por CARLOS SALVADOR LA ROSA
Blues del radical y el trotskysta: Antipolítica al poder
2 triunfadores de las PASO en Mendoza: el radical Julio Cobos y el trotskysta Nicolás Del Caño. Probablemente pueda explicarse con una frase de Cobos: "La ciudadanía está sintiendo el pago de las medidas desacertadas tanto en la política económica, como en la seguridad y en materia institucional. Es evidente que la gente castigó también los avances que se hicieron sobre la Justicia, sobre el Consejo de la Magistratura y sobre algunas instituciones como el INdEC, que no se rectifican. En tantos años de democracia, la gente quiere que los temas institucionales se respeten además de la economía y la seguridad. Hoy también está en duda la expectativa de que se generen nuevos empleos producto de la situación económica. Esto ha hecho que se vote en contra del Gobierno, pero también a favor de una alternativa." De lo contrario, aquí un análisis de lo que sucedió:
18 de agosto de 2013 - 08:56
CIUDAD DE MENDOZA (Los Andes). En la nota de opinión que escribimos el domingo pasado (11/08) sostuvimos que ese día se enfrentaban electoralmente dos modos muy distintos de hacer política: el kirchnerismo que quiere convertir la democracia republicana en neopopulista, versus una serie de políticos que hablan en nombre del “hombre común”, de la “gente”, los cuales ante el exceso de ideologización K, muestran una desideologización total. Son los “gentistas”.
A la vez ilustramos la nota con una foto en la que estaban juntos Sergio Massa y Julio Cobos, dos de las más claras expresiones del “gentismo” y dos de los más rotundos ganadores de las PASO. A la luz de los resultados, queremos seguir la misma línea de pensamiento, pero esta vez menos centrada en los candidatos en sí mismos y más en las razones de los votantes para elegir este tipo de políticos.
En momentos como los actuales en la Argentina (pero no sólo en la Argentina) donde las palabras, los programas y las ideologías están gastadas de tanto pronunciarlas en vano o para que digan lo contrario a lo que se hace, los ciudadanos no votan -como antes- a líderes o conductores por sus cualidades excepcionales sino a políticos que se les parezcan.
En la medida en que hoy la política es vista como mala palabra o -en el mejor de los casos- como un mal necesario, quieren elegir al candidato considerado el menos político de todos, a ver si éste puede -desde las alturas del poder- suplantar a la mayor cantidad de políticos convencionales, esos a los que el pueblo cree principales causantes de sus males.
Julio Cobos es -más allá de sus méritos o deméritos- en la cabeza de la gente, una de las expresiones más acabadas de ese político no político.
Por eso, al verificar cómo ven los electores a Cobos y descubrir que Cobos hace todo lo posible para que lo vean así, la clase política lo considera un traidor a su clase, lo cual hace que las personas comunes lo consideren uno de los suyos, no de la élite. Cobos -aunque esté haciendo tanta política como todos a los que le ganó- no habla como un político ni un intelectual.
Ni siquiera como un radical y por eso le sigue yendo tan bien, porque la sociedad ya no quiere que el poder esté en manos de superiores sino de sus iguales. Y a Cobos lo sienten igual y propio, mientras que la clase dirigente lo siente ajeno, inclusive los radicales que ganan comicios por él. Cobos volvió y ganó siendo el ejemplo del hombre como la gente. El yerno ideal.
Otro de los grandes triunfadores de las PASO en la supuestamente conservadora Mendoza fue Nicolás del Caño, el joven candidato de un partido de izquierda trotskista, que salió 3ro., superando a los demócratas, a la dupla Iglesias-Fayad, al PJ “adolfista” y a la alianza socialismo-carriotismo. Toda una proeza e inesperada.
Más allá de su ideología, Del Caño se presentó en esta campaña como un pibe que se parece a los pibes del montón. Que vive de su trabajo y hace política en su tiempo libre. Que no llega a la política desde el Estado y el poder sino desde abajo. Que en vez de ser oficialista, es rebelde y contestatario como lo son -o deberían ser- todos los jóvenes. Que no se siente soldado ni soldada de nadie.
Sintetizando, Del Caño se parece a los jóvenes mendocinos de hoy, no es un hijo de papá, labura como todos para ganarse el mango, piensa que el poder se construye desde abajo y no desde los 60.000 pesitos mensuales que pagan en el Congreso, también a los que no dicen nada.
No habla como un militante aunque lo sea, sino como un pibe rebelde contra sus mayores y contra los poderosos. Mucha gente que lo votó no sabe demasiado lo que piensa pero le vio cara, ojos, gestos y le creyó.
Además, Del Caño incluyó en su campaña una propuesta bien antipolítica y bien demagógica: que todos los políticos ganen el sueldo básico de una maestra, idea que está en la cabeza de la mayoría de la población pero no tanto porque quieran que los políticos ganen poco sino porque suponen que ganan demasiado, si se los compara con lo que hacen.
Pero, sin embargo, no les molesta que ganen bien aquellos que -en su opinión- se lo merecen. Prueba de ello es que uno de los más grandes errores de la campaña de Iglesias-Fayad contra Cobos fue acusarlo de cobrar o estar gestionando una suculenta jubilación como vicepresidente y antes de cumplir la edad del retiro.
Si esa misma acusación se la hubieran hecho a un político no “gentista”, la población se habría indignado con el supuesto privilegio. Pero con Cobos no prendió sino que perjudicó electoralmente a los acusadores. En la creencia popular, si el político es “como la gente” no está mal que gane bien, como todos los hombres y mujeres comunes que también quieren ganar bien. Pero los de la clase política, los corporativos, a esos ni un peso.
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De algún modo, así como dijimos que el combate electoral del domingo fue entre neopopulismo versus gentismo, también podríamos decir que, a diferencia del primer peronismo -el de Perón- acá no se enfrentó clase obrera versus clase media, sino clase política versus clase media, definiendo como clase media a esa mentalidad predominante en la inmensa mayoría de los argentinos, pertenezcan o no económicamente a dicho sector social.
Estamos en una etapa ya no antipolítica ni despolitizada (como lo fue en 2001-2), sino post-política o pre-política -lo mismo da- en la que los ciudadanos han decidido combatir (en las urnas y en las calles) contra la clase política e intelectual, que sienten que no los representa. Clase política e intelectual muy bien expresada por el kirchnerismo, pero no sólo en el kirchnerismo.
Hoy los argentinos no buscan políticos para que los conduzcan, como Perón o Alfonsín, a los cuales no consideraban sus iguales, sino sus “pater familiae”, autoridades, por encima de las personas comunes.
En cambio, la gente ahora busca políticos parecidos a ellos, o sea que miren con desprecio a la política, para que se infiltren en su seno, en el tugurio del mal, y echen a patadas a los que conforman la clase política convencional, esos vistos como parásitos que viven del esfuerzo popular.
Es que la política en la Argentina actual creó un nuevo monstruo de Frankenstein que pronto se desarmará, como Duhalde desarmó el monstruo que armó Menem o como Néstor y Cristina, al apoderarse del conurbano, se quedaron con el monstruo que armó Duhalde. Ahora Massa pretende sostenerse en los caudillos bonaerenses que gestaron los Kirchner, poniéndolos en contra del kirchnerismo.
El monstruo de Frankenstein creado por los que hoy aún detentan el poder, es una Argentina autoritaria por arriba y anárquica por abajo. Ocurrió que para poder conducir la anarquía de abajo, Kirchner construyó -por arriba- un neoautoritarismo de corte democrático. Pero ahora, en el probable ocaso de este neopopulismo, el neoanarquismo popular pide -otra vez- que se vaya la clase política que los sacó de la crisis pero que ahora los está metiendo en otra.
Aunque ya no pide su alejamiento desde el “que se vayan todos”, sino desde la Constitución, mediante su voto, de una nueva élite nada ideológica, nada intelectual, nada política en el sentido convencional. Dirigentes que hablen como la gente, con la esperanza de que en sus conductas los nuevos políticos sean como la gente se ve a sí misma.
A eso le suman una idea de austeridad que, gracias al Papa argentino, vuelve a estar de moda. Hoy lo “paquete” no es la pizza con champán o el caviar en Puerto Madero. Ahora se quieren políticos que usen zapatos gastados como el Papa Francisco.
Por eso quizá no es casual que sea la Iglesia de Francisco quien mejor parece estar entendiendo las nuevas tendencias y ponerse a favor de ellas. En un comunicado del 6 de agosto, la Iglesia argentina, en la palabra del presidente del Episcopado, José María Arancedo, dijo textualmente, refiriéndose a las elecciones: "Se votan ideas pero, sobre todo, personas. La relación entre ambas es la coherencia y es, esencialmente, una cuestión moral”.
Es muy poco usual que, en vez de poner las ideas por sobre las personas como es habitual, la Iglesia proponga lo contrario: que los votantes antes que nada miren la cara y los gestos a los candidatos a ver si en ellos puede verse coherencia entre lo que hacen y lo que dicen, puesto que hoy se descubren mejor las intenciones de los políticos mirando a sus ojos que a sus palabras. A ver si son gente como la gente y no charlatanes profesionales.
Es una pena que Cristina Fernández, cuando decidió pegarse al Papa e incluso hacerse más papista que él, en vez de tratar de entender las ideas por las cuales Francisco es tan popular, sólo se ocupó de ver si algo de su influjo podría caer sobre ella y entonces gestó la burda maniobra de sacarse con su candidato chirolita una foto con el Papa, para usarla de propaganda electoral. Y así le fue. Pobre, no entendió que la mejor forma de usar al Papa es no usarlo. Pero ella lo usó. Y así le fue.




