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07/08 - LA ESPERANZA

Día de San Cayetano: Pan, paz y trabajo

La comunidad católica celebra el carisma de la providencia encarnada en la vida y obra de San Cayetano.

San Cayetano, su identidad litúrgica, o Gaetano dei Conti di Thiene, su nombre original, nació en octubre de 1480, en Vicenza, territorio Veneciano terminando sus días terrenales en Nápoles, en 1547, jamás hubiera imaginado que en la Argentina del otro lado del Océano Atlántico, terminaría venerado por quienes o buscan o agradecen tener trabajo. Imposible explicar la fe. Nada tiene que ver con la lógica. Tampoco le importa. Existe en otra dimensión del ser humano, que agradece la bondad de su Creador de concederle trascender a la fría existencia de lo inevitable.

Bajo el cuidado su madre, apegada a la Iglesia Católica, Gaetano vivió una juventud dedicada al estudio de las Ciencias del Derecho y alcanzó el grado de Doctor Utriusque Juris (doctor en Derecho Civil y Canónico) en Padua, Italia, a la edad de 24 años. En 1506 llegó a ser protonotario apostólico de la corte del papa Julio II, en Roma y desempeñó un rol relevante en reconciliar la República de Venecia con el Pontificado.

A la muerte del Obispo de Roma, en 1523, se retiró de la corte, y se cree que fundó una asociación de sacerdotes y prelados piadosos llamada “El Oratorio del Divino Amor”, que se extendió a otros pueblos italianos.

Pese a ser admirable por su intenso amor a Dios, no se ordenó sacerdote sino hasta 1516.

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Clamor a San Cayetano.

Clamor a San Cayetano.

Fe + obras

Él viajó a Vicenza al año siguiente por la muerte de su madre, donde fundó un hospital para incurables, un testimonio de la caridad que marcó su vida. No obstante, su celo fue motivado más aún por las enfermedades espirituales que, en aquellos días de desorden político, infectaba al clero, y, tal como hacía San Agustín en la edad primitiva, se dedicó a reformarlos instituyendo un cuerpo de clérigos regulares que combinarían el espíritu del monaquismo con los ejercicios del ministerio activo.

Al volver a Roma en 1523, sentó las bases para su nueva congregación, erigida canónicamente por Clemente VII en 1524.

Uno de sus compañeros fue Giovanni Pietro Caraffa, Obispo de Chieti (en Latin, Theate), quien luego sería el papa Paulo IV, y por cuyo título surgió el nombre de Teatinos para designar a la orden religiosa incipiente.

Durante el saqueo de Roma en 1527 los Teatinos, entonces sólo 12 integrantes, escaparon a Venecia después de sufrir numerosas humillaciones a manos de los invasores. Allí Cayetano conoció a San Jerónimo Emiliani, a quien asistió en la fundación de su congregación de clérigos regulares.

En 1533, Cayetano fundó una casa en Nápoles, donde pudo constatar los avances reformadores del luteranismo.

En 1540 volvió a Venecia, desde donde extendió su trabajo a Verona y a Vicenza. Pasó los cuatro últimos 4 años de su vida en Nápoles, en una suerte de experiencia seráfica -que tiene las características que se consideran propias de los serafines-, y dicen que murió de pena por las discordias de la ciudad, sufriendo en sus últimos momentos una suerte de crucifixión mística. Fue beatificado por Urbano VIII en 1629, y canonizado por Clemente X en 1671.

Pan, paz, trabajo: San Cayetano versus “San Perón”

Pan, paz y trabajo es una proclama política. ¿Qué candidato la obviaría en su campaña, especialmente en la Argentina? No es novedad que los candidatos y precandidatos son capaces de vampirizar una proclama cuando es efectiva… Así lo contó, a “Nuestras Voces” Cayetano Carbone, el dueño de la funeraria que está emplazada justo frente a la Iglesia de San Cayetano, en el barrio de Liniers, en Ciudad de Buenos Aires:

(…) Hubo un tiempo en que había tanto trabajo en la Argentina que la discusión era por decidir en qué día se celebraría su fiesta. Empezaba la década del '50, Juan Perón era presidente y la Iglesia Católica le disputaba cada espacio: a San Perón le opusieron San Cayetano, y a la mística Plaza del 1° de Mayo, la procesión del 7 de agosto. Era una Guerra Santa, una batalla entre dos religiones, un mal entendido entre obispos y sindicalistas. Los «cabecita negra» se despreocupaban. Obreros, católicos y peronistas tocaban el bombo y prendían las velas. Le rezaban al santo, pero esperaban en Perón. (…) Hubo un tiempo en que había tanto trabajo en la Argentina que la discusión era por decidir en qué día se celebraría su fiesta. Empezaba la década del '50, Juan Perón era presidente y la Iglesia Católica le disputaba cada espacio: a San Perón le opusieron San Cayetano, y a la mística Plaza del 1° de Mayo, la procesión del 7 de agosto. Era una Guerra Santa, una batalla entre dos religiones, un mal entendido entre obispos y sindicalistas. Los «cabecita negra» se despreocupaban. Obreros, católicos y peronistas tocaban el bombo y prendían las velas. Le rezaban al santo, pero esperaban en Perón.

Cayetano Carbone fue testigo de las marchas, las procesiones, los actos y las misas.

Primero fueron las largas y coloridas filas de trabajadores que festejaban, de mujeres piadosas que agradecían y de curas que especulaban.

Después llegaron los sindicalistas y se sumaron con desparpajo. Saúl Ubaldini nació del otro lado del arroyo, en Mataderos, y entendió pronto que el «Pan, Paz y Trabajo» de los curas era lo más parecido a una leyenda política que podía levantarse frente a los militares.

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San Cayetano, devoción argentina.

San Cayetano, devoción argentina.

Cayetano, el de la funeraria, vio a los osados que en la dictadura cívico-militar levantaban sus espigas de trigo soñando con la democracia y fue testigo de cómo algunos comerciantes del barrio transformaron la carnicería en santería y de cómo otros cambiaron las lechugas por cruces de madera y las berenjenas por estampitas.

En 1982, cuando los obispos repartían rosarios en Malvinas, el sindicalista metalúrgico Lorenzo Miguel llegó por primera vez. En aquel agosto ocurrió la primera procesión convertida en manifestación política, y el párroco tuvo que sumar a la bendición de las fotos del santo el pedido por trabajo y democracia.

En la etapa siguiente, la fila se fue extendiendo hasta lo incontable, y las caras fueron cada vez más tristes y las ropas cada vez más pobres, y la alegría se transformó en desesperanza primero y desesperación después.

Ni obreros, ni católicos, ni peronistas, los desocupados redoblarían cualquier bombo o prenderían cualquier vela con tal de que alguien les dé una religión.

Cruzando el Maldonado

La funeraria de los Carbone está justo enfrente de la parroquia de San Cayetano desde hace 91 años. El abuelo fue el primer dueño del negocio y el primer bautizado en la Iglesia: por eso le pusieron Cayetano.

Era otro fin de siglo, el anterior, y el barrio Liniers era sólo un grupo de casas en las afueras de Ciudad de Buenos Aires.

Cayetano Carbone, hijo de napolitanos —tal como el santo— decidió poner una cochería, pero por aquel entonces no se trataba de trasladar difuntos, sino personas vivas: el cura, el médico, la partera, todos los que tenían que llegar con alguna urgencia a las quintas de la campaña, del otro lado del arroyo Maldonado.

Los Sosa tenían el mercado de frutas, y los Giordano vendían hielo. Ellos 3 y el cura de San Cayetano eran el alma del barrio que se insinuaba.

El sacerdote aprendió la devoción al santo de sus padres italianos, que confiaban en la intercesión de ese letrado de cuna noble que en el siglo 16 se había vuelto monje y político.

Cayetano, conde de Thiene, hacía milagros en la Venecia y la Nápoles de los Medici, lideró la resistencia armada contra los invasores españoles y fue fundador del Banco Popular Napolitano para repartir créditos entre pobres y siervos.

En 1912 llegó el tren, y el voto universal y secreto. La cochería cambió vivos por muertos y unificó el punto de llegada: ahora se trataba de trasladar féretros, y siempre hacia el cementerio.

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San Cayetano y el papa Francisco, mixtura devocional. Jorge Mario Bergoglio acostumbraba llegar a la parroquia del barrio de Liniers.

San Cayetano y el papa Francisco, mixtura devocional. Jorge Mario Bergoglio acostumbraba llegar a la parroquia del barrio de Liniers.

El Mercado de Frutas se convirtió en Mercado de Hacienda, y la campaña en barrio: frigoríficos, fábricas y talleres cambiaron el paisaje, el color del cielo y la composición social de la zona.

Más inmigrantes siguieron a los pioneros, y se hicieron obreros y peones: una tarde de octubre de 1945 salieron en columnas desde la parroquia y bajaron por la Avenida Rivadavia hasta la Plaza de Mayo para exigir la libertad de un coronel preso en una isla.

Cada año, desde el último viernes de julio hasta el 7 de agosto, las mujeres llegaban a rezar la Novena al santo de la Providencia, el que garantizaba que hubiera pan en cada mesa y trabajo en cada casa. « Te pedimos, Señor, que les des pan a los que tienen hambre y hambre y sed de justicia a los que tienen pan », oró el sacerdote.

(…) El día del santo la procesión daba la vuelta al barrio y terminaba en el campito lindero con la parroquia, en una explosión de fuegos artificiales que era sólo el preludio a la bailanta popular. Si agosto venía benévolo, ese día había asadito y empanadas. Si llovía, pastas o locro. La hiperinflación llenó la iglesia de pobres, y San Cayetano pasó a ser uno de los centros de ayuda social de la zona. La «revolución productiva» cerró las fábricas, y la hileras de trabajadores, que alguna vez bajaron por Rivadavia hacia la Plaza de Mayo para reclamar lo de ellos, anduvieron el camino de regreso para estacionarse en carpas de plástico, de lona o de cartón en las calles que rodean la parroquia, esperando que llegue el 7 de agosto para ser los primeros en arrodillarse frente al santo para que alguien les diga lo que hay que hacer. Los obreros trabajan y se movilizan, los desocupados rezan y obedecen. (…) El día del santo la procesión daba la vuelta al barrio y terminaba en el campito lindero con la parroquia, en una explosión de fuegos artificiales que era sólo el preludio a la bailanta popular. Si agosto venía benévolo, ese día había asadito y empanadas. Si llovía, pastas o locro. La hiperinflación llenó la iglesia de pobres, y San Cayetano pasó a ser uno de los centros de ayuda social de la zona. La «revolución productiva» cerró las fábricas, y la hileras de trabajadores, que alguna vez bajaron por Rivadavia hacia la Plaza de Mayo para reclamar lo de ellos, anduvieron el camino de regreso para estacionarse en carpas de plástico, de lona o de cartón en las calles que rodean la parroquia, esperando que llegue el 7 de agosto para ser los primeros en arrodillarse frente al santo para que alguien les diga lo que hay que hacer. Los obreros trabajan y se movilizan, los desocupados rezan y obedecen.

Cayetano Carbone narra la historia con monocorde tono de escribano público: imposible adivinar dónde están apostadas sus emociones o sus pasiones; ¿dónde estarán las nuestras este 7 de agosto en medio de la pandemia?

FUENTE: Urgente24

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