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ARGENTINA 2023

La pesadilla de la izquierda demagógica llega a su final

La izquierda demagógica no tiene opciones en las elecciones 2023. Todas las opciones, en la peor crisis argentina, van del centro hacia la derecha.

Sorprende para bien la presentación de Horacio Rodríguez Larreta ante el 'círculo rojo' que reunió Eduardo Elsztain en San Carlos de Bariloche (Río Negro), tan similar a lo que intenta concretar el ministro Sergio Massa, pese al presidente Alberto Fernández y a la izquierda demagógica del Frente de Todos y adyacencias. El futuro de la Argentina es del centro hacia la derecha, inclusive considerando las otras opciones electorales: Patricia Bullrich y Javier Milei.

La centroizquierda y la izquierda-izquierda no tienen opciones con posibilidades en 2023. La larga noche ha terminado. La centroizquierda y la izquierda-izquierda no tienen opciones con posibilidades en 2023. La larga noche ha terminado.

Del centro a la derecha tendrán que reconstruir la Argentina, atosigada -diría María Estela Martínez de Perón, aquella gobernante abandonada por la democracia en general y el peronismo en particular- de conceptos equivocados, cargada de generaciones que no han conocido trabajo sino que vivieron / viven dependiendo de una asistencia social que en muchos casos es insuficiente aún cuando es dispendiosa para los contribuyentes, y en cualquier caso es indigna.

La hora de las reformas estructurales era 1995, la 2da. presidencia de Carlos Menem, quien sin embargo decidió dilatar todo porque temía perder el apoyo de los gobernadores, que miraban hacia Eduardo Duhalde. 'No le dio el cuero', habría dicho Alejandro Lanusse. Y quienes llegaron después dijeron que reformas estructurales eran sinónimo de Fondo Monetario Internacional y el organismo multilateral del que participa la Argentina, es malo. Una estupidez enorme porque no sólo la Argentina sigue integrando el FMI sino que le solicita ayuda en cada ocasión que la impericia propia la ubica en zona de riesgo.

La verdad es que hasta Sergio Massa, ningún político argentino en el gobierno de turno, reivindicó el vínculo con el FMI y los consejos del organismo multilateral, que son muy convenientes para cualquier sociedad capitalista.

Habrá que reconocer que Massa ha instalado criterios de 'nueva normalidad' en medio de la terrible crisis que provocó el propio Frente de Todos en el poder.

Massa, Rodríguez Larreta, Bullrich y Milei están prometiendo una Argentina alejada de la demagogia de la izquierda que ha reivindicado el kirchnerismo en su versión La Cámpora, y sus aliados que llegan hasta la orilla del Polo Obrero.

Y eso debería introducir optimismo y no desazón acerca del futuro argentino. En este contexto, el riesgo-país debería bajar y la cotización de los bonos públicos debería subir. Es inevitable: el ciclo de la izquierda ha llegado a su final y quienes llegan no ocultan -a diferencia de Mauricio Macri en 2015- que tienen reivindicaciones y comprensiones bien diferentes, todas del centro hacia la derecha.

Pero sucede algo más importante aún. Entre quienes llegan hay posibilidades de negociar y alcanzar consensos. La Argentina no puede subsistir sin políticas de Estado. Precisa de una agenda más allá de la coyuntura electoral. Entre Rodríguez Larreta, Massa, Gerardo Morales, Martín Lousteau y varios más hay coincidencias posibles.

Junto al final de la izquierda demagógica en el poder también finaliza, probablemente, el ciclo de 'la Grieta' como eje del debate político argentino, una perversión que ha multiplicado los errores y las desgracias.

En una República de las características de la Argentina es imposible gobernar sin consensos, y en el ciclo que llega es más fácil que suceda aún cuando los siempre retardatarios 'mercados' no lo han comprendido. Los 'mercados' trabajan sobre calificaciones establecidas en base al ayer pero no al mañana.

Por ese motivo no entendieron que Macri contaba con menos electores dispuestos que Cristina Fernández de Kirchner, quien no podría ganar un comicio presidencial (y el reclamo de los suyos para que se presente como candidata a senadora nacional es sólo a los efectos del sacrificio que reclaman para que ellos puedan mantener sus privilegios del presente).

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Una historia

Quien primero 'coqueteó' con lo que consideró ' la izquierda peronista' fue Eduardo Duhalde, más allá de sus comisarios e intendentes corruptos (desde 'la mejor policía del mundo' al Fondo de Reparación Histórica). En parte porque él pretendía generar el contraste con Carlos Menem, quien lo había humillado; en parte porque quería atraer a la burguesía prebendaria nacional que empujaba la pesificación asimétrica para estafar a sus acreedores y a los ahorristas en dólares, Duhalde creó las condiciones para que, más tarde, Néstor Kirchner introdujera una versión más populista de similar sesgo demagógico.

Kirchner era minoría en el Partido Justicialista y, entonces, para construir poder inició un giro hacia la izquierda, a través de las organizaciones de derechos humanos y los okupacalles, a quienes convirtió en 'luchadores sociales'; y luego les sumó ciertas minorías socioculturales -comienzo del imperio LGBTQ+ y los 'pañuelos verdes', con los que por entonces no comulgaba Cristina Fernández de Kirchner, más conservadora y menos oportunista que Néstor en cuanto a las 'costumbres argentinas'.

Giró la Argentina. No sólo giró el peronismo. De la Argentina de los años '90 apenas quedó

  • la moderna carretera de telecomunicaciones,
  • una red eléctrica que era mejor que la recibida de Segba,
  • una insuficiente pero más eficiente estructura de agua potable y cloacas que la recibida de Obras Sanitarias de la Nación y
  • una considerable cañería que debía crecer de Metrogas, GasBan, etc.
  • También una informatizada Administración Federal de Ingresos Públicos (Afip) con el costo cultural ya pago de que había que tributar en tiempo y forma.

Pero ni siquiera la actualización tarifaria permitió Néstor K porque había que comprar al electorado del AMBA (Área Metropolitana Buenos Aires), con tarifas baratas para un servicio que todavía era más o menos eficiente.

En tanto, sucedían catástrofes culturales. La reivindicación del incumplimiento de obligaciones financieras externas -default- no fue lo peor. Mucho más grave fue la instalación de que el gasto público podía ser flexible y que la inflación resultaba hasta benigna. Y esto ocurrió en un país que 1 década antes había padecido 2 hiperinflaciones pero no había comprendido la beneficiosa estabilidad de precios en días de la Convertibilidad. Sólo había rescatado su capítulo más anecdótico, el 1 a 1.

Los opositores no se atrevieron a dar la batalla imprescindible; nació la UCR K, que se propuso cogobernar con CFK en 2007. Ella prometía -y viajó a España a jurárselo al monarca que hoy es emérito- que mejoraría el vínculo con los empresarios, en especial YPF y Aerolíneas Argentinas, que ya Presidenta expropió, con un considerable apoyo de la opinión pública. Grupo Clarín era oficialista... hasta la pelea con Néstor K por Telecom Argentina, que coincidió con la disputa agropecuaria por la Resolución 125, y derivó en la Ley de Medios.

Néstor Kirchner perdió en Provincia de Buenos Aires en 2009 aún cuando el peronismo ganó en la mayoría de las otras provincias, y él se dirigía a una derrota electoral 2011 pero murió y

  • sobre el marketing del luto,
  • los recursos de la jubilación privada expropiada y
  • los festejos del Bicentenario,

CFK construyó su apabullante victoria del 54,11%, que le permitió consolidar y hasta profundizar la propuesta de la izquierda demagógica, que trastabilló en 2013, cuando Sergio Massa se declaró rebelde y Mauricio Macri le sumó el apoyo en PBA porque el PRO todavía era vecinal.

En la carrera hacia 2015, Macri demostró mejor comprensión que Massa del proceso histórico, sumó a Elisa Carrió y al incompetente Ernesto Sanz, por entonces jefe de la UCR que ya no era K. Pero él ganó gracias a Massa, paradójicamente: los 20 puntos de Felipe Solá en PBA le permitieron el triunfo a María Eugenia Vidal aún cuando el marketing del PRO intentó concederle sólo a ella un triunfo que no fue sólo de ella y por eso cogobernó con el Frente Renovador hasta 2017, cuando se hizo aliada de Martín Insaurralde.

El problema siguió siendo cultural: Jaime Durán Barba convenció a Mauricio Macri -sin mucho esfuerzo- que había que ser 'progresista' porque 'conservador' era mala palabra. En el diccionario del PRO no sólo se aceptó que los 'detenidos-desaparecidos' eran 30.000 (¡...!) sino se estigmatizó el concepto 'ajuste' y se banalizaron y postergaron las reformas estructurales necesarias porque, en vez de reforzar su acuerdo poselectoral con el Frente Renovador, Macri lo repudió, perdiendo votos fundamentales en el Congreso.

La mejora de la economía no ocurrió y, desesperado, Macri / Durán Barba reinventaron 'la Grieta' para los comicios 2017, acontecimiento que CFK se lo devolvió con su 'renunciamiento histórico' de 2019, que le regresó la Casa Rosada al peronismo/Frente de Todos.

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Pero el triunfo no le habilitó la gobernabilidad, y así ocurre el drama del kirchnerismo 2023: participa del gobierno pero no tiene el poder, puede ufanarse que gestiona diversas 'cajas' que Máximo Kirchner logró arrebatar pero no influye en las decisiones ni es una opción electoral dentro del Frente de Todos.

La Cámpora sólo puede esconderse detrás de Sergio Massa aún cuando tiene muy poco para compartir con la propuesta del Frente Renovador, mientras el Partido Justicialista desfallece con Alberto Fernández presidente del Consejo Nacional.

Es cierto que CFK sigue liderando el Movimiento Peronista, que trasciende a lo institucional del PJ, pero no le alcanza, tal como sucedió en 2015 (no fue Daniel Scioli quien perdió, sino ella) y en 2019 (no fue ella quien ganó sino el maquillaje aportado por Alberto Fernández y Sergio Massa).

En verdad, el kirchnerismo como opción de poder se terminó con la derrota de 2013. Pero en 2023 ya es inocultable. Las ruinas de la Argentina de la izquierda demagógica se encuentran a la vista de todos, al igual que la confusión avergonzada de Macri.

Hay motivos para el optimismo y para retomar las asignaturas pendientes. Hay mucha tarea por delante, más allá de los nombres y las marcas partidarias.

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