Trabajar para Elon Musk nunca fue sinónimo de calma. Exigencia extrema, cambios de rumbo constantes y una presión permanente por alcanzar resultados marcan el pulso de las compañías que lidera. Esta semana, esa dinámica volvió a quedar en evidencia con la salida casi simultánea de dos cofundadores de xAI y un ejecutivo clave de Tesla.
En xAI, la startup creada por Musk para competir en el mercado de la inteligencia artificial, el primero en anunciar su salida fue Tony Wu, cofundador y líder de los equipos de razonamiento. Horas más tarde, se sumó Jimmy Ba, otro de los socios fundadores. Con estas 2 renuncias, ya son 6 los integrantes originales del equipo de 12 que dejaron la empresa desde su creación.
Musk está incorporando xAI a SpaceX como parte de la estrategia para sumar valor a la empresa que pretende llevar al mercado de capitales como la de más valor del planeta.
La salida de Wu y Ba no pasó desapercibida. Especialmente porque llega apenas días después de que trascendiera el descontento interno de Musk con el desempeño de Grok, el chatbot estrella de xAI, que busca posicionarse frente a gigantes como ChatGPT, Gemini y Claude en una carrera cada vez más feroz.
Aparentemente el problema es la velocidad de aprendizaje de Grok.
Tesla, en modo repliegue
La situación se replica con otros matices en Tesla. Raj Jegannathan, ejecutivo con 13 años de trayectoria en la compañía, anunció su salida apenas meses después de asumir un rol ampliado que incluía la supervisión de ventas y servicio técnico.
El movimiento refleja una tensión creciente dentro de la automotriz: reactivar un negocio que acumula 2 años consecutivos de caída en las ventas, mientras Musk concentra gran parte de su atención en proyectos de largo plazo como la robótica y los robotaxis.
En esos 2 años, empresas chinas como BYD han arrebatado a Tesla su liderazgo en el mercado de vehículos eléctricos.
Tesla no ha logrado innovar en su oferta ni bajar sus precios todo lo que necesitaba para esa competencia. Una de las líneas de producción de Tesla fue modificada para comenzar a producir humanoides en masa, lo que resulta un dato interesante sobre una reconversión imaginada por Musk.
De todos, volviendo a Jegannathan, la ecuación no es sencilla. A un ejecutivo de perfil técnico se le encomendó una de las tareas más complejas del momento: recuperar el crecimiento comercial en un mercado cada vez más competitivo y con márgenes cada vez más ajustados.
Ni hablar que Musk incineró el valor de branding de Tesla ingresando a los equipos de Donald Trump, un militante en el rechazo de los vehículos eléctricos, cuando potencialmente los simpatizantes de esos autos son contrarios a Trump y se declararon decepcionados por Musk, el rostro pública de Tesla. El CEO no se hizo cargo de esos errores sino que, con su movimiento, intenta ignorar el fondo de la cuestión y transferir responsabilidades.
Un patrón que se repite
La rotación de ejecutivos no es nueva en el Universo Musk. Tanto Tesla como xAI y SpaceX atravesaron múltiples salidas de altos cargos en los últimos años. Para sus defensores, esta dinámica responde a un modelo de gestión que busca empujar constantemente los límites del rendimiento.
Sin embargo, los costos comienzan a hacerse visibles:
- pérdida de conocimiento interno,
- desgaste organizacional y
- una reputación laboral que puede desalentar a nuevos talentos.
En sectores tan disputados como la inteligencia artificial y la movilidad eléctrica, atraer y retener perfiles altamente calificados se vuelve una variable crítica.
“Hay un núcleo duro de seguidores dispuestos a trabajar bajo cualquier condición, pero también crece el número de profesionales que prefiere no sacrificar su calidad de vida por el estilo Musk”, señalan analistas del sector tecnológico.
SpaceX y la incógnita clave
En este contexto, la mirada del mercado empieza a posarse con más atención sobre SpaceX, especialmente ante la posibilidad de una futura salida a Bolsa.
Una figura se vuelve central: Gwynne Shotwell, presidente de la compañía y considerada la ejecutiva más influyente del ecosistema Musk, después del propio fundador.
En sus inicios, Shotwell estuvo matriculada en Chrysler para el programa de formación en Administración de la empresa pero deseaba una función más práctica en ingeniería. Por eso se marchó a The Aerospace Corporation, y trabajó como técnico en búsqueda y contratos de desarrollo espacial militar.
Durante una década trabajó en el análisis térmico mientras "escribió docenas de documentos en gran variedad de temas como diseño conceptual de pequeñas aeronaves, modelado de objetivos de firma infrarroja, integración del transbordador espacial y riesgos operacionales del vehículo de reingreso".
En 1998 saltó a la división de sistemas espaciales en Microcosm Inc, para un cohete low-cost construido en El Segundo, que no prosperó.
En 2002, ella llegó la empleada N°7 de SpaceX, una exploración espacial comercial fundada por Elon Musk, donde construyó la familia de vehículos del cohete Falcon que realizó casi 50 lanzamientos.
Shotwell es considerada el contrapeso operativo del empresario: una gestora meticulosa, estable y con capacidad para sostener la complejidad de la organización.
Mientras Tesla y xAI pueden absorber algunas salidas individuales, una eventual partida de Shotwell representaría un golpe inmediato a la credibilidad y estabilidad del conglomerado espacial.
El riesgo silencioso
Las salidas recientes reabren una pregunta que recorre Silicon Valley desde hace años: ¿hasta qué punto un liderazgo basado en la presión constante es sostenible en el tiempo?
Para los inversores, no se trata solo de nombres propios.
La rotación permanente impacta en la planificación estratégica, la ejecución de proyectos críticos y la confianza del mercado.
Donde la inteligencia artificial, los vehículos eléctricos y la exploración espacial avanzan a máxima velocidad, la estabilidad interna se convierte en un activo tan valioso como la innovación.
Por ahora, Musk sigue apostando a su fórmula, cuando el éxodo de ejecutivos empieza a marcar un límite: incluso en el imperio del empresario más disruptivo del planeta, la tensión acumulada termina pasando factura.
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