HISTORIAS DE LOS JUEGOS

Río 2016: Los bueyes eran mejores que la hija del magnate

Río 2016 es la nueva escala de los Juegos Olímpicos, pero hay una historia anterior, muy poderosa, que abarca numerosos acontecimientos del siglo 20. Imperdible para quienes se interesan con estos temas socioculturales y deportivos, el excelente libro "Historias insólitas de los juegos olímpicos - Curiosidades y casos increíbles, desde Atenas 1896 a la antesala de Rio de Janeiro 2016", de Luciano Wernicke. Aquí el inicio, en Atenas 1896:

por LUCIANO WERNICKE

Los Juegos renacieron en Atenas gracias al impulso de Pierre de Coubertin y el compromiso de toda la nación griega para desempolvar las gloriosas olimpíadas.

A lo largo de 2 semanas, del 6 al 13 de abril de 1819, corredores, lanzadores, tiradores, luchadores, levantadores de peso, tenistas, nadadores, esgrimistas y ciclistas dieron brillo a cada una de las actividades que abrieron una nueva era para el deporte. 

En Atenas 1896 se presentaron apenas 176 atletas de 12 naciones, que actuaron en 9 deportes y 43 disciplinas.

En Beijing 2008 hubo 10.900 deportistas de 204 países, que terciaron en 34 competiciones divididas en 303 eventos. Si bien el contraste de las cifras abruma, es fundamental analizar el contexto histórico, cultural y hasta tecnológico en el que se desarrollaron las Olimpíadas en Grecia.

A fines de siglo XIX, sin aviones que acortaran los tiempos y las distancias, sin compañías auspiciantes que colaboraran con los fondos necesarios para las pobras, sin televisión ni radio, sin publicidad ni promoción, Atenas fue un gran logro como 1ra. sede de un Juego Olímpico.

Toda gran empresa nace en una pequeña iniciativa, y si Beijing 2008 se constituyó el más grande éxito deportivo de la historia, con la participación de todos los países del planeta, sin dudas se debió a la sólida base de mármol cincelada por ese primer paso que fue Atenas. Un primer y pequeño paso, tal vez no muy firme; se objeta que no intervinieron mujeres ni naciones de Asia y África; aunque fundamental para iniciar un largo y próspero camino.

Los griegos se esforzaron al máximo para esta innovadora competencia: El bellísimo estadio Panathinaiko; se restauraron del antiguo coliseo construido en el año 350 a.C., gracias al aporte monetario del rico empresario local Georgios Averoff; deslumbro revistiendo en exquisito mármol blanco del monte Pentélico.

Además del aporte de Averoff, el comité organizador, presidio por el príncipe Constantino, tuvo que hacer verdaderos malabares para recaudar el dinero necesario con el objetivo de preparar todos los escenarios. Se llegó inclusive a emitir 12 sellos postales especiales, los primeros en la historia dedicados al deporte. Se lanzaron solamente 16 mil series, que hoy tienen un valor incalculable entre los coleccionistas.

Para esta edición se decidió premiar al ganador de cada prueba con una corona confeccionada con ramitas de olivo y una medalla de plata. Al 2do. se le reservó una presea de bronce, y un diploma para el 3ro.

La tradición de entregar medallas olímpicas de oro, plata y bronce comenzó recién en la 3ra. edición de los Juegos, en la ciudad estadounidense de San Luis. En la tabla estadística elaborada con el parámetro actual, Grecia fue el país que sumó más medallas, con 47 (10 “doradas”, 18 de “plata” y 19 de “bronce”). No obstante, EE.UU. reunió más “oros”: 11.

El 6 de abril de 1896, ante 50 mil espectadores emocionados por el reverdecer de las olimpiadas -tanto entusiasmo despertaron los juegos que hasta hubo reventas de entradas-, el rey Jorge I de Grecia decretó el retorno a la vida de las competencias atléticas destinadas a promover la paz y la armonía entre los pueblos. Minutos después de la inauguración oficial, el estadio Panathinaiko fue escenario de las primeras pruebas.

El estadounidense James Connolly se consagró como el 1er. campeón Olímpico de los Juegos Modernos al ganar fácilmente la competencia de salto triple que culminó ese mismo día. Connolly alcanzo un registro de 13, 71 metros, un metro más que el 2do. clasificado, el francés Alexandre Tuffèri.

El gimnasta alemán Hermann Weingärtner fue el atleta que obtuvo la mayor cantidad de “medallas”, 6: 3 oros, 2 platas y 1 bronce.

Su compatriota Carl Schuhmann sumó 4 éxitos dorados, 3 en gimnasia y 1 en lucha grecorromana.

En el campo atlético, hubo notables dobletes de los estadounidenses Thomas Burke (100 y 400 metros lisos), Ellery Clark (salto en alto y largo) y Bob Garrett (lanzamiento de bala y disco) y del australiano Teddy Flack (800 y 1.500 metros en pista).

No obstante, el gran héroe de los primeros Juegos fue un desconocido corredor local, Spiridon Louis, quien sólo ganó 1 prueba. Claro que esta fue la maratón, el gran acontecimiento de la olimpíada.

El maratón

Para este torneo que devolvía la vida a los Juegos, Coubertin quiso incorporar al programa deportivo una competición atlética nueva que se constituyera en la prueba culminante de cada olimpíada. Luego de analizar distintas sugerencias, el barón aceptó una carrera ideada por su amigo e inventor Michel Breal.

Breal repasó atentamente la historia “clásica” helena y se le ocurrió recrear la epopeya del soldado Filípides, héroe del 1ro. de los 3 enfrentamientos bélicos entre algunas ciudades-estado griegas y el imperio persa durante el siglo V a.C., conocidos como las “guerras médicas” (así denominadas porque los atenienses llamaban “medos” a los asiáticos).

Según el relato del historiador Heródoto, al finalizar la batalla Filípides fue convocado por su general, Milcíades, para correr hasta Atenas e informar la victoria sobre los persas. El muchacho, ya desgastado por la dura lucha, se despojó de su armadura y partió al trote hasta la ciudad-estado, que se encontraba a unos 40 kilómetros de la llanura que había sido escenario del combate.

Filípides corrió sin cesar y, al llegar, apenas logró anunciar el triunfo: murió instantes después a causa del enorme esfuerzo. Una versión asegura que el soldado falleció por una herida recibida durante la batalla y no por el agotamiento, pues estaba acostumbrado a llevar mensajes de Atenas a Esparta, separadas por unos 160 kilómetros.

Otro relato sostiene que Filípides no unió Maratón con Atenas, sino con Esparta, a través de unos 200 kilómetros, para solicitar refuerzos. Más allá de estas discrepancias, Breal propuso a Coubertin que los atletas siguieran la ruta entre Maratón y Atenas, a través de 42 kilómetros.

La idea gustó mucho al noble francés, y maravilló a los griegos, felices con una prueba bautizada con el nombre de una de sus localidades que además, rendía homenaje a uno de sus héroes. No obstante, lo que en los papeles parecía estupendo, debía verificarse como potable en la práctica, teniendo en cuenta el negro desenlace de la carrera “original”.

1ro., 2 meses antes del comienzo de los juegos, se pidió a 2 atletas que corrieran desde la llanura de Maratón hacia la capital griega para evaluar su desempeño. Uno de los voluntarios abandonó a la mitad de la prueba, pero su compañero logró llegar sano y salvo unas 4 horas después de la salida.

Superado el examen, el 2do. paso fue convocar a una carrera, para analizar su desarrollo: Según el periodista británico Geoff Tibballs, el 10 de marzo de q896, casi 1 mes antes del inicio de la olimpíada, se realizó el 1er. maratón, con 12 participantes, ganada por el griego Charilaos Vasilakos con un tiempo de 3 horas y 18 minutos.

2 semanas más tarde se repitió la competencia: Ioannis Laventis se impuso con un “nuevo récord mundial” de 3 horas, 11 minutos y 27 segundos.

Otro corredor local llamado Spiridon Louis arribo 7 minutos después, en el 5to. puesto. Su tiempo de gloria llegaría el 10 de abril cuando la novedosa carrera se convirtió, de la mañana a la noche, en una contienda celebre destinada a inmortalizar a su ganador y colocarlo en el panteón de los héroes olímpicos, al lado de Filípides.

Primer boicot

No toda ausencia de un país a una edición de los Juegos puede considerarse un boicot. Como tal, se entiende de manera exclusiva el acto de presión de parte de uno o varios Estados; como se verá a lo largo de la historia olímpica, no siempre sobre la nación anfitriona de la competencia; para tratar de impedir o entorpecer la realización del torneo deportivo, como medio de coerción para hacer oír un reclamo o conseguir que se satisfaga una demanda.

La palabra “boicot” proviene del apellido de un productor agrario irlandés, Charles Cunningham Boycott, quien representaba los intereses de un noble inglés, lord John Crichton, dueño de la mayor parte de las tierras del condado de Erne, en el oeste de Irlanda.

A raíz de las duras condiciones laborales que trato de imponer Boycott a sus peones rurales, estos se negaron a levantar su cosecha. El terrateniente intento convencer, inclusive mediante soborno, a algunos vecinos para que rompieran la huelga y trabajaran en los campos, pero también se opusieron y denunciaron la maniobra a los demás pobladores de la localidad, que decidieron organizar un “boicot” contra Boycott: La gente no hablaba con él, los comerciantes se rehusaban a venderles sus productos, el cantinero no le servía bebidas en su pub, sus empleados no atendían su casa y hasta el cartero se oponía a entregar su correspondencia.

Boycott consiguió finalmente campesinos de otros distritos y la protección de un cuerpo de policías para salvar su producción, pero al terminar la cosecha se marchó a Inglaterra.

Para Atenas, una sola nación pretendió boicotear los Juegos: el Imperdio Otomano, constituido mayoritariamente por la actual Turquía, enemigo ancestral de los helenos.

De hecho, Grecia se había independizado del Estado de Asia menor unos 60 años antes, después de permanecer bajo su dominio durante unos 3 siglos y medio, a partir de la caída de Constantinopla, en 1453. Al intento de desacreditar la 1ra. edición de los Juegos modernos no se sumó ninguna otra nación, por lo que los turcos fueron los primeros y únicos boicoteadores.

Calendarios

Cuando la delegación estadounidense; conformada básicamente por representantes de la universidad de Princeton y la Boston Athletic Association, cuyo viaje fue pagado con fondos reunidos por el ex gobernador de Massachusetts, Oliver Ames; arribó a Atenas el 24 de marzo, después de un extenso periplo que incluyo distintas etapas de barcos y trenes, sus atletas estaban convencidos de que tenían 12 días para practicar y aclimatarse a la tierra helena.

Sin embargo, ninguno de ellos había reparado que el programa deportivo había sido establecido según el calendario juliano, adoptado en Grecia por la Iglesia Ortodoxa, y no el gregoriano, que regía en Norteamérica y que actualmente se utiliza de manera oficial en todo el mundo; la nación helena lo incorporó en 1923; la inauguración de los juegos estaba prevista para el 6 de abril… pero según el almanaque juliano ese día correspondía al 25 de marzo, el día siguiente al del arribo de la escuadra yanqui.

A pesar del malentendido, los deportistas estadounidenses se adaptaron rápidamente y se apoderaron del “oro” en 9 de las 12 pruebas de atletismo. Nada mal para haber llegado al filo de la incomparecencia.

Atenas vs. Harvard

Además de contar con notables aptitudes atléticas, el joven James Connolly estudiaba literatura en la prestigiosa universidad de Harvard, en el estado de Massachusetts. Al enterarse de la restauración de los Juegos, el muchacho solicito al decano de su facultad, Nathaniel Shaler, su autorización para ausentarse unos días y participar en el gran evento deportivo, el joven estaba firmemente decidido a viajar a Atenas, al punto de utilizar hasta el último centavo de sus ahorros para costearse la aventura.

Sin embargo, Shaler rechazó la petición de Connolly alegando que el muchacho atravesaba un bajo nivel académico, y le aconsejó renunciar a la universidad para, a su regreso, solicitar su incorporación y comenzar “de cero” la carrera.

De lo contrario, sería expulsado por prolongada ausencia. Ofendido, el atleta se negó a dimitir, y se marchó dispuesto a no retomar estudios. Tras su vuelta a Nueva Inglaterra con el título olímpico bajo el brazo, Connolly comenzó una profusa carrera como periodista y escritor: Fue corresponsal de guerra para la prestigiosa revista Collier's y autor de 25 novelas.

50 años después del desaire de su decano, Connolly aceptó volver a pisar la célebre institución de la que se había ido indignado, al ser invitado a intervenir en una conferencia. Finalizada su disertación, un grupo de docentes lo postuló para recibir un nombramiento honorífico de Harvard. El campeón, severo, rechazó la iniciativa. El título que realmente le importaba ya lo había ganado en Grecia.

Protocolo

Poco después de que James Connolly grabara su nombre en el mármol de la historia deportiva, en la pista comenzaron las eliminatorias de los 100 metros lisos. Mientras se preparaba para la 2da. serie clasificatoria, el estadounidense Thomas Curtis; quien 4 días más tarde sería campeón en los 110 metros con vallas; se sorprendió al ver que uno de los participantes de la primera serie, el francés Alphonse Grisel, se colocaba guantes blancos para afrontar la competencia.

“¿Por qué te os pones?”, pregunto Curtis. El francés, tras mirar hacia el palco oficial donde se encontraba Jorge I de Grecia, contestó: “Porque corro delante del rey”.

Grisel termino 4to. esa carrera; detrás del estadounidense Francis Lane, el húngaro Alajos Szokolyi y el británico Charles Gmelin; y quedo eliminado. Su particular interpretación del protocolo no favoreció en absoluto su capacidad aerodinámica. Se dice que al finalizar la carrera, el mismo francés aseguro a Curtis que también terciaría en los 400 metros, lanzamiento de disco, salto en largo, barras paralelas y maratón. Pasmado ante tal variedad de disciplinas tan diferentes entre sí, el estadounidense le preguntó a su colega cómo hacía para entrenase para carreras de velocidad y de larga distancia al mismo tiempo.

“Pues es muy fácil", respondió Grisel; "un día corro unos pocos metros muy rápido y al día siguiente corro una distancia mayor muy lentamente.” Curtis no se sorprendió cuando, en la ceremonia de entrega de premios, el polifacético francés no recibió ni un apretón de manos. Sin dudas, merecía la medalla a la perseverancia.

El discóbolo

Un estudiante de la universidad de Princeton, Robert Garrett, había sido designado para viajar a Atenas y participar de lanzamiento de bala, disciplina en la que se destacaba como uno de los mejores de su país. Pero Garrett, un tipo curioso e inquieto como pocos, no podía justificar el larguísimo viaje hasta Grecia para intervenir exclusivamente en una sola competencia.

Por ella, solicitó a sus entrenadores que también lo inscribieran en salto en alto, salto en largo y en un evento desconocido en los EE.UU.: lanzamiento de disco. La propuesta de Garrett fue tomada casi en broma, porque nadie tenía el elemento fundamental para practicar esa disciplina: El disco.

No obstante, el empeñoso atleta aseguró que fabricaría uno y llegaría a Atenas bien preparado. Basándose en ilustraciones y grabado de vasijas antiguas, el muchacho de 20 años diseñó el artefacto y le encargó a un amigo herrero que se lo confeccionara en acero. Siguiendo los mismos dibujos helenos, fue ensayando los movimientos apropiados para tirar el instrumento lo más lejos posible. Así, practicó durante una semana y se embarcó hacia Grecia. El 6 de abril, luego de la inauguración oficial de los Juegos, el disco fue una de las primeras pruebas.

Al mezclarse con otros competidores, Garrett; el único estadounidense entre 3 locales, 22 dinamarqueses, 1 británico, 1 sueco y 1 francés; descubrió con sorpresa que la pieza era más pequeña y liviana que la que él había concebido: tenía unos 22 centímetros de diámetro y 2 kilos de peso. Asimismo, al ver como practicaban sus rivales, se sintió ridículo, pues todos lanzaban a partir de posturas similares a las de la escultura clásica “Discóbolo”, de Mirón de Eleuteras.

Lejos de amedrentarse ante tantas “novedades”; inclusive, debió aprenderse a último momento las reglas; el yanqui tomó su turno. Sus 2 primeros lanzamientos despertaron carcajadas entre sus contendientes y en el público, por sus torpes movimientos y porque el disco salió para cualquier lado. De hecho, casi causa una tragedia porque poco faltó para que cayera entre los espectadores.

Sin embargo, en su 3er. y último turno, Garrett giró sobre sí mismo al estilo del lanzamiento de martillo y arrojó la pieza a 29 metros y 15 centímetros, marca que, además de superar por 20 centímetros la del contrincante mejor clasificado, el griego Panagiotis Paraskevopoulos, quedó registrada como récord mundial.

Al día siguiente de su increíble hazaña, Garret sumó otro título olímpico en lanzamiento de bala y salió 2do. en salto en largo (4 días más tarde repetiría al 2do. puesto en salto en alto). Con 4 medallas, el improvisado discóbolo retornó a casa como el estadounidense más laureado de la primera edición de las olimpiadas modernas.

Campeón y caballero

La mañana del 8 de abril, 9 ciclistas; 4 alemanes, 22 griegos, 1 británico, 1 austríaco y 1 francés; participaron en la prueba de 100 kilómetros pista, consistente en 300 vueltas al velódromo Neo Phaliron de Atenas, de 333.3 metros de extensión.

A los pocos giros, el galo León Flameng desplegó una superioridad abrumadora que echó por tierra el entusiasmo de sus rivales, que poco a poco fueron abandonando. El único que quedó en la pista, aunque padecía una desventaja de 11 vueltas, fue el local Georgios Kolettis, quien se negaba a renunciar porque en el palco de Neo Phaliron se encontraba, completa, la familia real griega.

El destino quiso que, además de tener que perseguir infructuosamente a un competidor inalcanzable, a Kolettis se le rompiera la cadena de su rodado. Al notar el infortunio de su oponente, Flameng detuvo su bicicleta y no retomó la carrera hasta que el griego retornó a la pista con su vehículo reparado. Además de la prueba, el francés se ganó una estruendosa ovación del público, que lo felicito como campeón olímpico y como deportista honorable.

El medallista más joven… conocido

Dimitrios Loundras contaba con apenas 10 años y 218 días cuando intervino en los Juegos como integrante del equipo griego de gimnasia sobre barras paralelas. Miembro del Ethnikos Gymnastikos Syllogos, el niño se destacaba por su habilidad y notable técnica.

El 9 de abril, gracias al aporte del pequeño Loundras, su equipo finalizo en 3er. lugar, lo que en las estadísticas actuales representa la “medalla de bronce”. Desde ese día, Dimitrios; quien falleció en 1970; se mantiene como el medallista más joven de los juegos. En realidad, se trata del más pequeño de los “conocidos”.

En la edición siguiente, París 1900, un chico que participo como timonel en una prueba de remo conquisto la “medalla de oro”. Empero, su identidad y su verdadera edad; como se verá en el próximo capítulo, se cree que tenía 7 u 8 años; continúan desde entonces, por obra del destino, en el más absoluto, misterio, lo que permitió al griego conservar su novel título.

Sin bandera

El australiano Edwin “Teddy” Flack había legado a Atenas desde Londres, donde trabajaba, junto a varios de sus compañeros del London Athletic Club. Tras una travesía de seis días que le resultó insoportable por sufrir mareos y nauseas, Flack se recuperó rápidamente para protagonizar un intenso calendario deportivo que incluía carreras de pista y partidos de tenis, individual y dobles.

El 6 de abril compitió en las eliminatorias en la prueba de 800 metros; el 7, ganó el “oro” en los 1.500 metros; el 8, fue eliminado en la primera ronda del torneo de tenis “single”; el 9, consiguió su segundo “oro” en los 800 metros; ese mismo día, perdió con su compañero inglés George Robertson las semifinales de tenis por parejas, aunque sumo una “medalla de bronce”, a pesar de haber jugado un único encuentro, por la escases de contendientes; el 10, ingreso en el maratón, evento en el que debió abandonar exhausto, cuando le faltaban apenas 10 kilómetros para llegar al estadio Panathinaiko. Una experiencia tremendamente agotadora para un joven de 22 años.

Se cuenta que poco antes de dejar el maratón, agobiado por el calor, la deshidratación y los calambres Flack comenzó a alucinar. Desquiciado, confundió a un hombre que le acercó un vaso de agua con algún espectro monstruoso y le pegó una trompada en el rostro, tras lo cual se desvaneció. El australiano se despertó poco después, cuando otro espectador le arrojó agua a la cara.

3 días antes de su bochornoso final en el maratón, cuando conquisto los 1.500 metros, los organizadores izaron en su honor la bandera británica, lo que fue celebrado por los representantes del London Athletic Club.

Sin embargo, Flack pidió que en los registros oficiales de rectificar su nacionalidad. 2 días más tarde, al ganar la final de los 800 metros, “Teddy” fue anunciado como “australiano”, pero volvió a ondear la tricolor “Union Flag”. Ocurría que, por esos años, Australia no contaba con su propio pabellón, ya que funcionaba como colonia británica. La bandera actual australiana recién se consolidaría en 1901, cuando el estado de Oceanía pasó a integrar la Mancomunidad Británica de Naciones.

Vino que me hiciste mal…

Albin Lermusiaux nunca había corrido una distancia tan descomunal como la que proponía el maratón. Pero, agrandado por su tercer puesto en los 1.500 metros, el intrépido francés se anotó en la novedosa carrera que el 10 de abril cerró la competencia atlética en Atenas.

Lermusiaux se planteó una salida rápida para tomar la punta desde el primer momento, y luego regular las fuerzas para conseguir un sprint final en los últimos metros. Comenzó la prueba y el francés, como había calculado, se colocó a la vanguardia. Lentamente, los kilómetros se fueron sucediendo, siempre con el galo a la cabeza.

A solamente 8 kilómetros del estadio, el triunfo de Lermusiaux parecía un hecho. Sin embargo, agobiado por el cansancio y la sed, que habían comenzado a mellar su resistencia, el puntero aceptó un par de vasos de vino que le ofreció un espectador al costado del camino.

El francés bebió con fruición y volvió a la carrera, pero de inmediato noto que algo andaba mal: El alcohol, absorbido rápidamente por su estómago vacío, se mezcló con el agotamiento en un coctel letal que exploto en su cabeza.

Lermusiaux cayó desmayado y debió ser auxiliado por algunos de los vecinos que miraban curiosos a los corredores. Aunque pronto volvió en sí, el francés no pudo dar un paso más. Uno de sus asistentes recordó una antigua sentencia del poeta griego Alceo de Mitilene: “En el vino esa la verdad, en el agua la salud”.

El gran campeón

Tras el abandono de Flack y Lermusiaux, la punta de la carrera quedó para un atleta local: Spiridon Louis, un joven de 23 años nacido en la localidad de Marousi, al norte de Atenas, que se dedicaba a acarrear baldes de agua. El griego también había bebido vino ofrecido por los espectadores para apagar las llamas de la sed, pero con un resultado diametralmente opuesto al del galo: fortalecido por el néctar de las uvas, corrió sin parar hasta el estadio. Unas 50.000 personas estallaron en gritos de alegría y ruidosos aplausos al descubrir que ese pequeño atleta que avanzaba solitario en la pista hacia la meta era su compatriota.

La alegría fue tal que los príncipes Constantino y Jorge saltaron del palco oficial para acompañar a Louis, uno cada lado, hasta la meta; más tarde aseguraron que lo habían hecho para proteger al corredor de algún eventual accidente. Desde las tribunas a los pies de Louis cayeron flores, dinero, joyas y sombreros para recompensar tan notable acción.

El vencedor, que corto la cinta de llegada tras 2 horas, 58 minutos y 50 segundos de intenso trote, se convirtió, como por arte de magia,  de un ignoto deportista a un héroe nacional. Su victoria lo hizo acreedor a todo tipo de premios, desde pequeñas fortunas por periódicos, clubes y políticos, hasta cortes de pelo y el suministro de alimentos gratis de por vida. Tal vez la recompensa más suculenta fue la ofrecida por el potentado Georgios Averoff: la mano de su hija en matrimonio, y una dote de un millón de dracmas, la misma cantidad que había costado la refacción del Panathinaiko.

Louis agradeció la generosa propuesta del mecenas, pero debió rechazarla, pues ya estaba casado y tenía 2 hijos. Su repuesta fue diferente cuando, durante la entrega de premios, el rey Jorge I le pregunto qué le gustaría que le regalara para celebrar su proeza. El campeón, un hombre simple y humilde, no dudó: “Una carreta con 2 bueyes, que me ayude en el acarreo de agua”.

La primera trampa maratónica

Unos 6 minutos detrás de Spiridon Louis, llego al estadio otro corredor griego, Kharilaos Vasilakos, y casi pegadito, otro atleta local, Spirdon Velokas.

En 4to. lugar arribó el extranjero: el húngaro Gyula Kellner. Sin embargo, en cuanto recupero el aliento, el magiar denunció que Velokas había recurrido a una estratagema durante la prueba.

Según Kellner, el griego se había subido a un carro tirado por caballos para cubrir una importante porción del trayecto. Los organizadores interrogaron a Velokas, quien arrepentido confesó la estafa. Fue descalificado en el acto. Durante la ceremonia de entrega de premios, el rey Jorge le regaló al húngaro un reloj de oro como compensación por el mal momento vivido.

La odisea de Carlo

Carlo Airoldi era un habitual participante de insólitas competencias atléticas. En septiembre de 1895, por ejemplo, ganó la carrera de 1.000 kilómetros entre Milán y Barcelona, y tres años antes había triunfado e una prueba similar, aunque más corta, entre Milán y Turín.

Al enterarse del resurgimiento de los Juegos Olímpicos y de que se disputaría el maratón, Airoldi, que no contaba con suficientes recursos económicos para llegar hasta Atenas y solventar su ese día, convino con el editor de una revista de la época llamada La bicicletta viajar a pie, en tren y en barco hasta la capital griega e ir documentando las distintas etapas de su viaje; ya en los Juegos, actuar como cronista.

Acordado el monto en dinero del “auspicio”, el deportista comenzó su travesía desde Milán por el norte de Italia, cruzo a Eslovenia y prosiguió por Croacia, hasta la ciudad de Dubrovnik, en la costa dálmata. Allí, luego de pasar dos días internado por haber sufrido una caída, se le recomendó proseguir por barco hasta Grecia para sortear la “peligrosa” Albania.

A bordo de una nave austríaca, Airoldi bajo a tierra en el puerto de Patras y prosiguió hasta Atenas a pie, guiándose por las vías ferroviarias porque no había caminos. Un mes después de haber salido de Milán, el atleta se presentó por fin en el Palacio Real para inscribirse en los Juegos.

Sin embargo, no fue aceptado como concursante por ser considerado un atleta profesional. Cuando fue interrogado por un miembro del COI, Airoldi admitió haber cobrado un premio en dinero, consistente en 2.000 pesetas españolas, cuando ganó la prueba Milán-Barcelona.

El director de La bicicletta envió un telegrama a los organizadores rogando que el deportista fuera aceptado, pero no hubo caso: El COI se mantuvo firme en no permitir la participación de “profesionales”. La revista inclusive encabezo una campaña para denunciar que los jueces habían vetado al italiano, un serio candidato, para facilitar la victoria de griego Spiridon Louis.

Airoldi llegó a desafiar a Louis para correr un nuevo maratón, “mano a mano”, mas el griego, saciado de gloria y todo tipo de costosos regalos, prefirió dejar a salvo su título de campeón invicto.

Turista de oro

En 1894, el irlandés John Boland convocó a su amigo griego Thrasyvoalos Manaos a disertar en un congreso sobre deportes que se realizó en la Universidad de Oxford. Manaos, integrante de una poderosa familia helena, quedó muy agradecido por el convite y, dos años más tarde, tras ser designado miembro del comité organizador de la olimpiada, quiso retribuir el gesto de Boland y lo invito a presenciar los Juegos.

Al arribar a la capital griega, el irlandés notó que el calendario olímpico incluía un torneo de tenis, uno de sus deportes favoritos, y decidió anotarse.

En su 1er. partido en el Lawn Tennis de Atenas, Boland venció al alemán Friedrich Traun. Luego, derrotó a los griegos Evangelos Rallis y Konstantinos Paspatis en cuartos y semifinales, respectivamente.

El 11 de abril, en la final, el irlandés se impuso al también local Dimitrios Kasdaglis. Pero su hazaña no finalizo allí: El alemán Traun había quedado muy impresionado por la calidad de Boland, y lo invito a intervenir en el certamen de dobles, debido a que su compañero se había lesionado.

El irlandés aceptó y la dupla “mixta”; en esos tiempos se permitían equipos con jugadores de diferente nacionalidad; fue de oro tras imponerse a 2 binomios griegos: Aristidis y Konstantinos Akratopoulos, primero y Demetrios Petrokokkinos y Kasdaglis, en el último juego. Así, el hombre que había llegado a Atenas como turista volvió a su tierra como doble campeón olímpico.

La recompensa

Los primos Alfred y Gustav Flatow nacieron en Polonia pero se criaron desde pequeños en Berlín, donde sus familias habían decidido radicarse. En la capital alemana, los jóvenes Flatow pronto se destacaron en todo tipo de eventos deportivos: gimnasia, ciclismo, levantamiento de pesas y competencias atléticas de pista y campo.

Al conocerse que en Atenas se realizarían los primeros Juegos Olímpicos modernos, los Flatow viajaron para representar a su país en las distintas modalidades gimnasticas, tanto en pruebas individuales como grupales, integrando la selección nacional germana. Gracias al aporte de los primos, Alemania ganó el título por equipos en barras paralelas y barra horizontal.

Alfred obtuvo además “oro” y una “plata” en el concurso individual de las mismas especialidades. Al regresar a Alemania, los Flatow fueron calurosamente felicitados por los éxitos conseguidos para su país. No obstante, en 1933, luego de la asunción de Adolf Hitler como jefe de gobierno, la gloria olímpica conseguida por los primos se evaporo por su condición de judíos. Alfred y Gustav; quienes trabajaron en varios gimnasios y escuelas enseñando distintas disciplinas deportivas; debieron exiliarse en Holanda para escapar de la ola de antisemitismo que se había levantado en Alemania. Durante la 2da. Guerra Mundial el ejército germano ocupó los países bajos y los Flatow, como otros miles de judíos quedaron atrapados bajo la bota nazi.

Ambos fueron capturados y deportados al campo de concentración de Theresienstadt, en la actual República Checa, donde murieron de hambre junto a 35 mil personas: Alfred tenía 73 años; Gustav, 70. Sin embargo, la gloria olímpica no pudo ser aplastada por el tremendo desenlace: En 1987, la Federación Alemana de Gimnasia instituyó la “Medalla Flatow” al mérito deportivo en homenaje a Alfred y Gustav Flatow. Una justa y eterna recompensa para dos personas que dedicaron su vida a promover el reporte entre los jóvenes germanos.

Nadador, humorista y arquitecto

Como en Atenas no había piletas apropiadas para las pruebas de natación, los organizadores de los Juegos determinaron que las tres carreras; 100, 400 y 1.200 metros libres; se realizaran en mar abierto en la bahía de Zea, pegada al puerto de Atenas, El Pireo. Esta decisión, claro, planteaba una cuestión que excedía las más prolijas previsiones: Nadie podía asegurar que el día fijado para las competencias, las aguas del Egeo estuvieran tranquilas. Y, precisamente como diría la máxima de Edward Murphy, si algo puede salir mal, saldrá peor.

La mañana del domingo 12 de abril, el mar despertó muy revuelto, con altas olas, y el agua, helada. A pesar de las condiciones adversas, los organizadores decidieron seguir adelante, y para la primera carrera seis gallardos participantes fueron llevados en bote hasta una plataforma desde la que se zambulleron y lucharon a brazo partido contra el oleaje para retornar a tierra firme.

El ganador fue el húngaro Alfred “Hajos” Guttmann, un estudiante de arquitectura de 18 años que había aprendido a nadar a los 13, después de que su padre se ahogara en el río Danubio. Guttmann completó el recorrido delineado por calabazas huecas que funcionaban como boyas en 1:22.2, apenas 6 décimas más rápido que el austríaco Otto Herschmann.

Los otros 4 competidores (1 estadounidense y 3 griegos) prefirieron regresar a la tarima antes de sucumbir congelados o lanzados por una ola contra el muelle. Para los 400 metros apenas se aventuraron tres contendientes: El austriaco Paul Neuman (vencedor con un tiempo de 8:12.6) y los griegos Antonios Pepanos y Efstathios Khorafas, 2do. y 3ro., respectivamente.

El mar se calmó un poquito para la prueba siguiente, los 1.200 metros. Tres barcas trasladaron a seis concursantes hasta la plataforma. Antes del disparo de comienzo, 2 de los botes regresaron a la meta y uno quedó para actuar en caso de alguna contingencia. Guttmann, quien había sufrido la baja temperatura del agua en la primera carrera, se embardurnó el cuerpo con grasa para combatir el frío.

Empero, esta protección le sirvió de poco y, a mitad de la carrera, acosado por un calambre, decidió abandonar.

Para su sorpresa, la barca de auxilio estaba todavía más lejos que la meta, de modo que prosiguió nadando para salvar su vida. Su instinto de supervivencia no sólo le permitió sortear el peligro, sino ganar la prueba con un tiempo de 18:22.2.

“Mi mayor lucha fue contra las olas; llegaron a los cuatro metros de altura esa mañana; y el agua estaba terriblemente fría”, comentó luego el campeón, que aventajo por 2 minutos y medio al segundo, el griego Joannis Andreou. Esa jornada se realizó también una carrera de 100 metros estilo libre reservada en forma exclusiva para marineros; en la que se impuso Ioannis Malokinis; evento que nunca volvería a tener lugar en una olimpíada.

Al día siguiente, el mar se presentó aún más embravecido, lo que obligó a suspender las pruebas de remo. Como el tiempo continuó empeorando, estas competencias nunca se concretaron.

Durante el banquete de honor para los campeones olímpicos, el rey Jorge I de Grecia se acercó respetuosamente a Guttmann y le preguntó dónde había aprendido a nadar tan bien:
“En el agua”, respondió el húngaro haciéndose el gracioso. Poco le duró al engreído joven su irrespetuoso sentido del humor: Cuando retornó exultante a sus clases en la Universidad de Budapest, regodeado en que su nombre apareciera destacado en todos los periódicos, Guttmann fue reprendido sin misericordia por el decano de su facultad por haberse ausentado varias semanas sin autorización.

“Sus medallas no me interesan. Yo estoy ansioso de escuchar sus respuestas en su próximo examen”, lo amedrentó el docente, haciendo caso omiso de su fama deportiva. El nadador se tomó la carrera en serio y en pocos años se graduó con honores.

Hambre, pero no de gloria

Apenas 7 valientes se atrevieron a participar el 13 de abril en la demoledora carrera ciclística “12 horas pista”, una prueba tremenda que nunca más volvió a integrar el calendario olímpico.

A las 7:20, en medio de un gélido temporal que no se apiadaba del flamante; y descubierto; velódromo Neo Phaliron, los intrépidos atletas montaron en sus rodados y partieron hacia la descomunal aventura.

El austriaco Adolf Schmal, favorito para ganar la competencia, necesitó apenas 5 vueltas para alcanzar a 3 de los 4 griegos intervinientes.

Konstantinos Konstantinou, Nikos Loverdos y Tryfiatis Trypiapis calibraron la potencia del alpino, las fuertes ráfagas y la helada agua que los empapaba y dijeron “basta” a la aventura casi al unísono. Pocas vueltas más tarde, Schmal supero al alemán Josep Welzenbacher, quien también decidió detenerse al advertir que lo único que podía llevarse del velódromo era una fuerte gripe.

La carrera prosiguió con 3 contendientes hasta el mediodía, cuando el local Georgios Paraskevopoulos, varias vueltas rezagado detrás de Schmal y del inglés Frederick Keeping, frenó su bicicleta y abandono la carrera. ¿Cansado? ¿Abrumado por la ventaja que le llevaban sus dos rivales? ¿Empapado, congelado? Nada de eso: Paraskevopoulos, un deportista con hambre, pero no de gloria, se bajó de su rodado para almorzar.

El austríaco y el británico continuaron a toda potencia hasta que, pasadas las 12 horas y casi 300 kilómetros recorridos, Schmal se quedó con el “oro” por un margen apenas algo mayor que una vuelta: 354 metros. Paraskevopoulos fue tercero, pero quedo descalificado por abandono. De bronce, solo le tocó el tenedor que utilizo para pinchar sus alimentos.