ARCHIVO >

Crecimiento, pero sin desarrollo

El economista británico Suranjit Kumar Saha expresó en una reciente entrevista lo que algunos argentinos saben y muchísimos sienten: no es lo mismo crecimiento económico que desarrollo. El destacado profesional fue más puntual y se animó a decir lo que pocos economistas latinoamericanos reconocen: "América latina es ejemplo de crecimiento sin desarrollo". El diario La Capital publicó hoy en su editorial las palabras del economista:


El país asiste a un permanente discurso laudatorio de los logros alcanzados en los últimos años, especialmente el referido al crecimiento económico. Sin embargo, esta realidad -que no puede negarse sin incurrir en un acto de injusticia o necedad- por sí sola no basta para dar solución a los difíciles problemas, a veces harto angustiantes, que padece el ser humano perteneciente a las clases más débiles y desprotegidas.

Si el crecimiento económico de un país, como está sucediendo en la Argentina, se concentra en las manos estatales o de un reducido grupo de poder, el desarrollo es una entelequia para el ciudadano común, una cosa irreal a los fines de satisfacer sus necesidades básicas, pero un fantasma peligroso, al mismo tiempo, apto para generar no pocos problemas que agravan aún más las dificultades. Robos, asesinatos, adicciones, narcotráfico, violencia de todo tipo, son, entre otros muchos, algunos de los desórdenes consecuencia del crecimiento sin desarrollo.

Kumar Saha ha develado algo que, por razones políticas, muchos ocultan: "En países como Brasil, Argentina, Bolivia -dijo-, la sustentabilidad política del desarrollo está cuestionada por las grandes diferencias entre los ricos y los pobres. En Europa, el índice Gini, que mide la desigualdad de ingresos, varía entre 0,25 y 0,30. En India y China, aumenta del 0,35 al 0,38. América latina es el único lugar del mundo donde el coeficiente alcanza casi 0,60. En Argentina es 0,57, en Chile varía entre 0,57 y 0,58 y en Brasil llega al 0,60. En América latina la desigualdad del ingreso es más elevada que en Africa".

¿Cómo es posible que en tierras tan ricas se produzcan los desfasajes sociales más grandes del mundo? Habitualmente se pretende circunscribir la cuestión al mero tecnicismo económico, a la simple doctrina o la política a aplicar. Pero en realidad el problema tiene origen en otra cuestión, mucho más profunda, mucho más inquietante: la falta de valores morales, la ausencia de principios éticos para cumplir con el dogma de que el poder y la economía deben estar al servicio del destino de todos los seres humanos.

En la República Argentina, desde hace mucho tiempo, cada nuevo gobierno pretende construir sobre la destrucción del antecesor. Incluso la oposición pretende edificar sobre el derrumbe del oficialismo y viceversa. Esta devastadora costumbre, que tiene reminiscencias directas del odio entre unitarios y federales, se produce incluso en el mismo seno de los partidos políticos, organizaciones gremiales e instituciones privadas.

Esto indica claramente que la clase dirigente, en buena medida, aspira al poder por el mismo poder, y no al poder para el bien común. En aras de tal propósito, se esbozan pensamientos y ejecutan acciones -como alianzas o estrategias políticas- que no siempre sirven para la satisfacción de las necesidades del ser humano. Esto no es pertenencia del oficialismo de turno o de un partido, sino que se trata de una perniciosa cultura de todos los actores y de todas las épocas. Una cultura que alguna vez se deberá desterrar, para que además de crecimiento se logre el desarrollo armonioso de todos los que habitan esta Nación.