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Antes de Perón y antes de Duarte, cuando era Ibarguren

En el 1er. tomo de su obra sobre Juan Domingo Perón (Perón. Luz y Sombras), el autor relata la vida de María Eva Ibarguren, quien todavía no era María Duarte, antes de conocer a Juan Perón. Hija no reconocida por un estanciero bonaerense -cabeza de otra familia- al romper con su amante -madre de otros 4 vástagos anteriormente sí reconocidos por él-, dueña de un fuerte carácter, se abrió paso en la vida y brilló con luz propia en el peronismo.

 

“¡Es tan mala la vida! ¡Andan sueltas las fieras!...
 
Oh, no he tenido nunca las bellas primaveras
 
que tienen las mujeres cuando todo lo ignoran”.
 
Tercera estrofa de “Miedo”, de Alfonsina Storni.
 
 
por JOAN BENAVENT
 
María Eva Ibarguren nació en la Estación los Toldos de General Viamonte, Provincia de Buenos Aires, el 7 de mayo de 1919. Era una población fronteriza en la que tribus indígenas acamparon durante los siglos XVIII y XIX, en conglomerados de cabañas, montadas en madera y cubiertas por toldo que recibieron el nombre de tolderías.
 
La pequeña era el quinto retoño de Juana Ibarguren, descendiente de vascos, cuya madre soltera la había cedido al estanciero Juan Duarte, caudillo conservador ya casado y con familia en Chvilcoy —otro pueblo provincial— a cambio de un sulky y dos caballos. El apellido Duarte era una criollización del original D´uart, oriundo también de la zona francesa del País Vasco. La identidad común, afincada por la localización de campos que el hacendado rentaba en General Viamonte, facilitó el concubinato y el distanciamiento de su familia legal. Juana, que había aceptado con fatalismo perpetuar el destino materno, era una sensual belleza de tez nevada y pelo azabache, plateado temprano para la mayoría de las fotos que se conservan.
 
De su natural inteligencia y disposición para atenderlo como un rey, se prendó el hombre, poderoso en apariencia, aunque frágil y precisado de afecto. Oficialmente Juana era “la querida”, con la que por periodos convivía en medio del bochorno y desprecio de las gentes del lugar. Con los años, los amantes concibieron cinco hijos: Blanca, Elisa, Erminda, Juan y María Eva. Duarte los primeros cuatro, pero no así a la última, sin padre oficial por presiones de la esposa legal.
 
Bautizada Ibarguren, la pobre quedó luciendo en solitario el apellido de la madre. Era la oveja negra y la más “guacha” (bastarda) de todos en una manada de ovejas pardas, estigma que la persiguió el resto de sus días. Y aunque madre y hermanos la consideraron una Duarte, a la hora de pasar lista en la escuelita primaria el “Ibarguren” fue un latigazo, que abrió heridas jamás cerradas por la perpetua sal del resentimiento.
 
Tanto en Los Toldos como en Junín —pueblo al que pronto emigran—, el núcleo permanece segregado del resto de la población. Los prejuicios enormes de la sociedad argentina, patrimonializada por los dueños de las mayores riquezas del país, se abaten sobre los pequeños. Son como leprosos a los que la gente esquiva el saludo y retira sus hijos, a la hora del recreo o de los juegos. Al no tener un cabeza de familia que se asuma a sí mismo como tal, el grupo permanece levitando en un apartado marginal dentro de la pequeña burguesía pobre. Por eso, la madre, que como toda criolla no votó hasta que la hija menor y el futuro yerno instituyeron el voto femenino en 1951, simpatizaba con las “reparaciones” que ensayó el populismo yrigoyenista.
 
En aquellos años, Duarte se ocupa materialmente de esta otra familia, a la que ofrece una empleada de servicio, sin que sus niveles de vida puedan compararse con el elevado estatus de la genuina consorte y tres hijas legitimadas. A mediados de la década, sus negocios agropecuarios empeoraron y regresa a Chivilcoy, distanciándose de Juana, si bien continúa aportando algún dinero al doble hogar. Pero en 1926 muere en un accidente de automóvil y sobre la madre de los cinco cachorros se abate la miseria.
 
Durante el funeral del occiso se registra un hecho dramático, desencadenado por la presencia de Juana y sus hijos. Al asomar los seis familiares espurios en el velatorio, son rechazados con violencia por los legítimos deudos. En la penosa escena, y contando apenas siete años, Eva percibe con toda crudeza la fuerza material que las leyes, la moral hipócrita y el poder de los ricos cobra sobre los desheredados.
 
Sin embargo, la Ibarguren no se amilana, y ante su furia enorme y la dignidad de sus argumentos, los familiares de Duarte retroceden, procurando guardar las formas solemnes del acto y la memoria pública del difunto. Al fin, Juana hizo valer la fuerza de su afecto y el de los hijos —visible en todos menos en María Eva—, imponiendo la presencia del grupo en la hora del adiós. Su actitud aguerrida quedará impresa como ejemplo en el carácter de la pequeña.
 
La rebelión de los pobres ante la injusticia, es otra fuerza social ante la cual ha visto temblar a los poderosos.
 
En los años que transcurren —entre finales de los ´20 y principios de la nueva década—, la familia se edifica con solidez, dentro de un panorama dibujado por la pobreza. Juana trabaja sin doblegarse, asistida por todos para sacar adelante el hogar. Eva guardará en su memoria las épocas en que de día y de noche pedalea en la vieja “Singer”, cosiendo vestidos y manteles por encargo, mientras aguanta el dolor de sus sangrantes varices. El ejemplo de una mujer infatigable que se apoya en sus hijos, sedimenta en ellos la noción solidaria del grupo enfrentado a la vida; sumando en Eva la noción del sacrificio por el bien común.
 
Ya en los tramos últimos del gobierno de Alvear, las leyes de los ricos marcan la frontera económica y social de los pobres. En la segunda infancia, la desventaja, sumada a su estigma, se hacen presentes a diario. La muñeca de porcelana comprada con gran sacrificio familiar para la pequeña, tiene una tara que la hizo suya por unas monedas. Una pierna articulada está rota, y ella, como buena “madre”, la protegerá en su ficción tal como es protegida en la realidad.
 
En su imaginario, la niña Ibarguren ya era piadosa con el débil. Seguramente porque también se le había roto uno de los miembros, como a su muñeca tullida.
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En la década de los treinta, abierta por el golpe de Estado de Uriburu y continuada por su infame régimen y el del general Justo, la familia habita tres casas sucesivas en Junín, rentabilizando una buena disposición culinaria. Allí servirán almuerzos y cenas para varios personajes, que llegan de cerca y de lejos, atraídos por la cocina de doña Juana y la belleza en flor de sus tres jovencitas. Blanca estudia magisterio y Elisa trabaja en el correo, mientras Erminda y Eva dibujan su adolescencia. El desfile de caballeros respetables, como el rector del colegio nacional, junto a abogados, médicos y militares de la comarca por la cocina familiar, van socializando más a un grupo que se ganó respeto y consideración (pese a la posterior maledicencia que trocaría la modestísima cocina en un sórdido burdel familiar, realizado a gusto y paladar de los enemigos de Eva Perón).
 
Por entonces ya se perfilaba el porvenir inmediato de las tres hermanas mayores, bellas, modosas y en edad de merecer cortejo. Blanca y Elisa noviarían respectivamente con el hermano del rector y el comandante del regimiento zonal, mientras Erminda florecía pensando en agenciarse algún otro lugareño interesante. El nuevo panorama familiar reflejaba el logro de un gran esfuerzo común favorecido por cierta movilidad social, que daba alguna base de acuerdo popular a los fraudes del general Justo.
 
Apodado “Juancito” (viene a ser lo que Juanito en España), el varón de los Duarte aportaba unos pesos como repartidor de viandas o productos farmacéuticos a domicilio, resistiendo superar estudios primarios, y su traza era la de un botarate al que no hernia el trabajo. En sus tempranos sueños, se enredaban buenas hembras y un mejor pasar con el que retozarlas. Mimado por otras desde pequeño, acreditaba cierta tendencia al sultanato, obsesivamente desplazado en su adolescencia hacia el sexo duro de los burdeles provincianos.
 
Juan Duarte (hijo) quedó marcado por el símbolo encarnado por la madre soltera y el padre polígamo. En otros asuntos era sociable y entrador, con su pelo engominado y la sonrisa de pasta dental, preludiada por un pulcro bigotillo. Viéndolo flojo de carácter, la madre y hermanas lo sobreprotegían; aunque de hecho, fue él quien más protegió a Eva tras su posterior viaje a la capital. Los sueños de seductor que obsesionaban al tercer Duarte tenían cierto correlato en la benjamina, a la que llamaban “Chola”.
 
La gran ambición de la muchacha no era atar el futuro al palenque de un “buen partido”, como sus tres hermanas, o trotar como el varón, rompiendo termómetros detrás del sexo opuesto. La quimera que perseguía la quinceañera Ibarguren era la seducción de masas. Es decir, ser una gran actriz.
 
Ser grande, implicaba fama y fortuna. La primera superaba en fuerza de deseo a la segunda, que María Eva relacionaba con el poder del padre oligarca, y con todo aquel otro desprecio que la madre y ellos habían recibido de los poderosos y sus sirvientes durante años. En cambio la fama, que no era triste y provinciana, como la de los falsos Duarte y las desgraciadas Ibarguren; es decir, la buena fama, que siempre será buena porque es grande en sí misma, se le aparecía como un valor digno de ser reconocido a escala planetaria. Eva María era consciente de que por origen y fatales designios, no podía ser en la escena social tan importante como la Reina Victoria o madame Curie. En cambio, podría interpretarlas con grandeza. Las revistas de cine que devoraba desde muy pequeña, hablaban de historias mágicas (¡sin duda extraídas de la vida real!) en las que chicas pobres como ella (¡sin colegio secundario ni universidad!), llegaban, desde su Olimpo y entre ovaciones, a columpiarse entre las nubes del cielo y las constelaciones estelares.
 
Leyendo “Radiolandia” o “Sintonía” y yendo al cine, descubrió la proyección de su alma gemela en Norma Shearer, una gran estrella de Hollywood.
 
Cuando la fantasía toma un modelo semejante, en él se funden ciertas realidades. Miss Shearer era una actriz de piel blanquísima. Entre sus rasgos suaves y a la vez afilados, destacaba una mirada que delataba fuerza interior. En todo esto coincidían ya la Norma de Hollywood y la Eva de Junín. Pese a las distancias que las separaban, la identificación primaria permitía a la última palpar en la otra, la insignificancia sólo aparente de su propia condición, auxiliándose en la desdicha. En aquel plato común había más ingredientes potenciales. Los papeles de Norma eran de chica esforzada, seria y con carácter, capaz de vencer la adversidad. Reflejaban la esencia de su vida real y también el criterio a la hora de escoger marido. El de ella era Irving Thalberg, acreditado como productor poderoso en la gran época de los Estudios y sus insuperables cadenas de producción. Este joven de salud cristalina, gobernaba las películas en la “Metro Goldwyn Mayer”, a la sazón el más prestigioso de todos, controlando a los mejores directores, escritores, técnicos y estrellas de aquel firmamento. En el mismo, reinaban diosas como la Garbo, la Harlow, la Crawford y, desde luego Norma.
 
Seguramente el buen juicio de Miss Shearer fue la parte más visible de su encanto hasta la prematura muerte de Irving; a quien sobrevivió estelarmente cinco años. Es probable que María Eva, en cuyo futuro también estaba trazado el perfil de un hombre poderoso (junto al de otra muerte temprana, que no era precisamente la del hombre), no distinguiera en la Shearer otra cosa que la realización del propio deseo de ser adorada por las multitudes. Sin embargo, el objetivo de captura del varón en la partida de caza de ambas, se probó común: cuanto más potente la pieza cobrada, mayor fue el triunfo.
 
El temprano imperativo de un porvenir grandioso ya comenzaba marcando las distancias que separaban a la desdichada niña de Junín, donde no tenía la menor intención de casarse o emprender algún tipo de existencia bucólica, tal como programó la vida para sus tres hermanas. Por eso clavaba la mirada en los trenes que atravesaban aquel pueblito camino a Buenos Aires, con ganas de treparse al primero, para irse a conquistar “un príncipe o un presidente” a la gran ciudad.
 
No sería ella la primera en subirse a ciegas al convoy que partía a la aventura. Agustín Magaldi se bajó poco antes de otro que llegaba desde la capital, con sus dos guitarristas. Ambulaban en gira provincial y resolvieron almorzar en la fonda más familiar en varios kilómetros a la redonda.
 
Magaldi era un melancólico cantor de tangos, el Gardel de provincias, conocido como “La voz sentimental de Buenos Aires”. Soltero en 1934, era célebre eludiendo compromisos sentimentales, aunque también, por su generosidad con los amigos en dificultades; en especial la destinada a los hermanos y la madre. Su temprano debut a los diez años se produjo después de que Enrico Caruso le llenara de acordes líricos la infancia. Conocerlo en persona estimuló la ilusión de perfeccionar su voz. Pero la Ópera, que requería timbres rigurosamente educados, también los deseaba únicos, y el suyo, pese a los giros académicos adquiridos con tiempo y voluntad, no se hallaba entre ellos. En cambio, el género menor del tango le brindó muy pronto la oportunidad de ganarse la vida.
 
Desmoralizado, Magaldi se refugió un tiempo en el nombre artístico de “Héctor Palacios”. Pero en medio del extravío de identidad, al público empezó a gustarle su estilo, y retornando a un bautismo original que restauró parcialmente su ánimo, formó un exitoso binomio con Pedro Noda.
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Cuando aparcó en Junín con 38 años, el melancólico trovador ya actuaba en solitario. Aunque menos popular que Carlos Gardel, estaba a la altura de Ignacio Corsini y era un clásico. Sentimental y depresivo, se convirtió en el ídolo de los presidiarios; gente de alma quebrada a la que ofrecía su arrullo, con calidez y sentimiento.
 
En el verano de 1934 era uno de los pocos solistas escuchados por multitudes, más inclinadas a danzar al compás de las orquestas típicas. Su estilo melodramático era único pidiendo lágrimas en cada estrofa de sus setenta temas propios; que no eran exclusivamente tangos. Escritor de zambas y chacareras, perpetraba exóticas creaciones de gran éxito como “Nieve”, extravagancia rusa llena de fríos copos, entre los que la caravana siberiana de horror a la que iba el amante encadenado era acosada por lobos, mientras su amada Olga, a salvo en Moscú, disfrutaba de algún amor más amparado por la calefacción.
 
Magaldi era un ser de fondo frágil; quizás por eso murió a los cuarenta años con la palabra “madre” en los labios. A cuatro de distancia, se le cruzó María Eva durante un paseo por el parque del pueblo.
 
Él, camino a la improvisada fonda de doña Juana y siempre fascinado por las jovencitas, la obsequia con una flor recién cortada y una sonrisa. Ella se la devuelve, echando un cálculo: ¿no podrá recomendarla, el trovador famoso y gentil, a las gentes del cine y teatro de Buenos Aires?
 
Prendado de una niña insistente, habla con la madre del asunto. Ella se niega. Pero Eva insiste una y otra vez, hasta que en un largo y feroz tira y afloja, entre las dos Ibarguren, doña Juana afloja el tiento ante la insistencia de ese carácter gemelo, acordando que la recomiende a sus amigos en la Capital. Desde tiempo atrás, advirtió que su quinta hija era diferente y que para no arruinarle la vida había que dejarla volar. La maestra de la escuelita número 1 le había dicho, en medio de las dificultades que presentaban las matemáticas para Eva, que la niña acreditaba inteligencia, pero incapaz de concentrarse a fondo.
 
En cambio, la entusiasmaban la radio, las películas y recitar poesías.
 
Después de atenderle una larga ristra de ellas, durante una sobremesa regada con sabios postres y buen coñac, “La voz sentimental de Buenos Aires” brinda con Juana por el porvenir artístico de su niña. De apariencia tristona, Eva incubaba una fuerza interior que atraía a los hombres como él, impresionado por las figuras femeninas dominantes. En alguna foto escolar, el gesto impreso de la “Chola” nos revela el bloqueo emocional determinado por los sueños de un ser, que precisaba palabras de otros para expresar sus emociones.
 
Magaldi, que era otro espécimen retraído y solo se animaba desplegando su repertorio, prometió ayuda en Buenos Aires. Estimulada por la promesa y con su maleta de cartón, Eva abandona poco después el paisaje provinciano, camino a la jungla. Las memorias de su hermana Erminda y las de Perón nos cuentan que la madre viajó con ella y asistió a una exitosa prueba radial, concertada por un amigo de Magaldi. Otros insisten en negarlo. Sea o no así, al final del viaje quedó sola y sin contrato alguno en la soñada Buenos Aires: urbana pesadilla para una quinceañera sin recursos ni preparación.
 
En principio, la audaz provincianita contó con el apoyo del hermano que hacía la “mili” en Campo de Mayo. Después, quizá Magaldi y sus contactos soplasen la vela de su barquito en buena dirección.
 
De sus pasos, a comienzos de 1935, se conoce un inmediato cambio de identidad. Es norma en los artistas concebir nuevos nombres y apellidos que ajusten mejor el resto del invento. Mecha Ortiz, Amelia Bence o Amanda Ledesma, tres divas criollas de la década, que en el cine, el teatro y la radio, se llamaban María Mercedes Varela, María Amelia Batvinik y Josefina Rubianes Alzuri.
 
La adolescente de Junín es más genuina, y respetando un segundo nombre que toma la delantera; le cose el apellido negado por el fertilizador de su pobre madre. De aquella cruza entre deseo y revancha, nace el gran desafío de Eva Duarte: disfraz de una “rasca” con parada de actriz, en busca de cualquier papelito en los teatros de la nueva y ancha calle Corrientes, en instantes poco propicios para la escena.
 
En los días infames de la década, las gentes preferían gastar los pocos centavos que destinaban al ocio en ir al cine o disfrutar de la radio, cada vez más surtida de estaciones, radioteatros y variedades, con música e intérpretes de prestigio. Las tablas importantes no crujían bajo el peso de piezas clásicas u obras de vanguardia. El impacto de taquilla llegaba desde los espectáculos revisteriles del “Teatro Maipo” y sus sucedáneos, con divas sabiamente emplumadas, bufones zafios y coristas audaces. Las cantantes escénicas, al estilo de Libertad Lamarque o las características aficionadas al desparpajo vocal, como Tita Merello, eran las grandes triunfadoras, compartiendo éxitos con las compañías volcadas hacia mensajes costumbristas. Allí, aparecían matronas de tablas y partiquinos graciosos como símbolos de la pareja despareja, reinante en el género del sainete y a menudo en la vida real.
 
La escena puramente dramática, asediada por la competencia del cinematógrafo y la miseria popular, se mantenía gracias a unas pocas figuras y autores de prestigio que, como las golondrinas solitarias en un cielo de plomo, no hacen verano. Dentro de este otro universo, pequeño y sustancioso aunque forzosamente exigente, los rudimentos culturales de Eva Duarte tampoco podían hallar su espacio.
 
La ruta posible señaló entonces el derrotero hacia comedias pobres, en compañías que sobrevivían malamente con las giras que realizaban al interior del país, y en las que los partiquinos como ella se llevaban lo peor de la recaudación y el trato, matizado por frecuentes periodos de paro y hambruna. Eva remontó penosamente la cuesta, sobreponiéndose con el vigor infatigable de Juana, a las calamidades que siempre atenazan a las solitarias jovencitas de pocos recursos, para quien el acoso sexual es cosa de todos los días, y el camino de la prostitución espera girando la esquina. Contra lo que se dijo luego con rencor, no ganó los pocos garbanzos de sus guisos viudos en ningún prostíbulo, ni vivió del sexo; aunque a veces con él se auxiliara para trabajar en lo suyo. A poco de llegar había dado con Magaldi, varón piadoso que pagó un cuarto de hotel, compartiendo techo con ella algunas semanas.
 
La brevedad del encuentro fue el resultado del acoso de la ansiosa muchacha, y de la capacidad del jilguero para poner pies en polvorosa.
 
Antes de desembarazarse de Eva, en medio de una escena tempestuosa en cierta noche de estreno cinematográfico —ante las puertas de una sala céntrica en la que se presentó de golpe, cogiéndole del brazo ante todo el mundo—, la derivó aterrado a su amigo, el crítico teatral Edmundo Guibourg, de gran prestigio en el medio. Pero el primer papelito que consiguió la joven, recién a fines de 1935, se lo dio José Franco, padre de otra legendaria Eva, de verdad actriz y una de las más grandes en la escena criolla.
 
La Franco, cabeza de su propia compañía y belleza morena con un aire a Gloria Swanson, actuaba desde los cinco años respaldada por el prestigio de su padre, ahorrándose las penurias dobles de una pobre tocaya, que debió atormentarse comparando al progenitor con el que a ella le había tocado en suerte.
 
Quizá para recibir alguna llama de calor paterno, la partiquina se metió en el catre de campaña de José Franco, hasta ser despedida. Tras una segunda experiencia con la troupe de Pepita Muñoz (gran cómica oriunda del circo y el sainete) y de ambulantes giras por el interior, se ligó al empresario, crítico y autor teatral Pablo Suero, que le dio pie en una obra de Lillian Hellman. Este asturiano emigrado había estrenado el repertorio teatral de Federico García Lorca en los escenarios porteños, durante el viaje realizado por el autor entre los últimos meses de 1933 y la mitad de 1934.
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A medio camino entre el liberalismo y la autodestrucción, los dieciséis o diecisiete años de la flacucha Eva (bastante alta para la época) no tenían demasiado que ofrecer a los hombres, y menos todavía a los cultos o famosos, salvo su juventud. Las formas rezagaban aún el buen contorno, y el medio escogido para triunfar, sin curvas ni talento, no semejaba indicado. El amorío con Suero, que era bajo, gordito y a quien sus enemigos teatrales apodaban “el batracio”, fue la tercera experiencia entre sus búsquedas de apoyo en individuos inspirados, que pronto se hartaban de su ansiedad y la ponían de patitas en la calle.
 
Sin embargo, las aceras, con ser tan inhóspitas con los desvalidos, no la espantaban. Se habían transformado en su medio natural, como el agua de los peces y el cielo de los pájaros. Ella misma se definió luego como “un gorrión” en las páginas de “La Razón de Mi Vida”, y al principio de su historia adulta eso fue, sin cobijarse aún bajo el ala protectora de aquel “cóndor que volaba más alto que todos”, presente en el perfil aguileño del coronel Perón, ya a punto de enviudar y entonces con el grado de mayor.
 
En la gran ciudad, y en su fauna y flora artística desfilando por los céntricos teatros y cafés de reunión, halló Eva la rudimentaria leña que alimentó la primer hoguera de sus sueños, relacionándose con otros como ella o más afortunados; pero al principio, nunca peor tratados por la suerte. Los nuevos amigos le pagaban el café con leche o le prestaban unos pesos para ir tirando. Ella lo devolvía todo y repechaba la cuesta. Sus contactos con el cultivado Guibourg, la condujeron a bocadillos insignificantes, o breves apariciones como figuranta en empresas algo más ambiciosas, junto a Camila Quiroga, o bajo la dirección de Armando Discépolo. Pero en nada de aquello pintaban mejor las perspectivas.
 
El destino inmediato le reservó modestas apariciones de odalisca, gitana, sirvienta o candidata a contraer la sífilis, como en una pieza educativa titulada “El Beso Mortal”. Empero, la firmeza para resistir la adversa fortuna era ciclópea y, depende de para quien, conmovedora.
 
Una de las almas conmovidas por“esa cosita transparente, fina, delgadita, con cabellos negros y carita alargada”, contratada sin derecho a atrezo y por unos miserables ciento ochenta pesos, era Pierina Dealessi, una vigorosa italiana cuarentona y soltera de por vida. Había llegado al país siendo una niña y con gran esfuerzo escaló posiciones desde el circo y la comedia bufa hasta el cine y el teatro, donde formó compañía propia. En la jovencita vio reflejadas sus primeras ambiciones y un temple común.
 
Pero la imagen de gatito abandonado en un callejón, al que su protectora ponía leche tibia en el vaso de “mate cocido” en los entreactos, era una impresión engañosa. En la especie de los felinos, el temperamento de la Duarte (aunque no se hubiera destapado) ocupaba otro escalón.
 
La nueva amiga de afición y temperamento, equivalió a lo que Descalzo y luego el general Farrell para Perón, amparándola hasta que su carrera se afianzó mediante un afecto correspondido y que sólo detuvo la muerte, el 26 de julio de 1952.
 
Si en la Dealessi halló Eva una adecuada prolongación del calor materno, cierto calor paterno asimilado hasta donde su odio lo hacía posible, llegó mediante vínculos breves y provechosos con ejemplares maduros, conectados con el cine, y en especial con la radio, un medio que a menudo paliaba el hambre de muchos actores teatrales. A ese efecto empezó trabajando en “Radio Belgrano de Buenos Aires” —cuyo propietario era Jaime Yankelevich— como parte de un gran elenco radio teatral en 1937, y siguió recitando bocadillos con cierta continuidad durante los dos años siguientes. Por fin había encontrado una tranquera abierta a sus sueños de actriz, y se lanzó a franquearla a galope tendido, llegando en épocas de cobro en metálico.
 
Apenas unos años antes, en la radio nadie veía un peso. Yankelevich fue uno de los impulsores de un negocio iniciado empleando fórmulas de trueque, por medio del cual los anunciantes pagaban espacios con sus manufacturas. A su vez, el propietario de la emisora recompensaba a su personal fijo y a los artistas con una fracción, vendiendo el resto a los comercios. Cuando los actores y actrices advirtieron que las emisiones estimulaban el consumo de las masas, la ley de la oferta y la demanda mató el primitivismo, situando al medio en la esfera de los modernos negocios del siglo XX. Desde tiempo atrás, el apartado del radioteatro era un género de culto para la audiencia. Gastando poca corriente eléctrica se podían recibir enormes descargas emocionales y gracias a ello la técnica del folletín por entregas fue uno de los que mejor se adaptó al nuevo medio, ampliando un pequeño negocio de los pioneros, siempre sujeto a la venta de espacios publicitarios. Los “teatros del aire” atrajeron a sectores de la esfera teatral y a gentes con buen timbre de voz y aceptable dicción. Otros llegaron desde las canteras del tango y el folklore nativo.
 
En el Ecuador de la década ya se contaba con grandes elencos y voces muy populares e irreemplazables para la emoción, llevada al extremo a final de cada episodio. Las señas de identidad de aquel género dramático, lo llevaron a ser tan consumido a través del éter, como los eventos deportivos, los espacios musicales, números cómicos o costumbristas y nuevos concursos con premio incluido.
 
Los héroes y heroínas del género eran un calco de las novelas o los filmes exitosos; cuando no, un plagio directo, o bien una pobre adaptación de sus versiones originales. En todas, el sufrimiento y el romanticismo competían con sórdidas maldades y envidias; y las miserias y grandezas con debilidades y coraje. Los dramas, a contramarcha de la vida, tenían todos un final feliz, emitiéndose de lunes a viernes, y su duración se cifraba en un mes; pero podían estirarse como los populares “chiclets”, según el éxito alcanzado. La sustancia de sus fábulas románticas rebosaban frecuentes malentendidos, resonando a los besos apasionados desde el micrófono, como una sopapa enchufada al bidé del lavatorio. Los nuevos “efectos especiales” y la combinación entre voces, música y enfatizaciones del relator —describiendo paisajes o entornos difíciles de sugerir desde la acción misma—, hicieron de estos novelones el sustituto cotidiano de entretenimientos bastante más caros de producir.
 
Hacia el final de la década, ya eran un negocio de bajo coste y seguro beneficio, en incesante expansión.
 
Eva Duarte llegó a sentar sus reales en la radio gracias a esto último. Había cobrado cierto envión artístico haciendo papeles pequeños, y se los fueron ampliando sin riesgos de invertir demasiados billetes en un caballo que podía mancarse en cualquier tramo inicial de la carrera. Lo importante en estos casos era la calidad de una voz y su cotidianeidad para los oyentes. En principio, la iniciativa para imponer una determinada voz podía surgir de la emisora o bien del anunciante, aunque por lo general, ambas partes llegaban a un acuerdo que superaba la preeminencia de cualquier moción en aras del negocio.
 
Los novelones del aire iban dirigidos a excitar el lagrimal de las amas de casa. Las emisiones más importantes se hacían a media tarde o a la hora de cenar, por eso eran presentados por jabones en polvo que lavaban más blanco la ropa, o pastillas que usaban las estrellas en el tocador, y por aceites que freían y condimentaban mejor las patatas y la ensalada. Esto también explica que los contactos laborales de Eva Duarte, mientras duró el primer y más importante segmento de su carrera radial (a punto de concluir el 22 de enero de 1944), fueran gentes del medio, o bien anunciantes que elaboraban aceite y fabricaban jabón.
 
Por lo pronto, en el otoño de 1939 ya había conseguido encabezar su primer ciclo radial con el actor Pablo Racioppi, un buen amigo. El empresario del jabón que auspiciaba el programa era otro. Racioppi insistió después de 1955 haber cruzado con la Eva de aquellos días la barrera de la amistad.
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Sin duda, los amigos del alma que buscaban su cuerpo se multiplicaron desde entonces. Se dice que el más encumbrado amante en esta etapa inicial fue el libretista Héctor Pedro Blomberg, autor de “La Pulpera de Santa Lucía”, un clásico del radioteatro argentino. Eva recitó sus textos en dos ciclos posteriores de otras radios. Pero nadie puede probar si la actriz se lió sucesivamente con Blomberg, con Racioppi y con el jabonero que pagaba el programa, o quizá con todos a un tiempo. Lo que suena lógico y razonable, es que su ancho margen de libertad, siempre centrado en su carrera de actriz, le otorgase derechos semejantes a los que la sociedad seguirá dando a los hombres solteros o casados.
 
En cualquier caso, la asepsia afectiva de Eva Duarte era asombrosa a esa edad. Pocas jóvenes de veinte años que no sean profesionales del sexo han podido desdramatizar estos vínculos como consiguió hacerlo desde 1935. Gracias al factor, sacaba salvaje partido de aquellos entreveros en los que apenas ponía algún gramo de sus sentimientos. El hambre y la soledad se los habían encerrado en un pesado arcón, al que lustraba periódicamente el candado. En tanto no lo abriera, quedaban prisioneros, mientras ensayaba una y otra vez su representación.
 
En los pocos instantes románticos de la vida real, era una más de sus sufrientes heroínas del radioteatro, con palabras de Blomberg, y después con las de Francisco Muñoz Azpiri y Miguel Martinelli Massa. Fuera de eso hubo poco; al menos en términos originalmente románticos.
 
“Estaba sola. No tenía algún amorcito. Me parece que no había nada”— contó después Pierina Dealessi sin faltar a la verdad de lo que manda el corazón.
 
Entre lo poco y la nada, irrumpió en su vida Emilio Kartulovic, un chileno de origen eslavo con el que se dio de bruces en los días de Junín, cuando aquel playboy aficionado a las carreras de automóviles empantanó el suyo en las afueras del pueblo, quedando enfangado junto a su máquina volcada. La víctima del infortunio era nada menos que el dueño de “Sintonía”.
 
Eva acabó conquistando la risa espontánea del enérgico ejemplar tras recordarle con cierta malicia el episodio, uniéndolo a su devoción juvenil por una revista que devoraba todas las semanas, y que tanto acrecentó su primer vocación dramática. Aquello encendió la chispa, creando una complicidad amorosa que recién se desvaneció, entre la primavera de 1943 y el verano del año siguiente, ya a punto de conocer al coronel Perón. La estrellita Duarte, que había saltado en 1939 a la tapa de la revista “Antena”, llegó poco después a la de el semanario de Kartulovic, donde obtuvo reportajes, notas y gacetillas sobre sus planes y actividades. Pero Eva era una más en el harén del califa, debiendo aguardar muchas horas sentada en la redacción, hasta que el patrón se dignase a atenderla.
 
A pesar de pasar por “amansadoras” y zafarranchos amorosos sin condimento, había avanzado bastante desde que bajó del tren. Pero en el fondo continuaba siendo un alma solitaria, en ruta hacia un misterioso destino. Los lazos con la familia se habían aflojado con la distancia, aunque el recuerdo y el afecto por la madre y sus tres hermanas se mantuvo. A Juan lo veía a menudo en Buenos Aires y se auxiliaban mutuamente.
 
“Juancito era el único amor de su vida en aquella época. Un adorable desvergonzado”— apunta Pierina.
 
La afición por el hermano débil y venal era compartida por la maternal amiga, y otras conquistas. En la pareja batalla de los sexos, la flojera de los machos afirma a ciertas mujeres y viceversa. La amiga de Evita —probable lesbiana o bisexual— se mantuvo célibe durante una larga vida compartida en ancho tramo con su madre. El posterior encuentro con Perón truncó quizás un destino equivalente en aquella joven devota de la “Virgen de Itatí”, en la que Pablo Racioppi había detectado “gran rencor hacia los hombres”.
 
“Es que todos me acosan sexualmente”—refirió al compañero de fatigas radiales, no sin razón.
 
Aunque esta impresión se ajustase a la realidad, lo que en el fondo de cada hombre la amenazaba era el fantasma del difunto Duarte, el predador sexual que esclavizó a su madre y encima le negó la paternidad a ella. Por su culpa, para la Duarte legitimada por el estrellato, los varones sólo eran dignos de ser usados y arrojados al cubo de la basura. Ante los retrospectivos ojos de María Eva, lucían despreciables, en su perpetuo interés por convertirla en lo que un desalmado hizo de su pobre madre. De ahí, que con los meses, lo único en consolidarse fuese la aventura radial, mientras otras iban pasando. Primero fue Raimundo López, de la firma “Guereño”, con quien firmó contrato, favorecida por la intervención de su hermano, viajante de sus jabones de baño. Después le llegó el turno al gerente de“Llauró”, otro jabón de la competencia, y de allí saltó hasta Pablo Osvaldo Valle, uno de los directores de “Radio El Mundo” y locutor pionero en la radio argentina.
 
Los hombres maduros le seguían atrayendo como un medio, y también como el juego a encontrar y desencontrar fugazmente al padre. El porqué gustaba la morenita de piel nacarada a esos cuarentones, sin ser especialmente atractiva, tampoco estaba en el sexo, sino en la personalidad y su modo de administrarla en el trato con ellos. Eva sabía como estimularles el deseo y el instinto paternal, aderezándolo con proyecciones de omnipotencia. Con el halago sabiamente administrado, caía uno tras otro y como breva madura en sus proyectos artísticos.
 
Kartulovic fue el ejemplo más destacado de la técnica y sus resultados hasta la refulgente llegada de Perón; aunque antes, ya los compañeros sentimentales percibían su temple. Fuerte como cualquier varón, ayudarla a escalar algún peldaño era como hacer patria. En las historias galantes de Eva, también mediaban cuestiones de clase. En su catálogo no cabían dobles apellidos, siempre a la pesca de hembras sofisticadas. Siendo acaudalados, los festejantes de la chica de Junín no eran magnates del acero, capitanes de la industria o grandes estancieros.
 
En general rudos y prácticos, revelaban una cultura argamasada en la lucha por la vida. Lo que ensuciaban con el aceite, lo lavaban con el jabón y viceversa, despreciando los refinamientos de las clases altas.
 
Todo era así de sencillo; como las cálidas invitaciones a comer pucheros de gallina en la madrugada, sólo concebibles en seductores porteños; una costumbre urbana que comenta cierto autor en su libro sobre Eva, y que a la vez nos revela la naturaleza de los Romeos que frecuentaba esta Julieta con oculta vocación de lady Macbeth y Genoveva de Brabante .
 
En su campechanía de hembra rural cabían el lenguaje rudimentario y los convites de este tenor; rehuyendo las ceremonias pomposas y los ambientes o personajes relamidos, sin ese rasgo “canalla” que les permitía identificarse con ella y su tropilla de amigas, hembras jóvenes y con ganas de divertirse como Dorita Norvi, Rita Molina, Anita Jordán, Jardín Heredia y Elena Lucena, otra importante estrella de la radio.
 
La buena química entre Eva y la gente que pesaba en este medio, la aisló del corral de flores de un día y putillas que trotaban por el mundo de la farándula, aliviando de la cintura para abajo las tensiones de ásperos varones.
 
Así, tras conquistar a los patrocinadores de sus radioteatros, o a actores y periodistas que la ayudaban a trabajar más y mejor, el goce del sueño que se iba haciendo realidad era lo que le producía el placer más grande, porque su realización reivindicaba a la pobre niña Ibarguren, la “Chola”, oruga de provincias que ya estaba rompiendo su crisálida para desplegar alas y volar, alto y tan lejos de la miseria y la oscuridad de su origen como fuera posible. Volar alto hasta tocar el cielo, o quizás el fuego del infierno con tal de ser alguien grande, muy famoso y tan inalcanzable para los mortales como las estrellas del cielo, que solo se acarician con la mirada.
 
Aquel fantástico viaje a la grandeza, aún pintaba lejano en 1941, año en el que ya había conquistado algún eco en los tímpanos y los corazones solitarios de las amas de casa, pegadas al aparato de radio, pero en el que su imagen cinematográfica se desvanecía tan penosamente como en el teatro.
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Del debut en la cinta “Segundos Afuera”, quedó el jirón de un romance con el actor Pedro Quartucchi, (del que hace un tiempo se mencionó una hija en común y su reclamo de la prueba del ADN). Pero de ahí en más, la presencia de Eva se esfumó sin pena ni gloria en algún fotograma de “La Carga de los Valientes”, “El Más Infeliz del Pueblo” y “Una Novia en Apuros”, rodadas entre 1939 y 1940 para Olegario Ferrando, dueño de una productora y breve mecenas de muchas actrices; o bien en algún corto metraje rodado para “Línter Publicidad” tras un previo romance con el productor Rafael Firtuoso.
 
La inserción en la pantalla era frecuente en las actrices de la radio o el teatro. Entre 1935 y 1940 el cine argentino contaba con modernos Estudios al estilo hollywoodense que le habían permitido alcanzar los 196 largometrajes (contra los 208 de México), la mayoría exportables a los países hispano hablantes. “Argentina Sono Film”, fundada en 1933 por la familia Mentasti, era una versión criolla de “Metro Goldwyn Mayer” y se situaba por encima de las posteriores “Lumiton”, “EFA” o “Estudios San Miguel”. Pronto se agregaría a la lista de “majors” criollas la más artística y creativa de todas: “Artistas Argentinos Asociados”, una cooperativa formada por algunos actores y escritores de prestigio, empeñada en realizar filmes de calidad , vinculados a la cultura y las tradiciones argentinas.
 
Es por todo ello natural que el medio contase con grandes figuras. Entre la actrices, se destacaban (entre otras notables bellezas criollas) Libertad Lamarque, Eva Franco, Niní Marshall, Mecha Ortiz, Amanda Ledesma, Amelia Bence, Delia Garcés, Paulina Singerman, Nedda Francy, Pepita Serrador (madre de Narciso Ibáñez Serrador), Tita Merello, Luisa Vehil, Irma Córdoba y Elisa Galvé.
 
El corral masculino de galanes y característicos estaba muy bien surtido; si bien los arquetipos se inspiraban de alguna forma en astros norteamericanos o europeos. Encabezando los primeros, contaban Francisco Petrone (equivalente del francés Louis Jouvet o Spencer Tracy), José Gola (a Clark Gable), Esteban Serrador (suerte de Cary Grant castizo y tío de Narciso) y Narciso Ibáñez Menta (su padre), Juan Carlos Thorry, Hugo del Carril, Pedro López Lagar (galán joven de Margarita Xirgu) y Ángel Magaña.
 
Entre los cómicos de ambos sexos, Luís Sandrini, Pepe Arias y Niní Marshall iban en cabeza, seguidos por el entonces joven Pepe Iglesias (“El Zorro”) y Olinda Bozán. Intérpretes de carácter con muchas tablas, eran Enrique Muíño, Florencio Parravicini, Elsa O´Connor, Luís Arata, Enrique Serrano, Camila Quiroga, Homero Cárpena, Felisa Mary, la mencionada Pierina Dealessi, Elías Alippi, Sebastián Chiola, María Santos y José Olarra.
 
Eva Duarte aspiraba, sin suerte, a figurar entre las grandes luminarias de la época. Había intervenido en algunos metrajes, pero darse el gustazo de verse a sí misma en la pantalla era tan estimulante como reflejarse en un espejo roto, y aquel constante fiasco, ningún padrinazgo o golpe de suerte podían remediarlo.
 
Otras divas del éter habían asumido ese límite sin complejos. Ahí estaban para demostrarlo Olga Casares Pearson, Mecha Caus, Julia Giusti, Susy Kent o Mercedes Carné, grandes voces fracasadas en el cine. En cambio, cuando la trémula emoción de la Carné interpretó a Santa Lucía, la virgencita de los ciegos —mártir en tiempos de Diocleciano, y convertida en pulpera criolla, rubia y de ojos celestes para el radioteatro—, multitudes invidentes desfilaron en procesión por la radio, buscando que los dedos de aquella milagrosa voz les acariciaran los ojos hasta devolverles la luz.
 
Era imposible que los ciegos viesen los ojos celestes de Mercedes Carné. Casi tanto como que los oyentes de los dramones de Evita Duarte —otra víctima de la maldición que perseguía a las celebridades radiales— disfrutaran de su imagen en las películas. Era su drama mayor y a casi dos años de su futuro encuentro con Juan Perón, las perspectivas de superarlo eran remotas.
 
Por momentos sentía que aquello era como calzarse un zapato dos números menor. A cambio, tenía su público y ese era un bastión que cuidaba con tesón, fría disciplina y acento malevo.
 
En el timbre de la Duarte, sus heroínas recitaban tangos. La dicción de la primaria se le mezclaba con la manera de frasear de Gardel, Corsini, el pobre Magaldi —a cuyo velorio no asistió, identificándolo injustamente con el autor de sus días—, Charlo, Rosita Quiroga o la “Ñata Gaucha”. Los culebrones que le servían eran percibidos en su voz al ritmo de ese compás, aunque el tratamiento original fuese otro.
 
Eva no sabía cantar, pero su breve vida era como un penumbroso tango, con el irredimible padre, que tras abandonar a la santa madrecita muere entre hierros retorcidos de un culposo accidente; el pueblo perdido en el polvo que levanta el tren; y la triste protagonista, apenas adolescente, con la maleta de cartón bañada por lágrimas, que derramará muy pronto en la gran ciudad (símbolo de la virtud y las ilusiones perdidas), entre el pecado de “Gricel” y un plumbeo reinado en los radioteatros de la tarde.
 
Allí, sintonizando la estación correspondiente en la caja sonora está ella, flor del éter, mientras las arrugas que van naciendo de su frustración le surcarán pronto el tuétano si no impone la imagen viva de su cuerpo, lleno de pasión y energía.
 
La dicción tanguera de Eva, modesta actriz de escasa cultura y pobre vocabulario, le permitía en cambio conectar con un público que cantaba y bailaba masivamente el tango desde los años ‘30, pero que además hablaba como ella, comiéndose las “eses” y arrastrando las palabras como una pila de hojas secas crujiendo bajo el rastrillo. Al visionar metrajes criollos de esta década y la siguiente, solemos evocar el tango en los gestos y las voces de artistas que no cantan. El énfasis vocal de aquel argentino medio (hoy en franca extinción) se embebe de la atmósfera irrepetible de una larga época como parte de un arraigo cultural poderoso. No casualmente, el primer film con sonido óptico estrenado en 1933 se tituló “Tango”, y el entierro de Carlos Gardel dos años más tarde, se vivió como una tragedia nacional.
 
Las tragedias radiofónicas de Evita Duarte —por sentimiento y drama vivido en las pensiones baratas y esquinas peligrosas del Buenos Aires aquel— tenían más proteínas del arrabal que las ensayadas por otras divas. Empero, su tragedia personal con la fama —cuyo deseo es como la sed que intenta calmarse bebiendo agua salada— le pedía seguir avanzando más rápido y mejor sin temor al futuro o al abismo.
 
La ilusión de superar aquel duro trance era tan improbable en el celuloide impreso como la de los cieguitos que fueron a ver a Mercedes Carné. Curiosamente, la mística sensación de ser no siendo una santa, no correspondió al fuero íntimo de la Carné, sino al suyo en un próximo escenario: el más grande jamás soñado por ninguna actriz del mundo.
 
Así, hasta Eva Perón llegarán, desde finales de 1947 y en perpetua caravana, invidentes y videntes en la miseria; mujeres y hombres de todas las edades y una sola condición; jóvenes y niños pobres; sanos pobres y pobres enfermos; infelices, que en la mayoría de los casos tienen lo que llevan puesto. Son los desheredados de la tierra, como aquellos pobres guachos de Junín rodeando el coraje de la madre en el funeral de un fantasma y que, siendo como ellos, tendrían en cambio la suerte, de encontrar muy pronto la caricia protectora “de esos dedos largos finos y algo húmedos”, como después recordó, ya viejo, el grande y único amor en la vida del último fruto surgido de los espurios amores entre Juana Ibarguren y el señor Duarte.
 
El encuentro con Perón no estaba lejos en 1942, pero aún faltaba tiempo para llegar a ese entrevero. El que ocupaba los afanes de Eva dejó de ser, durante aproximadamente un total de nueve meses, de entre este año y el siguiente, la radio o cualquier otra faena conocida. Se acredita que desapareció, sin que nadie consiguiera desvelar un paradero que continúa envuelto en el misterio, aunque case exactamente con un período de gestación.
 
En los primeros meses de 1943 Eva vuelve sorpresivamente a la carga en los radioteatros. El golpe de estado del 4 de junio la sorprende en plena tarea, mientras los nuevos dueños del poder emprenden la suya reglamentando regimentar militarmente el país y controlando las emisoras a través del diktat de la Secretaría de Correos y Telecomunicaciones. El encargado de fiscalizar lo que se puede y no se puede hacer en el medio es el coronel Aníbal Imbert, anterior jefe de Comunicaciones de la guarnición de Campo de Mayo, a quien Eva contacta gracias al general Domingo Martínez (ex Jefe de Policía de Ramón Castillo y su amigo militar más importante hasta el arribo de Imbert); o bien por medio del asistente del coronel, Oscar Nicolini, vinculado por azar con su madre y la familia en Junín.
 
El personaje había sido el jefe de una humilde oficinita postal perdida en la provincia, y ahora el destino le mandaba tender una mano a la hija menor de doña Juana, de quien se dijo fue—¡cómo no!— amante ocasional.
 
Con la gestión militar llegan a la radio las listas negras. En su ímpetu ordenancista el régimen expurga de la sintonía tangos malevos, deformaciones bufas del idioma que impiden a las gentes hablar con corrección y aquellos programas que los censores juzgan inconvenientes; aunque la vuelta de tuerca más importante es la que se aplica a los actores, técnicos y libretistas que piensan con su cabeza. Por lo tanto y de ahora en más, nadie que sea “simpatizante comunista o piense con la mano izquierda” podrá trabajar.
 
Sin ser insensible a la cuestión social, la actriz no tenía tradiciones políticas o inclinaciones manifiestas por ningún partido, pese a la simpatía irigoyenista de la madre. Los combates proletarios habían amainado bastante en los entre 1920 y 1930, y su influencia sobre los estratos medios menos favorecidos no la alcanzaron en la distancia de Junín, ni tampoco en la Capital Federal.
 
Si bien Eva Duarte es una rebelde social en potencia, sólo pudo rebelarse con cierto éxito contra su origen y el destino de provincias.
 
En los relatos de quienes conocieron su llegada a la Capital y sus esfuerzos por abrirse camino —como la Dealessi, el galán Pascual Pelicciota o el característico Marcos Zúcker—, Eva es una chica humilde e individualista amiga de sus amigos, y a medida que escala posiciones devuelve favores a quienes la ayudan.
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El cierto aislamiento ideológico de esta estrella popular en un medio bastante politizado, era ideal para el régimen y, según algunos testigos, por otros para Imbert. Aunque los testimonios vuelvan a contradecirse y se tornen imprecisos, a ésta altura la Duarte era una cortesana bastante introducida en el ámbito militar. Por lo pronto, desde el otoño de 1943 vive en un piso confortable (atribuido por algunos antiperonistas al presupuesto destinado al Ejército), y en la primavera estrena un largo e importante ciclo de heroínas. Así, mediante perfiles históricos trazados por Francisco Muñoz Azpíri y Alberto Insúa, encarna a Catalina de Rusia, Eugenia de Montijo, Lady Hamilton, Isabel de Inglaterra, Ana de Austria, madame Chiang Kai Chek, Eleonora Duse o Isadora Duncan, entre varias más a las que la historia dotó de gloria, y ella de un acento tanguero que, engulléndose la terminal de alguna palabra, destila calle y carácter.
 
Más que carácter, el celo militar exigía castos y a la vez glamorosos ejemplos para amas de casa, unidas a su imaginario. Los maridos, trajinando entre la disciplina y las órdenes en el cuartel, se tornan extremadamente vulnerables ante consortes tentadas por los romances apasionados; y Eva Duarte ilustraba con el ejemplo de “Grandes Mujeres” a las “doñas”, sobre el arte de remitir los calores de la soledad a la chimenea o entre ollas y cacerolas, mientras les recomendaba el mejor aceite para freír el pollo.
 
Para ella los oficiales junianos fueron más accesibles que los envarados funcionarios civiles del gobierno derrocado, o complejos patrones como el quisquilloso y el fondo frío Yankelevich, el “zar” de “Radio Belgrano”.
 
En un militar, por más encumbrado que esté siempre quedan trazas del cuartel y sus rudimentos. Las reglas de comportamiento ante cualquiera de estos varones, están más o menos incluidas en las jinetas, los laureles o los soles prendidos al uniforme. Acostumbrados a tratar con la tropa, no hay nada mejor que hacerles la venia (como impone el rígido Imbert a todo el mundo en el Correo) para distenderlos un poco. Con tiempo, obediencia y la práctica continuada de la ley del embudo, llegará el ascenso. A ese público marcial no interesaban especialmente las damas cultas y refinadas. Se parecían a los aceiteros y jaboneros en los rudimentos galantes, y seguramente en otros frentes de batalla eran menos exigentes.
 
El hándicap de la Duarte radicó en prolongar la admiración que ya había rendido a Kartulovic y otros empresarios, adaptándola a la disciplina y contrición de un suboficial ante los superiores. Nada gustaba más a los marciales burócratas del estado que el aplauso, mientras jugaban todo el tiempo a la guerra. Las grandes mujeres que abordaba su ciclo rendían pleitesía al arquetipo de ladero armado, solemne, y siempre dispuesto a morir por su emperatriz, por su dama, por su novia o a manos de libretistas que los mataban de un plumazo, para que la congoja de la reina del radioteatro de la tarde alcanzase su punto de hervor.
 
Desde mediados de 1943 era frecuente el encuentro de Eva y sus amigas con oficiales de alto rango en fiestas o recepciones. Los centuriones atravesaban un periodo cesarista cortando el bacalao y se desmelenaban un poco, después de chuparse años de cuartel fiscalizados por la moralina de Manuel Rodríguez y sus sucedáneos, mientras estas divinas criaturas del cine y la radio capitalizaban laboralmente sus ansias de diversión.
 
A medida que se acercaba el final de año, los pasos de Eva fueron convergiendo casualmente hacia los del centelleante coronel Perón. En un mismo día, alternaron inadvertidamente su presencia en “Radio Belgrano” en diferentes horarios.
 
El alto funcionario y “Monje Negro” de una influyente logia militar, asoma por estas fechas con la sonrisa eternizada por una revista de cine y bien apoltronado en un anchísimo chaise longue, escoltado por la actriz Julia Giusti y su elenco de “Estampas Porteñas”. A su lado, su señorita hija (sic) de unos 14 o 15 años, le observa arrobada mientras lo contiene amorosamente, como si fuera un jarrón chino de la dinastía Ming. Al flamante Secretario de Trabajo y Previsión le atraían los micrófonos como parte de su creciente afición a que lo escuchasen en todas partes...
 
Entre los amigos militares de Eva, el nombre de Perón comenzaba a sonar de una extraña manera. Cuando por primera vez le echó el ojo, preguntó a la gran retratista Annemarie Heinrich por aquel oficial apuesto y con un estado civil envuelto en el misterio, pese a la foto de marras.
 
“Ése, es un militar más, como son todos...”.
 
La tradición anti militarista de la emigrada austriaca (una excepcional fotógrafa de artistas, al estilo del norteamericano George Hurrell) la indujo al error. Juan Perón no era un militar cualquiera. Tampoco para el entrenado instinto de Eva Duarte. Y aunque de hecho estaba dispuesta a rondarlo, recién dio en el clavo unos cuantos días después.
 
Fue en el trágico mes de enero de 1944. Allí es donde empieza otra historia y nacerá otra Eva...