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UNA COYUNTURA MUY COMPLICADA

Sólo queda la expresión ciudadana de los banderazos...

Mar, 20/10/2020 - 2:40pm
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Durísima reflexión del politólogo Gustavo Hierro, reflejando la opinión de quienes protestan contra la Administración Fernández & Fernández, y el temor de muchos acerca del futuro próximo.

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"Sólo queda la expresión ciudadana de los banderazos para expresar la inconformidad con las actuales políticas, frente a la inexistencia de una oposición consistente que se plante frente a las arbitrariedades que salen de la Rosada y, sobre todo, del Instituto Patria."
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Los argentinos no sólo vivimos hoy en el país con más muertos diarios por millón de habitantes y quintos en número de contagios de coronavirus a nivel mundial. 

Estamos 8vos. en casos activos, 12os. en número de muertes, y en el puesto 15 en muertos por millón, en una lista compuesta por 194 países. 

Argentina tiene 45.376.000 habitantes, mientras que las naciones que nos acompañan en el podio suman: Estados Unidos, 330.222.000; India, 1.352.617.000; Brasil, 211.380.000; y Rusia, 146.745.000 habitantes.

En resumen, no hay manera de disimular, ni alquimia aritmética que logre justificar elrotundo fracaso del Gobierno de Alberto Fernández en la gestión de la pandemia.

Sólo la necesidad del Presidente de no ceder posiciones políticas en la interna gubernamental ante su vice puede explicar que un cuestionable ministro como Ginés González García permanezca al frente de la política de Salud, cuando su imprevisión y su sorprendente nivel de inoperancia –los datos lo muestran siempre corriendo detrás de los hechos, nunca gestionando en forma prospectiva- colocó a la salud pública de los argentinos en el peor de los mundos. 

Los expuso a un peligro terrible y es el primer responsable político por más de un millón de contagios y por las 26.716 vidas que hasta el momento se cobró la pandemia, siempre que nos basemos en las poco confiables estadísticas oficiales de un Gobierno para nada proclive al rigor de los datos. 

Sólo el favor de su jefe lo mantiene atornillado a su silla, cuando ni siquiera su comisión de asesores notables ya lo acompaña: el mediático infectólogo Pedro Kahn, quien supo mantener un alto perfil en los momentos en los que la cuarentena parecía funcionar, salió ayer (19/10) después de haberse escondido por semanas a decir en una entrevista que él no gobernaba, sino que sólo asesoraba al ministro. 

En cualquier país razonablemente normal, Ginés ya tendría que haber dado un paso al costado. 

La economía

En el camino, se perdieron 3.7 millones de puestos de trabajo, se alcanzó la tasa de desocupación más alta en 15 años (13,1%), miles de PyMEs cerraron definitivamente y muchas grandes empresas se están yendo del país. 

Danone, vaya por caso, anunció que explora vender sus activos en nuestro país.

Otra rareza rayana con el milagro reside en la voluntad de Alberto Fernández de sostener a Martín Guzmán al frente de la cartera de Economía: con prescindencia de lo que el ministro diga o haga, cada vez que abre la boca dispara el valor del dólar blue, porque las expectativas del mercado y de la sociedad no lo acompañan. 

La razón es simple: nadie le cree. Debemos considerar que la estabilidad económica se basa en un mero sistema de creencias. Los hechos muestran que Guzmán no estaría logrando consistencia a la hora de generar confianza, pilar básico de la gestión de cualquier equipo económico.

El propio Darío Martínez, secretario de Energía de la Nación, quien es responsable de proveer -pero sobre todo, de garantizar- este servicio esencial a los argentinos, anunció un verano con colapso energético y cortes crecientes del servicio eléctrico. 

En otras palabras, ya desde las declaraciones públicas anticipa que no cumplirá con el trabajo que le fue asignado.

Peronismo sin Perón

En las sombras, el kirchnerismo 'duro' esmerila al émulo de Mister Gardiner en el sillón de Rivadavia. Al Presidente Fernández se lo ve débil, y decide mostrarse respaldado por sindicalistas, que representan al 39% de la fuerza de trabajo registrada en el país. 

El "peronismo de Perón" dejó de existir hace décadas, porque en la Argentina sólo el 44% de los trabajadores activos está en blanco, o sea, sólo 3 de cada 10 tiene representación sindical. 

Pero los 'popes' de los gremios no ofrecen un apoyo incondicional, sino a cambio de cuantiosas transferencias del Estado a las arcas de las obras sociales que ellos controlan, que es casi como decir, a sus propias economías privadas.

Hablamos de una casta de sindicalistas multimillonarios que controlan a un ejército menguante de trabajadores cada vez más pobres. Esa es una parte importante de la verdadera grieta que divide a los argentinos.

Por su parte, los alfiles de Cristina van 'por todo', y sus hechos lo demuestran. Están colonizando todos los juzgados, en especial, los electorales. 

La Cámpora tomó control del Correo Argentino (vital para el envío de telegramas en el proceso electivo) y se aseguró una influencia estratégica fenomenal en Vaca Muerta, acaso una de las últimas arcas genuinas desde donde, para ser claros, se pueden manipular recursos cuantiosos. 

La revolución de estos modernos "pichones de Montoneros" no se basa en los fusiles, sino en la expoliación sistemática de las arcas del Estado, como hemos visto en los 12 años de la primera etapa kirchnerista. Nada nuevo bajo el sol.

La línea

Los K se frotan las manos y se preparan para el asalto final que les permitirá tomar la suma del poder, en cualquier momento, durante los próximos meses. Escuchar, por ejemplo, a Sergio Massa en la mesa de Mirtha (Juanita Viale le ofreció panqueques, de postre), decir que el presidente real es Santiago Cafiero, y no Fernández, nos muestra el nivel del serrucho que este kirchnerismo “reloaded” aplica sobre el ¿títere? que Cristina Fernández de Kirchner sentó en el sillón de Rivadavia. Ya lo usó para llegar al poder, ahora opera para que se vaya.

Lo curioso es que ella sabe que no cuenta con un nivel mínimo de aprobación pública que le garantice gobernabilidad. CFK es uno de los personajes más revulsivos, amados y resistidos a la vez en la historia argentina. 

Tal vez ella piense en hacer valer su autoridad por la vía represiva desde una hipotética presidencia, abusando del monopolio estatal de la violencia.

Pero también es probable que la titular del Senado opere, como sugieren muchos analistas políticos, para trasladar a Massa al Gobierno (en lugar del albertista Cafiero), e imponer a su propio hijo, Máximo Kirchner, en la presidencia de la Cámara Baja y, de esta manera, dentro de la línea de sucesión presidencial. 

Esa línea hoy está configurada así: Si dimite Alberto Fernández, podrían sucederlo, consecutivamente, Cristina Kirchner (vicepresidente), Claudia Ledesma Abdala (presidente provisional del Senado), Sergio Massa (presidente de la Cámara de Diputados) y Carlos Rosenkrantz (presidente de la Corte Suprema). 

La idea de un movimiento de fichas en favor de Máximo (hoy titular del bloque oficialista en Diputados), no sólo garantizaría el total dominio K sobre ambas cámaras legislativas, sino que además colocaría al benjamín de la vice en la carrera por el sillón de Rivadavia. Lo cual es lógico, si consideramos que el kirchnerismo de paladar negro ya enarbola la bandera del proyecto Máximo 2023. Hoy por hoy, todo este planteo podría tomarse como una elucubración casi imposible, pero con Cristina Elisabet Fernández de Kirchner, nunca se sabe. 

Todas estas cosas se discuten por lo bajo, mientras el Presidente de la Nación se pierde en diarreas verbales cotidianas e incurre en constantes contradicciones: su vocación para adaptar el discurso según su interlocutor es, cuanto menos, encomiable. Esa falta de personalidad para definir su propio pensamiento a la luz del pueblo argentino le juega en contra, mientras Fernández intenta sostenerse en el poder de una manera cada vez menos sustentable. Esos errores, tarde o temprano –y con el kirchnerismo operando entre bambalinas, más temprano que tarde- se pagan.

En este contexto, los argentinos (aquellos que votaron a Alberto y aquellos que no), nos quedamos sin trabajo, perdemos las libertades, vemos pisoteada nuestra dignidad, nos exponemos al saqueo y a la expropiación de nuestra propiedad privada, nos enfermamos, e incluso nos morimos.

Sólo queda la expresión ciudadana de los banderazos para expresar la inconformidad con las actuales políticas, frente a la inexistencia de una oposición consistente que se plante frente a las arbitrariedades que salen de la Rosada y, sobre todo, del Instituto Patria. Es previsible que semejante tibieza en los dirigentes también acarree sus consecuencias.

Preguntas

La perspectiva más acendrada entre los republicanos es que lo único que podría salvar a la Argentina es terminar con un esquema institucional que es deletéreo para el país. Quitar urgente el control del Congresoa Cristina y a su hijo son objetivos prioritarios. Pero si el peronismo histórico y sus gobernadores no entienden que deben dar la espalda al kirchnerismo y quitarle los fueros a CFK -no por una cuestión de convicción política, sino por instinto de supervivencia-, vamos camino hacia una crisis política y social sin precedentes. 

Desde los mentideros de la política sostienen que las provocaciones de la actual administración al propiciar las tomas de tierras, tomar medidas arbitrarias, cercenar libertades y soltar presos peligrosos, apuntarían en realidad a provocar una guerra civil con miras a la instalación de un régimen autoritario y violento. Esa tesis se funda sobre las mismas bases que sostienen que la Argentina va camino hacia Venezuela. 

¿Sería eso posible? Para lograr ese objetivo –hablamos siempre hipotéticamente- el Gobierno debería sacar a las fuerzas armadas a la calle. 

¿Alguien preguntó a cualquier miembro de nuestras fuerzas armadas, o incluso de las fuerzas de seguridad, qué piensa del actual gobierno? 

¿Levantarían sus armas los actuales uniformados en perjuicio de la población y en nombre de un Gobierno que no pierde oportunidad para vituperarlos, humillarlos y quitarles presupuesto en Defensa y Seguridad para volcarlo a políticas de Género? No parece ser el caso. 

Lo que tampoco se sabe es si la idea de alentar la formación de algún tipo de fuerza irregular, como una milicia civil dispuesta a apalear a la gente en la calle (el movimiento seudomapuche en el Sur parece ser un globo de ensayo en esa dirección), no podría despertar a la larga, como consecuencia inevitable, al gigante dormido en la Argentina, para reeditar tiempos que ya se creían superados. 

El Gobierno (Alberto, al menos), por ramplón que pueda parecer, tampoco es tan tonto como para no entender que no cuenta con esa capacidad fáctica para reprimir a la población. Argentina, definitivamente, no es Venezuela. Aquí va a costar un poco más imponer la razón de las bestias.

Con todo, para neutralizar al kirchnerismo, no bastará una derrota electoral apoteósica en 2021. Hará falta que su poder sea decapitado en ambas cámaras legislativas, y eso es casi imposible, a menos que abran la cabeza los propios peronistas históricos. Hacia ellos enfocan los spots de la historia en estas particulares circunstancias. 

En el Congreso, el kirchnerismo no es mayoría sino primera minoría, porque cuenta con menos del 50 por ciento de representantes tanto en Diputados como en Senadores. Pero si sigue contando enfrente con opositores maleables a los que puede comprar con billetes contantes y sonantes, la Nación se derrumbará como un castillo de naipes. Un peligro presente, cada día más. No hay democracia posible en estas condiciones, sino más bien un régimen autoritario (cada vez menos) disimulado.

La renuncia comunicada hoy por la Oficina Anticorrupción, a patrocinar las denuncias por corrupción contra funcionarios, ciertamente no apuntan en esa dirección, y menos, a la pacificación nacional. 

Si no se logra construir algún grado de mística, patriotismo genuino y sentido de la misión -la Corte Suprema y los jueces con causas de corrupción podrían hacer mucho en este sentido- la Argentina se quedará sin destino y, definitivamente, en manos de una élite deamorales sin el menor apego a la Constitución y a la ley.