COYUNTURA ÚLTIMO BIMESTRE

Smash de Massa con Ganancias... en un año de pérdidas para muchos

Si Sergio Massa fuera tenista en lugar de futbolero, podría decirse que dejó atornillados al suelo, tanto al gobierno como a la fragmentada oposición peronista que intenta liderar offshore, con un impresionante smash que Juan Martín del Potro aplaudiría a rabiar: el proyecto de ley de reforma al Impuesto a las Ganancias con el que primereó al que aún no había sido presentado por un oficialismo más ocupado en sofocar connatos de incendio sociales y en ver cómo salir del gambito kirchnerista, expresado en una iniciativa de emergencia social que parecía no tener ni pies ni cabeza pero avanzó en la calle y en la Cámara baja, que en cuidar el frente legislativo. Las ediciones impresas de los diarios le conceden a Massa la iniciativa de referente opositor en los aprestos de una campaña electoral que unos quieren que sea polarizada y los otros, atomizada.

Paradójicamente, la palabra ganancias se apropia del escenario mediático de fin de un año al que más bien caracterizaron las pérdidas. Pero también copó la agenda preelectoral de 2017 en el ámbito natural de la contienda por parcelas del poder en marcha: el Congreso de la Nación.

El líder del Partido Renovador, Sergio Massa, estuvo ágil de reflejos y ocupó el centro del hemiciclo antes que el gobierno envíe el proyecto de ley que anunciara su jefe de Gabinete, Marcos Peña, entretenido que estuvo en bloquear el intento originado en la Cámara alta de copar la parada legislativa que puso en marcha el kirchnerismo mediante la ficticia iniciativa de la emergencia social.

De la instancia legislativa que divide los períodos presidenciales Massa se consagró campeón en 2013, cuando las huestes de Cristina Fernández de Kirchner arremetían contra la reforma constitucional de 1994 y pretendían obtener en las urnas la mayoría parlamentaria que habilitara la segunda reelección de su jefa. El triunfo del ex intendente de Tigre se los impidió. Uno de los mariscales de la derrota kirchnerista resultó ser el entonces jefe de Gabinete de Ministros, Juan Manuel Abal Medina (h), quien días después del fatídico comicio para los planes de perpetuamiento en el poder de CFK, tuvo que abandonar el cargo. Ahora como senador nacional, pergeñó una chicana política que distrajo a la Casa Rosada en conciliábulos con los dirigentes de las organizaciones sociales por el reparto de parches sociales que siempre, ante la promesa de “un millón de empleos” planteados desde una ley de nobles propósitos, pero de mala intención, van a sonar a insuficientes.

El sentido de la oportunidad que acompañó a la iniciativa de Abal Medina, en la previa de la primera movilización conjunta entre las centrales obreras y las organizaciones sociales, pegó de lleno en la dispersa comandancia peronista y repuso a los K en la interna latente. Y mientras la dirigencia social tenía contra las cuerdas a la ministra de Desarrollo Social, Carolina Stanley, con el frente Cambiemos en plena crisis entre las fuerzas que lo integran que ya desbordan el “om” macrista, Massa “sacó chapa” de ganador en las últimas legislativas y se adelantó en el debate parlamentario de una causa que corta transversalmente a la sociedad y sus efectos conducentes: la política de ingresos.

Hoy, ya instalado en el centro del escenario, espera que el proyecto oficialista pase por mesa de entradas y se acomode detrás del suyo para la sesión especial del jueves convocada por el propio líder panperonista. Si la línea que se trace para dividir quiénes pagarán y quiénes no el impuesto a las ganancias es de $48.000, como consta en la propuesta massista, o si el mínimo no imponible de $30.000 actuales es aumentado 17% (a $37.100), según la posición oficialista, no es un tema menor en términos de arquitectura electoral, porque habría más de 1 millón de eventuales simpatías en juego. Oh, casualidad, un número igual al de los empleos que se menean del lado K por la ley emergencia. La diferencia está dada por las clases sociales a las que uno y otro apuntan.

Aunque algo tardío en las reacciones, Mauricio Macri contragolpeó sobre el dividido frente de la “columna vertebral” de un movimiento justicialista que hoy se parece más a una bolsa de gatos y le arrojó a la que en los tiempos del padre del ministro de Trabajo, Jorge Triaca, llamaban patria sindical la amenaza de un debate sobre la flexibilización laboral, temática que infructuosamente se tratara en las administraciones de Raúl Alfonsín y Fernando de la Rúa. Aún por estos días en los tribunales andan dando vueltas amarillos expedientes con la famosa “Banelco” que fuera denunciada durante el período de la Alianza, germen electoralista de Cambiemos, aunque jugadores del Frente Grande que compartía el gobierno con el radicalismo se reacomodaron a los nuevos vientos. Uno de ellos, Abal Medina (h).

El oficialismo posiblemente se confió en que, a pesar de estar en minoría en la Cámara de Diputados, podría manejar los tiempos legislativos con el uso del reglamento y patear los conflictivos proyectos de Ganancias y Emergencia Social para el año que viene mientras se concentra en los amagues de estallido social que le llueven, como cuando se encadenan las olas de llamados anónimos con amenazas de bombas, como perspectiva de un fin de año para el que ya no falta nada.

El profeta del estallido económico

Y mientras el último ministro de Economía de la galería de notables de la nueva democracia que sucedieron al que cerrara el referente último del ciclo de las dictaduras, José Alfredo Martínez de Hoz, de Roberto Lavagna se trata (quien, mientras Domingo Cavallo era superministro de Carlos Menem y Fernando de la Rúa, esperaba en el banco de suplentes), pregona el estallido del plan económico sin timonel que viene dando tumbos en este primer año de gestión macrista, el aún delfín presidencial, Marcos Peña, atina a convalidar la primereada de Massa al calificarla de “show mediático”. La moraleja que debería rescatar el joven funcionario es que en las lides políticas a veces “más vale maña que la pretendida fuerza per se de nuevas teorías”. El timing se aprende con el tiempo.

Pero mirando las tapas de los diarios de hoy, 22/11, la asunción de Massa al centro de la interna opositora se lleva las palmas. Clarín aprovecha la “embestida” (como la titula) para apurar al gobierno a presentar su proyecto, con lo cual sube al escenario a ambos sin tapujos. La Nación disfraza la polarización con una fórmula periodística de pretendida objetividad: el “avance” de la reforma de ganancias con 2 proyectos, a los que en la bajada identifica al de la oposición, “con Massa al frente”, y el hasta ese momento aún no ingresado del gobierno.

El Cronista Comercial tercia en un debate todavía no iniciado otorgándole a la Casa Rosada el mérito de querer imponer un alza del 17% en la línea de corte del tributo, mientras Ámbito hace hincapié en el adelanto de la campaña electoral 2017 y puntualiza un acercamiento entre Massa y el jefe de uno de los retazos peronistas, Miguel Pichetto, pero a la vez plantea un “acuartelamiento” del Pro ordenado por Macri y gestiones de Prat Gay ante el titular del bloque en Diputados, Enrique Monzó, para intentar aplacar su ira, que ya descargó en el fin de semana contra el gurú ecuatoriano Jaime Durán Barba, quien si está donde está es porque el Presidente lo banca.

BAE Negocios no se deja distraer por la pirotecnia que ilumina la cúpula del Congreso como en las galas patrias y pone el foco en las distintas mesas de diálogo social fraccionadas por el Poder Ejecutivo Nacional como alternativa a convalidar los remanidos contubernios de la vieja dirigencia en los macroacuerdos. Billetera en mano, rebosante de Lebacs que Massa quiere gravar, le da el micrófono a la ministra Stanley por un lado para anunciarles a las organizaciones sociales un bono de $2.030 para los que tienen planes, y le pone a Francisco “Pancho” Cabrera por delante a la UIA con medidas de estímulo que suenan a placebos.

O sea, que los frentes en que se intenta la descompresión social, según marca la prensa del día, son: el legislativo, con la desgravación de ganancias para una parte de la población, de posición económica relativamente más débil, que lo tributa; el empresarial, con el Ahora 18 lanzado por el secretario de Comercio que a la UIA le hace cosquillas, además de reintegros a la exportación y el “piquetero”, con los $250 por AUH que le ofrecieron junto al bonos compensatorio de $ 2.030, que las organizaciones rechazaron de volea. El quid de la cuestión sería, en todo caso, cómo hacer que los recursos en juego por esos tres frentes converjan en un vuelco al consumo para reanimar la economía. Caprichos de la confusión reinante, la fracción minoritaria en cantidad de población pero mayoritaria en transacciones, como la que nutren el exitoso e-commerce, no ocupan ninguna de esas mesas por pertenecer al ciberespacio como si se tratara de marcianos.

Más o menos debe ser como lo mira a Francisco el tradicional cenáculo de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana que comanda cuando deja en libertad de acción a los sacerdotes para que perdonen el aborto. Esta prolongación de la indulgencia, ya dado por finalizado el Año de la Misericordia, no pasa inadvertida en las portadas de La Nación ni de Clarín, que hasta le ofrenda al papa argentino la gran foto del día y califica de histórica la decisión. Los diarios económicos, haciéndole honor a la especialización, no le prestan atención a este hito espiritual, que dejó azorada a gran parte de la jerarquía eclesiástica y de la grey católica.

En la profusión de titulares de los diarios impresos se filtran algunos contrastes internacionales que obligarían a reflexionar en qué mundo vivimos más allá del ombligo: Trump declaró su propio “Al carajo” que hace más de 10 años proclamara el bolivarianismo en una cumbre mundial realizada en Mar del Plata, ante un impávido anterior presidente republicano de EE.UU. George Bush. El proteccionismo llegó así a un país que se precia de liberal de la mano de una prolongada crisis que socavó el cimiento mismo de la sociedad, el empleo y el sueño de progreso.

Y, desde Gran Bretaña, que ya alertó con el Brexit a un mundo proclive a constituirse en bloques en beneficio de minorías, llega también el mensaje de que bajan el impuesto a las ganancias para retener a las empresas y que éstas le den más trabajo a la gente.

En Argentina, en cambio, la inflación endémica seguramente fue la que alteró los principios de la partida doble: las ganancias de debitan y las pérdidas se acreditan.

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