Cuando Jorge Bergoglio era arzobispo de la Ciudad de Buenos Aires, el hoy papa Francisco solía ver desde la ventana del edificio contiguo a la Catedral el incesante desfile de indigentes en Plaza de Mayo por un mendrugo o monedas que, como único proyecto de vida, les permitiera trascender el instante.
LA AYUDA SOCIAL EMPIEZA POR CAPTAR CÓDIGOS
31 refugios del GCBA y cada vez más homeless en la calle
A propósito del espíritu bondadoso que invade a muchos cada diciembre: entre Plaza de Mayo, Congreso, Once, Retiro y Constitución habitan a cielo abierto alrededor de las iglesias o parapetados en recovas, estaciones de tren, subte o micros, más de 4.400 homeless, según cuantificaba un censo de 2017, que seguramente incrementó este año el crecimiento de la pobreza, a contrapelo del ajuste fiscal en el que derivó la crisis económica. Elementales derechos humanos -una comida caliente, ir al baño, higienizarse, atender la salud o dormir cobijado-, no se repiten a diario en la existencia que les toca vivir a unos cuantos. Y eso que Ciudad de Buenos Aires ofrece condiciones imposibles de imaginar en otros lugares que también tienen indigentes: de Merlo a Florencio Varela, de José C. Paz a La Matanza. En la Ciudad Autónoma funcionan 31 refugios pero la mayoría de los indigentes se resiste a frecuentarlos. Uno de los principales desencuentros suceden porque los encargados de administrar los recursos públicos no captan los códigos de la calle y terminan ahuyentando antes que atrayendo a los necesitados de asistencia. Las ONG`s civiles o religiosas cultivan mayor experiencia en el trato a causa que se ejecuta caso por caso y no generalizan tanto. Los funcionarios del Estado se suelen quejar que los indigentes se niegan a ir porque no les gusta cumplir las reglas y prefieren permanecer donde tienen rutinas e inclusive benefactores. Pero también es cierto lo que cuentan los voluntarios: como el 95% de los que están en situación de calle viene de historias de abusos y maltratos familiares requieren un proceso de acercamiento humano previo, personal, sencillo: darles un plato de sopa y escucharlos antes de pretender “civilizarlos”.
Desde que se mudó al Vaticano hace más de 5 años, el triste paisaje de pobreza extrema se le reproducía ante sus ojos y, como jefe supremo de la Iglesia Católica Apostólica Romana tomó la decisión de habilitar un centro ambulatorio médico para personas en situación de calle en la Columnata de Bernini, frente a la Basílica de San Pedro de la Ciudad del Vaticano: el Ambulatorio Madre de la Misericordia, que sustituirá al de San Martino.
Abierto lunes, jueves y sábado, cuenta con 2 baños, vestuarios y duchas, una sala de espera y puntos de reparto de comida, lo mismo que servicio médico, destacó la Agencia Católica de Informaciones.
De este lado del Atlántico, en la Ciudad de Buenos Aires, tan conocida por el pontífice, el 1er. Censo Popular de Personas en Situación de Calle, realizado en 2017 daba cuenta de la existencia de 4.394 personas dentro de esa clasificación en la metrópolis porteña. Una lástima que no se tomaran el trabajo de ampliar el censo por lo menos al 1er. cordón del Gran Buenos Aires porque eso permitiría obtener una apreciación más apropiada de la realidad.
En 2018, el desastre económico mandó al desamparo a muchísimas más aún no contabilizadas, pero con sólo ver la trayectoria del índice de pobreza, que ya alcanza a un tercio de la población, sólo faltaría traducirlo en datos concretos.
Desde las ONG`s dedicadas a la asistencia de los más vulnerables se ratifica in situ el agravamiento que hubo en los últimos meses, con un proporcional crecimiento de la indigencia que ocasionó la caída del poder adquisitivo como consecuencia de la ascendente inflación: si es como dicen los técnicos en la materia, de que la pobreza sube 1 punto por cada 2,5% de quita que sufren las moneditas y rebusques que entran en los bolsillos, el vector en 2018 será 4 puntos superior al del año pasado, cuando ya superaba la cuarta parte.
La estimación del INdEC del 1er semestre de este año (que no registraba la devaluación del 50% de julio a setiembre y el traslado a precios que se sucede desde entonces) situaba a 344.009 hogares del conglomerado urbano bajo la línea de indigencia, e incluye a 1.357.923 personas indigentes, si se extiende a todo el país suma 2,1 millones.
El Ministerio de Vivienda y Desarrollo Humano de la Ciudad destina recursos para emplear a más de 700 trabajadores y profesionales (psicólogos, trabajadores sociales, etc.) en la atención de la comunidad sin hogar.
Funcionan a tal efecto los programas Buenos Aires Presente (BAP) y línea 108 (línea telefónica 108) y se pone a disposición de los homeless 31 refugios con una cama, duchas con agua caliente y una comida.
Se encuentran, entre otros, el parador de ingreso directo Retiro (para hombres), en Gendarmería Nacional 522; parador Beppo Ghezzi (para hombres), Masantonio 2970 de Parque Patricios; el parador Azucena Villaflor (para mujeres solas y con hijos menores de edad), Piedras 1583, entre los destacados en la página web oficial.
Lamentablemente en los municipios del Gran Buenos Aires -algunos con una situación presupuestaria muy interesante- ni siquiera hay proyectos de atender a esas situaciones extremas.
Por ejemplo, Rosario (Santa Fe) mantiene el refugio municipal en Grandoli 3450, hasta las 8:00, todos los días limitado a varones de entre 18 y 60 años. ¿Es todo lo que se puede hacer?
Un dato no menor: en la práctica existe una indómita resistencia a frecuentar los paradores por parte de quienes serían los destinatarios, debido a que se manejan con códigos que no concilian con las costumbres de los carenciados.
Las historias que se cuentan sobre cómo se cayó en situación de calle y cómo se vive en la precariedad son coincidentes.
En un artículo publicado en el diario La Nación -y que fuera reproducido en el exterior-, una entrevistada llamada Claudia explicó: “Dependemos de que los transeúntes nos den, por lástima, un suéter o una manta. O viene el BAP, pero si no llamas, no aparecen, y en los quioscos son mezquinos con los teléfonos porque creen que vamos a robarlos ".
Y cuando se les preguntó por qué eligen dormir en la vía pública antes que ir a los lugares disponibles por la ayuda social, donde se pueden dar una ducha ocasional o tener un plato de comida caliente, la respuesta fue que, aunque hay algunos recursos disponibles en los refugios, en general son evitados porque están muy alejados de su radio cotidiano de acción y encima se los intenta someter a reglas con las que no están familiarizados.
Consideran que los refugios son caóticos y desorganizados, y que, como los sacan demasiado pronto, prefieren quedarse en la calle para no perder el lugar, ya que inclusive corren el riesgo de que les roben sus pocas pertenencias.
“Involucrarse no significa hacer lo que uno quiere sino lo que el otro necesita”, suele advertir el presidente de la Fundación Sí, Manuel Lozano, un abogado de 35 años que desde los 18 es voluntario de Red Solidaria y Missing Children y en 2012 creó esta ONG, cuyo principal objetivo es promover la inclusión social entre unas 15 mil personas en todo el país que conviven en situación de calle, según estiman las organizaciones civiles, religiosas y gubernamentales.
La sopa, prenda de unidad
Los burócratas rentados deberían prestar atención a Lozano cuando explica que “se trabaja artesanalmente, de persona a persona, y la sopa es la herramienta para establecer un primer acercamiento”.
Es el primer paso para allanar distancias. “Una vez que se genera un vínculo de confianza y de afecto comienzan a intervenir las distintas áreas de la Fundación. El objetivo es acompañarlos para mejorar su calidad de vida y trabajar en la reinserción social, escolar y laboral”, señala.
Diferente es cuando se anteponen los slogans políticos para abordar una problemática tan compleja como asistir a hombres, mujeres y niños que bajaron los brazos y se entregan a los sinsabores de sobrevivir en el minuto a minuto. Están resignados a dormir a la intemperie, con temperaturas que, a menudo, descienden de 5 grados centígrados por la noche, expuestos a lluvias, calores agobiantes y enfermedades que se propagan ante la ausencia de higiene y profilaxis.
Las terminales ferroviarias y de ómnibus, los pasillos de los subterráneos, las recovas y hasta debajo de los puentes de las autopistas suelen ser usados como techos circunstanciales, donde en muchos casos se agrupan en comunidades espontáneas.
No disponen en las zonas céntricas donde se concentran, como Plaza de Mayo, Congreso, Retiro, Once y Constitución, de espacios apropiados para asearse y usar el excusado, algo como el Ambulatorio Madre de la Misericordia que el Papa ofrendó en la plaza San Pedro a los pobres romanos en la Navidad.
En Ciudad de Buenos Aires, los baños públicos de las estaciones, que les quedarían más a mano que los refugios, resultan insuficientes para abarcar toda la gama de prestaciones sanitarias básicas de una vida civilizada.
Más preocupados de presupuestos y estadísticas, los funcionarios no alcanzan a entender la lógica de los carenciados, como sí lo hacen, con inclaudicable mística, los 2.300 voluntarios no rentados que integran la Fundación Sí cuando recorren todas las noches 26 ciudades para asistir a 1.770 carenciados.
La ayuda, además de la comida, el aseo y el abrigo, fija horizontes más allá de la subsistencia diaria, al materializarse también en las 8 residencias universitarias que erigieron en el interior del país para albergar a 224 estudiantes que provienen de recónditos lugares de la geografía y en los más de 216 centros comunitarios a los que asisten 2.000 chicos.
Ofrece la oportunidad de movilidad social para los que logran cruzar la barrera mínima y vital, y aunque se trate de una proporción menor, consigue que las políticas sean de verdad inclusivas.
Según la mencionada entrevista con La Nación, Claudia y su compañera de 50 años, Adriana, narran que se encontraron sin un sitio donde vivir cuando la Ciudad desarraigó su hogar en Villa 31, uno de los barrios marginales más grandes de la ciudad, para abrir una tubería de desagüe. Por cierto que la tubería sin duda era necesaria pero también era necesario contemplar la reubicación de las personas.
Es parecido a lo que afirma María de los Ángeles, una mendocina apostada frente a la basílica del Santísimo Sacramento, a media cuadra de la plaza San Martín, que dibuja, pinta y lee la Biblia.
Llegó a la gran ciudad hace 4 años tentada para trabajar en un proyecto de centro de distribución de camiones en Retiro, que nunca prosperó y la dejaron en situación de calle. Intentó alquilar una pieza en la Villa 31, pero le pedían más de $10.000 y terminó armándose una cama a cielo abierto, enfrente de la iglesia con anuencia del sacerdote.
Las organizaciones religiosas disponen de comedor comunitario para almorzar de la parroquia de Nuestra Señora de Caacupé; otro para cenar en la parroquia de San Carlos, en Don Bosco y Quintino Bocayuva, Almagro; uno que sirve desayuno, almuerzo y merienda, en la Iglesia Metodista de Rivadavia 4044, Almagro, y viandas vespertinas en Cáritas de la parroquia Nuestra Señora del Valle, en avenida Córdoba 3325, entre Sánchez de Bustamante y Billinghurst, con horario de duchas para mamás con chicos los viernes.













