kory Floyd, estudió la comunicación afectiva durante décadas y en la pandemia ha centrado sus análisis en las nuevas formas de afectividad. Publicó hace pocos días un artículo en The Conversation que resume sus conclusiones más importantes.

La científica considera que la comunicación afectiva se presenta de muchas formas y no todas han sido limitadas por la pandemia.

Incluso con el distanciamiento social, la gente todavía puede decir "te amo", puede compartir mensajes de texto y publicaciones en las redes sociales, y gracias a plataformas como Zoom y Skype se pueden las caras y escuchar las voces de los demás.

Pero la única experiencia que no se ha podido facilitar, es el tacto. Los abuelos no pueden abrazar a sus nietos, besar a sus amigos o tomar la mano de un ser querido en sus últimos días.

Esta deficiencia tiene un nombre y es el “hambre de contacto”, un término coloquial para lo que los científicos sociales llaman “privación del afecto”, un estado en el que las personas quieren o necesitan más afecto del que reciben.

Hambre de abrazos y de contacto físico

Al igual que el hambre normal de comida, el hambre de contacto físico sirve como una alerta de que falta algo importante. En este caso, falta la sensación de seguridad, de intimidad y de cuidado.

A medida que las personas se han adherido a las reglas de distanciamiento, muchos han descubierto una nueva sensación en la privación del afecto.

La psicóloga Ruth Feldman ha demostrado que el tacto es fundamental para el desarrollo físico y cognitivo saludable desde la infancia. Durante la adultez, el contacto afectivo contribuye tanto a la salud mental como a la capacidad del cuerpo para controlar el estrés y reducir la inflamación.

Entre los ancianos, el contacto físico puede mejorar la sensación calma y la capacidad de respuesta de quienes padecen demencia.

El tacto es tan poderoso que incluso imaginarlo puede reducir el estrés y el dolor. Es comprensible, entonces, que cuando las personas se sienten privadas del contacto se deteriore su bienestar.

En épocas pre pandemia, la falta de afecto se asociaba a más estrés, ansiedad y soledad, menos calidad de sueño, menos sensación de satisfacción y de cercanía en las relaciones románticas.

Si a esta situación se le agregan las restricciones de distanciamiento como medida preventiva de la COVID-19, cobra mayor sentido el por qué tantos están sufriendo.

De hecho, la investigación ha demostrado que los beneficios de la interacción afectiva, incluido el tacto, se potencian durante las experiencias de angustia.

Los abrazos reducen el grado en que las situaciones estresantes elevan la presión arterial y la frecuencia cardíaca, y hasta protegen al cuerpo contra el estrés de una exposición viral.

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Más allá del contacto físico y los abrazos, la comunicación afectiva se presenta de muchas formas y no todas han sido limitadas por las medidas de distanciamiento.

Más allá del contacto físico y los abrazos, la comunicación afectiva se presenta de muchas formas y no todas han sido limitadas por las medidas de distanciamiento.

¿Qué hacer frente a la falta de abrazos por la pandemia?

En primer lugar, Floyd advierte que no todo el mundo necesita la misma cantidad de cariño, de la misma manera que todo el mundo no necesita la misma cantidad de comida o de horas de sueño.

De hecho, el contacto físico puede resultar incómodo para quienes padecen afecciones físicas, como artritis reumatoide, o afecciones de salud mental, como el trastorno del espectro autista. Lo mismo para personas que han sido traumatizadas o abusadas sexualmente.

Sin embargo, para aquellos a quienes les faltan los abrazos y el contacto físico en tiempos de distanciamiento, la investigación sugiere algunos sustitutos:

  • Compartir el afecto con una mascota tiene beneficios para aliviar el estrés
  • El automasaje, en las manos o el cuello, puede tener efectos calmantes y analgésicos
  • Abrazar una almohada reduce la experiencia de estrés del cerebro.

Todos estos sustitutos, aunque insuficientes, sin duda pueden ayudar a las personas con “hambre de contacto” hasta que la COVID-19 y el distanciamiento sean solo un recuerdo.