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Murió el poeta Juan Carlos Bustriazo Ortiz

El autor de origen pampeano falleció a los 81 años. Su obra incluye más de 80 títulos.

CIUDAD DE BUENOS AIRES (Urgente24). Considerado uno de los autores más destacados de la poesía argentina actual, Juan Carlos Bustriazo Ortiz falleció este martes (1/6) en su La Pampa natal a los 81 años. Dueño de una obra que incluye más de 80 títulos, decenas de músicos, además, le sumaron melodías a sus escritos, piezas fundamentales del cancionero folclórico de la provincia.Sin embargo, hasta ahora apenas vieron la luz 6 libros: Elegías de la Piedra que Canta (1969), Aura del estilo (1970), Unca Bermeja (1984), Los Poemas Puelches y Quetrales (editados en conjunto en 1991) y Libro del Ghenpín (2004). Bustriazo Ortiz había nacido en 1929, en Santa Rosa. A los 19 años ingresó a la policía como radiotelegrafista. Luego se convirtió corrector en el diario La Arena. Este matutino lo homenajeó con la siguiente publicación: "Bustriazo formó parte durante décadas de esa cofradía de intelectuales y noctámbulos que rodearon la aventura de la reaparición de La Arena en los 50, luego de una década de obligado silencio. Aquí fue linotipista y corrector durante décadas y luego, cuando el impulso creador lo absorbió y fue todo su trabajo, siguió siendo una presencia cotidiana en la redacción y los talleres. Desarrolló entonces una relación que se empeñaba en mantener pese a que, a fuerza de cotidiana, no pocas veces su llegada pasaba por alto las urgencias de una edición que, en esos años de precariedad de medios y sobrada voluntad, era tirada a tracción a sangre, sudor y lágrimas. No obstante, y más allá de las bromas, las pasajeras polémicas, los enojos, todos sabían que había allí un hombre que era un privilegio tener cerca. Alguien tocado por la rara facultad de encontrar en las palabras la forma de devolvernos una imagen de las cosas y de lo que pasaba. Piedras, personas y personajes, padeceres y amores que se creía conocer, tomaban forma a través de sus versos, se descubrían esenciales o en pliegues que solo el poeta era capaz de ver y contar. Caminó mucho la ciudad y su noche. Su salud se resintió en esa obsesión por volar en vapores de un vino que lo ayudaban a escribir pero que lo sumergirían luego en las profundidades de una enfermedad cuya cura le alejó los peligros de una segura alienación pero también le quitó la inspiración a su pluma. Más de una vez, en esos años de sosiego al lado de la mujer que lo acompañaría hasta su último suspiro, creyó sentir como antaño la presencia de esa musa que lo había abandonado. "Ahí viene la brujalabra..." escribió una vez en la nueva redacción de La Arena en un papelito suelto que le obsequió al periodista y quedó colgado de una columna. Escrita de su puño, con garabatos cuneiformes, fue un talismán de inspiración para un cuerpo de redactores que ya no contaba sino a uno solo de quienes lo habían visto todas las noches lidiar con la linotipo, con las pruebas o simplemente leyendo sus poemas entre el ruido de la plana que resoplaba ejemplares de madrugada. Esos jóvenes periodistas habían nacido casi cuando él ya se despedía del oficio de escribir. Pero estos periodistas bisoños, aprendices en el arte de escribir que él manejaba como un mago, que ya no eran ni tan noctámbulos ni, tal vez, tan intelectuales como los que Bustriazo había conocido y frecuentado en La Arena de los 50, 60 y 70, lo veneraban como al celoso guardián de una palabra que se le negaba pero que, sabían, logró encerrar en la monumental obra de setenta libros que ya no tenía. En sus cada vez más espaciadas apariciones en la redacción que había cambiado las Lexicon por computadoras, llegaba para recordarle a nuestro director la vez que le puso letra a un tango suyo y lo tocó con su fuelle. Cada vez que eso ocurría el viejo bandoneonista callaba pues no recordaba, pese a su memoria de veterano periodista, ese episodio del tango que tocó alguna vez siguiendo, como un ciego, la voz del poeta." Ver video en: http://www.youtube.com/watch?v=vQS7iPvC2fU