WASHINGTON, DC (Tom Dispatch). Se vino y se fue: ese era el chiste que circulaba en 1979 cuando el ex vicepresidente Nelson Rockefeller, de 70 años, tuvo un ataque cardíaco y murió en su departamento de Manhattan en presencia de su asistente de 25 años vestida con un camisón. En cierto sentido, lo mismo podría decirse del retirado agente de la CIA, Robert Seldon Lady.
El espía favorito de la Casa Blanca
Robert Seldon Lady nació en Honduras y participó con su padre en operaciones de la Agencia Central de Inteligencia norteamericana en la guerra sucia contra los Sandinistas nicaragüenses, antes de sumarse después del 2001 en una “Operación Cóndor” versión Medio Oriente. El juicio de Seldon Lady fue el primer caso penal en el mundo sobre las “entregas extraordinarias” que autorizó George W. Bush después del 11/09, con sus cárceles secretas, funestes sesiones de tortura y las desapariciones. Abu Omar fue secuestrado en una calle de Milán en febrero del 2003, llevado a la base militar de Guerzoni y, tras ser introducido en un automóvil sin ventanillas, fue trasladado a la base aérea de Aviano, desde donde fue llevado a la de Ramstein, en suelo alemán, con la complicidad de Alemania, y desde allí a El Cairo donde fue torturado con la participación activa deo “Bob” Seldon Lady. La historia de Robert Seldon Lady es increíble, y un hallazgo de la web El Puerco Espin de traducirla y difundirla. El autor es Tom Engelhardt, cofundador del American Empire Project y autor de The United States of Fear, así como de una historia de la Guerra Fría (The End of Victory Culture, (recientemente publicada en una edición Kindle). Engelhardt dirige el servicio informativo TomDispatch.com, del Nation’s Institute. Su más reciente libro, en coautoría con Nick Turse, es Terminator Planet: The First History of Drone Warfare, 2001-2050.
03 de agosto de 2013 - 20:56
Recientemente, Lady probó ser maravilla de un día. Después de años de ausencia, ¡puf!, reapareció de la nada en la frontera entre Panamá y Costa Rica, y se convirtió en noticia cuando funcionarios panameños lo detuvieron por una orden de Interpol. Jefe de estación de la CIA en Milán en 2003, había alcanzado una breve notoriedad al supervisar una versión dolce vita de la “entrega extraordinaria”, como parte de la Guerra Global contra el Terror de Washington. Sus colegas secuestraron a Hassan Mustafa Osama Nasr, un clérigo musulmán radicalizado y sospechoso de terrorismo, de las calles de Milán y lo entregaron, vía bases aéreas en Italia y Alemania, a las cámaras de tortura de Hosni Mubarak en Egipto. Evidentemente, Lady asistió en esa transferencia.
Los asociados a su agencia probaron ser los espías que movían el ligustro. Dejaron detrás tan obvia pista de cuentas de restaurantes y hoteles de cinco estrellas, pagos en falsas tarjetas de crédito y llamadas por celular no encriptadas que el gobierno italiano los rastreó, los identificó y acusó a 23 de ellos, incluído Lady, de secuestro.
Lady huyó de Italia, dejando detrás una villa multimillonaria cerca de Turín reservada para su retiro (Fue confiscada luego y vendida para pagar indemnización a Nasr.) Condenado en ausencia en 2009, Lady recibió una sentencia de nueve años (más tarde reducida a seis). Para entonces se había desvanecido, después de admitir a un diario italiano: “Por supuesto que era una operación ilegal. Pero ese es nuestro trabajo. Estamos en guerra contra el terrorismo”.
La semana pasada (julio de 2013), los panameños lo agarraron. Fue el equivalente a un truco de mago. No estaba por ninguna parte, súbitamente estaba detenido y en las noticias, y luego –¡puf otra vez!— ya no estaba. Apenas 24 horas después de que hallarse tras las rejas, fue sacado de Panamá, evidentemente bajo la protección de Washington, y, en el aire, en dirección a los Estados Unidos, se desvaneció por segunda vez.
La vocera del Departamento de Estado, Marie Harf, declaró a los reporteros el 19 de julio: “Entiendo que está, de hecho, o en ruta a, o de regreso en, los Estados Unidos”. Así que ahí estaba, posiblemente en medio del espacio en camino al hogar y, por lo que sabemos, en lo que concierne a los medios, nada más. Considérenlo la versión CIA de un milagro. En lugar de aterrizar, se evaporó.
Y eso fue todo. Ningún otro titular aquí, en los Estados Unidos; ninguna información posterior de voceros del gobierno sobre qué le ocurrió o por qué se decidió extraerlo de Panamá y protegerlo de la justicia italiana. Ni, hasta donde puedo decir, hubo preguntar subsiguientes de los medios. Cuando TomDispatch preguntó al Departamento de Estado, todo lo que obtuvo fue esta pizca de hermetismo: “Entendemos que un ciudadano de los Estados Unidos fue detenido por las autoridades panameñas y que los funcionarios de inmigración panameños lo expulsaron de Panamá el 19 de julio. Las acciones de Panamá son consistentes con sus derechos a determinar si admite o expulsa a ciudadanos extranjeros de su territorio”.
En otras palabras, vino y se fue.
Cuando Lady fue detenido por primera vez, hubo un pequeño chisporroteo de noticias y un pequeño frisson (escalofrío) de tensión.
¿Extraditarían a Italia a un agente de la CIA retirado que había sido condenado por un crimen grave que involucraba secuestro y tortura para que cumpliera su sentencia? Pero esa tensión no tuvo oportunidad de crecer porque (como cualquiera habría podido predecir) la suerte estaba con Lady esa semana.
Después de todo, el país que lo detuvo por orden de Interpol es una auténtica rareza en una latinoamérica cambiante. Todavía era aliado de los Estados Unidos, que alguna vez construyó un canal a través de su territorio, controló su política durante años y que en 1989 envió a sus Fuerzas Armadas a decidir esas políticas a la fuerza una vez más. Italia quería a Lady de regreso y evidentemente pidió a Panamá que lo entregara (aunque ambos países no tenían tratado de extradición).
Pero ¿podía sorprenderse alguien de lo que pasó o del rol que claramente jugó Washington en decidir el destino de Lady? Si prestaron alguna atención a la presión global que Washington está ejerciendo en una “cacería internacional” para traer a Edward Snowden, el denunciador de la NSA contra el que ya ha presentado cargos bajo la draconiana Ley de Espionaje, de regreso a estas costas, habrán sabido en qué dirección se iría Robert Seldon Lady una vez arriba del primer vuelo que saliera de Panamá –y no me refiero a Italia.
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Pero he aquí lo curioso: cuando Panamá lo mandó al Norte, no al Este, no hubo ni la menor onda de curiosidad en los medios norteamericanos por el hecho o lo que subyacía en él. Lady simplemente desapareció. Cuando el ministro de Justicia italiano “lamentó profundamente” la decision de Panamá, no hubo, hasta donde puedo decir, un solo editorial, indignado o lo contrario, en lugar alguno de este país cuestionando la decisión de la administración Obama de no permitir que un criminal convicto fuera llevado ante la justicia de un aliado democrático o incluso alabando el rol de Washington al protegerlo.
Y no estamos hablando de medios sin interés en juicios que ocurren en Italia. ¿Quién no recuerda la cobertura de punta a punta del juicio (y segundo juicio) por asesinato de la estudiante norteamericana Amanda Knox en Italia? Para los medios norteamericanos, sin embargo, Lady carecía claramente del sex appeal de Knox (ni haría millones con un relato futuro de su estadía italiana).
En ese mismo período hubo, por supuesto, otro hombre que desapareció casi mágicamente. En una zona de tránsito del aeropuerto internacional de Moscú, Edward Snowden descubrió que el gobierno de los Estados Unidos lo había privado de pasaporte y estaba decidido a llevarlo de regreso a Washington por cualquier medio posible para enjuiciarlo. Esto incluía forzar al avión del presidente boliviano Morales, de regreso de Moscú, a hacer un aterrizaje no previsto en Austria y ser revisado en busca de Snowden.
El denunciador de la NSA quedó atrapado en una suerte de tierra de nadie por la administración Obama, que exigía a los rusos que lo entregaran o enfrentaran las consecuencias. Después de lo cual, durante días, Snowden desapareció de la vista. En su caso, sin embargo, a diferencia del de Lady,Washington no dejó de hablar de él y los medios jamás dejaron de especular sobre su suerte. No lo han hecho todavía.
Sólo apareció una vez en público desde su “desaparición” –en una conferencia de prensa en el aeropuerto con activistas de los derechos humanos de Amnesty International y Human Rights Watch. El gobierno de los Estados Unidos enseguida deploró y denunció el evento como algo que Moscú había “facilitado” u “orquestado”, una “plataforma de propaganda”, y un vocero del Departamento de Estado incluso sugirió que Snowden, todavía no condenado por cargo alguno, no debería tener el derecho de expresarse en Moscú o donde fuera.
La verdad es: cuando se trata de Snowden, el Washington oficial no puede callarse. Las figuras del Congreso lo han acusado de “traidor” o “desertor”. El mundo ha sido aleccionado repetidas veces desde un prepotente púlpito montado en nuestra capital nacional sobre qué necesario es su regreso y el juicio para la libertad, la justicia y la paz global. Snowden, parece, representa lo opuesto al truco de un mago. No puede desaparecer aunque quiera. Washington no lo dejará, ni ahora ni –como han dejado en claro los funcionarios—nunca. Es una cuestión moral que se enfrente a la ley y pague el (ya previsto) precio por su “crimen”. Esto, en el Washington de hoy, es lo que se hace pasar como una verdad autoevidente.
Lady desaparece
No es una verdad menos autoevidente en Washington que Robert Seldon Lady debe ser protegido del largo brazo (italiano) de la ley, que es un patriota que cumplió con su deber, que es trabajo del gobierno norteamericano mantenerlo a salvo y jamás permitir que sea enjuiciado, así como es trabajo del gobierno proteger, no enjuiciar, a los torturadores de la CIA que tomaron parte en la Guerra Global contra el Terror de George W. Bush.
Así que hay dos hombres y ambos –Washington está convencido—deben ser traídos aquí: uno para enfrentar a la “justicia”, otro para escapar de ella. Y todo esto es dado por supuesto, nada que necesite ser explicado o justificado a nadie en parte alguna, ni siquiera por un presidente que es profesor de la ley constitucional. (Por supuesto, si alguien hubiera acusado de secuestrar de las calles de Milán a un predicador fundamentalista cristiano norteamericano, sospechoso de terrorismo, y entregarlo a Teherán o Moscú o Beijing, sería –no menos autoevidentemente– otra cuestión).
No cometan el error, con todo, de comparar las posiciones de Washington sobre Snowden y Lady, y de etiquetar las palabras y las acciones de la administración Obama como “hipócritas”. No hay hipocresía alguna involucrada. Esto es meramente la definición viva de lo que significa existir en un mundo de una sola superpotencia por primera vez en la Historia. Para Washington, la regla esencial es algo como esto: hacemos lo que queremos; podemos decir lo que queremos sobre lo que hacemos; y la designada embajadora ante la ONU, Samantha Powers, puede luego aleccionar al mundo sobre los derechos humanos y la opresión.
Esta versión de cómo funciona todo es tanto la norma en Washington que pocos allí verían, probablemente, contradicción alguna entre el enfoque de la administración Obama ante los casos de Snowden y de Lady, y evidentemente tampoco lo hacen los medios de Washington. Sus puntos ciegos, en lo que respecta a las acciones de Washington, siguen siendo llamativos –como cuando los Estados Unidos efectivamente bajaron al presidente boliviano y a su avión.
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Aunque fue un acto de lo que parecía una autoevidente ilegalidad, no hubo reporteo en serio ni investigación en lo que se refiere a las acciones detrás de escena del gobierno norteamericano, que claramente presionó a cuatro o cinco gobiernos europeos (uno de los cuales puede haber sido Italia) para participar en el asunto.
Ni, semanas más tarde, ha habido seguimiento alguno por los medios de Washington. En otras palabras, un acto único en la historia reciente, que dejó a los poderes europeos descontentos y a buena parte de América Latina alzada en armas, ha desaparecido sin explicación, análisis, comentario o editoriales aquí. Indudablemente, dada la falta de cobertura sustancial, pocos norteamericanos saben siquiera que ocurrió.
La historia del afortunado Mr. Lady ha seguido una trayectoria similar. Habiendo desaparecido en el aire, se las ha arreglado hasta ahora para no reaparecer en ningún lado de la prensa norteamericana. Lo que siguió fue ninguna noticia, silencio editorial y una vasta indiferencia ante un acto de protección que podría, de otro modo, haber lucido como la definición de la ilegalidad a un nivel internacional. No hubo palabra alguna en los medios, en el Congreso o en alguna otra parte sobre que los Estados Unidos entregasen a un criminal convicto a Italia, así como los rusos deberían entregar a un hombre que Washington considera un criminal.
Este, pues, es nuestro mundo: un megapoder solitario que, desde septiembre de 2001, se ha lanzado al frenesí de financiar y crear el primer Estado de vigilancia global; sus torturadores andan libres; sus secuestradores cumplen condena en libertad en este país y son rescatados y se aventuran al exterior; y sus denunciadores –aquellos que nos permitirían saber que está haciendo “nuestro” gobierno en nuestro nombre—son escarnecidos. Y así es.
Todo forma parte de una forma de vida y del tráfico cotidiano del mundo de una sola superpotencia. Qué pena que Alfred Hitchcock ya no esté para rehacer algunos de sus clásicos. Imaginen qué thriller sería hoy The Lady Vanishes.






