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LOS ARGENTINOS Y SUS CREENCIAS INMANENTES

Entre el voto moral y la estabilidad económica

Jue, 24/10/2019 - 7:30pm
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"La gran cuestión es cómo se desarrollará la transición hasta el 10 de diciembre. Si Macri alcanzara su objetivo y fuerza un balotaje, la gran pregunta es cómo logrará Fernández contener hasta noviembre la olla a presión que supone la variopinta estructura de su espacio, que se bifurca entre la conservadora prudencia de los gobernadores del peronismo ortodoxo, y la tendencia ultra y cada vez más exacerbada del cristinismo duro encarnado por La Cámpora y los movimientos sociales", advierte el autor, Gustavo Hierro. Importante: "para forzar una 2da. vuelta, sería necesario que el candidato del Frente de Todos pierda al menos cerca de 900 mil votos, y así bajar a un nivel del 44%; y a la vez, la fórmula oficialista tendría que sumar otros 715 mil votos a los que ya obtuvo en las PASO, si quiere arribar al 35% que la pondría en condiciones de disputar un balotaje con su rival kirchnerista."

Promedio de encuestas electorales.
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A cuatro días de la elección presidencial de 2019, sobre el filo de los cierres de campaña, los acontecimientos políticos, económicos y sociales se suceden de una manera tan vertiginosa que obliga a replanteos constantes de última hora entre los principales candidatos argentinos.

Las crisis institucionales que se replican en cadena en varias naciones latinoamericanas son un buen ejemplo de los escenarios cambiantes. Chile muestra en los últimos días imágenes de una rebelión social de tal magnitud que opaca a las protestas indígenas que se produjeron en Ecuador la semana pasada. 

Ninguno de los candidatos presidenciales argentinos se animó a levantar demasiado el tono para expresar opiniones respecto de estos conflictos, en parte porque no se sabe hacia dónde van, y en parte porque frente a la instancia electoral de este domingo, los candidatos a Presidente prefieren no innovar. 

La única certeza verificable es que Alberto Fernández, el candidato kirchnerista del Frente de Todos, adoptó una campaña de perfil profundamente conservador –salvo algún exabrupto intempestivo con la prensa- y decidió apoyarse y descansar sobre los 15 puntos de ventaja que obtuvo en las PASO sobre su rival inmediato, el Presidente Mauricio Macri. Confía en que tendrá una victoria casi garantizada el domingo. 

Mientras tanto, el Presidente Mauricio Macri, perseguido por el fantasma de una muy posible derrota, decidió ponerse al hombro la campaña post PASO y encarar una empresa sin precedentes para su espacio: Ganar la calle y reunir multitudes en las principales plazas del país. Se trata de una auténtica paradoja, dado que semejante movida supone un ritual casi peronista.

Los buenos resultados obtenidos durante su peregrinaje por 30 ciudades argentinas se coronaron el sábado 19/10 en el Obelisco, con alrededor de medio millón de asistentes. Este fervor militante de los partidarios de Cambiemos dio lugar al alicaído Primer Mandatario –y, debemos reconocerlo, también a buena parte de su escéptico gabinete- a ilusionarse con una instancia casi quimérica: la posibilidad de forzar una 2da. vuelta con Fernández. 

Los observadores más realistas coinciden en afirmar otra versión, distinta a la del discurso oficial, para justificar la movida epopéyica de Cambiemos con su saga de actos por todo el territorio argentino. Según esta segunda lectura, Macri en realidad reconoce la inminencia de su derrota, pero pretende convertirse, de la mano de una masa crítica de votantes, en el líder indiscutido de la oposición

La jugada es achicar lo más posible las distancias con su rival, y transmitir a un Fernández ganador la certeza de que durante su gestión contará con los límites que le impondrá una oposición que permanecerá atenta e intolerante ante las posibles “distracciones éticas durante su gestión.

Lejos del relato que se repite –el que habla de un ostracismo europeo para el actual Presidente-, Macri avisa a propios y a extraños que él seguirá terciando en la vida política vernácula. Si obtiene una derrota digna, tanto María Eugenia Vidal como Horacio Rodríguez Larreta, los herederos naturales del espacio del PRO, deberán acusar recibo de la continuidad en la vigencia de su actual líder político. Ni qué hablar radicales como el actual gobernador mendocino, Alfredo Cornejo, que tan categóricamente se opuso en primer término a su candidatura por la reelección.

Por ahora, los dos debates presidenciales que se realizaron hasta el momento agregaron muy poco a la campaña. Sólo exhibieron la mediocridad de los políticos, que se limitaron a cruzar chicanas y no hicieron propuestas significativas ni anticiparon cómo sacarán a la Argentina de su eterno atolladero. Fue más de lo mismo: Todos hostigaron a Macri. 

El Presidente apeló al voto moral y al arribo de una “nueva etapa” de prosperidad y de trabajo para todos, que remeda a las prometidas mieles de aquel segundo semestre que jamás llegó.

Roberto Lavagna, quien hace pocos días aclaró que en caso de perder no será ministro de nadie y se irá a su casa, quedó desdibujado.

Alberto Fernández, por su parte, repitió sus slogans de campaña como un mantra y se las vio en figurillas para disimular las claras contradicciones entre su discurso actual y los de las numerosas versiones de sí mismo que circulan, omnipresentes, por las redes.

Quien mejor sacó partido de esa desventaja fue José Luis Espert, muy acostumbrado a polemizar en los medios.

Macri también se mostró en el 2do. debate más asertivo en sus cuestionamientos a su principal oponente. 

A tal punto, que alcanzó a provocar en Fernández un error no forzado. En un momento extremo, el candidato peronista admitió que había renunciado en 2008 a su cargo en la Jefatura de Gabinete debido a la corrupción que advirtió en aquel gobierno kirchnerista. Lo que no tuvo en cuenta cuando hizo semejante afirmación, es que la Presidenta de la Nación de aquel momento era su actual compañera de fórmula.

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Alberto Fernández en La Plata.
Alberto Fernández en La Plata.

Un baño de realidad

Azuzado por la masividad que obtuvo en sus actos proselitistas, el Presidente cree que el domingo 27 puede ocurrir el milagro que tanto ansía: Forzar el balotaje. Pero, ¿qué significaría esto en términos concretos?  

La Constitución Nacional prescribe que habrá 2da. vuelta electoral sólo cuando haya una diferencia inferior a 10 puntos entre los dos candidatos a Presidente más votados, siempre y cuando el primero haya recibido menos del 45 por ciento de los sufragios. Según el escrutinio final de las PASO, Alberto Fernández sumó 11.622.020 votos (un 47,65% del total), mientras que Mauricio Macri logró reunir 7.824.996 (un 32,08%). 

Esto significa que, para forzar una 2da. vuelta, sería necesario que el candidato del Frente de Todos pierda al menos cerca de 900 mil votos, y así bajar a un nivel del 44%; y a la vez, la fórmula oficialista tendría que sumar otros 715 mil votos a los que ya obtuvo en las PASO, si quiere arribar al 35% que la pondría en condiciones de disputar un balotaje con su rival kirchnerista.

Estas cifras –una simple especulación que nos permitimos para subrayar la dificultad de la hazaña que el oficialismo pretende lograr- no exhiben en principio un objetivo inalcanzable para el Presidente a la hora de buscar los votos que le faltan. 

Sin embargo, resulta casi inverosímil imaginar que casi un millón de personas reconsiderará su voto y abandonará su apoyo a Fernández. ¿Lo logrará Macri? Si nos basamos en las aritméticas de la teoría electoral, parece difícil. Lo que habitualmente ocurre tras una primera vuelta electiva con una diferencia tan marcada entre el primer y el segundo candidato –supongamos que la elección de agosto lo fue, aunque sólo se haya tratado de una interna abierta- es que en la siguiente instancia el candidato favorito tiende a conservar los votos de la primera ronda y suma otros nuevos. Este fenómeno de la opinión pública tiene nombre y ya fue estudiado. Se lo conoce como “efecto tren ganador”, “efecto arrastre”, o “efecto vagón de cola”. 

¿En qué consiste? En que, a último momento, muchos votantes indecisos terminan volcándose por el candidato favorito, sólo para jugar a ganador y subirse al carro de los vencedores. Después de todo, ¿a quién le gusta quedar del lado de los derrotados? Créase o no, este razonamiento es muy popular, sobre todo en la Argentina.

Pero, más allá de votos y porcentajes, lo que definirá esta elección son los motivos que impulsan a la mayoría de los electores a la hora de emitir el voto. El candidato que mejor interprete esas demandas, se llevará la banda presidencial. 

El eje de la campaña de Mauricio Macri, tras cuatro años de pésima gestión económica, es la lucha contra la corrupción, la defensa de la institucionalidad y la búsqueda de un desarrollo nacional sustentable basado en el sacrificio colectivo de los argentinos.

Del otro lado, Alberto Fernández promete recuperar la capacidad de consumo de las familias, generar empleo y “poner a la Argentina de pie” a través del reconocimiento de “nuevos derechos” para todos los argentinos, “tal como hicieron todos los gobiernos peronistas”. Desde luego, él no aclara cómo conseguirá todo eso, y menos en un período como el que viene, claramente de 'vacas flacas'. Macri y Fernández son dos mundos opuestos. 

Foucault y las creencias inmanentes

El filósofo francés Michel Foucault decía que el poder es un discurso que está destinado a controlar y a disciplinar a los hombres dentro del ámbito de las instituciones. Explicó que el poder influye sobre las llamadas creencias inmanentes de los hombres, que no son otra cosa que ese conjunto de creencias que todos tenemos y que, aunque no sabemos por qué, guían nuestra conducta. Guiados por nuestras creencias inmanentes, los argentinos hemos hallado diversas motivaciones para votar gobiernos en los sucesivos procesos electorales desde la restauración democrática. Tales creencias fueron mutando, según las circunstancias políticas y económicas que atravesó el país. Durante estos 36 años, los argentinos hemos sostenido en algunas ocasiones creencias inmanentes de carácter político-institucional, y en otras, de orden  estrictamente económico. 

Repasemos creencias político-institucionales:

En las elecciones nacionales de 1983, sobre el fin de la dictadura del Proceso, la creencia inmanente de los votantes argentinos fue la restauración plena de la democracia. Raúl Alfonsín fue quien mejor encarnó ese ideal, y ganó la presidencia. Las legislativas de 1985 reafirmaron esa aspiración institucional de la mayoría, que quería dar vuelta la página y dejar atrás a los años más oscuros del autoritarismo en la Argentina. 

Una década después, instalado el escándalo por la corrupción menemista, ganó terreno en el país el discurso de la transparencia. Desde 1996 el naciente Frepaso, de la mano de peronistas renovadores y progresistas independientes como Chacho Álvarez, José Octavio Bordón y Graciela Fernández Meijide, se adueñó de aquel principio de decencia política y lo terminó transformando en una victoria parlamentaria en 1997 y en la coronación del breve Gobierno de la Alianza en 1999, en asociación con el radicalismo. 

Finalmente, ese mismo principio aspiracional –la transparencia y la lucha contra la corrupción- forzó la derrota del oficialismo kirchnerista en las elecciones legislativas de 2013, y permitió la ascensión al poder de Mauricio Macri y de Cambiemos en 2015. Esa victoria se refrendó con similar esperanza en las legislativas de 2017.

Dicho esto, para entender qué ocurre en el actual proceso electivo (en el que muchos se muestran incrédulos y se rasgan las vestiduras ante las actuales tendencias), debemos analizar qué pasó en aquellas elecciones nacionales cuyas demandas fueron de origen económico. Por fuera de las ya mencionadas de orden político, desde la restauración democrática el resto de las elecciones nacionales llevaron como creencia inmanente colectiva la búsqueda de estabilidad económica. Veamos. 

En 1987, a mediados de la administración Alfonsín, el clamor electoral por un alivio en la economía llegó con una fuerte crítica al oficialismo, que terminó perdiendo el control del congreso y de los factores económicos. 

Dos años después, la hiperinflación empujó la caída anticipada de Alfonsín y la victoria de Carlos Menem: El peronismo volvió al poder bajo la promesa de la normalización económica. 

En 1991 y en 1993, el freno a la inflación que logró el plan de Convertibilidad de Domingo Cavallo granjeó la victoria del oficialismo menemista en ambas elecciones. 

La buena estrella de Menem se extendió hasta 1995, cuando gracias a la reforma constitucional aprobada un año antes, el riojano logró retener la Presidencia. Su salida del poder se debió, primero, a su imposibilidad constitucional de presentarse a otra elección.

Transcurrido el fiasco del gobierno aliancista de Fernando De la Rúa, la debacle que provocó la crisis económico-institucional de 2001 desató un cisma en la Argentina: Tras el interregno de Eduardo Duhalde, un electorado extenuado por aquella crisis sin precedentes votó en forma mayoritaria en 2003 a los candidatos peronistas que parecían estar en mejores condiciones para gestionar la crisis: Menem y Néstor Kirchner. El ex Presidente, fuertemente cuestionado, se bajó del balotaje y el santacruceño alcanzó el sillón de Bernardino Rivadavia. Allí comenzó la era kirchnerista. 

La estabilidad económica de fuerte estímulo del consumo interno, financiado con los recursos que brindaron los altos ingresos por retenciones a las exportaciones agrícolas, otorgó victorias electorales sucesivas al kirchnerismo en 2005 y 2007. En 2009 el oficialismo también logró imponerse por poca diferencia, pese a una notable pérdida de votos. Tras la muerte de Kirchner en 2010, su viuda fue reelecta con el 54% de los votos en 2011. En todos los casos, el electorado demandó, en forma invariable, el mantenimiento de la estabilidad económica. De esta manera, los Kirchner lograron liderar un proceso político casi hegemónico durante tres períodos. 

La historia posterior es conocida. En 2015 Mauricio Macri se impuso en las elecciones presidenciales, gracias a la creencia inmanente de los argentinos de exigir transparencia en la gestión pública y terminar con la endémica corrupción político-institucional.

El flamante Presidente selló con sus electores el compromiso de cambiar: Propuso sacar a la Argentina del estancamiento económico, político, moral e institucional que por años la mantuvo sitiada. Macri prometió también acabar con la grieta, recuperar las estadísticas públicas, abrir la Argentina al mundo, reducir el déficit fiscal, bajar la inflación, lograr la llegada de inversiones, mejorar la justicia con respeto a la división de poderes y recuperar lo robado por los funcionarios corruptos.

Es más: Tan pronto asumió, el Presidente pidió ser evaluado al término de su gestión por su capacidad para reducir la pobreza. Muchos argentinos aún recuerdan sus encendidas arengas en pos de la “Pobreza Cero”. Según el último relevamiento del INdEC del pasado mes de septiembre, la pobreza en el país alcanzó al 35,4 por ciento de la población (casi 16 millones de personas), un 5 por ciento por encima de la herencia que el actual gobierno recibió del mandato de Cristina Kirchner. 

Al filo de la cornisa

El macrismo se autoimpuso una vara demasiado alta. Algunas de estas metas se cumplieron, otras sólo a medias, y aunque en su primer bienio el déficit fiscal no se redujo y la situación económica general se agravó, merced de los exponenciales aumentos en las tarifas de servicios públicos, el electorado dio un voto de confianza al oficialismo y le concedió la victoria en las elecciones de medio término en 2017. Cambiemos alcanzó aquella victoria agitando el fantasma del kirchnerismo, en dirección contraria a su pretendida intención de acabar con las antinomias que dividen a los argentinos. 

Transcurridos los casi cuatro años de mandato de Macri, el gobierno demostró un rotundo fracaso en prácticamente todos los ítems económicos de su gestión. Pero aún en un contexto de alto endeudamiento con el FMI, inflación galopante y fuerte devaluación del peso –procesos agravados por el resultado adverso para el macrismo en las PASO del 11 de agosto- el Presidente insiste con su tozuda agenda de exacerbar las contradicciones con sus rivales kirchneristas y apelar al “voto moral.”

Entre todas las encuestas de opinión que circularon en la última semana –todas hablan de una victoria de Fernández sobre Macri por una diferencia mayor a la elección de agosto- llama la atención una en particular, registrada el 17 de octubre por la consultora Oh! Panel, junto con el laboratorio de Opinión Pública de la UCES. Es un muestreo probabilístico nacional de 1250 casos en AMBA e interior del país por cuotas de nivel socioeconómico, edad y sexo, mediante un cuestionario estructurado por internet.  La muestra indagó sobre los key drivers –temas motivadores- del voto para quienes expresan preferencias por los dos principales candidatos. 

La agenda de los votantes del Frente de Todos –alrededor del 50%, según esta encuesta- son temas de índole económica, tales como la reducción de la pobreza, trabajo y empleo, mejora de jubilaciones y pensiones, baja de la inflación y mejora en la distribución del ingreso. Según el mismo relevamiento, entre para quienes manifestaron intención de votar a Juntos por el Cambio –un 32% de los consultados- los temas relevantes son la institucionalidad política y la lucha contra la corrupción: impedir la victoria del kirchnerismo, reducir la corrupción pública, combatir el narcotráfico y fortalecer la democracia argentina, entre otras aspiraciones similares. 

La encuesta citada –en un momento de particular cuestionamiento a las consultoras de opinión, sobre todo después de las históricas gaffes de los muestreos previos a las PASO- está en línea con casi todos los relevamientos realizados por sus competidores. De confirmarse este domingo estos datos en las urnas, queda claro que la mayoría volverá a votar pensando en su bolsillo antes que en la decencia de los funcionarios o en la transparencia de las instituciones públicas. La creencia inmanente de los argentinos en 2019 volvería a ser, una vez más, la estabilidad económica. 
 
Es que la Economía es la espada de Damocles de la mayoría de los gobiernos argentinos. Poco podemos decir sobre ella en el tiempo que viene: Nadie sabe cómo seguirán las cosas después del domingo 27. Los actores económicos relevantes del mundo gremial empresario y obrero a nivel nacional están virtualmente alineados con Fernández. La Iglesia, también. No se dice nada sobre cuál es el plan económico para restaurar al país en una senda de cierta normalidad. La Argentina está en suspensión.

En una actitud que a primera vista parece irresponsable, Macri jura a la clase media que se acabó el ajuste y que llegó el momento de la prosperidad. Pero su enjundia no alcanzó para lograr que el Fondo Monetario Internacional desembolsara el último tramo del préstamo que había comprometido con la Argentina. Producto de esto, el gobierno ya anticipó que en los próximos meses el Banco Central tomará asistencia del Tesoro Nacional vía Banco Nación: Muy pronto, el país deberá enfrentar nuevos vencimientos de deuda.

Fernández debe lidiar, sin embargo, con las voces imprudentes de varios de sus referentes partidarios, una masa heterogénea de dirigentes que prometen desde la instalación de un andamiaje cuasi comunista con cesación de pagos de la deuda, hasta impuestazos y expropiaciones a la clase media.  

La circulación por las redes sociales de todo tipo de teorías conspirativas sobre un planificado “huracán bolivariano” Nicolás Maduro dixit- en toda Latinoamérica sólo amplifica la sensación de terror que despiertan estas declaraciones. Frente a tanta liviandad, el candidato kirchnerista debió salir varias veces a aclarar que la Argentina honrará todas las obligaciones, que respetará los ahorros en dólares y que adoptará, a la vez, “algunas medidas ortodoxas, y otras heterodoxas.” Comentarios como ése (que es real), sólo ayudan a alimentar la perplejidad de los agentes económicos internos y externos.

La gran cuestión es cómo se desarrollará la transición hasta el 10 de diciembre. Si Macri alcanzara su objetivo y fuerza un balotaje, la gran pregunta es cómo logrará Fernández contener hasta noviembre la olla a presión que supone la variopinta estructura de su espacio, que se bifurca entre la conservadora prudencia de los gobernadores del peronismo ortodoxo, y la tendencia ultra y cada vez más exacerbada del cristinismo duro encarnado por La Cámpora y los movimientos sociales. 

Si el candidato del Frente de Todos, como la lógica indica, ganase en primera vuelta, la mayor inquietud es saber cómo se las arreglará Macri para sostener la gobernabilidad de su Gobierno hasta el traspaso de mando del 10 de diciembre, en especial cuando los sectores más radicalizados del kirchnerismo de paladar negro parecen determinados en asediarlo “para que se vaya escupiendo sangre”, según ya anunciaron en sucesivas oportunidades. 

En cualquiera de los dos casos, ni a Macri ni a Fernández le servirá una Argentina en llamas en los próximos tres meses, porque comprometerá la estabilidad misma del sistema político y el destino de una economía que ya está al borde del default que necesita renegociar los términos de su deuda y está sumida en una profunda crisis social. El capítulo más controvertido de esta historia está aún por escribirse.