El mercado cambiario volvió a ofrecer una postal llamativa en la mitad de la última semana de enero. Con la rueda aún abierta, los distintos dólares muestran movimientos acotados, leves bajas en los paralelos y una calma que contrasta con los picos de tensión registrados durante el segundo semestre del año pasado.
Detrás de esa aparente quietud se esconde un proceso más profundo de reacomodamiento de portafolios que explica por qué el interés volvió a girar hacia los instrumentos en pesos.
Cómo están los dólares hoy (28/1)
El dólar blue retrocede 0,3% y se mueve en torno a los $1.485 para la venta, mientras que el MEP cede 0,2% y opera cerca de los $1.462. El contado con liquidación (CCL) muestra un leve avance del 0,2% hasta los $1.507, aunque sin volumen ni señales de estrés.
El dólar oficial mayorista se mantiene prácticamente estable, con microajustes que responden más al esquema de administración diaria que a presiones de fondo.
En paralelo, el dólar cripto acompaña con una suba marginal y el dólar tarjeta permanece sin cambios relevantes, reflejando un mercado que dejó atrás la urgencia por cubrirse.
¿Qué está pasando con los dólares?
Según el asesor financiero Félix Marenco, de Cocos Capital, el comportamiento actual no puede entenderse sin mirar lo ocurrido entre julio y octubre. En ese período, la economía argentina atravesó un proceso de sobredolarización muy marcado, impulsado por el miedo electoral, la incertidumbre política y la falta de visibilidad sobre el rumbo macroeconómico.
Los números confirman ese diagnóstico. El ratio de dolarización y cobertura cambiaria respecto del M2 saltó desde niveles cercanos al 15–20% hasta picos del 45–50% hacia octubre, un valor históricamente elevado. En la práctica, casi la mitad de los pesos transaccionales del sistema estaban directa o indirectamente vinculados al dólar, ya sea vía billetes, instrumentos financieros dolarizados o coberturas cambiarias.
Ese escenario empezó a cambiar con el cierre del capítulo electoral y un marco macroeconómico más previsible en el corto plazo. Sin grandes sobresaltos políticos y con un esquema monetario que sostiene tasas reales positivas, el incentivo a permanecer completamente dolarizado comenzó a diluirse.
En este nuevo contexto aparecen dos flujos bien definidos. Por un lado, un flujo vendedor de dólares financieros de inversores que habían acumulado divisas como resguardo y ahora desarman posiciones para aprovechar el carry en moneda local. Por otro, un componente más estructural y menos financiero, vinculado a la necesidad de liquidez.
Parte de ese stock de dólares se liquida para financiar consumo y gastos corrientes, en un escenario donde los ingresos reales siguen ajustados y la economía aún no termina de recomponer el poder adquisitivo.
Menor incertidumbre política, tasas en pesos que superan a la inflación y una economía que había llevado la dolarización a niveles extremos respecto del M2 generan un reacomodamiento natural de portafolios. No se trata de una señal de atraso cambiario ni de una intervención extraordinaria, sino de una corrección esperable luego de meses de cobertura defensiva.
El impacto ya se siente en la operatoria diaria y la demanda de dólares se enfría, los volúmenes se moderan y, en paralelo, crece el interés por fondos comunes de inversión en pesos, Lecap, instrumentos a tasa fija y opciones de corto plazo que permiten capturar rendimientos reales positivos sin asumir riesgo cambiario.
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