En más de 200 años de historia, el Emirato Nazarí de Granada es el último estado musulmán que, actualmente, se mantiene en España y se extendía desde Sevilla, al oeste, hasta Vera, al este, y al sur, desde Córdoba hasta el estrecho de Gibraltar. Granada, declaró un viajero egipcio, era “una de las ciudades más grandes y hermosas de Occidente”.
Pero el emirato estaba en apuros. “El suelo es pobre para… cereales y poco apto para… hortalizas”, escribió Ibn Jaldún. Los alimentos se importaban del Magreb, principalmente por comerciantes genoveses. Los impuestos eran tres veces más altos que en la Castilla cristiana. Aun así, la conquista tardó una década.
Fundación y resistencia del Emirato de Granada por más de 200 años
Desde la fundación de la dinastía nazarí por Muhammad I ibn Nasr en el 1232 d.C., hasta su derrota por los Reyes Católicos en el 1492 d.C., estos mantuvieron dinámicas políticas multidisciplinares. Alianzas cambiantes, juegos de corte, diplomacia sutil, sobornos, espionaje y comercio internacional fueron su tablero.
Lejos de tratarse de un enclave militar aislado, Granada fue un reino vibrante, estratégico, sofisticado y profundamente integrado en las redes políticas del Mediterráneo. Su resistencia no fue un accidente, sino el resultado de cálculos fríos, suerte geográfica, apuestas geopolíticas audaces, y una constante capacidad de adaptación al entorno y las situaciones.
Inicios de la dinastía
En 1246, Fernando III sitió la ciudad de Jaén al ser ésta una ciudad estratégica en la frontera con los territorios musulmanes. Este control permitiría asegurar la expansión cristiana en el al-Ándalus y debilitar el poder de Muammad I, quien controlaba territorialmente la parte sureste de la Península Ibérica.
Muammad I consideró que lo mejor era capitular, dar la ciudad por perdida y formalizar un acuerdo que le permitiese salvaguardar tanto su honra como la integridad de parte de su territorio. Tal tratado (denominado el Tratado de Jaén) ha llegado a ser definido como el acta de nacimiento del emirato granadino, siendo verdadero pilar sobre el que se asentó la constitución del Reino nazarí como estado soberano. Esto permitió su consolidación, su fijación de fronteras (reforzando ciudades estratégicas como Guadix y Almería) y el desarrollo creciente de la dinastía.
Muammad I se anticipó al colapso del imperio almohade
De esta forma, Muhammad I supo leer con antelación el colapso del imperio almohade, y usó el pragmatismo como forma política. La fragmentación del poder en al-Ándalus dejó un vacío que Muhammad I aprovechó para consolidar su autoridad y establecer Granada como centro político. En vez de lanzarse a una guerra total contra Castilla, optó por una política que definiría el rumbo de su dinastía: el vasallaje diplomático. En el año 1246 d.C., firmó un tratado con Fernando III en el que aceptaba el pago de tributo a cambio de ser reconocido como emir legítimo del Reino de Granada.
A pesar de parecer una rendición, no fue ni más ni menos que una estrategia de contención. Al aceptar la subordinación táctica, la dinastía nazarí ganaba tiempo para unificar el poder interno, fortificar las infraestructuras, mejorar la economía y aprender de las divisiones entre las potencias cristianas.
¿Cómo estaba organizado el Emirato de Granada?
A su favor contaban sus defensas: una cadena de castillos, separados por apenas ocho o nueve kilómetros, alrededor de sus fronteras norte y oeste, y, según se decía, una red de 14.000 torres de vigilancia. Contra ella, los Reyes Católicos Fernando e Isabel dispusieron de unos 180 cañones de asedio.
El asedio de la ciudad portuaria de Málaga, que finalizó en agosto de 1487, fue crucial. La propia Isabel reunió a las tropas. Al final, solo quedó Granada. Su último sultán, Muhammad XII, entregó las llaves el 2 de enero de 1492. Fuera de las murallas de la ciudad, Cristóbal Colón esperaba en el campamento real con la oferta de nuevos horizontes que conquistar.











