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Los aniversarios de mañana: El asesinato de Kennedy

A propósito del aniversario del asesinato de John F. Kennedy, reproducimos un informe especial del diario El Mundo. "Cómo Johnson mató a JFK" MARIA RAMIREZ. Nueva York El francotirador esperaba a su presa en cuclillas, resguardado entre las cajas de cartón llenas de volúmenes del sexto piso del Depósito de Libros de la Escuela de Texas. Todos los empleados esperaban abajo la caravana presidencial, aunque uno despistado había entrado en la habitación pocos minutos antes, mirado alrededor, dudado por un momento, arriesgado su vida sin saberlo. Plegado sobre sí mismo, el sicario, a punto de disparar al intruso, había apoyado una palma de la mano en las cajas.

Esas marcas digitales, únicas e intransferibles, eran las huellas del asesino de John Fitzgerald Kennedy, el 22 de noviembre de hace 40 años, en Dealey Plaza, adonde daba el ventanal de la biblioteca. La Comisión dirigida por Earl Warren para la investigación de la muerte de JFK identificó en principio las huellas de dos palmas de la mano y un dedo de las 37 muestras presentadas por la policía. Pertenecían a Lee Harvey Oswald, el único acusado. En 1964, la comisión pidió al FBI un análisis de urgencia para acallar los rumores de conspiración alimentados por las huellas sin identificar. Casi todas correspondían a los dos primeros policías que recogieron pruebas. Varias estaban catalogadas como «posibles»; otras, como «poco claras para determinar». La muestra 29, un cartón tapizado con dedos de tinta, se quedó en la categoría de las «poco claras». Cuarenta años después, varios expertos independientes que analizaban la muestra 29 sin saber para qué sostienen que las huellas coinciden con las de otro sujeto: las de Mac Wallace, asesino convicto y colaborador de Lyndon B. Johnson. En otras palabras: según estos expertos, quien fue vicepresidente de Kennedy y presidente de EEUU desde las doce y media de aquel 22 de noviembre de 1963, estuvo tras el magnicidio. En las últimas cuatro décadas, las encuestas coinciden en el escepticismo de los estadounidenses con el informe final de la Comisión Warren: el 70% de los americanos no cree que un loco, en solitario y por voluntad propia, matara a su presidente.Aún más, la mayoría piensa que, de algún modo, Johnson conocía la conspiración o ayudó a encubrirla, según Gallup. Aquel vicepresidente tejano que dijo años después: «Lo que le sucedió a Kennedy podría perfectamente haber sido un castigo divino». El mismo que, entre colegas, gritaba: «Eh, chicos, ¿es que no lo sabéis? ¡Soy Dios!». Desde 1963, existen al menos cuatro libros que apuntan directamente a Johnson como la mente organizadora del asesinato. Uno, incluso, publicado al año siguiente. El comité de investigación del Congreso, establecido en 1976, llegó a la conclusión de que existió conspiración y un segundo francotirador, aunque no logró identificarlo. Pero ahora Barr McClellan, uno de los abogados de Johnson, se presenta como el primero en publicar que las huellas de la muestra 29 eran las de Wallace: «La prueba física de que Lyndon Johnson ordenó matar a John Kennedy», declara a CRONICA. Su investigación de 10 años y su experiencia llevando los negocios del presidente desde 1966 con su mano derecha Edward Clark han producido Blood, Money and Power: How L.B.J. killed J.F.K. (Sangre, dinero y poder: cómo L.B.J. mató a J.F.K.) En él McClellan describe su trabajo con los halcones de Texas, un núcleo duro capitaneado por su ex jefe, el abogado personal de Johnson Edward Clark, educado en la violencia, entrenado para el asesinato, acostumbrado a la compra de votos, de jueces o de policías y ligado a la tradición más salvaje de un Estado de bandidos. El autor es padre de dos McClellan célebres, Scott, el actual portavoz de la Casa Blanca -que en EEUU es una de las figuras más destacadas de la escena política- y Mark, secretario de la FDA, el poderoso ministerio de control alimenticio y farmacéutico.De hecho, los McClellan son un clan fuerte en Texas. La ex mujer de Barr, Carole Keeton Strayhorn, es controladora del Estado, ex alcaldesa de Austin y uno de los personajes más estrafalarios de la escena tejana. LA LEY DE TEXAS Johnson era tejano hasta la médula y McClellan retrata su estado, el mismo del que proviene el actual presidente George W. Bush, con crueldad entre la manipulación de votos, los intereses petroleros y el enchufismo. «Johnson, Clark y Wallace crecieron en un ambiente de violencia e intolerancia donde el mensaje era que asesinar estaba bien.Texas estaba apenas saliendo de la mentalidad fronteriza, sin civilizar e inclinada al crimen. No tenía nada que ver con Nueva York y Boston, de donde venían los Kennedy», explica McClellan. El Estado de Texas, la última barrera al sur de la Unión, fue fundado por bandidos y morosos que construyeron su estado para protegerse de la ley o de sus deudores. Tras ganar la violentísima guerra por su independencia en 1835, Texas se mantuvo durante una década al margen de la Unión por no renunciar a sus esclavos. En los años 20, Clark y Johnson crecieron en una sociedad donde el Ku Klux Klan era una de las organizaciones más poderosas y respetadas. Clark guardó hasta la muerte una foto de 1908 del linchamiento y ahorcamiento de cuatro negros, con frases sobre la «supremacía blanca». En los 30, aprendieron juntos a hacer política en una tierra donde el dicho popular era «las balas hablan más alto que las papeletas». Entonces, el petróleo ya había sustituido a la ganadería y el cultivo del algodón como industria dominante, pero se mantenían las mismas técnicas marrulleras y despiadadas. Dallas se convirtió en la capital del Gran Petróleo y explotó las conexiones con Washington para mantener sus privilegios fiscales (era uno de los sectores que menos impuestos pagaba) y controlar los excesos de producción para encarecer el oro negro. Los robos y las puñaladas por la espalda, físicas y metafóricas, eran parte de la vida cotidiana de los monopolios petroleros. Johnson, nacido en la hambruna como hijo de granjeros pobres, se había enriquecido con los negocios de radio y televisión de su mujer (en sus años como senador, se había asegurado de que le concedieran todas las licencias), pero eso no era suficiente para mantener su ambiciosa carrera hacia la presidencia. De manera que en los años 60, Johnson ayudó a mantener los privilegios del petróleo y consiguió que Dallas estuviera llena de millonarios que le debían más de un favor. Uno de ellos, dedicado a la industria del algodón, Billy Sol Estes, casi le cuesta la carrera al ser condenado por fraude y asesinato de un oficial del Departamento de Agricultura enviado a investigar las trampas que había diseñado para recibir fondos con el consentimiento de LBJ y sus amigos. El hombre de confianza para los trabajos sucios era Mac Wallace, a quien Johnson había dado un puesto en el Departamento de Agricultura.Los dos compartían un incómodo incidente del pasado. Josefa Johnson, hermana del futuro presidente, había participado en una orgía en un teatro de Austin con la esposa de Wallace, Mary André. El senador Johnson y su abogado Clark no se podían permitir un escándalo que, en el Texas de finales de los 40, hubiera fulminado sus carreras. Intervinieron para mandar a Mary André a un psiquiatra y mantuvieron a Wallace contento, con dinero y encargos de confianza.En la Navidad de 1961, Josefa Johnson murió en su cama después de una fiesta en el rancho de su hermano. La causa oficial fue hemorragia cerebral, pero su nombre también estaba en la lista de asesinatos de Wallace que Sol Estes presentó al Departamento de Justicia en 1984, 13 años después del fallecimiento de Wallace en accidente de automóvil. «Todos sabían que si había algo que no fuera correcto lo había hecho Lyndon Johnson», escribe su biógrafo oficial, Robert Caro.No ha querido comentar el libro de McClellan, pero sí retrata la crueldad del presidente, quien, confesó, odiaba ser el segundo como vicepresidente de Kennedy. DALLAS, LUGAR IDONEO Dallas era el mejor lugar para cometer cualquier asesinato. Estaban en su campo, donde Clark controlaba el sistema judicial y donde la compra de votos y magistrados era sólo una práctica política más. En 1948, había creado para Johnson una nueva urna electoral, la urna número 13, que le dio la victoria para el Senado. Diez años después, Wallace mató a Henry Marshall, el inspector de Agricultura que había interferido en los negocios fraudulentos de Sol Estes y al que en un principio se dio por «suicidado». En 1963, LBJ y los suyos tenían a su disposición incluso el espacio perfecto en Dallas, la biblioteca propiedad de D.H. Byrd, socio del miembro del Gran Petróleo Clint Murchinson. Oswald, un violento activista recién regresado de Rusia embebido de ideales comunistas, había solicitado trabajo en el depósito el 14 de octubre, un mes antes de que se conociera, oficialmente, el recorrido presidencial por Texas. Allí, Kennedy, por mucho que no se entendiera con Johnson y por mucho que su hermano Robert odiara al vicepresidente, tenía que dejarse llevar por él. Lo había elegido en 1960 para asegurar los votos del sur, que le era ajeno. Johnson era el único que tenía la influencia para manejar el salvaje Oeste. JFK fue elegido frente a Nixon por uno de los márgenes más estrechos de la historia de EEUU, pero el eje Austin-Boston había funcionado. Su relación ya estaba muy deteriorada cuando esa mañana de 1963 Kennedy sonreía y saludaba desde el coche descapotable y Johnson observaba, desconfiado, desde atrás. Era difícil seguir defendiendo a un vicepresidente involucrado en un asesinato, el de Marshall, y amigo de personajes como Sol Estes. Según relató el secretario de Kennedy en una de las últimas declaraciones recogidas en 1995 por el Comité de Revisión de Informes de Asesinatos, Kennedy había anunciado a Johnson la noche antes de partir para Texas que iba a ser sustituido por Terry Sanford. «Lo dijera o no, lo importante es que Johnson lo creía», comenta McClellan, quien sostiene que Kennedy murió por los disparos de tres francotiradores, Oswald, Wallace y un tercero, identificado como «Junior», disfrazado de agente del servicio secreto. McClellan cuenta cómo uno de los socios del bufete, John Coates, le dijo al poco de haber empezado a trabajar con ellos, casi por casualidad, quitándole importancia: «Si se tuviera que decir la verdad, Clark preparó el asesinato de Kennedy». «La razón para no escribir este libro hasta ahora es que no tenía derecho. No podía violar el secreto entre un abogado y su cliente», explica McClellan desde su casa en Gulfport (Mississippi). Dejó el despacho en 1973 y en 1984, presentó parte de la documentación que involucraba a sus ex jefes en el asesinato de Kennedy ante los tribunales. Ahora, ha conseguido formar un grupo que presiona al Congreso para que pida desclasificar más documentos. «La prensa ha tendido a desacreditar la teoría de la conspiración. Como si desacreditara la democracia americana», se queja. «De hecho, hubo un gran esfuerzo corporativo para que este libro no saliera o para darle poco eco». La mayoría de las críticas han sido publicadas en Reino Unido.Las denuncias presentadas por McClellan -el caso sigue abierto en el Departamento de Policía de Dallas- no han tenido seguimiento.Cuando, tras salir de la cárcel en 1971, Sol Estes quiso testificar sobre ocho asesinatos, incluido el de JFK, cometidos por él y Wallace y capitaneados por Johnson, el Departamento de Justicia le negó la inmunidad. Nunca llegó a declarar. DERROCHE DE DINERO Entre los más críticos con McClellan está Robert Blakey, profesor de Derecho y ex presidente del comité de investigación de la Cámara de Representantes: «Confunde el motivo (por qué) y el beneficio (qué sacar de ello) con la evidencia del crimen», cuenta el profesor desde Notre Dame, en Indiana. «El libro es un golpe fácil contra un hombre muerto que no puede defenderse a sí mismo [Johnson falleció en 1973]. No tengo ninguna simpatía por LBJ, pero ser un hombre malo no te convierte en asesino». Blakey defiende la teoría del segundo francotirador, pero no cree que se deba reabrir la investigación. «Creía que, si hacíamos un buen trabajo, dejaríamos las cosas tranquilas. Me equivoqué.Más investigación pública sería un desperdicio de dinero. Tenemos otros problemas más acuciantes. Dejemos el asesinato a los historiadores.No es más actual que el de Lincoln». Su comité sostuvo la idea de la conspiración, aunque sólo fue capaz de excluir posibilidades: ni la mafia, ni los soviéticos, ni el gobierno cubano, ni los anticastristas, ni el FBI ni la CIA ni los servicios secretos estuvieron involucrados. La Comisión Warren, nombrada por Johnson, concluyó su trabajo en menos de nueve meses con un «no» absoluto a cualquier conspiración.Cuando a un miembro de la Comisión, John McCloy, se le preguntó en 1965 sobre la conspiración, contestó: «Teníamos que demostrar a los extranjeros que nuestro gobierno no era una república bananera de Suramérica». ------------------------------------------------------------------------ ¿PUDO JACKIE SALVAR LA VIDA A SU MARIDO? Han pasado 40 años desde el magnicidio de John F. Kennedy en Dallas, Texas, pero Nelly Connolly, de 84 años y viuda del entonces gobernador de Texas lo recuerda como si fuera ayer. Nelly, la última superviviente de entre los ocupantes del fatídico Lincoln presidencial, ha publicado un libro, Love Field (Ed. Rugged Land), donde relata su versión y testimonio de aquellos hechos, e insinúa que Jackeline Kennedy pudo haber salvado la vida de su esposo. Aquella fatídica mañana del 22 de noviembre de 1963, la principal preocupación de Nelly Connally era que, tanto ella como la primera dama de EEUU vestían sendos conjuntos de color rosa. El gobernador estaba más preocupado por la posible presencia de alborotadores contrarios a Kennedy en el trayecto desde el aeropuerto de Love Field hasta el centro de Dallas pero, según reconoce Nelly, «la gente adoraba a Jackie y al presidente». Ante el numeroso público que salió a la calle, Nelly no pudo resistirse a hacerle un comentario a JFK: «Señor presidente, nunca podrá decir que Dallas no le quiere». Kennedy le devolvió una de sus maravillosas sonrisas pero aquellas palabras se convirtieron en las últimas que JFK escuchó en su vida; instantes después las balas segaron la vida del joven presidente de EEUU. Cuando Lee Harvey Oswald apretó el gatillo, Nelly viajaba junto a su esposo, el gobernador Big John Connally, de Texas, en los transportines delanteros de la limusina; Kennedy y su esposa iban en el asiento trasero, como se ve en las fotos de arriba. La primera bala rozó el cuello del presidente, la segunda falló e hirió al gobernador en el pecho y la tercera reventó el cráneo de JFK. El interior del coche se llenó de masa encefálica y de sangre mezclada con pétalos amarillos y rojos. «Poco antes nos habían regalado un ramo de rosas a cada una: rojas para Jackie, amarillas para mí» recuerda Nelly. Según la leyenda promovida por la dinastía de los Kennedy, Nelly era una mujer tímida que se ocultó sobre el suelo del coche y que no cesó de gritar durante y después del tiroteo mientras que Jackie, con gran valentía, caminó a gatas sobre el maletero del descapotable intentando recuperar un trozo del cráneo de Kennedy. En otra versión Jackie afirmó que intentó ayudar a un miembro del servicio secreto a subirse al automóvil en marcha.Nelly afirma que sucedió precisamente lo contrario: fue ella quien reaccionó con una extraordinaria sangre fría que contribuyó a salvar la vida del gobernador. Jackie se quedó congelada junto a Kennedy. Un análisis de los 26 segundos del histórico documental de Abraham Zapruder, que filmó con detalle el asesinato de JFK, muestra cómo la señora Connally fue la primera en reaccionar defensivamente, tumbando el cuerpo de su marido y cubriéndole con su propio cuerpo de la línea de fuego. Demostró mucha calma cuando tapó el boquete en el pecho del gobernador, mientras éste exclamaba: «Dios mío, nos van a matar a todos», antes de perder el conocimiento. Los reflejos de Nelly evitaron que su marido se desangrara. Ya de camino al hospital a toda velocidad, Nelly, cubierta de sangre, le susurraba una y otra vez: «Tranquilo, tranquilo, todo saldrá bien», mientras oía a Jackie decir «Jack, Jack...han matado a mi marido. Tengo sus sesos en la mano». Nelly afirma que los médicos dijeron que si JFK hubiera recibido sólo el primer impacto en el cuello, quizá hubiera sobrevivido el atentado e insinúa que si Jackie hubiera empujado al presidente fuera de la línea de fuego, JFK podría estar hoy vivo. Jackie Kennedy Onnasis, fallecida en 1994, ya no puede defenderse de estas acusaciones. Otros aniversarios: 1497 - Vasco da Gama dobla el Cabo de Buena Esperanza. 1882.- Nace Luis Fernán Cisneros, poeta y periodista peruano. 1888 - nace Tarzán, según Edgar Rice Burroughs. 1906 - la International Radio Telegraphic Convention adopta el "SOS" como nuevo pedido de auxilio. 1936 - nace Valentín Paniagua, presidente provisional del Perú 2000-2001. 1943 - el Líbano proclama su independencia. 1963 - asesinan a John Fitzgerald Kennedy, en Dallas. 1975 - Juan Carlos I jura lealtad a la Constitución y asume como Rey de España. 1986.- Mario Vargas Llosa recibe el Premio Príncipe de Asturias. 1989 - conjunción de Venus, Marte, Urano, Neptuno, Saturo y la Luna.