Es cierto que no todo es negativo: las redes sociales ofrecen comunidad a personas aisladas, acceso a información y organización colectiva. El debate académico es si los efectos son suficientemente grandes como para justificar restricciones regulatorias, especialmente para menores de edad, algo en lo que países como Australia ya han avanzado.
LAURA ETCHARREN
Redes sociales: "Sicarios digitales que desnudan un fracaso colectivo bajo el velo de Eros"
La socióloga Laura Etcharren mantiene su preocupación por el uso intensivo de redes sociales en un contexto de subeducación y deterioro de patrones culturales.
Pero el crimen se afirmó fuerte en las redes. También deformaciones en las conductas y en las relaciones.
Y estudios longitudinales vinculan el uso intensivo de redes sociales con mayores tasas de ansiedad, depresión y soledad, aunque la causalidad sigue debatiéndose (¿las redes causan malestar o quienes ya lo sienten las usan más?).
En verdad, las plataformas están diseñadas para maximizar el tiempo de uso: las notificaciones, los 'Me Gusta' y el scroll infinito explotan los mismos circuitos de recompensa que el juego de azar o el consumo de ciertas sustancias. El exjefe de Diseño de Google, Tristan Harris, popularizó el concepto "tecnología persuasiva" para describir esto.
- Los algoritmos priorizan el contenido que genera reacción emocional intensa, lo que favorece la viralización de información falsa y el extremismo.
- Las 'burbujas de filtro' refuerzan las creencias previas y dificultan el contacto con perspectivas distintas, contribuyendo a la polarización política y social.
Entre los patrones más documentados están
- el doomscrolling (consumo compulsivo de noticias negativas),
- el phubbing (ignorar a personas presentes por el teléfono),
- el uso nocturno que fragmenta el sueño, y
- el cyberbullying, cuyas consecuencias pueden ser más graves que el acoso presencial por su alcance y permanencia.
Tánatos
Laura Etcharren escribió una interesante columna sobre las consecuencias, que tituló: 'La subcultura digital de traficantes de Tánatos'.
2 aclaraciones previas:
Tánatos es la personificación de la muerte no violenta en la mitología griega, hijo de Nix (noche) y Érebo (oscuridad). Hermano gemelo de Hipnos (sueño), se le representa como un joven alado, a veces portando una antorcha invertida o guadaña.
En psicoanálisis, Freud denominó Tánatos a la pulsión de muerte, una fuerza opuesta a Eros (pulsión de vida) que impulsa hacia la destrucción o el retorno a lo inorgánico.
Las redes
El oscuro entramado de las redes sociales expone una génesis social aberrante que también pone en jaque a las nuevas generaciones.
Del crimen virtual al crimen real. El poder que deviene en delirio bajo la manifestación del delito.
Encendidos juveniles aparecen en la metamorfosis de una dinámica tecnológica voraz y por momentos perversa.
En una búsqueda de pertenencia se abren nuevas subculturas en donde algo o alguien es sujeto de tributos. Ideario virtual.
Hay percepción de peligro, pero no conciencia como tal. El peligro es la adrenalina individual que se potencia en el colectivo imaginario que adolece de conciencia acabada de daño mostrando uno de los rasgos más peligrosos de la psiquis no atendida.
Una construcción de la subjetividad actual en donde las formas de actuar, pensar y sentir combinan rasgos de distorsión y violencia.
Adolescentes en pantallas que utilizan el crimen como instrumento “lúdico” distorsionado. Ese que pasa por la potencialidad de la retórica hasta que en algunos casos llega al estado de barbarie en el que se concentran todas las frustraciones, y la psiquis estalla para concretar.
El videojuego cerebral pasa al campo de la acción.
Salir a matar bajo un previo armado.
No hay una inclinación a la destrucción material. La inclinación es hacia el exterminio humano.
Es que la descomposición social depreda. Arrasa. Quiebra, perfora y aniquila los tejidos en sociedades absolutamente debilitadas. Encerradas en dicotomías feroces en donde la razón devino en un instrumento de manipulación y fijación.
El desprecio enmascarado por la vida y la fascinación sigilosa por Tánatos. Pulsión de muerte que sostiene y envuelve a las subculturas de la opacidad que hoy pueden, en redes digitales, destruir a una comunidad. A familias enteras.
El grupo, además de pertenencia, genera una composición de poder. Un poder que no se percibe desde lo individual pero sí en masa. El reconocimiento por el que sale de la tribu digital para ejecutar el crimen es venerado.
Un “catecismo” del delito en donde el fanatismo sujeta sujetos.
Una conciencia entre comillas adormecida. Un frontal que por diversas razones no “reprime”.
Sin continentes los encendidos juveniles del delito, cuya disputa no es el territorio sino un podio de reconocimiento al costo de la sangre y sin fines de comercialización, forman parte de un mundo en constante degradación donde el capital cultural adquirido nada tiene que ver con la dinámica de una vida en sociedad en la que la alteridad no genere violencia.
De hecho, el capital cultural incorporado es la violencia mientras que el objetivado no es más que uno o varios cadáveres. Son los bienes no materiales, aunque percibidos como tales por ser los valores agregados concentrados en las bases del poder.
Comunidades digitales dispuestas y en redes. Traficantes de barbarie unidos por pulsiones de vida y muerte que migran para no ser detectados bajo la impunidad de las sombras de las redes sociales.
Romper reglas y normas tentados por la banalización del sentido de la vida en tiempos de acoso.
“Verdugos digitales”. “Sicarios digitales” que en su fase más compleja desnudan un fracaso colectivo bajo el velo de Eros también tergiversado.
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