El Mundo Boca festeja la obtención del título 70 sumando las etapas de amateur y en el profesionalismo. Más allá de eso, el “Xeneize”, a medias, pudo desahogarse de la dolorosa eliminación de la Copa Libertadores a manos del Santos.
Boca es campeón, pero sigue en deuda con el juego y necesita una autocrítica
Boca, a medias, tuvo su desahogó tras la eliminación de la Copa Libertadores con la consagración en la Copa Diego Maradona, pero dejó muchas deficiencias en el juego que tranquilamente podrían haberle costado muy caro.
Durante el juego frente a Banfield, Boca tuvo situaciones claras pero el “Taladro”, con un plantel joven, demostró que también, podría haberle ganado.
En este compromiso frente a Banfield, el equipo mostró fiereza y tuvo el carácter que no mostró en Brasil cinco días atrás. Se despertó, aunque no es para decir a tiempo, porque la que dejó pasar contra el Santos no debe olvidarla, para aprender. Ni puertas adentro ni para la gente. Justamente, por algo varios de aquella noche penosa fueron borrados desde el arranque para esta final que llegaba con alta presión, porque lo de la Libertadores terminó muy mal, más por la forma que por el resultado.
Esta vez Boca solo se metió en una difícil, sin que el rival de toda la vida lo amargara ni lo hiciera sufrir. Le había arañado el anterior campeonato en marzo con un gran sprint final; le había empatado el superclásico sobre la hora, lo había dejado segundo en el grupo para llegar a la final y encima River se había quedado antes afuera de la Libertadores.
Por consiguiente, la Copa Libertadores fue el supremo objetivo de 2020 y de ahí que los 13 años de sequía y la paupérrima despedida ante Santos en San Pablo representaran (en rigor, representen) una herida de sutura compleja.
Se trata a todas luces de una secuencia histórica de desdicha acumulada en el contexto de un club grande-grande, con pretensiones de permanente esplendor internacional y con el plus del siempre vigente juego de espejos y de ego con River.
Desde aquella notable coronación de 2007 en Porto Alegre, frente a Gremio, Boca se ha quedado en el camino en sendos mano a mano con Fluminense, Defensor Sporting, Newell's, Corinthians, Independiente del Valle, Santos, pero nada de mayor impacto que las tres caídas con River, incluida la legendaria final en Madrid.
Pero habría que ver si la frustración por tales derrotas y el deseo de volver a ganar la máxima competencia a escala sudamericana son lo único que importa.
Al fin de cuentas, la Libertadores data de 1960, Boca la ganó por primera vez en 1977 y después del reinado de Juan Carlos “Toto” Lorenzo debió esperar hasta finales del siglo XX para disfrutar de las mieles del primer ciclo de Carlos Bianchi.
Sin contar que el máximo conquistador del trofeo, Independiente, obtuvo la séptima y última de su cuño en la lejana versión de 1984.
Vale decir, aunque parezca de Perogrullo: ¡más allá de la Libertadores también hay vida!.
Más acá, entonces, en la fragua local, devaluada de grandes figuras, de tribunas despobladas y víctima del desastre organizativo crónico.
Quien se sienta necesitado de persistir en el casillero negativo de Boca, puede servirse incluso de un ingrediente más: en el tiempo reglamentario propiamente dicho Boca no ha ganado ni uno solo de sus cinco partidos últimos: empató el Superclásico, con Argentinos Juniors, con Santos en la Bombonera y el domingo en San Juan, amén de haber sido vapuleado en Brasil.
En consecuencia, la actuación de Banfield fue digna, que con una materia prima austera hizo tantos o mayores méritos que Boca, de ahora en más, el “Xeneize” está obligado sí o sí a cambiar, no sólo de mentalidad, sino en la forma de plantear los partidos aunque se vio que Miguel Ángel Russo tuvo que cambiar porque sino todo hubiese terminado en “catástrofe” futbolística.










