El feudalismo del consumo
Las economías del mundo necesitan volver a lo básico: la educación, el acceso al capital, el imperio de la ley, y la movilidad laboral. La desaceleración del crecimiento en China y la India ponen de manifiesto que los consumidores son clave para la prosperidad. La alternativa es un paráte mundial del crecimiento.
10 de abril de 2012 - 09:03
CIUDAD DE BUENOS AIRES (Urgente24). En abril de 2007, New Century Financial Corporation requirió protección judicial por su situación de quiebra, algo que pasó bastante desapercibido. Sus títulos respaldados por hipotecas ya no tenían valor alguno y ya entrados en el invierno de ese año Bear Stearns estaba liquidando los fondos de cobertura (hedge funds). Llegada la primavera de ese año, el quinto mayor prestamista hipotecario del Reino Unido, Northern Rock, estaba contra las cuerdas empujado por el Banco de Inglaterra. El resto es historia conocida. Nos lo recuerda Brian P. Klein, estratega macroeconómico y geopolítica y ex diplomático de USA y publica The Diplomat.
Cinco años más tarde, tras la seguidilla de quiebras bancarias y rescates financieros, ejecuciones hipotecarias, y un creciente desempleo, la crisis que comenzó como un malogrado plan de financiación de hipotecas ha dado lugar a un triple e inusual fracaso de los 3 motores tradicionales del crecimiento mundial: USA, Europa y Japón. A pesar de que los ciclos de expansión y contracción no son nada nuevo, estos suelen encontrar sus picos y sus mesetas en diferentes momentos o lugares, de modo talque el efecto conjunto tiende a ser más equilibrado. El malestar alemán de principios del siglo 20 debe entenderse en clave de los locos años de la década del 1920 en USA. La década perdida del Japón en 1990 coincidió con el boom tecnológico de Silicon Valley.
Ahora, las naciones industrializadas se enfrentan a su mayor amenaza económica en casi un siglo -una clase media más débil que pierde su poder adquisitivo para impulsar al crecimiento mundial. Si las tendencias actuales no se revierten -y pronto-, el 2012 podría ser el año en que los sectores medios fallen, poniéndole fin a un sigo de crecimiento económico.
La movilidad ascendiente de la clase media es un fenómeno relativamente nuevo. Durante la mayor parte de la historia, los ricos permanecieron ricos, sin muchas otras oportunidades para todos los demás. En los últimos 60 años, USA -como primer consumidor mundial de primera instancia- dio lugar a una edad de oro en términos de oportunidades que se complementaba con una Europa y Japón fortalecidos. La nueva clase media que surgió en ese proceso compró casas, automóviles y electrodoméstico hasta el cansancios, impulsando el mercado de masas a la adopción de todas las innovaciones importantes de la época - desde la electricidad y el teléfono a la tecnología médica e Internet.
Sin este poder de compra, la inversión en la innovación pierde su principal atractivo: la capacidad de beneficiarse de nuevos productos y formas de hacer cosas que se venden en un mercado de masas que puede darse el lujo de comprarlos. Obsérvese que el cambio ya está en marcha. Empresas como Procter and Gamble están diversificando su gama de productos para atraer tanto a los consumidores cuidadosos de sus presupuestos como a los compradores Premium, leales a la marca, pero van dejando de lado al estrato medio. La compañía ofrece detergente barato para lavar platos y costosas hojas de afeitar de Gillette, pero su marca de limpiador de ropa Tide se ha vuelto tan cara que es objeto de robo para ser vendido en el mercado negro e, incluso, para intercambiarlo por drogas.
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Contemporáneamente con la decadencia de Occidente, las economías emergentes (tan en boga por estos días) incluido el bloque BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) no pueden tomar el relevo. Tras largos años de laxa planificación y propiedad estatal de diversas industrias -desde bancos a compañías aéreas, el poder adquisitivo promedio de la clase media de los BRICS sigue siendo débil. Incluso las demasiado optimistas previsiones de un nuevo siglo asiático utilizan habitualmente tasas insostenibles de crecimiento que ya se constata están disminuyendo. La revisión del crecimiento de China, ahora en un más modesto 7,5% y la lucha de la India por mantener vivo el crecimiento, son perfectos ejemplos.
El cambio ya está en marcha. Si bien arriesgado, es necesario para el desarrollo de las economías que miran la demanda de las naciones industrializadas. Cuando el presidente chino, Hu Jintao, se dirigió a la Asamblea Nacional del Pueblo el mes pasado, hizo hincapié en la necesidad de reorientar la economía hacia un mayor consumo interno. El Banco Mundial, en un reciente informe, advirtió que China se enfrenta a un creciente riesgo de un aterrizaje forzoso si las políticas que cambian el papel del gobierno en la economía no se promulgan en breve. Varios economistas creen que ese día ya ha llegado. El crecimiento impulsado por la inversión y el gasto en infraestructura ha hecho muy poco por las pequeñas y medianas empresas -los principales creadores de trabajo-, o por una red de seguridad social o de salud.
Un triunfante Vladimir Putin declaró, en su discurso de victoria electoral, una profundización del esquema que intercambia propiedad del Estado por el control privado y mayores reformas de libre mercado. Birmania ha comenzado a liberar su economía de propiedad estatal tras décadas de dictadura. Los hoteles en Rangún están llenos de hombres de negocios ansiosos por estar en primera fila en esa joya relativamente intacta del sudeste asiático. Aquí, también, el capitalismo de Estado aparece en retirada, no en auge.
Por desgracia, es mucho más fácil pregonar la reorientación del crecimiento hacia el centro que ponerla en práctica, como si de cambiarle el rumbo a un barco trasatlántico de alta velocidad se tratase. La gran riqueza de Rusia ha fluido hacia poderosas oligarquías. Las brechas en el ingreso chino se están ampliando abismalmente dando lugar a un peligroso aumento del malestar social. Las empresas de la India se ven obstaculizadas por una excesiva intervención gubernamental, frecuentes cortes de energía y corrupción. Incluso el rápido pero limitado crecimiento del Brasil se basa en gran medida en sus recursos naturales.
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Al final, no ha habido mayor motor de crecimiento en la historia que el poder del consumidor. Las economías desarrolladas y las economías en desarrollo tienen que volver a lo básico: la educación, el acceso al capital, el imperio de la ley, y la movilidad laboral. Sin ellos, el crecimiento se estanca, se agrava la desigualdad social y se eleva la inestabilidad política. En ausencia de cambio, nuestros futuros colectivos sorprendentemente se parecen a un pasado no tan lejano. El feudalismo, también vuelve.
La gran época de la oportunidad -como se caracteriza al siglo 20- puede durar hasta bien entrado el presente si los países se centran en ganar nuevamente la carrera al centro y no a la destructiva cima financiera.









