En algunas ocasiones, la corrupción contamina al fútbol de una manera tan grosera que es difícil no asquearse. También cuando un seleccionado no es bienvenido en un país anfitrión, el menor percance alcanza para que todo estalle. Todo eso y mucho más pasó en el Escándalo de Wembley, donde el objetivo principal era hacer que la Reina Isabel se quede con la Copa.
UN GRAN PILLAJE
El Escándalo de Wembley: choreo británico en el Mundial ’66
La Argentina era la principal víctima en uno de los mayores actos de corrupción en una Copa Mundial. Hecho destacado el Escándalo de Wembley.
Un Mundial cargado de sombras
La Copa del Mundo 1966 se disputaba en Inglaterra y los británicos estaban dispuestos a todo para quedarse con el trofeo. La selección albiceleste tuvo que abrirse paso a golpes para llegar a cuartos de final, venciendo a España y Suiza y empatando con Alemania Federal, en una competencia muy marcada por las sospechas y las confabulaciones.
Sun Tzu decía que “El arte de la guerra es someter al enemigo sin luchar”. No sabemos si el país anfitrión leyó el libro del general y filósofo chino, pero a su consejo se asimilaba la estrategia británica del desgaste. La frecuencia de partidos en los contrincantes del Reino Unido era muy alta (jugando cada dos o cuatro días), mientras que el seleccionado local tenía una semana o más de descanso entre partido y partido.
Incluso la elección de los árbitros para los últimos tramos del torneo fue altamente sospechosa, habiéndose realizado a espaldas de los delegados de cada selección convocada. Y cuando le tocó a Argentina pulsear con Inglaterra, el ganador terminó siendo (obviamente) el conjunto de los tres leones.
Argentina, afectada por el Escándalo de Wembley
Aquel 23 de julio, Argentina y el equipo local se veían frente a frente en el Estadio de Wembley, en un partido que arbitraba el alemán Rudolf Kreitlein. Desde el principio estaba claro que el germano tenía órdenes de fallar en contra de la albiceleste, ya que todo lo que cobró fue en beneficio de los rojos.
Lo más polémico de esa jornada fue contra ni más ni menos que el capitán Antonio Rattín, que terminó expulsado luego de intentar dialogar con el juez. El problema era la barrera idiomática (y según Kreitlein, la cara que le ponía Rattín), ya que ninguno hablaba el idioma del otro.
Como entonces no existían las tarjetas en el fútbol, Rattín salió de la cancha unos minutos y se sentó en la alfombra roja que habían preparado para la Reina. Luego, el capitán argentino salió a los vestuarios mientras la hinchada local le arrojaba chocolatines. Encabronado por la situación, el ex Xeneize retorció un banderín inglés ubicado en un córner y los chocolates pasaron a ser latas de cerveza acompañadas por el grito de “¡Animales! ¡Animales!”.
El encuentro fue largo y arduo hasta que Geoff Hurst colocó el único tanto con el que Inglaterra se alzó victoriosa ese día y que les permitió ganar su primer Copa del Mundo. En cuanto a Rattín, se decidió suspenderlo por cuatro partidos internacionales y hasta expulsarlo de la selección por su supuesta conducta antideportiva (lo que al final no ocurrió).
El llamado “Escándalo de Wembley” es, hasta hoy, un claro ejemplo de utilización del poder en beneficio propio.
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