Leopoldo Galtieri nació en Castelar, provincia de Buenos Aires. A los 17 años de edad ingresó al ejército, egresando del Colegio Militar de la Nación como oficial del arma de ingenieros. También fue egresado de la Escuela de las Américas.
Tras 25 años de servicio, Galtieri fue nombrado comandante del cuerpo de Ingenieros del ejército en 1975, en la misma promoción que llevó a Jorge Rafael Videla a ocupar la comandancia en jefe de las Fuerzas Armadas.
Tras la destitución de Jorge Rafael Videla como presidente y el nombramiento de Roberto Eduardo Viola, Galtieri visitó los Estados Unidos en función oficial. La administración del Presidente de USA Ronald Reagan, que consideraba el gobierno militar una fuerza afín en la lucha contra el comunismo, lo recibió cálidamente y le proporcionó información y asistencia de seguridad.
Fue un activo promotor del golpe de estado en 1976; sus simpatías lo llevaron a rápidos ascensos, siendo nombrado general de división en 1977 y teniente general en 1980. En 1981 pasó a integrar la Junta Militar, junto con José Anaya y Basilio Lami Dozo.
El 22 de diciembre de 1981, Galtieri, se hizo cargo de la Presidencia de la Nacióne en medio de una crítica situación económica y el descontento social que parecían ya incontrolables.
Como tercer presidente del Proceso de Reorganización Nacional, Galtieri conformó su gabinete con: Nicanor Costa Méndez (Relaciones Exteriores y Culto); Amadeo Frúgoli, (Defensa); Roberto T. Alemann, (Economía); Horacio Rodríguez Castells (Salud Pública y Medio Ambiente); Carlos Alberto Lacoste (Acción Social); Julio César Porcile (Trabajo); Alfredo Saint Jean (Interior); Sergio Martín (Obras y Servicios Públicos) y Lucas Jaime Lennon (Justicia).
Leopoldo Galtieri: La cara de la guerra de Malvinas
El 22 de diciembre de 1981 asumió la Presidencia de la Nación el General Leopoldo Fortunato Galtieri mentor de la invasión argentina a las Islas Malvinas (Falklands) en abril de 1982. Fue el penúltimo presidente de facto que tomó la dirección del Estado en medio de una crítica situación económica y del creciente descontento popular que empezaba a ver una dictadura desgastada por sus propias incompetencias.
22 de diciembre de 2006 - 00:00
Para el nuevo gabinete la aguda situación económica y social no pareció ser un tema capaz de ocupar los primeros lugares de la agenda de gobierno. Por el contrario; en materia económica se apelaría a las clásicas recetas de ajuste, que incluyeron un esquema de congelamiento salarial y la fijación de ciertos precios de productos básicos, al tiempo que se incorpora al gabinete económico a antiguos funcionarios del entorno de José Alfredo Martínez de Hoz.
Las medidas económicas del ministro de Economía Roberto Alemann, fueron no menos ortodoxas que las de sus antecesores. La restricción del gasto público, la compresión del circulante, la privatización de bienes estatales y el congelamiento de los salarios llevaron a una gravísima depresión económica.
Numerosos establecimientos como Citröen y La Cantábrica se sumarían a los que ya habían cerrado sus puertas. Fiat y Peugeot, por su parte, adoptarían un criterio de fusión empresarial, conformando el grupo SEVEL y dejando en la calle a gran parte de su personal.
Pese a los intentos de minimizar los conflictos por parte del régimen autoritario -que apelaría al uso de los medios de comunicación que controlaba en forma absoluta, y desviando el centro de atención con el arribo al país de personalidades del espectáculo internacional como Frank Sinatra, Toquinho o el grupo Queen- la resistencia civil se incrementaría ostensiblemente.
Las medidas económicas del ministro de Economía Roberto Alemann, fueron no menos ortodoxas que las de sus antecesores. La restricción del gasto público, la compresión del circulante, la privatización de bienes estatales y el congelamiento de los salarios llevaron a una gravísima depresión económica.
Numerosos establecimientos como Citröen y La Cantábrica se sumarían a los que ya habían cerrado sus puertas. Fiat y Peugeot, por su parte, adoptarían un criterio de fusión empresarial, conformando el grupo SEVEL y dejando en la calle a gran parte de su personal.
Pese a los intentos de minimizar los conflictos por parte del régimen autoritario -que apelaría al uso de los medios de comunicación que controlaba en forma absoluta, y desviando el centro de atención con el arribo al país de personalidades del espectáculo internacional como Frank Sinatra, Toquinho o el grupo Queen- la resistencia civil se incrementaría ostensiblemente.
El 30 de marzo de 1982 una movilización popular, hizo sentir su fuerza y la policía respondió reprimiendo. La situación popular era crítica. En un acto de la C.G.T. bajo el lema Paz, Pan y trabajo, los obreros, ciudadanos, estudiantes, madres con chicos fueron reprimidos con una violencia jamás igualada.
Los manifestantes no pudieron acercarse a la Plaza de Mayo debido al cerco que establecieron las fuerzas represivas en todo el centro de la ciudad de Buenos Aires. La decisión de la CGT de confrontar duramente con el gobierno y el intento de muchos manifestantes por acercarse a la Plaza de Mayo eran síntomas de que el temor a la dictadura y la consecuente parálisis política comenzaban a disiparse
Frente a la virulencia social creciente, Galtieri consideraría prioritario desacelerar la espiral opositora, abriendo un nuevo canal desde el cual poder obtener respaldo y consenso.
En tal sentido, se optó por adelantar una insólita operación militar concebida hacia fines de 1981 y proyectada para mayo o julio de 1982. Para la ejecución de la misma, el gobierno creía contar con el respaldo de Estados Unidos y el aval de una significativa porción de la población, en términos de lo que se consideraba una acción directa ligada al ejercicio de la soberanía nacional: la recuperación de las Islas Malvinas.
El término insólito no resulta exagerado. El propio ministro de Defensa Frúgoli, reconocería el 2 de abril de 1982, día de inicio de las operaciones, haberse enterado por los medios de comunicación del desembarco en las Malvinas y del control de las islas Georgias y Sándwich del Sur.
El operativo, en una primera instancia, resultaría exitoso, a pesar de la caída en combate del capitán de corbeta Pedro Edgardo Giachino. Los efectivos británicos destacados serían reducidos y transportados a Montevideo.
Depuesto el gobierno inglés, Puerto Stanley pasaría a denominarse Puerto Argentino, y el general de brigada Mario Benjamín Menéndez asumiría el gobierno militar de las islas.
La empresa militar, emprendida bajo el supuesto de que la situación geográfica de las islas haría imprácticas las acciones militares de los británicos, pronto tuvo que hacer frente a una muy superior task force de la Armada enemiga, reforzada con elementos norteamericanos, neozelandeses y en gral. de la OTAN.
El gobierno del general Augusto Pinochet en Chile proporcionó apoyo logístico a las tropas británicas. Las mal equipadas y peor entrenadas tropas argentinas se vieron pronto en una posición insostenible.
El exitismo popular superaría holgadamente a la crítica. La histórica Plaza de Mayo, epicentro del rechazo opositor tan sólo unos días atrás, se transformaría en el escenario desde donde un patriotismo primario derivaría en la algarabía y un delirio colectivo próximo al paroxismo.
Los medios de comunicación oficiarían como usina de alimentación de la desinformación, organizando campañas solidarias para la asistencia de las jóvenes tropas, y manteniendo ante el grueso de la población una ficción que poco después quedaría al desnudo de la forma más cruda, a partir de la ofensiva y posterior victoria británica.
Los comunicados oficiales, retransmitidos obligatoriamente por todas las emisoras de radio y televisión, concentraban la atención de todo el espectro político; férreos adversarios del régimen militar se vieron llevados por la situación a expresar su respaldo a la acción militar. El hundimiento, el 5 de mayo, del destructor británico HMS Sheffield, fue ocasión de celebraciones populares.
La información real sobre el estado de los combates se filtraba cuidadosamente para mantener altas las expectativas, de tal manera que la reocupación de las islas por las fuerzas británicas tras la batalla de Goose Green el 29 de mayo se mantuvo en secreto.
Aunque el control de la información se mantuvo hasta último momento, poco a poco los argentinos comenzarían a darse cuenta de que la derrota era inexorabl: El hundimiento del Crucero General Belgrano, con su secuela de 400 tripulantes muertos había calado hondo, y la posterior visita del Papa Juan Pablo II hacía sospechar que la mejor alternativa nacional pasaba por un inmediato cese de hostilidades.
El 14 de junio el general Menéndez y 9.800 soldados argentinos, en su mayoría reclutas adolescentes y mal preparados, se rendirían, dejando al descubierto situaciones calamitosas de maltrato a las tropas, dignas del mayor repudio.
La desilusión provocada por la derrota soliviantó las tensiones reprimidas durante la guerra. Galtieri renunció el 17 de junio; el cargo fue ocupado interinamente por su Ministro de Interior, el general Alfredo Óscar Saint-Jean.
Una nueva Junta Militar asumiría, no ya para replantear tácticamente el curso del Proceso de Reorganización Nacional, sino esta vez para preparar una salida, lo más ordenada posible, de los militares en el poder.
La nueva Junta Militar, integrada por el entonces general Cristino Nicolaides, el entonces almirante Rubén Franco y el entonces brigadier general Augusto Hughes se hacía cargo de las Fuerzas Armadas.
El 1º de julio se designaría al general de división Reynaldo Benito Bignone como presidente.
Leopoldo Fortunato Galtieri fue juzgado, junto con los demás líderes militares, por los crímenes cometidos durante el proceso.
Fue absuelto en primera instancia de los cargos civiles, pero el consejo militar lo encontró culpable de negligencia y otras faltas como responsable de la guerra de Malvinas en mayo de 1986, por lo que fue sentenciado a prisión y degradado. Una corte de apelación refrendó el fallo en 1988, perdiendo el grado militar.
Cumplió cinco años de prisión hasta ser indultado por el entonces presidente Carlos Menem en 1990.
En julio de 2002 fue sujeto a arresto domiciliario como prisión preventiva por la reapertura de las causas sobre la desaparición de menores y otros crímenes de lesa humanidad durante el período de su servicio al frente del Segundo Cuerpo de Ejército.
Su deteriorada salud y avanzada edad le permitieron seguir en su domicilio hasta que fue internado a fin de año por complicaciones derivadas de un cáncer del páncreas.
El 12 de enero de 2003 Leopoldo Galtieri murió a causa de un paro cardíaco.
Los manifestantes no pudieron acercarse a la Plaza de Mayo debido al cerco que establecieron las fuerzas represivas en todo el centro de la ciudad de Buenos Aires. La decisión de la CGT de confrontar duramente con el gobierno y el intento de muchos manifestantes por acercarse a la Plaza de Mayo eran síntomas de que el temor a la dictadura y la consecuente parálisis política comenzaban a disiparse
Frente a la virulencia social creciente, Galtieri consideraría prioritario desacelerar la espiral opositora, abriendo un nuevo canal desde el cual poder obtener respaldo y consenso.
En tal sentido, se optó por adelantar una insólita operación militar concebida hacia fines de 1981 y proyectada para mayo o julio de 1982. Para la ejecución de la misma, el gobierno creía contar con el respaldo de Estados Unidos y el aval de una significativa porción de la población, en términos de lo que se consideraba una acción directa ligada al ejercicio de la soberanía nacional: la recuperación de las Islas Malvinas.
El término insólito no resulta exagerado. El propio ministro de Defensa Frúgoli, reconocería el 2 de abril de 1982, día de inicio de las operaciones, haberse enterado por los medios de comunicación del desembarco en las Malvinas y del control de las islas Georgias y Sándwich del Sur.
El operativo, en una primera instancia, resultaría exitoso, a pesar de la caída en combate del capitán de corbeta Pedro Edgardo Giachino. Los efectivos británicos destacados serían reducidos y transportados a Montevideo.
Depuesto el gobierno inglés, Puerto Stanley pasaría a denominarse Puerto Argentino, y el general de brigada Mario Benjamín Menéndez asumiría el gobierno militar de las islas.
La empresa militar, emprendida bajo el supuesto de que la situación geográfica de las islas haría imprácticas las acciones militares de los británicos, pronto tuvo que hacer frente a una muy superior task force de la Armada enemiga, reforzada con elementos norteamericanos, neozelandeses y en gral. de la OTAN.
El gobierno del general Augusto Pinochet en Chile proporcionó apoyo logístico a las tropas británicas. Las mal equipadas y peor entrenadas tropas argentinas se vieron pronto en una posición insostenible.
El exitismo popular superaría holgadamente a la crítica. La histórica Plaza de Mayo, epicentro del rechazo opositor tan sólo unos días atrás, se transformaría en el escenario desde donde un patriotismo primario derivaría en la algarabía y un delirio colectivo próximo al paroxismo.
Los medios de comunicación oficiarían como usina de alimentación de la desinformación, organizando campañas solidarias para la asistencia de las jóvenes tropas, y manteniendo ante el grueso de la población una ficción que poco después quedaría al desnudo de la forma más cruda, a partir de la ofensiva y posterior victoria británica.
Los comunicados oficiales, retransmitidos obligatoriamente por todas las emisoras de radio y televisión, concentraban la atención de todo el espectro político; férreos adversarios del régimen militar se vieron llevados por la situación a expresar su respaldo a la acción militar. El hundimiento, el 5 de mayo, del destructor británico HMS Sheffield, fue ocasión de celebraciones populares.
La información real sobre el estado de los combates se filtraba cuidadosamente para mantener altas las expectativas, de tal manera que la reocupación de las islas por las fuerzas británicas tras la batalla de Goose Green el 29 de mayo se mantuvo en secreto.
Aunque el control de la información se mantuvo hasta último momento, poco a poco los argentinos comenzarían a darse cuenta de que la derrota era inexorabl: El hundimiento del Crucero General Belgrano, con su secuela de 400 tripulantes muertos había calado hondo, y la posterior visita del Papa Juan Pablo II hacía sospechar que la mejor alternativa nacional pasaba por un inmediato cese de hostilidades.
El 14 de junio el general Menéndez y 9.800 soldados argentinos, en su mayoría reclutas adolescentes y mal preparados, se rendirían, dejando al descubierto situaciones calamitosas de maltrato a las tropas, dignas del mayor repudio.
La desilusión provocada por la derrota soliviantó las tensiones reprimidas durante la guerra. Galtieri renunció el 17 de junio; el cargo fue ocupado interinamente por su Ministro de Interior, el general Alfredo Óscar Saint-Jean.
Una nueva Junta Militar asumiría, no ya para replantear tácticamente el curso del Proceso de Reorganización Nacional, sino esta vez para preparar una salida, lo más ordenada posible, de los militares en el poder.
La nueva Junta Militar, integrada por el entonces general Cristino Nicolaides, el entonces almirante Rubén Franco y el entonces brigadier general Augusto Hughes se hacía cargo de las Fuerzas Armadas.
El 1º de julio se designaría al general de división Reynaldo Benito Bignone como presidente.
Leopoldo Fortunato Galtieri fue juzgado, junto con los demás líderes militares, por los crímenes cometidos durante el proceso.
Fue absuelto en primera instancia de los cargos civiles, pero el consejo militar lo encontró culpable de negligencia y otras faltas como responsable de la guerra de Malvinas en mayo de 1986, por lo que fue sentenciado a prisión y degradado. Una corte de apelación refrendó el fallo en 1988, perdiendo el grado militar.
Cumplió cinco años de prisión hasta ser indultado por el entonces presidente Carlos Menem en 1990.
En julio de 2002 fue sujeto a arresto domiciliario como prisión preventiva por la reapertura de las causas sobre la desaparición de menores y otros crímenes de lesa humanidad durante el período de su servicio al frente del Segundo Cuerpo de Ejército.
Su deteriorada salud y avanzada edad le permitieron seguir en su domicilio hasta que fue internado a fin de año por complicaciones derivadas de un cáncer del páncreas.
El 12 de enero de 2003 Leopoldo Galtieri murió a causa de un paro cardíaco.










