Las farmacéuticas y la medicina del siglo XIX y a comienzos del XX recomendaban el uso de ungüentos, tónicos y jarabes de drogas que hoy en día son ilegales.
ATONTABAN
El desastre de las drogas de venta libre: Heroína para la tos y pastillas de cocaína
Entre el siglo XIX y principios del XX los médicos recomendaban fumar, tomar heroína para aliviar el catarro y cocaína para los niños. Cuando las drogas "duras" eran medicamentos de venta libre.
La cocaína en pastillas para el dolor de dientes o para combatir la fatiga, así como administrar un trago de heroína a los niños contra el catarro bronquial, eran las recomendaciones de los médicos de la época, quienes, lamentablemente, drogaron a varias generaciones.
En ese sentido, la cocaína, la heroína, el cannabis y las anfetaminas, drogas duras que en la actualidad son ilegales porque se ha comprobado los estragos que producen en el cerebro, eran promocionadas como fórmulas “milagrosas“ en forma de ungüentos, pastillas y jarabes que aliviaban la tos, los dolores y activaban al cuerpo.
Con la coca en hojas o en el formato destilado (cocaína) se fabricaban diversos productos y hasta bebidas. Tal es así que con las hojas de coca se creó la bebida Coca-Cola, originariamente como un remedio para luego convertirse en un aperitivo que ha sobrevivido hasta la actualidad.
También en el siglo XIX el vino Mariani mezclaba el vino de Burdeos con extracto de hojas de coca. Fue tan popular que hasta el papa León XIII prestó su imagen para hacerle publicidad. No obstante, ni la Coca-Cola ni el Mariani estaban fabricados con cocaína, como sí el vino de cocaína de Metcalf, el cual estaba indicado como estimulador del cuerpo y del cerebro para los niños.
Freud usaba la cocaína y promocionaba drogas duras en el diván
Sigmund Freud, el padre del psicoanálisis, fue uno de los mayores consumidores y promotores de la cocaína, la que recomendó a sus pacientes para tratarles la depresión o, paradójicamente, para deshabituarlos del alcoholismo o la adicción a la morfina.
En 1884, en su obra Über Coca (“Sobre la coca”), manifestó su entusiasmo al describir la cocaína como una sustancia con efectos terapéuticos supuestamente extraordinarios.
"He estado leyendo acerca de la cocaína, el componente esencial de las hojas de coca … aumenta la energía y la capacidad para la resistencia”, escribió Freud en una carta a su prometida, lo que reveló su entusiasmo sobre dicha sustancia.
Incluso, cuando tuvo cáncer de boca aumentó la ingesta para paliar el dolor. Pero la medicina aún no había descubierto las consecuencias en los neurotransmisores.
Para 1900, ya era un producto muy popular y los médicos se lo recomendaban a los cantantes, profesores y oradores por su efecto revitalizador, reconstituyente de las cuerdas vocales y calmante del dolor de garganta.
Del mismo modo, los oculistas como Hans Köller, un oftalmólogo vienés, quien probó a echársela en el ojo (después de probarlo en una rana, un conejo y un perro, por si las moscas) y se dio cuenta de que la córnea se volvía insensible al dolor, comenzaron a usar la cocaína como anestésico local.
Asimismo, se recetaba la cocaína para la indigestión, la ronquera y el dolor de dientes.
La heroína también se recetaba como un remedio milagroso para la tos, el catarro, el asma, así como un analgésico alternativo a la morfina, que ya estaba dando indicios de su potencial adictivo, pero aún no se sabía lo mismo de la heroína.
Recién a principios del siglo XX, sus efectos nocivos y adictivos salieron a la luz y los gobiernos de distintos países del mundo, como en la Argentina el de Hipólito Yrigoyen comenzaron a prohibir a la venta libre de la cocaína y de otras drogas actualmente consideradas “duras”.
En 1919, Yrigoyen firmó un decreto que restringía la importación de opio y otros preparados, incluida la cocaína. La norma estableció que solo podrían ser vendidos en farmacias y droguerías habilitadas por el gobierno. El Estado argentino, entonces, comenzó a regular el comercio de alcaloides, como la cocaína, la morfina y el opio.
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