Desde que Joseph Biden y Kamala Harris ganaron las elecciones, el equipo de transición entre administraciones trabaja una estrategia energética y de medioambiente que
convierta las ideas en un conjunto de políticas coherentes capaces de cumplir las promesas de campaña.
CAMBIO CLIMÁTICO
La administración Biden-Harris frente una misión difícil pero no imposible
A contramano de las propuestas Donald Trump, Joseph Biden y Kamala Harris, deberán armarse de paciencia e ingenio para cumplir sus promesas electorales de trabajar en favor de frenar un cambio climático que toca a todas las regiones del planeta. En esa línea, los equipos, buscan modificar una estrategia hasta el momento favorable a las corporaciones petroleras y sus derivados, sin que ellas activen el aceitado lobby que las caracteriza.
La intención de unirse al Acuerdo de París, dentro del marco de la Convención de la ONU sobre el Cambio Climático implica el compromiso de reducir considerablemente la emisión de gases de efecto invernadero. En ese marco de gestiones en silencio la nueva administración se verá obligada a tomar una decisión en materia impositiva si quiere combatir el cambio climático.
Cumplir con el objetivo supone una profunda revisión de la matriz energética de su país. Una trayectoria en ese camino sería instrumentar el impuesto al carbón, la lógica de la propuesta es bastante lineal, el problema esta en su implementación.
El equilibrio pasará por el precio de los combustibles con alto contenido de carbono-como el petróleo- y sus derivados para cambiar los patrones de consumo de la población. Esto es, inducir a comprar otros productos mediante el aumento del valores en aquellos que necesitan al carbón como insumo. Para lograr el impacto deseado, el impuesto debe fijarse directo en la fuente; el puerto de entrada, el pozo, o la mina. El costo, por tanto, se trasladará a la vida cotidiana de los norteamericanos.
En este sentido, Federico G. Dall’Ongaro, Prof. Relaciones Internacionales (USAL) entiende que "la conversión de la idea en una política pública deberá tener en cuenta a todos los involucrados en este escenario. Están las grandes empresas-y sus lobbys- del rubro, el gobierno y sus distintas instancias burocráticas, y la población. Las compañías de la industria petrolífera norteamericana-de la cual forman parte las enormes Chevron, ExxonMobil, y Conoco Phillips miran con confianza los tiempos venideros. Esperan que los cambios en el área energética sean moderados, un “optimismo prudente” para llamarlo de alguna forma. Su tranquilidad no reside en el probable comportamiento mesurado del futuro presidente, sino en el propio funcionamiento de la democracia norteamericana.
Dall’Ongaro, explica que los empresarios confían que un Senado con mayor representación republicana actuará como freno de las propuestas más radicales. Cuánto tiempo dudará este optimismo es muy difícil de saber, pero dependerá en gran medida de lo que suceda al interior del Partido Demócrata.
Biden deberá ser cauteloso en la gestión de las fuerzas internas de su partido. Para cumplir con sus ambiciosos objetivos, deberá contener las posturas más liberales de su espacio-aquellos que reclaman políticas más radicales para abordar el cambio climático- para que no resulten disruptivas de la nueva relación entre el flamante gobierno y el sector energético. Además, tendrá que prestar atención al probable surgimiento de grupos de presión conformados por entidades científicas, cuyos estudios y predicciones podrían ser funcionales a los intereses económicos de empresas dedicadas a la energía limpia.
Finalmente, el Profesor de Relaciones internacionales, señala que las industrias del carbón y petrolífera emplean a millones de personas. Cuentan con personal altamente calificado y especializado. A lo largo de los años produjeron conocimiento que se incorporó como “Know How”, algo nada fácil de lograr. Familias enteras, compromisos en deuda, e inversiones, dependen de conservar trabajo.
En un año de pandemia, que afectó incluso a una de las economías más grandes del mundo, es necesario la conservación del empleo. Una política pública agresiva hacia éstas empresas, podría ser muy perjudicial para la población norteamericana, repercutiendo luego negativamente en la imagen del Presidente Biden.
Es un trabajo de equilibrio, pero fundamentalmente de generar consensos. ¿Podrán Biden y Harris lograrlo? Es difícil saberlo en este momento, pero la política es el arte de lo posible, no de lo probable. Concluye el especialista de la Universidad del Salvador.










