Cómo se frenó la teoría de que la electricidad curaba la parálisis

Benjamin Franklin no sólo fue un héroe estadounidense sino también un precursos de las investigaciones científicas sobre los efectos de la electricidad en el cuerpo humano.

Inventor de las gafas bifocales y de las sondas para drenar la vejiga, defensor de la inmunización contra la viruela o promotor de la vida sana, Benjamin Franklin no sólo fue un héroe de la independencia estadounidense.
Esto ya es sabido porque entre octubre de 2005 y enero de 2006, para celebrar el 300 aniversario del nacimiento de Franklin, la Real Sociedad de Medicina de Londres exhibió diversos trabajos de este hombre sin formación médica que escribió sobre el resfriado común, la promoción del ejercicio y de una dieta moderada.
Cuando su hermano mayor, John, sufría de piedras en el riñón, y tenía dificultades para orinar, Benjamin desarrolló un diseño de un tubo flexible, similar a las sondas vesicales que se utilizan en la actualidad, y se lo entregó a un platero para que lo fabricara. Luego se lo envió a su hermano a Boston.
El propio Benjamin desarrolló la misma enfermedad que su hermano para la que buscó evitar algunos alimentos y su bebida alcohólica favorita.
Otro aporte -en 1784- fue un prototipo de lentes bifocales: dos pares de gafas que cortó por la mitad, colocó cada pieza en una misma estructura que se convirtió en una moda.
Fue el primero que observó que la exposición prolongada al plomo producía enfermedad. Mientras trabajaba como impresor se dio cuenta que algunos de sus compañeros caían enfermos con síntomas similares que asoció con su trabajo.
También intuyó que el resfriado común se contagiaba de personas a persona a través del aire y fue un gran defensor de la vacuna contra la viruela después de perder a su hijo Francis por esta enfermedad.
Lo nuevo de este brillante científico autodidacta es que se adentró en el mundo de la medicina en busca de una respuesta sobre las posibilidades de la electricidad para tratar desórdenes neurológicos.
Stanley Finger, catedrático de Psicología en la Universidad de Washington, interesado en la historia de la neurociencia, resume en la revista 'Neurology' los rudimentarios ensayos clínicos que Franklin realizó en personas con parálisis, sobre todo aquellas que habían sido resultado de un infarto cerebral. Quería comprobar que la electricidad podía restaurar la movilidad perdida.
Franklin, apasionado de la ciencia, disponía de los instrumentos eléctricos necesarios para llevar a cabo los experimentos para comprobar los efectos de la electroterapia. Al término de los mismos reconoció que la electricidad no era la cura milagrosa que él esperaba.
El uso de este fenómeno de la naturaleza para tratar dolores de cabeza, parálisis, epilepsia y otras muchas dolencias se remonta a la Antigua Roma.
Los romanos utilizaban rayas eléctricas, peces con forma de manta que poseen un aguijón con el que liberan descargas eléctricas. Sin embargo, como no era sencillo capturar a estos animales, la aplicación de estas descargas no se convirtió en un tratamiento muy frecuente.
La literatura médica señala al alemán Johan Gottlob Kruger como el primer científico que teorizó sobre la posible utilidad de la electricidad en el ámbito médico.
"El mejor efecto podría encontrarse en los miembros paralizados", concluía en una conferencia que ofreció en 1743. El optimismo se extendió y pronto, el pueblo asumió que "la electricidad, el mayor estimulante conocido, curaba todos los tipos de parálisis, incluidas las derivadas de un accidente cerebrovascular", recuerda Finger en su texto.
Gracias a la contribución objetiva del ensayo clínico de Franklin se moderaron los ánimos exaltados en pro de esta terapia.
En su interés por defender los intereses de Pennsylvania, Franklin realizó múltiples viajes a Inglaterra. Aprovechó uno de estos desplazamientos, en 1757, para presentar los resultados de su trabajo con electricidad en medicina ante la Royal Society, de la que era miembro desde el año anterior gracias a uno de sus inventos, el pararrayos.
Cuando presentó sus resultados no lo respaldaba ningún escrito elaborado, sólo algunas notas que describían, a grandes rasgos, las conclusiones del ensayo; ni siquiera había pormenorizado algún caso individual. Según explica Finger en su trabajo, Franklin situaba a los pacientes en una silla, junto al instrumento que generaba las descargas y les aplicaba electrocuciones 3 veces al día.
"Lo primero que observé fue una inmediata sensibilidad hacia el calor del miembro afectado [..] y en ocasiones pequeñas manchas rojas [...] y sensación de picor por las noches en la carne de miembro paralizado [...] Los miembros parecían adquirir cierta fortaleza y capacidad de movimiento voluntario", explicó ante la audiencia.
"Un hombre que el primer día no podía levantar la mano de su rodilla pudo, al día siguiente, levantarla cuatro o cinco pulgadas, el tercer día, más alto y el quinto pudo moverla e incluso quitarse el sombrero". Sin embargo, estos efectos beneficiosos no superaban los primeros días.
La presentación de los resultados sobre la electricidad ante la Royal Society ayudaron a los expertos en medicina a tener una visión más real de las posibilidades de la electricidad para solucionar la parálisis tras un infarto cerebral.
No obstante, Franklin nunca arremetió contra los médicos que aseguraban que la electroterapia funcionaba. Era un hombre humilde y reconocía que su falta de formación en el ámbito médico implicaba carencias en la metodología utilizada en su ensayo. Ésto le impedía afirmar con contundencia que la electricidad era inútil en pacientes paralizados. Cuando en 1768, Deborah, su mujer, quedó seriamente paralizada, víctima de un infarto cerebral, no instó a los médicos a utilizar la electricidad para tratarla. Ni siquiera, 6 años más tarde cuando volvió a sufrir otro ataque.