El 7 de febrero de 2001, tres días después del asesinato a balazos del financista Mariano Perel y de su esposa, Rosa Golodnitzky, en un hotel de Cariló, un comentario publicado en Clarín decía que el caso era "una oportunidad única para demostrar que los asesinatos difíciles, que en principio tienen pocas pistas sólidas, que se atribuyen a mafias y a profesionales, que incluso pueden esconder un escándalo capaz de golpear al poder, se podían rescatar de la sombra de la impunidad".
El caso Beauvais (2): La impunidad, moneda corriente
Ricardo Canaletti escribió la siguiente recopilación de enigmas en el diario Clarín:
La oportunidad única del caso Perel pasó sin pena ni gloria.
Impunidad es la palabra clave y no para el ladrón de gallinas.
No se sabe quién mató al brigadier Rodolfo Echegoyen, administrador nacional de Aduanas en la primera presidencia de Carlos Menem. Apareció con un tiro en la boca en 1990. El caso se cerró sin averiguar siquiera la hora de la muerte.
Es una incógnita quién hizo volar la Embajada de Israel en 1992 y la AMIA en 1994.
No se logró desentrañar el crimen del subcomisario Jorge Gutiérrez, cometido ese mismo año, que estaba tras la pista de un contrabando de droga que se ocultaría en un depósito aduanero, una arista de la causa sobre la llamada "Aduana paralela".
Tampoco el de Leopoldo "Poli" Armentano, relacionado con políticos y empresarios que concurrían a su boliche nocturno. Un proyectil de pequeño calibre lo liquidó también en 1994.
No parecen claras las circunstancias de la muerte de Marcelo Cattáneo, involucrado en los supuestos pagos de coimas en contratos de IBM con Banco Nación. Apareció ahorcado en Ciudad Universitaria, en 1998. Se dijo suicidio. ¿Alguien lo indujo?
¿Qué hay en estos casos, además de impunidad? ¿Incapacidad, desidia, encubrimiento?
La serie no para: Adolfo Herro fue muerto a tiros el 25 de julio último en Cariló. Tenía buenos contactos por su paso por la Gobernación, el Ministerio de Economía y el Senado bonaerense.
Y ahora el comisario Oscar Beauvais, ex jefe en La Matanza, baleado y tirado en un zanjón.
La creación del escocés Arthur Conan Doyle de un hábil detective llamado Sherlock Holmes se atribuyó a su deslucida carrera médica. Su inspiración venía de Auguste Dupin, el detective imaginado por Edgar Allan Poe, que hizo su debut en "Los crímenes de la calle Morgue", obra que inauguró la literatura policial.
El trabajo real de la Policía no ayudó a Doyle. El minucioso examen del escenario del crimen, las deducciones lógicas, el estudio de las ciencias, no se hacía. Todo era invención del autor.
Hacia 1887 las huellas dactilares eran rechazadas por la Policía inglesa. La investigación consistía en aceptar rumores, habladurías, registrar a los sospechosos de siempre, que eran por lo común extranjeros, aplicarles violencias e intentar atrapar al culpable "in fraganti", esperanza que se esfumó escandalosamente en 1888 con Jack el Destripador.
Una reflexión sería que no hay mejores métodos que éstos si el objetivo es alejarse de la verdad.
En 1892 por primera vez un delito (el crimen de dos chicos) fue aclarado por las huellas dactilares. El mérito fue de Juan Vucetich, creador del Sistema Dactiloscópico argentino. En Necochea, la madre de los pequeños, Francisca Rojas, acusó a su vecino. Vucetich comparó huellas de sangre halladas en una puerta y descubrió que no eran del vecino sino de Francisca.
Vucetich trabajó en la Policía bonaerense y apostó a la ciencia, a lo que le decían las pruebas físicas, que no se pueden amenazar y son difíciles de distorsionar.
Pero con los años la práctica policial terminó recurriendo casi exclusivamente a informantes del hampa y a mostrar fotos de sospechosos, pobres y extranjeros, para la resolución de casos. El ejemplo de Vucetich no se propagó como era deseable.
El francés Edmond Locard, pilar de la criminalística, también admiraba a Conan Doyle. Se hizo famoso en 1911 con el caso del bancario Emile Gourbin.
Este tenía una novia, Marie Latelle, a la que le gustaba coquetear. Gourbin enloquecía de celos. Marie fue estrangulada.
La muerte fue a medianoche. Gourbin estuvo hasta la una de la madrugada con amigos, lejos del lugar del crimen.
Locard detectó un arañazo en la garganta de Marie. Colocó una muestra de lo que Gourbin llevaba bajo las uñas en el microscopio y observó un polvillo granulado: polvo de arroz, ingrediente de los cosméticos. Había además otras sustancias usadas en la manufactura de colorete facial.
La Policía halló en el cuarto de Marie el mismo tipo de maquillaje. Gourbin confesó: engañó a sus amigos adelantando el reloj de pared de 23.30 a la una. Salió con tiempo para matarla. Lo condenaron a muerte.
Locard dejó una frase famosa: "El tiempo que pasa es la verdad que huye". Para muchos argentinos, ante la desmesurada cantidad de verdades que han escapado por el dudoso empleo del tiempo y anacrónicas técnicas de investigación, aquella frase de Locard despierta los peores presagios.







