El Papa opositor: '¡Nooo!!' fue la exclamación que dominó en la Rosada
La reacción de la presidente Cristina Fernández ante la designación de Jorge Bergoglio como el nuevo Papa dejó mucho qué hablar. Pero la tensa relación que la mandataria mantiene con quien ahora es Francisco deja mucho más para el análisis.
14 de marzo de 2013 - 11:36
CIUDAD DE BUENOS AIRES (Urgente24) Decepcionó ayer la reacción de Cristina Fernández pero no sorprendió a nadie. Todos conocen la tensa relación que la mandataria y su marido mantuvieron y mantiene con Jorge Bergoglio. De ahí que pocas sonrisas y muchos análisis generó la noticia del nuevo Papa argentino en la Rosada:
# Mariano Obarrio, en 'La Nación': "Horas de sorpresa, fastidio y decepción en la Casa Rosada":
"La noticia no pudo caer peor en Olivos. Cuando el cardenal francés Jean Louis Tauran anunció que el nuevo papa será el cardenal argentino Jorge Bergoglio, desde varios despachos de Balcarce 50 se escucharon exclamaciones de reprobación, estupor y sorpresa. "¡No!", salía un joven funcionario. "¡Ah, no puede ser!", se fastidió una compañera. Decenas de jóvenes salían a los pasillos internos a murmurar y a asimilar el impacto.
Eran las 16.08. La presidenta Cristina Kirchner estaba en su mundo tuiteando en la residencia presidencial de Olivos sobre los anuncios del día anterior sobre un plan científico. Según confiaron a LA NACION fuentes oficiales, la mandataria no podía disimular, atónita, su malestar y sorpresa por la elección de Francisco.
Sólo dos horas después, la Presidenta reaccionó y difundió una carta, escueta y distante, con una felicitación y deseos de suerte y en una "fructífera tarea pastoral". En forma simultánea, la Casa Rosada anunció que el martes próximo la primera mandataria asistirá en el Vaticano a la asunción del nuevo papa.
"En Dirección de Ceremonial se preguntaban si iría", confió un funcionario que salía de ese despacho. No obstante, cerca de la Presidenta aseguraron que "la relación institucional con la Santa Sede se mantendrá firme". Pero deslizaron una frase que demuestra la profunda contrariedad reinante. "Bergoglio ya dejó de ser Bergoglio... ahora es el Papa." Sonrisas nerviosas, caras largas, decepción, llamadas por teléfono celular y expresiones de indignación. "Somos un gobierno revolucionario y el nuevo papa dijo que el matrimonio gay era parte del plan del diablo", refunfuñó una funcionaria de corta edad.
Según confiaron fuentes oficiales a LA NACION, el ánimo de los altos funcionarios no era mejor. La frase más escuchada: "¡No podemos tener tanta mala suerte!".
La última vez que Cristina Kirchner se entrevistó con el prelado fue el 17 de marzo de 2010 en su despacho de la Casa Rosada, cuando recibió a la cúpula de la Conferencia Episcopal Argentina. Antes y después, la tensión dominó la relación entre ambos.
La Presidenta viajó a distintas provincias todos los 25 de Mayo y a Tucumán todos los 9 de Julio -tradición que inauguró su fallecido esposo, el ex presidente Néstor Kirchner- sólo para esquivar las críticas homilías hacia el poder político que el ahora Santo Padre solía pronunciar en el tradicional tedeum en la Catedral Metropolitana.
La carta a Bergoglio fue escueta, fría y distante: "Es nuestro deseo que tenga, al asumir la conducción y guía de la Iglesia, una fructífera tarea pastoral desempeñando tan grandes responsabilidades en pos de la justicia, la igualdad, la fraternidad y la paz de la humanidad. Le hago llegar a Su Santidad mi consideración y respeto".
Minutos después, el secretario de Comunicación Social, Alfredo Scoccimarro, dijo que "la carta de la Presidenta es muy sentida" mientras ingresaba en Tecnópolis. "Por supuesto, va a ir la Presidenta a la asunción, no le quepa la menor duda", confirmó.
Una hora después, la Presidenta hizo un discurso en ese predio y al referirse a Bergoglio sus adeptos le dedicaron una silbatina.
En el Gobierno no creen que la entronización del "cardenal opositor", como le decía Kirchner, pueda influir en la suerte del kirchnerismo como expresión política. Pero lo encasillaron. "Bergoglio es un señor claramente asociado al macrismo, amigo de Gabriela Michetti", dijo una fuente oficial a LA NACION. Puertas adentro lo vinculan además con la dictadura militar de los años 70.
Aunque la tensión era precedente, la ruptura con Bergoglio se hizo definitiva cuando éste criticó al Gobierno en la crisis del campo, en 2008, y rechazó el matrimonio gay y la ley de identidad de género. El ahora Santo Padre siempre fustigó los índices de pobreza, el uso electoral del clientelismo y el estado de crispación social y la confrontación permanente del Gobierno.
Nunca se lo perdonó la Presidenta, que el 15 de febrero pasado, en El Calafate, ironizó ante un cura amigo: "Mirá, decí que no hay papisa, si no te estoy disputando algún lugar".
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# Eduardo Van der Kooy, en 'Clarín, "No ha sido una grata noticia para Cristina":
"Aunque sus palabras en una carta que publicó por Facebook y Twitter pudieron quizás indicar lo contrario, la sorpresiva entronización como nuevo Papa (Francisco) del cardenal argentino Jorge Bergoglio no parece haber sido una buena noticia para el gobierno de Cristina Fernández. Los hechos fueron, de nuevo, más elocuentes que sus palabras: la Presidenta apenas orilló fríamente la novedad durante un largo acto en Tecnópolis mientras miles de católicos celebraban con fervor en Plaza de Mayo, frente a la Catedral.
Circunscribir sólo a Bergoglio los conflictos permanentes que Néstor y Cristina Kirchner tuvieron con la Iglesia Católica sería incurrir en un reduccionismo. Es cierto que, con quien fue durante seis años titular del Episcopado argentino, escribieron una historia de mutuos desencuentros. Pero la desconfianza del matrimonio presidencial reconoció también una raíz muy profunda con la institución eclesial. Incluso con el propio Vaticano, durante un lapso del reinado de Juan Pablo II.
El Papa polaco había designado en el 2002 como obispo castrense a monseñor Antonio Baseotto. En una ceremonia religiosa en el 2005, ese sacerdote evocó los años de la violencia en la Argentina y equiparó la responsabilidad de los militares con la de los guerrilleros por tantos crímenes cometidos. Ni más, ni menos que la teoría de los dos demonios, denostada por el catecismo setentista. Baseotto tampoco controló su lengua. Arremetió contra las insinuaciones abortistas de ese momento y la política de profilaxis encarada por el entonces ministro de Salud, Ginés González García. Desbarrancó cuando aludió, en ese contexto, a una frase de Jesús sobre los niños: “Quienes escandalizan a los pequeños merecen que le cuelguen una piedra de molino en el cuello y lo tiren al mar”, afirmó. Kirchner, Cristina y su tropa creyeron descubrir en esa cita infortunada un aval a una de las tantas metodologías usadas por la dictadura para el exterminio. Pidieron el retiro de Baseotto al Vaticano.
Juan Pablo II se negó. Baseotto se terminó yendo solo y jubilado.
La Iglesia Católica fue funcional para los Kirchner en la construcción revisionista del pasado y en la hilación de un relato político que les sirvió para captar la atención, a la salida de la crisis, de amplios sectores de la sociedad. Las organizaciones de derechos humanos significaron, en ese aspecto, un puntal. Ese libreto vinculó de manera indisoluble, también, a las Fuerzas Armadas. En esas dos instituciones afincaron la primera lógica de amigo-enemigo, de confrontación irreductible, con que tiñeron la política nacional. Con el tiempo fueron engrosando el ejército de enemigos: periodistas, empresarios, sindicalistas, el campo, la Justicia.
En ese derrotero, como en tantos, resultaron extremadamente lineales. Mezclaron las instituciones con las conductas reprobables de muchos de sus hombres.
Pero no de todos. En ese camino apareció Bergoglio, apenas como un noble pastor. Jamás los Kirchner supieron distinguir algo: en una Iglesia de pensamiento sólidamente conservador –a diferencia de Brasil y, por períodos, de Chile– el ahora Papa enarboló un discurso y una acción distinta, enfrentada con los exponentes reaccionarios. Lideró la participación de la Iglesia en la crisis del 2001 con un largo documento de su inspiración y su puño, en el cual clamó por un compromiso colectivo para pelear “por la equidad social y la justa distribución del ingreso”. Casi un prólogo del relato que dos años más tarde haría suyo el kirchnerismo.
Tampoco Kirchner y Cristina miraron al cardenal del mismo modo. El ex Presidente masculló impotencia cuando asistió al primer tedeum, el 25 de mayo del 2004, en el cual Bergoglio cuestionó “el exhibicionismo y los anuncios estridentes”. Pero volvió a su escritorio, releyó el mensaje y se tranquilizó. Cristina nunca volvió de su indignación. Ese fue el primer mojón de una relación compleja. A la Presidenta siempre le hizo ruido una denuncia sobre la desaparición en 1976 de dos curas jesuitas que dependían jerárquicamente de Bergoglio. Kirchner nunca quiso enredarse con esa historia.
Pero la comunión conspirativa de ambos pudo más. A lo largo de su reinado episcopal, Bergoglio reiteró tres conceptos muy por encima del resto: la necesidad del diálogo, la lucha contra la pobreza y el combate contra la corrupción.
El diálogo, en su estilo austero y escondedor, era una práctica que le apasionaba. Lo hacía con empresarios, políticos, periodistas, sindicalistas y dirigentes sociales. Siempre se habló de su dilección por Elisa Carrió y Gabriela Michetti. Pero enfrente de su modesta silla estuvieron socialistas, radicales, peronistas (Eduardo Duhalde y Daniel Scioli, entre varios) y hasta Mauricio Macri.
Ese ejercicio nunca fue comprendido por los Kirchner, ciudadanos de las antípodas. Supusieron siempre que detrás de esa cortina, Bergoglio ocultaba aspiraciones de articulador político del arco opositor.
Terminaron de convencerse, erróneamente, cuando el cardenal intervino durante el conflicto con el campo. Aunque sus invocaciones fueron sólo en torno a la búsqueda de una pacificación.
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Cuando Bergoglio aludía a la pobreza, los Kirchner lo interpretaban como un demérito de su gestión. Cuando refería a la corrupción, tal vez, los colocaba delante de un espejo incómodo. Ese vínculo traumático, a lo mejor, la priva a Cristina de entender esta oportunidad: que un cura jesuita, latinoamericano y argentino se haya convertido en Papa, por primera vez, en una milenaria historia."
# "Errar es divino", por Fernando Cibeira, en 'Página/12':
"(...) Los organismos de derechos humanos mostraron ayer su contrariedad por la llegada de Bergoglio al trono de San Pedro.
Contra los Kirchner
En su imparable ascenso, Bergoglio fue nombrado obispo de Buenos Aires en 1992, arzobispo en 1998 y en 2001 llegó a cardenal por decisión de Juan Pablo II. Desde la presidencia de la Conferencia Episcopal Argentina mantuvo su enfrentamiento con el gobierno de Néstor Kirchner primero y de Cristina Kirchner después. Las diferencias fueron tanto de políticas como de estilo. Bergoglio siempre se presentó como un cultor del diálogo, en contra de la “crispación social” que adjudicaba al kirchnerismo. Pero lo cierto es que siempre encontró reparos para mantener ese diálogo con el Gobierno, mientras que le resultó mucho más sencillo encontrarse con frecuencia con algunos dirigentes de la oposición con los que entabló una muy buena relación.
En su estilo siempre un poco críptico, ya en su homilía de 2004 Bergoglio criticó “el exhibicionismo y los anuncios estridentes”, que fue interpretado como una crítica al Gobierno. Kirchner lo identificó entonces como un opositor y evitó a partir de ahí el Tedéum en la Catedral Metropolitana. En 2008, durante el conflicto por el campo, le reclamó a la Presidenta “un gesto de grandeza”. Pero la ruptura se volvió sin retorno a partir de proyectos como los de matrimonio igualitario o el aborto no punible, a los que Bergoglio se opuso con denuedo. “Es la pretensión destructiva del plan de Dios”, sentenció en una carta acerca del matrimonio entre personas del mismo sexo. Las organizaciones de la diversidad sexual ayer criticaron su designación.
En paralelo con estas posturas, Bergoglio siempre mostró preocupación social y en sus escritos y homilías suele incluir párrafos relacionados con la pobreza. En su entorno destacan sus costumbres austeras: que se mueve en transporte público, que evita las salidas nocturnas y todo tipo de ostentación. También resaltan su preparación y solidez intelectual.
Algunos cientos de personas se congregaron por la tarde en la Catedral de Buenos Aires para celebrar la designación de Bergoglio agitando banderas argentinas y del Vaticano. La Conferencia Episcopal Argentina, que Bergoglio presidió hasta 2011, expresó “su alegría al hermano Jorge”. Dirigentes opositores como Gabriela Michetti y Elisa Carrió –que siempre se jactaron de su relación con el religioso– dijeron sentirse emocionadas por la noticia.
Repercusiones
El papa argentino generó repercusiones en todo el planeta. Los líderes mundiales saludaron su llegada. “Espero trabajar con Su Santidad para promover la paz, seguridad y dignidad para todos los seres humanos”, escribió en Twitter el presidente de Estados Unidos, Barack Obama. Los mandatarios latinoamericanos celebraron la consagración de un pontífice de la región, en la que viven casi la mitad de los 1200 millones de católicos de todo el mundo. “En nombre del pueblo brasileño felicito al nuevo papa Francisco y saludo a la Iglesia Católica y al pueblo argentino”, sostuvo la brasileña Dilma Rousseff.
En general, los medios del mundo destacaron el perfil “modesto” y “conservador” de Bergoglio. Obviamente, también se resaltó la inédita condición de jesuita, latinoamericano y argentino. Las palmas se las llevó el diario inglés Daily Mirror: “La nueva mano de Dios”, tituló en su portada."




