La revista GQ (abreviatura de Gentlemen's Quaterly) es uno de los productos editoriales de Condé Nast Publication, propietaria de Vogue, Vanity Fair, The New Yorker, Golf Digest, Wired y otras revistas emblemáticas, orgullos de la familia Newhouse.
LA LISTA MALDITA DE "GQ"
Los metrosexuales lucen ramplones: El caso de la Biblia
Una revista difunde una lista de libros que aconseja no leer: la polémica está lanzada pero merece fundamentación porque, de lo contrario, el riesgo es que todo quede en un capricho postadolescente, y es lo que consiguió GQ.
En 1957, GQ apareció como Apparel Arts, y cada 3 meses presentaba las novedades de la indumentaria masculina. En 1983 cuando la adquirió Condé Nast, el producto fue reformulado para intentar asemejarse a Esquire, mensuario de Hearst Corporation, también enfocado en el público masculino y de gran tradición literaria, en la que escribieron Ernest Hemingway, Truman Capote y F. Scott Fitzgerald, entre otros.
Hoy día el público de lectores de QG es más específico que el de Esquire, al punto que Wikipedia cuenta una anécdota muy interesante: la palabra "metrosexualidad" fue acuñada por Mark Simpson, del diario británico The Independent, luego de asistir a una presentación de GQ en Londres.
La "metrosexualidad" fue vinculada al hedonismo en la versión más extrema de la sexóloga y escritora Valérie Tasso, colaboradora de GQ. Otros la confundieron con vanidad.
El ex jugador inglés de fútbol, David Beckham, fue el benchmark de los editores de GQ al imaginar su universo de lectores.
Quizás representando la opinión que atribuye a los "metrosexuales", o quizás apostando a provocar un escandalete para que se hable de la revista, el staff de la Redacción editó una nota colectiva titulada "21 Books You Don't Have to Read" (21 Libros que No Debes Leer).
La propuesta es más ambiciosa aún porque al impugnar a cada libro se propone otro en su reemplazo, elegido por los periodistas de GQ. Por lo tanto hay, en simultáneo, un ranking de 21 libros para no leer y otro ranking de libros para sí leer, preferencia que hace más controversial el asunto.
Gran perjudicado en la lista de GQ es el ex colaborador de Esquire, Hemingway, porque en el listado de 21 le bocharon 2 libros, en un ensañamiento notable: ni "The Summer Book", de Tove Jansson; ni "The Great Fire", de Shirley Hazzard, tendrán alguna vez el 'statu-quo' de los lectores que tienen "El Viejo y el Mar" y "Adiós a las Armas".
En lo personal me afectó en forma negativa que GQ incluyera en la lista prohibida a los 2 tomos de Huckleberry Finn, de Mark Twain, que me conmovieron en el inicio de mi adolescencia, luego de haber abordado las aventuras más optimistas de su amigo Tom Sawyer, lectura que influyó en mi primera idea romántica, que tenía la imagen de Becky Thatcher, la novia de Tom.
Es un golpe bajo comparar una obra de ficción con una autobiografía ya que son géneros literarios diferentes. Pero GQ le baja el pulgar a Twain y aconseja la lectura de "Narrative of the Life of Frederick Douglass, an American Slave", una obra con inquietudes diferentes aunque menos popular.
También es grave decapitar la trilogía "El Señor de los Anillos", de John Ronald Reuel Tolkien, una provocación innecesaria que obliga a definir como trivial todo el ranking. Es cierto que la Academia Sueca rechazó concederle el Nobel a J.R.R.T. por una supuesta "pobre prosa" pero tampoco se lo otorgó a Jorge Luis Borges, y eso en nada menguó el fulgor del argentino.
Ahora bien, proponer a cambio de Tolken la lectura de "Earthsea Series", de Ursula Le Guin, es desconocer que la propia Le Guin, pionera en el feminismo aplicado a la ciencia ficción, hubiera impedido el desatino. La saga Terramar, de Ursula Le Guin, se encuentra claramente influenciada por la obra de Tolkien.
De todos modos, la producción de GQ alcanzó el nivel de polémica por la inclusión de la Biblia en su lista maldita.
Podría sospecharse que es el resultado de un enfoque entre escéptico y frívolo acerca de un libro tan profundo. Leer la historia con los ojos del presente es un grave error, condenado por todos los historiadores. Luego, ¿por qué se aconseja no leer la Biblia pero no corre igual suerte el Corán, por ejemplo? Esto quiere decir que para GQ el libro del Profeta es más recomendable que la Biblia. El asunto es harto complicado y merecería más precisión de parte de la revista.
Mucho menos se entiende la recomendación que le sigue: en lugar de la Biblia, se aconseja "The Notebook" ("Le Grand Cahier"), de la húngara francófona Agota Kristof.
Si la decisión de GQ era vapulear a la Biblia ¿por qué sí Kristof y no la ucraniana también francófona Irene Némirovsky?
En el fondo hay una suerte de 'cliché' culturoso de que la Biblia merece menosprecio como libro inspirado por una fuerza superior, tal como sí lo interpretan millones de personas que afirman que su lectura les cambió la vida.
Es verificable que la Biblia tuvo un impacto decisivo tanto en Oriente (en especial el Antiguo Testamento) como en Occidente (el Nuevo Testamento). Por dar un ejemplo, la traducción e impresión en alemán popular de una versión parcial de la Biblia fue un elemento fundamental para el inicio del Renacimiento y de una sucesión de conflictos que modificaron el mapa del mundo.
Sorprende la escasa fundamentación que hizo GQ de su decisión. Esta superficialidad obliga a considerar que es más eficiente que continúe con su ranking de 50 hombres "metrosexuales" mejor vestidos, y abandone sus ínfulas de medio cultural.










