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SOLO EN LA NIEVE

"Yo sabía que me podía morir así que grabé un video"

Se fue al Chaltén para superar una ruptura amorosa. La nieve tapó las señales de su sendero y estuvo a punto de morir.

Era el año 2017. David, quien hoy tiene 35 años, se acababa de separar de su marido, con quien estaba desde hacía siete años. Poco antes de separarse, había fallecido su mamá. En este contexto, con ambos duelos encima, decidió irse al Chaltén, solo, durante diez días. Le habían advertido que era un lugar difícil para estar solo tantos días, que en esa época del año el pueblo estaba casi vacío y que los senderos, aún nevados, eran complicados. Pero fue igual: el Chaltén, conocido como la capital del trekking, era un lugar que soñaba conocer. En un principio, había sido un sueño compartido con su pareja pero tras la ruptura amorosa decidió irse solo, en lo que hoy llama una suerte de exilio autoimpuesto. Lo que experimentó le cambió la vida para siempre. "Nunca volví a ser el mismo", dice, después de haber pasado varias horas perdido en la montaña nevada, muerto de frío y hambre, completamente desorientado, grabando videos para despedirse de sus seres queridos, creyendo que estaba realmente a punto de morir.

Era un día de sol. Por eso, ese miércoles 18 de octubre eligió hacer el recorrido que el guardaparque le había descrito días atrás como el más complejo: se llamaba Loma del Pliegue Tumbado. Un sendero de once kilómetros en subida.

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Salió muy temprano a la mañana y, dado que no estaba aún abierta la oficina del guardaparque, no pudo dejar un registro de que se adentraba solo en la montaña. Es decir, si se perdía, nadie iba a salir a buscarlo. Nadie sabía que estaba allí.

La noche anterior, en el hotel, una chica le había hecho un chiste sobre lo ridículo del gorro que llevaba puesto, que tenía un pompón en la punta. Entonces, David le arrancó el pompón al gorro y lo dejó sobre su mesa de luz. No sabía que ese pompón era prácticamente lo único que le quedaría del atuendo con el que salió al otro día hacia la montaña.

En su mochila llevaba, además de sus documentos y celular (no tiene señal en la montaña), medio paquete de cerealitas y una botella de agua. Su idea era ir y volver en el día. No estaba equipado como para quedarse a pasar la noche.

"El Chaltén tiene muy pocos habitantes fijos. En invierno, el acceso a la ciudad queda obstaculizado por la nieve. El pueblo se cierra. Quedan viviendo dos o tres personas nada más. Cuando yo fui, no había literalmente nadie. En todo el camino me habré cruzado dos o tres turistas. La ciudad no estaba nevada pero la montaña sí", rememora.

"Yo, como todo nerd, me había comprado el libro de trekking del Chaltén, me lo había leído, me lo llevé conmigo. También me llevaba un cuaderno. Cada día, después de completar un sendero, hacía una especie de descripción de lo que había visto. Era una suerte de diario".

Los recorridos de trekking del Chaltén están señalizados por unas marcas amarillas. Aunque en teoría, explica David, te podés ir guiando también por los surcos en la tierra, las huellas que han dejado otros caminantes. Pero para el momento en que él fue, por ser inicio de temporada, no había aún ese tipo de rastros.

Antes de perderse de manera drástica, David sintió una punzada de desorientación, una especie de augurio de lo que experimentaría en toda su magnitud más tarde:

"Vas caminando todo en subida, tenés que esquivar piedras, algunas porciones treparte un poquito... Empecé a escalar y en la primera parte todavía no había nieve. En un momento hay una parte que es toda lisa, llana, con pasto. Ahí me desorienté y sentí mi primera cuota de desesperación. Agarré el libro y empecé a leerlo como si fuera un mapa, una brújula...", recuerda entre risas.

Para ese entonces, ya había escalado unas dos horas. Estaba cansado, transpirado. "En la montaña, si no tenés ropa de preparación, te morís de calor caminando y cuando parás, te congelás". Decidió seguir caminando intuitivamente y en un momento dijo: "¿Por dónde era? No veo más la marca amarilla... Vi una chica y dije: es por acá. La seguí un rato hasta que la perdí de vista".

Siguió subiendo y empezó a haber nieve. "Yo estaba muy emocionado porque no estoy acostumbrado a ver nieve. Era un bosque todo nevado, una cosa hermosa. Sacaba fotos y caminaba. Por momentos se veían las marcas amarillas pero por momentos quedaban tapadas por la nieve. Seguí caminando y llegué al mirador Loma del Pliegue Tumbado, donde termina ese recorrido. Pero yo quise seguir unos 400 metros más porque alguien me había dicho que caminando un trecho más desde el final del recorrido, llegaba a un lugar donde tenía una vista panorámica de 360 grados de Laguna Torre, el Glaciar Torre, el río Fitz Roy y del cerro. Eso ya no era parte del recorrido pero yo decidí hacerlo igual: caminé por el borde de la montaña 400 o 500 metros".

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"Había bastante nieve y yo iba con unas zapatillas comunes, entonces medio que me resbalaba. Me fui emocionando cada vez más con el paisaje... En un momento me siento y noto que varios cóndores empiezan a volar en círculos encima mío. Iban planeando cada vez más bajo y me empezó a dar miedo porque dije: yo tengo solo medio paquete de cerealitas, me van a empezar a picotear a mí. Me comí rápido las cerealitas y me volví a encontrar con la misma chica que había visto antes. Me preguntó dónde era la salida y le dije: es para allá".

Hasta ese momento, David estaba seguro de hacia dónde tenía que emprender el regreso, o al menos creía estarlo. Pero cuando empezó a caminar, se desorientó: todo le resultaba igual. No hallaba marcas para orientarse.

"Ese fue el momento decisivo de la pérdida, quiero decir de la perdida. Todo era igual: las piedras, el hielo. Noté que cada vez había más nieve, ya tenía nieve hasta las rodillas y pensé: yo nunca tuve nieve hasta las rodillas. Ahí me empecé a asustar un poco. En lugar de volver por el sendero señalizado, empecé a bajar la montaña a esa altura. La Loma del Pliegue Tumbado es así: vos empezás desde la ciudad a subir, vas en ascenso. Llegás al mirador, y cuando llegás ahí, tenés que volver por el mismo sendero."

Pero David ya no pudo volver a encontrar el mirador Loma del Pliegue Tumbado.

"Ahí me empecé a hablar en segunda persona. Me decía: David, no te asustes, vamos a encontrar el lugar, vos tranquilo. Había mucho viento, hacía muchísimo frío, pero lo que me daba un poco tranquilidad era que sabía que oscurecía tipo nueve y media, diez de la noche. Y a esto eran recién las dos de la tarde. Seguí caminando y terminé en una zona media pantanosa y llana: las zapatillas se me quedaban adentro del barro. En ese momento tomo nota definitiva de que estoy perdido: estaba seguro de que no había pasado por ese lugar. Los cóndores seguían planeando encima mío: debía irme de ahí.

"Cruzo el pantano y ahí ya estaba completamente perdido. No encontraba nada. Era como estar parado en el medio de la cancha de River, sin las gradas, todo pasto. ¿Para dónde salgo? No había horizonte hacia ningún lado, no veía un solo punto de referencia. Mi punto de guía hasta ese momento había sido el cerro Fitz Roy y ya no lo veía. Miraba el mapa, lo giraba, leía el libro, pero nada me ayudaba. Empecé caminar sinsentido, a la deriva, desesperado. Terminé en un bosque y en el bosque me perdía peor, no había un patrón de sendero. Atravesé una parte de arbustos llenos de espinas pensando que al final encontraría algo: conducían a la nada misma. En un momento escuché ruido de agua, de un curso de agua, y pensé: tengo que ir en el sentido en que baja el agua si quiero salir de acá. Fue lo único que pude razonar en ese momento.

"Ya del cansancio me tropezaba con todos los troncos, me caí veinte mil veces. Me empezaba a mentalizar para quedarme a pasar la noche ahí arriba. No tenía alimento, hacía muchísimo frío. Y yo pensaba si hace este frío a la tarde, a la noche, que va a empezar a helar, me voy a morir de hipotermia.

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"Yo sabía que si me perdía dos días, de hambre no me iba a morir, hasta tres días pensaba que aguantaba. Pero el frío era complicado. En ese momento le pedí a mi mamá, que había muerto hacía poco. Empecé a rezar, aunque hacía mucho tiempo había dejado de creer. Empecé a decir bueno, no sé si existís pero dame una mano porque quiero volver. Logro salir del bosque y me quedo como parado en una montaña de piedra y ahí pude divisar, a lo lejos, el pueblo".

Un punto de referencia. Pero la pista -el punto de referencia- que había hallado terminó resultando una especie de trampa de la naturaleza: solo podía divisarla si salía del bosque. Pero para dirigirse hacia allí, necesitaba atravesar el bosque. Y cuando volvía a meterse en él, los árboles altos y frondosos y el infierno de lo igual, lo hacían volver a perderse.

"Intento ir en dirección del pueblo y me pierdo otra vez en el bosque. Luego pude salir y ya no visualizaba el pueblo: había caminado en sentido contrario. Estaba muy perdido".

Desesperado, siguió caminando sin rumbo por el bosque hasta que apareció una cascadita. Recordemos que David había seguido el sonido de un curso de agua. Era la cascada Margarita, supo más tarde. Apenas un hilo de agua y un precipicio que hoy calcula equivalente a un edificio de diez pisos. Enfrente, otra montaña. Entonces tuvo una idea.

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"Pensé: ya fue, me tiro por acá. Mi campera era azul eléctrico. Dije: alguien me va a tener que ver acá tirado con los brazos rotos. No había una fuente de agua abajo de la cascada que me hubiese soportado la caída. Era todo roca. Pero pensé: si igualmente de todos modos voy a morir, mejor muero intentando algo. Después dije no, no estoy razonando. Claramente la desesperación se apoderó de mí. Entonces volví y en lugar de caminar por adentro del bosque, fui bordeándolo tratando de no perder de vista la ciudad".

Siguió guiándose por el curso del río Fitz Roy: un río de hielo, angosto, que viene desde la laguna Torre y se extiende hasta la ciudad. Él sabía que en algún momento, si seguía bajando y cruzaba ese río, tenía que llegar al pueblo. En un momento, para no retornar al bosque del que, cada vez que se metía, no podía salir, tuvo que deslizarse por una pendiente muy pronunciada llena de arbustos de espinas. "Me puse los guantes de trekking para no pincharme las manos. Tenía un pantalón muy finito y una calza abajo y la campera. Me bajé bien la campera para no llenarme la cola de espinas y bajé de cola porque caminando me iba a caer de frente y me podía quebrar. Empiezo a bajar y había un alambrado. Me meto por debajo del alambrado, logro ver nuevamente el río y digo ya fue, perdido por perdido, cruzo el río. No debe ser muy profundo.

"En realidad es leche glaciaria, es medio celeste, no es cristalina, porque arrastra sedimento de las rocas, así que no podía saber realmente cuán profundo era. Con la mochila puesta (ni siquiera se me ocurrió sacarme la mochila y tirarla), decidí intentar cruzar el río".

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Eran las siete de la tarde. David llevaba casi diez horas caminando, la mayor parte de ese tramo a la deriva, solo, en la nieve. Sabía que se venía la noche y le quedaba poca batería en el celular, ni siquiera iba a poder usarlo de linterna. "Yo sabía que me podía morir", recuerda, sobre el momento en que tomó la decisión de cruzar el río. Por eso, antes de cruzarlo, grabó un video en su celular contando lo que le había pasado y despidiéndose de sus seres queridos, pensando que en algún momento alguien encontraría su mochila y quedaría al menos un registro de sus últimas horas.

"Pongo un pie, bien. Pongo el otro y la corriente era tan fuerte que me hace caer al agua y me empieza a llevar. Conseguí agarrarme de una piedra y me aferré con toda mi fuerza. El agua helada se llevó mi gorro y me empezó a bajar el pantalón, quedé con la calza nada más. La campera se empezó a mojar y pesaba un montón. Se me mojó todo lo que tenía en la mochila: el libro, el cuaderno, los documentos, una cámara de fotos que me había prestado una amiga y el celular. Quedé acostado, agarrado de una piedra, con los pies flotando en el agua. Era tal la fuerza que no podía reincorporarme y pararme arriba de la piedra. No podía moverme por la fuerza del agua y el frío.

"Empecé a no sentir los brazos y las piernas y dije: algo tengo que hacer porque no voy a aguantar mucho más; en un momento me voy a terminar soltando y con la presión de la fuerza de la corriente, me voy a terminar rompiendo la cabeza contra una piedra y me voy a morir. Entre morirme golpeado e intentar salir, me parece que vale la pena, así que lo intenté. Ahí sí que le pedí a mi mamá: no sé si existís, no sé si estás, pero necesito que alguien me ayude en esta porque me voy a morir acá. No me podía ni subir a la roca de la fuerza que tenía el agua. Dije: me tengo que arriesgar. Logro trabar el pie entre dos rocas y ahí pude hacer fuerza para salir un poco de la parte que tenía más profundidad. Logro pasar la otra pierna y ahí ya hacía pie".

Violeta, empapado y casi desnudo, David salió del río y siguió caminando. "Había una especie de desnivel, empecé a escalar ese terraplén lleno de tierra, barro y rocas que se me caían encima. Logré subir y ahí divisé una de las entradas del pueblo que es donde está el basurero. Lleno de barro, atravesé el basurero, la central eléctrica y seguí caminando hacia mi hotel. Tenía las zapatillas llenas de espinas y nunca me había dado cuenta, de tan fríos que tenía los pies. Ya no sentía nada".

En su crítica de la película Perdí mi cuerpo, Gustavo Gross afirma que el único salto de fe que vale es hacia uno mismo. El protagonista de esa película, igual que David, arrastra varias pérdidas. Es un adolescente huérfano que pierde su mano en un accidente y luego a la chica que ama. Para repararse, escribe Gross, "tiene que creer en sí mismo: tiene que tener fe -en el sentido más religioso e íntimo del término- en sí mismo".

David se metió en la ducha caliente y estuvo una hora ahí abajo en shock. "Se me cruzó de todo por la cabeza: que podría haber muerto, qué hubiese pasado si moría...". La chica del hotel, quien hasta hoy es su amiga, le hizo un té. Sobre la mesa de luz, encontró el pompón del gorro, el que había arrancado antes de partir porque le habían dicho que le quedaba ridículo. El gorro que se había llevado el agua helada del río Fitz Roy. Tuvo el impulso de agarrar su cuaderno y sentarse a escribir todo lo que le había pasado.

"Después de mi separación", recuerda, "yo me quería morir. Uno tiene la sensación de que no estar vivo es una forma de no sentir dolor. Pero después de perderme, pensaba: no sé si es tan así, no sé si me quiero morir".

El libro Una guía sobre el arte de perderse, de Rebecca Solnit, describe el acto de perderse como una parte fundamental de cualquier búsqueda vital. Hay un fragmento hermoso:

"Una alumna trajo una cita que dijo que era del filósofo presocrático Menón. Decía así: «¿Cómo emprenderás la búsqueda de aquello cuya naturaleza desconoces por completo?» (...) La pregunta que trajo esta alumna me pareció la pregunta táctica fundamental de la vida. Las cosas que deseamos son transformadoras, y no sabemos, o bien solo creemos que sabemos, qué hay del otro lado de esa transformación. El amor, la sabiduría, la gracia, la inspiración: ¿cómo emprender la búsqueda de cosas que, en cierto modo, tienen que ver con desplazar las fronteras del propio ser hacia territorios desconocidos, con convertirse en otra persona?"

Hasta hoy, David atesora el cuaderno donde narró su épica. Recuerdo de cuando, asediado por la naturaleza en todas sus formas, entregado al azar y a la posibilidad de una muerte inminente, pudo trabar su pierna en una roca y dar el salto que lo salvó de ser arrastrado por el agua helada junto a su gorro. Todavía extraña ese gorro, dice. Le quedó el pompón.

Por: Delfina Korn

FUENTE: Urgente24

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