EUROPA VS. EL PROYECTO EUROASIÁTICO DE PUTIN

La disputa por el poder global y una historia sobre Crimea

Crimea no se trata de Crimea. Ni siquiera se trata de Ucrania. Es una cuestión mucho más importante aún que su histórica relación con Rusia. Vladimir Putin está disputando la suerte de su más ambicioso proyecto, la recuperación euroasiática; y la Unión Europea se encuentra intentando frenarla o eliminarla, algo que complace a USA. Aquí 2 apuntes, uno del presente y el otro del pasado (pero no se escribe el futuro sin mirar desde dónde se llegó al presente).

CIUDAD DE BUENOS AIRES (Urgente24). La Unión Europea (básicamente Alemania. Francia ya no pincha ni corta en estas cuestiones), con el apoyo de USA, pretende disputarle espacios geopolíticos a Rusia en Europa del Este. La cuestión no es nueva. Por eso ocurrió el Pacto de Varsovia, el Muro de Berlín y luego su derrumbe, gracias a la coalición que articularon Alemania-Vaticano-USA. En el interín, estalló la URSS. Vladimir Putin pretende recuperar la territorialidad perdida, y es el nudo del conflicto que tiene un capítulo interesante en el referendo que realiza Crimea hoy domingo 16/03.
 
 
¿Qué implican los acontecimientos recientes en Ucrania para otras repúblicas post-soviéticas en Europa del Este, el Cáucaso y Asia Central? La invasión rusa de Crimea ha demostrado a los vecinos del país que Moscú les ve primero como Estados post-soviéticos y solo después como nuevos Estados independientes. Sin contar con los tres miembros bálticos de la Unión Europea (UE) y la OTAN, el Kremlin considera a la mayoría de las ex repúblicas soviéticas como parte de su casi exclusiva esfera de influencia.
 
Ello implica que Moscú está preparado para usar la fuerza militar para salvaguardar sus intereses esenciales en los países vecinos y que está dispuesto a pagar por ello a nivel internacional. Además de posibles sanciones económicas y una confrontación política cada vez mayor con Occidente, Moscú podría pagar un precio aún más alto por su intervención en Ucrania: el fin de los planes del presidente Putin para crear una Unión Euroasiática.
 
Se esperaba que la actual Unión Aduanera entre Rusia, Bielorrusia y Kazajistán avanzara hacia una unión política el año que viene, con la incorporación de miembros del Cáucaso (Armenia) y Asia Central (Kirguistán y Tayikistán). Ahora, el entusiasmo hacia el proyecto ha disminuido aún más. El Kremlin había intentado convencer a los países candidatos a la Unión Euroasiática de que ésta sería una asociación entre iguales. Pero ha quedado claro que el poder se concentrará exclusivamente en manos de Moscú y que la oferta rusa no es una cuestión de "o lo tomas o lo dejas" sino de "o se está con nosotros o contra nosotros".
 
Los países candidatos podrían percibir cada vez más el proyecto como un acto de sumisión en lugar de integración. Armenia es uno de los más probables a unirse a la Unión Euroasiática. El país ya ha anunciado su incorporación a la Unión Aduanera y su seguridad depende de la ayuda militar rusa, en especial en relación al área disputada de Nagorno-Karabaj. Por su parte, Bielorrusia, dada su enorme dependencia económica de Moscú, no tiene más opción que seguir con la integración euroasiática pero podría intentar restarle importancia mientras corteja a la UE.
 
Kazajistán es un centro económico exportador de energía y podría ya haber perdido interés por una mayor integración euroasiática puesto que ello podría perjudicar su creciente comercio e inversiones por parte de la UE y China. Además, Astana teme que las posibles sanciones económicas contra Rusia también podrían indirectamente afectar al país a través de la Unión Aduanera. Asimismo, algunos nacionalistas rusos han reivindicado partes del territorio al norte de Kazajistán lo que podría llegar a conducir a disputas territoriales en el futuro con Astana y tensiones con la amplia minoría rusa en el país.
 
Los gobiernos autoritarios en Asia Central se encuentran entre la espada y la pared. Sus líderes temen, por un lado, las amenazas a la estabilidad interna provenientes del fundamentalismo islámico y de una nueva generación desempleada y descontenta. Por otro lado, temen a la presión externa por parte del Kremlin. La influencia rusa sobre la región se ejercerá, sobre todo, a través de las bases militares en Kirguistán y Tayikistán, que podrían verse reforzadas dados los temores de Moscú con relación al creciente flujo de drogas y radicalismo proveniente de Afganistán tras la retirada de tropas internacionales de ese país.
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Además de Ucrania, que ahora es definitivamente un caso perdido para la Unión Euroasiática, hasta ahora Moldavia y Georgia han seguido un camino más proeuropeo y, por tanto, es probable que sufran una mayor presión desde Moscú. En la actualidad, la incertidumbre reina en Moldavia. El Gobierno proeuropeo ya ha concluido las negociaciones sobre la liberalización de visados con la Unión Europea (el acuerdo probablemente entrará en vigor este verano) y podría firmar un Acuerdo de Asociación con Bruselas en agosto antes de la celebración de las elecciones parlamentarias previstas para el otoño. La sociedad moldava está muy dividida entre los que favorecen unas relaciones más cercanas con la Unión y los que prefieren un mayor vínculo con Rusia. Los que favorecen un camino europeo temen que Moldavia podría ser el próximo en la lista tras Ucrania. Moldavia tiene una gran minoría rusa que podría ser influenciada por Moscú, lo que podría fomentar la inestabilidad en la región separatista de Transdniester en el país, que aun alberga 1.000 "efectivos de mantenimiento de la paz" rusos.
 
En Georgia, la esperanza de resolver los conflictos congelados de Abjasia y Osetia del Sur se ha desvanecido aún más. El nuevo Gobierno habría querido normalizar las relaciones con Rusia, pero tras Crimea las perspectivas no son alentadoras. Algunos georgianos se aferran al deseo de que una anexión de Crimea, por lo menos, haga que Bruselas y Washington comprendan mejor la asertiva política exterior de Rusia, puesto que la guerra ruso-georgiana de 2008 no lo hizo. Además, ahora hay cada vez más esperanzas en Tbilisi de que se avance con un proceso acelerado de afiliación a la UE que eventualmente podría conducir a la adhesión.
 
Si Crimea y Ucrania son de vital importancia para Rusia, ello también se aplica, aunque en menor medida, a otros países post-soviéticos. Eso no quiere decir que Moscú vaya a actuar siempre que se dé una situación de inestabilidad en su vecindad próxima. Sí lo hizo en Georgia en 2008, pero decidió abstenerse en Kirguistán en 2010 cuando fue invitado por el Gobierno interino a ayudar a contener la inestabilidad en ese país. La diferencia radica en que en Georgia, Rusia había manejado la situación desde el principio tras velar cuidadosamente por sus intereses mientras que en Kirguistán se le pidió intervenir en una situación que ni controlaba ni había iniciado.
 
En 2008 ninguno de los vecinos de Rusia reconoció a Abjasia y Osetia del Sur como Estados independientes, lo que debería haber sido interpretado por Moscú como una señal de los límites de su proyección de poder en su vecindad. Pero la invasión rusa de Crimea indica que Moscú no ha aprendido la lección y, por ello, puede que el presidente Putin nunca haga realidad sus planes de una Unión Euroasiática.
 
La guerra de Crimea
 
 
Rusia y Occidente ya libraron una guerra en Crimea a mitad del siglo XIX (1854-1856), la primera guerra europea desde las napoleónicas. La excusa fue acudir en auxilio de Turquía, invadida por los rusos; la auténtica razón, sin embargo, era impedir que Rusia alcanzara una salida al Mediterráneo. Inglaterra y Francia mandaron a la península potentes ejércitos, a los que se sumaría uno menor del Piamonte, embrión de Italia. Mientras que Austria y Prusia se quedaron en las amenazas. Hasta España estuvo presente, pues el general Prim acudió al frente de un numeroso grupo de observadores... que intervinieron en los combates.
 
Crimea fue la última guerra antigua y la primera moderna. Las tácticas de combate de los ingleses o el armamento de los rusos eran como en el siglo XVIII, pero se usaron nuevas armas mucho más mortíferas, como la artillería de sitio de gran calibre y los fusiles rayados de los aliados, y sobre todo, aparecieron por primera vez en el frente enfermeras, periodistas o fotógrafos, y aunque las famosas fotos de Fenton son retratos posados que no transmiten la crudeza de la guerra, las crónicas de los corresponsales sí lo hicieron, y en Inglaterra tuvieron tal impacto en la opinión pública que causaron la caída del gobierno.
 
En realidad, el conflicto empezó en 1853, como la enésima guerra ruso-turca. El ejército zarista avanzó a través de Rumanía, entonces unos principados vasallos del Imperio Otomano, y llegó hasta el Danubio, donde fue eficazmente frenado por los turcos. El objetivo ruso era Constantinopla, el preciado balcón al Mediterráneo. Alarmadas ante esta posibilidad, Inglaterra y Francia acudieron a salvar la capital otomana, pero cuando sus cuerpos expedicionarios llegaron, el peligro había sido conjurado y la guerra ruso-turca había terminado. Ahora iba a comenzar la guerra europea.
 
París y Londres no aceptaron llegar tarde a la fiesta, tenían que aprovechar los 56.000 hombres enviados a Oriente -los franceses llamaban al conflicto 'Guerra de Oriente'- para neutralizar el poderío naval ruso, y decidieron invadir la Península de Crimea, donde estaba la gran base naval rusa del Mar Negro, Sebastopol. El desembarco fue el 14 de septiembre de 1854. Así comenzó propiamente la Guerra de Crimea.
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Fue un conflicto desastroso por la pésima planificación de la campaña, la mala intendencia, la falta de cuidados médicos y la incuria de buena parte de los mandos, todo lo cual produciría una cifra monstruosa de bajas. Los rusos perdieron 450.000 hombres, aunque solamente 100.000 en el campo de batalla, el resto fue por epidemias y malas condiciones de vida. Francia sufrió 100.000 bajas, el 60% por enfermedades, que provocaron también el 80% de los 20.000 muertos ingleses.
 
En Inglaterra existe toda una leyenda romántica sobre las batallas de Alma, Inkerman y Balaclava, con la famosa carga de la Brigada Ligera que cantó el poeta Tennyson, pero entre errores tácticos y caos logístico, al poco tiempo del desembarco el ejército inglés había dejado de existir como fuerza operativa, y solamente salvó la situación el primer invierno el cuerpo expedicionario francés, mayor y más experimentado en la guerra moderna por la reciente conquista de Argelia. En cambio ningún comandante inglés tenía currículum posterior a la batalla de Waterloo.
 
La peor rémora de Moscú, sus mandos
 
Rusia sin embargo no pudo aprovechar estos fallos de los invasores. Aunque Crimea fuera parte de Rusia, en la práctica estaba más lejos de Moscú o San Petersburgo que de París o Londres. Las malas comunicaciones y las enormes distancias de Rusia hacían más difícil la llegada de los efectivos militares y suministros rusos que la de los franceses e ingleses, que venían por mar. Además el ejército del zar estaba mal armado, muy atrasado táctica y organizativamente. Pero su peor rémora fue el mando. El comandante en jefe, príncipe Menshikov, era como la caricatura de un aristócrata, despreciaba tanto a sus inferiores que ni siquiera podía hablar ruso, pues en San Petersburgo la nobleza hablaba francés.
 
En cambio la Marina de guerra rusa organizó muy bien la defensa de Sebastapol, que mantuvo durante un año frente a unas fuerzas muy superiores, pues Francia e Inglaterra aumentaron exageradamente su implicación en la guerra, hasta movilizar un total de 400.000 soldados franceses y 250.000 británicos, a los que había que añadir unos 20.000 italianos y 30.00 turcos -no se contabilizan los turcos que combatieron fuera de Crimea, muchísimo más numerosos-. Cuando la defensa de Sebastopol se hizo insostenible, la Marina lo evacuó eficazmente, en una sola noche, construyendo puentes de barcas a través de la rada de Sebastopol.
 
Con la estratégica base en manos aliadas la guerra dejó de tener sentido, pues los rusos no podían soñar en recuperarla por las armas. Además se produjo un cambio de zar, y Alejandro II no era un belicista como su padre. Austria y Prusia entraron en juego, amenazando a Rusia con entrar en la guerra si no aceptaba las condiciones de paz que se le ofrecían: independencia para los principados otomanos de Moldavia y Walaquia (Rumanía), libertad de navegación por el Danubio, neutralización del Mar Negro y protección del zar para los cristianos en el Imperio Otomano. Sebastopol sería desmantelado, pero Rusia ganaba territorios en el Cáucaso a costa de Turquía. Sobre estas bases el 30 de marzo de 1856 se firmó la Paz de París. Así se resolvió la Guerra de Crimea.