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ARGENTINA 2021

Alberto Fernández, principios y 10 convicciones efímeras

Discursos a menudo contradictorios han desgastado la imagen de Alberto Fernández, desaparecido de la comunicación pública de su propio gobierno.

Públicos y notorios han sido en los últimos tiempos los asombrosos giros copernicanos que el primer mandatario, Alberto Fernández, utiliza para aplaudir con entusiasmo lo que poco tiempo atrás denostaba con fervor. Algo que no resulta novedoso para quienes han seguido desde hace tiempo su derrotero en la política argentina.

“Estos son mis principios si no le gustan tengo otros”. La frase tradicionalmente atribuida al comediante estadounidense Groucho Marx -aunque hay controversia al respecto- sintetiza a la perfección el esquema moral de muchísimos personajes de la política o de los círculos de poder en general que priorizan el objetivo por sobre todas las cosas, incluidas sus propias convicciones.

El fin justifica los medios

Todo aquel que -como en el caso de este columnista- se ha cruzado en el camino de la vida con el actual Presidente cuando solo era el “joven Alberto” lo recordará como

  1. profundamente alfonsinista primero,
  2. luego lo habrá visto crecer siendo apasionadamente menemista
  3. al mismo tiempo que indudablemente cavallista,
  4. concienzudamente duhaldista más tarde y
  5. asombrosamente kirchenerista a los 40.

Esos -los que lo conocen- no dudan de calificar al actual Presidente de la Nación como un hombre de convicciones firmes.

En modo alguno este concepto es irónico o sarcástico. Cuando de ideales y convicciones se trata el hombre es firme al extremo, lo que ocurre es que no es constante.

Quienes no han tenido la suerte de conocerlo de antaño, no ignoran que con las mismas devociones antes enumeradas además fue Massista y Randazzista, entre algunas otras disidencias políticas al frente al que debe agradecer su cargo actual.

Fernández posee una extraordinaria e innata capacidad de mutación para casi todo, en sus últimos 40 años de vida él ha mantenido constantes solo tres convicciones.

  • Su amor por Argentinos Junior,
  • el uso del bigote y
  • -desde muy temprana edad- su firme propósito de ser el Presidente de la Nación, algo que finalmente consiguió.

Todo lo que hizo, deshizo y re hizo (como por ejemplo la guerra y la paz con su jefa política Cristina Kirchner) fueron los medios necesarios para alcanzar esa Presidencia soñada desde su secundaria. Lo logró. ¡Bien por él!... lástima por nosotros.

Si de cambios conceptuales hablamos, es muy probable que detrás de tanto plan IFE, Potenciar Inclusión, Argentina Hace, Alimentar, Potenciar Trabajo, AUE, AUH, Hacemos Futuro, Refuerzo sanitario AMBA y Progresar, como así también tanto subsidio tarifario y tanto Estado presente que lo enorgullece, se esconda otra de las ya aludidas mutaciones en la mente de aquel funcionario liberal que no vio con buenos ojos que su líder temporario Carlos Menem dispusiera el otorgamiento de una pensión de guerra a los Veteranos de Malvinas. El hoy sucesor del riojano consideraba que no se podía pagar por cumplir con el llamado de la Patria.

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Alberto Fernández.

Alberto Fernández.

Vocación docente

En honor a la verdad otra de las cosas en las que se mantuvo constante es en la vocación docente. Son memorables sus arengas familiares durante las que enseñaba menemismo explícito al inicio de la década de los '90. El otrora Superintendente de Seguros de la Nación “evangelizaba” a cuanta tía o prima cruzaba en un cumpleaños sobre lo que sería el país con 30, 40 o 100 años de menemismo. Él hablaba de la necesidad de tener un Estado casi ausente, reducido solo a cuestiones indelegables como la seguridad y la defensa.

Esas memorables tertulias, incluían duros y -una vez más- firmes conceptos doctrinarios en contra del gremialismo vernáculo. Imbuido por la mística de quien lo había introducido en la gestión gubernamental de Carlos Menen -Domingo Cavallo-, él solía detallar cómo la perversión gremial inflaba los costos empresarios con amañados juicios laborales y de que forma hasta aquellos trabajadores que padecían alguna disfunción sexual se las ingeniaban -sindicato mediante- para culpar al empleador de tan frustrante padecimiento.

"Por cosas como esta necesitamos acotar lo más posible el poder de los sindicatos", sentenciaba Alberto Fernández.

  • Dato de color 1, Tal vez en eso tenía razón.
  • Dato de color 2 en aquellos tiempos no levantaba el dedo.

Por una de esas casualidades de la vida, en forma coincidente con esta enfervorizada convicción privatista y antisindical, un ya fogueado dirigente gremial ganaba la primera de una larga zaga de reelecciones al frente del Sindicato de Camioneros. Se trataba de Hugo Moyano, el actual sindicalista modelo al decir del Presidente de todos y todas.

Sin pretender transformar esta columna en una biografía presidencial no autorizada, las mutaciones de principios y valores de A.F atravesaron incluso

  • su fe religiosa,
  • su concepto de familia,
  • la convicción sobre la perpetuidad del vínculo matrimonial,
  • una férrea convicción provida y
  • hasta una temprana vocación militar truncada en este caso por la imposibilidad de ingresar al Liceo General San Martín al ser hijo de padres separados -algo inexplicable y reprochable visto con ojos del siglo XXI.

Nunca, jamás, a una mutación de idea o convicción la precedió un gesto de arrepentimiento. Con el amanecer posterior a cada cambio de piel, asomaba un ser renacido, que no recordaba lo sucedido y militado hasta la noche anterior.

Con increíble frialdad y tal como resulta hoy de público y notorio, el actual primer mandatario acomoda su pensamiento, discurso y postura de formas alternativamente antagónicas sin que un solo músculo de su rostro denote vergüenza, arrepentimiento o alguna otra sensación esperable.

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Morales, inmorales, amorales

En obvia alusión a mi apellido, desde mi más temprana infancia el abuelo andaluz de mi primer amigo bromea al verme y me decía “¿tú eres morales, inmorales o amorales?”. Tan reiterada era la mofa que, si bien con 3 o 4 años no entendía a que se refería, en cuanto tuve capacidad de entendimiento me interesé en aprender la diferencia de manera especial.

Como para todos, descubrir que estar dispuesto en forma consciente a transgredir los preceptos morales de cualquier sociedad medianamente civilizada con el único propósito de satisfacer ambiciones, intereses o necesidades propias convierte a quien lo hace en un ser inmoral y por ende sujeto al reproche social y hasta judicial, me resultó fundacional a la hora de diferenciar lo que lo está bien de lo que no lo está.

Es tan importante como básico entenderlo en cuanto alcancemos la edad adecuada para hacerlo ya que conceptos tales como bueno, malo, correcto o reprochable nos acompañarán prácticamente desde nuestro primer día de clases. De no arribar al aula con esa básica noción moral, seguramente algún maestro se ocupará de que lo entendamos por las más o menos buenas o malas, rápidamente.

Con el amoral la cosa no es tan sencilla. Quien ignora la existencia de los valores éticos y morales sencillamente no los puede aplicar. Es como pretender que el no vidente distinga los colores o que quien sufre de anosmia perciba el olor de las rosas y lo diferencie al de las heces de un animal.

Al inmoral podemos culparlo condenarlo, castigarlo y hasta tal vez corregirlo y recuperarlo. Llena está la historia penal de criminales redimidos. Por el contrario a quien carece de alguna capacidad sensorial solo podemos entenderlo, apoyarlo y acompañarlo. No es culpable del daño que sin querer su carencia le hizo cometer.

Eso no quiere decir que como individuos y como sociedad dejemos de marcar los límites que quien padece la ausencia de un sentido deba obligatoriamente observar. El no vidente no puede conducir vehículos, el anósmico no cata vinos y el disminuido auditivo no está habilitado para operar un sonar. En ninguno de estos casos se puede hablar de discriminación ni mucho menos.

Con el mismo precepto interior ahora pregunto:

¿Cómo individuos y como sociedad debemos establecer cuáles son los límites razonables que deberíamos imponer en resguardo del bien común a aquellos seres, hijos de Dios y por tanto merecedores de toda consideración, que han llegado a este mundo privados del sentido de la moral? ¿Cómo individuos y como sociedad debemos establecer cuáles son los límites razonables que deberíamos imponer en resguardo del bien común a aquellos seres, hijos de Dios y por tanto merecedores de toda consideración, que han llegado a este mundo privados del sentido de la moral?

Si la respuesta fuera afirmativa propongo que dentro de esas limitaciones funcionales se imponga la de declararlos no aptos para el ejercicio de la función pública.

FUENTE: Urgente24