"En la naturaleza no hay castigos ni premios, sólo consecuencias",
Proverbio chino.
STROEDER, provincia de Buenos Aires (
La Nueva Provincia). No obstante que a fines de este enero se desprendió de todos sus animales, Guillermo Krieger aún permanece en su humilde casco de 246 hectáreas en La Celina, cerca de Stroeder. Dice que se irá mañana, o pasado, o algún día de estos. No lo sabe.
Carlos Unngeschuck ya tiene fecha y destino: no pasará de los primeros días de este mes cuando ya esté instalado en Bahía Blanca, con su mujer y los tres hijos. Posee poco más de 500 hectáreas en Las Jarillas, a 25 kilómetros al sudoeste de Stroeder, un sitio con imágenes imposibles de concebir para un campo que llegó a producir 1.800 hectáreas de trigo.
Con casi 1.000 has. entre propias y alquiladas, Leandro Gross todavía tiene 30 ovejas --también en Las Jarillas-- de las que, si no se mueren antes, piensa desprenderse en los próximos días. Por de pronto, a fines de 2008 comenzó con la prestación de servicios en la zona de riego del norte del distrito.
Son tres historias de productores genuinos que, probablemente, no vuelvan a serlo en lo que resta de sus vidas.
El último mohicano
Ya no existen los "días lindos" en el sur de Patagones, así como se entienden antes de salir a las ocupaciones laborales de cada mañana. Las jornadas de sol a pleno, viento y calor no son bienvenidas aquí, donde sólo han llovido 32 milímetros en lo que va de 2009.
"Creo en Dios y rezo para que la situación cambie; todas las noches y todas las mañanas, pero no sé por qué El me castiga tanto".
Guillermo Krieger tiene 56 años, pero parece más. Está en el campo desde siempre, aunque hace casi dos décadas se quedó solo al frente de todo. Las 246 hectáreas pertenecen a cuatro hermanos, entre ellos él.
Desde el ingreso mismo a su casa, en un extremo del campo situado a 20 kilómetros al sur de Stroeder, las imágenes religiosas dominan la oscura escenografía, donde los hilos de luz se entremezclan con el rebelde polvo.
Hay reproducciones de la Virgen de Luján, que es la Virgen Gaucha; de Juan Pablo II con la frase "Padre, no me sueltes de tu mano amorosa" y de San Cayetano, con una espiga de trigo reseca que promete trabajo eterno.
En otro rincón, una imagen impacta de manera diferente. Se trata de la obra Cosechando en septiembre, de Florencio Molina Campos.
"Lo mejor acá se vivió entre el '70 y el '80, con muy buenos rendimientos. Luego todo empezó a caerse y, a los factores climáticos, se sumó que la producción valía menos. En 2006, por ejemplo, sólo logramos 700 kilos de trigo (por ha.)", contó.
En estos últimos años, Krieger llegó a tener 100 ovejas y 30 vacas de cría. A fines de enero, debió desprenderse de los últimos bovinos, a un irrisorio valor de $ 200 cada uno.
Para este hombre, separado, con dos hijas, Sandra (17 años) y Roxana (15), quienes viven en un campo de J.B. Casás y estudian en Stroeder, los días son todos iguales.
"Le saco la arena a los arados y a los alambrados; y espero, aunque no sé bien qué", dijo.
"Sé que esto no se recupera ni aunque llueva. Por eso debo irme, pero no es fácil conseguir trabajo a mi edad. ¿Cuándo? No lo sé. Mañana; pasado. Un día de estos", aseguró.
Algo sí tiene en claro este descendiente de los rusos-alemanes que llegaron a mediados del siglo pasado para producir en tierras inhóspitas.
"Al campo no lo pienso vender. Al menos por ahora, porque sería malvenderlo", dijo.
En esta zona, antes de que cayera en desgracia por la falta de lluvias, una hectárea rondaba los US$ 1.500. Ya en 2007 sólo llegaba a los US$ 700 y hoy, con suerte, alguien puede pagar entre US$ 300 y US$ 400. Como es lógico suponer, a estos valores interesados no faltan.
Tampoco quiere sacar un crédito, ni siquiera de los blandos que se andan gestionando por ahí.
"¿Para qué me voy a endeudar si no se sabe cuál será el futuro? No tengo deudas, y tampoco quiero tenerlas", indicó.
Definitivamente, Krieger se ha transformado en el último habitante de un sitio ya desquiciado.
Otro horizonte
El estroedense Carlos Unngeschuck sabe que un retorno a la producción en su campo es imposible para las próximas décadas. Y que, con 57 años, debe cambiar el rumbo de su vida.
"¿Qué me voy a quedar haciendo acá? Mirando televisión en el sillón, no... Me voy a Bahía Blanca y cambiaré de oficio. Entiendo, también, que es difícil que regrese a Stroeder para trabajar en el campo", aseguró.
Unngeschuck posee poco más de 500 hectáreas en Las Jarillas, la zona del sudoeste más compleja del partido de Patagones, donde el desierto es moneda corriente en una de las transformaciones más dramáticas que se hayan visto contemporáneamente.
Apoyado en la mesada de la cocina de la casa de campo, la misma que contuvo --por décadas-- a todo el grupo familiar los fines de semana, observó que, las vajillas lavadas y ordenadas, ya no guardan referencias. Por momentos, los silencios dominaron la escena; cualquier comentario estaba de más.
El lugar no se visitaba desde hacía 10 días. A saber por la acumulación de tierra, parecía abandonada desde meses.
Unngeschuck prevé marcharse en los primeros días del mes venidero, acaso antes, una vez que se desprenda de su última hacienda. Cree que, con fortuna, acaso pueda venderlas en 400 pesos.
"Los anteriores vacas casi las tuve que regalar. Me martirizaba verlas morir al lado del alambrado", recordó.
"Tengo dos hijos y me duele en el alma esta decisión, porque aportaron al campo cuando dejaron de estudiar. Ellos están muy golpeados, porque esto nunca nos sucedió cuando éramos chicos. Habían alquilado un campo para sembrar y lo araron dos años, pero no pudieron hacerlo; el año pasado no juntaron ni las semillas", contó.
"Hasta los eucaliptus se están secando. ¡Es increíble! En diciembre (último) el campo ya estaba pelado, pero nada que ver como se ve ahora. En tres meses se destrozó todo, al punto que tenemos 7.000 metros de alambre tapados por la arena", sostuvo.
Unngeschuck dijo que, si bien en el pueblo precipitaron 32 milímetros en 2009, en el campo suyo se registraron dos lluvias, una de 14 y otra de 5mm.
"En esta franja no llueve. Es un desierto que se está extendiendo", contó.
En esta chacra agrícola-ganadera se llegaron a producir poco menos de 2.000 kilos de trigo por hectárea. También hacían avena. Con ambas, en 2004 llegaron a los 900 kilos, lo que marcó una caída importante. 2006 fue el último año que se trabajó.
Si bien la agricultura era el 70% de la explotación (se complementaba con 4 silos), en ganadería no era menor la inversión. Había 120 vacas de cría, entre Angus y Hereford, que se renovaban con una adecuada genética. El productor reconoce que perdió más de 200.000 pesos en los últimos cuatro años.
Unngeschuck está casado con Mirta García y ambos son los padres de Nicolás (23), Carlos (20) y Guadalupe (17), quien estudia en la UNS de Bahía Blanca.
"Mi suegro Antonio tiene 87 años y desde un tiempo me decía que quería venir al campo; yo me resistía. Finalmente, lo traje. No lo podía creer, llegó, entró a la casa, se volvió a la camioneta y terminó por no recorrer nada. Y me preguntó qué iba a ser. ¡Si lo supiera..!", contó.
Como ya no posee animales, Unngeschuck recorre el campo en forma cada vez más espaciada.
"No tengo casi nada. Los tractores y los arados están en el pueblo, porque si los dejaba se cubrían de arena. De todos modos, a este paso no creo que podamos ingresar dentro de 15 días, porque los caminos vecinales están cortados y se hace difícil transitar a la par de los pocos alambrados que se ven", manifestó.
Señaló que los pocos animales que quedan en la zona se alimentan de cardo ruso, pero que ya no lo quieren porque está lleno de tierra y de telarañas.
"Un rollo (de alimento) cuesta $ 200, pero no existe rentabilidad cuando hay que vender la vaca", contó.
Unngeschuck dijo que no nació para pedir subsidios y que le da vergüenza hacerlo.
"Siempre trabajé, pero no queda otra que tomarlo. Días pasados nos dieron 6.000 kilos de maíz para cada uno, pero es una burla, porque es para sólo 10 días cuando una vez que empezás a darle (de comer a los animales) no podés parar", afirmó.
"Tampoco saqué un crédito en mi vida. Cuando me iba mal, vendía --no malvendía...-- hacienda y me recuperaba con los años buenos. Ahora están pidiendo créditos blandos, pero creo que si nunca tuve uno y no tengo futuro de tener cosecha y hacienda, no lo podría pagar jamás", aclaró.
Optimismo sistemático
"En realidad, tengo suerte: mi esposa es maestra...".
Aún en las circunstancias más adversas, Leandro Gross no pierde el humor.
Posee una explotación de 1.000 hectáreas, 400 de ellas propias, en la zona de Las Jarillas, donde peor se muestra el fenómeno de la seca en Patagones.
"No veo futuro. Por eso cerramos la tranquera y nos quedamos con 30 ovejas. Pero ya nos dimos cuenta que están llenas de tierra y que se caen para no levantarse más", dijo el productor nativo de Stroeder.
Hoy, el presente pasa por otro lado.
"Desde el año pasado me dedico a la prestación de servicios agropecuarios. Con el dinero de (la venta de) la hacienda me compré un fumigador y, además, tenía una arrolladora con la que estoy en campos con riego, ya sea en Villalonga, Pedro Luro o Ascasubi", relató.
A los 18 años terminó los estudios y se fue al campo. "No sé si para fortuna o para desgracia, porque cuando uno es joven le parece que no le va a alcanzar la vida para trabajar", admitió.
Gross tiene 36 años y está casado con Corina Ferrandi. Los hijos de ambos son Marcos (7) e Iliana (4) y todos viven en Stroeder.
"El campo lo compró mi padre en 1995. Ahí mismo nos tocó la sequía y, encima, nos endeudamos. Para el 98 estábamos mejor, alquilamos en los alrededores y nos fue bastante bien. En 2001 tuvimos un buen precio del trigo por la salida de la convertibilidad y una buena cosecha: 1.800/ 2.000 kilos", sostuvo.
Gross recordó, también, que con las 300 has. que en ese momento trabajaba se pudo hacer la casa y comprarse un auto.
"Justo nació mi hijo y parecía que traía el pan bajo el brazo... Después fue todo para atrás. En 2005 remontamos algo, pero en estos últimos años ni siquiera cosechamos. ¿Deudas? Sí, le debo a quien le alquilaba el campo. Son kilos de trigo que algún día se los voy a pagar", prometió.
Un debate --todavía no concluido-- acerca de la "voladura" de campos se da por estos días, en que se enfrentan chacareros y especialistas en suelos. Estos últimos dicen que el desmonte sistemático y la apuesta por la agricultura en un lugar considerado "riesgoso" jamás debió suceder.
"Primero debemos considerar que este fenómeno de la desertificación nunca pasó. En poco tiempo, desde diciembre, todo se convirtió en médano, con o sin monte", aseveró Gross.
"Creo que es un error echarle la culpa al trabajo, ya que se hizo con cincel para que no vuele y con el mayor cuidado posible. Con bastante humedad, en junio (último) no se movió mucho (la tierra), pero hoy igual los campos padecen lo mismo", explicó.
Sí admitió que, aún con muy poca agua, se cinceló porque se creía que las lluvias continuarían, algo que, es evidente, no pasó. Más: sucedieron calores y vientos como nunca.
Gross rememoró los llamados años de "vacas gordas", en los que en 700 has. se sembraban 200 de avena para pastura, 250 de trigo y había 350 animales.
"Desde 2007 ya no pude sembrar y empecé a sacar animales hasta quedarme con 100, que los terminé dejando en otro campo y de a poco los sigo vendiendo", comentó.
En esta región, a más de 30 kilómetros al sudoeste de Stroeder, ya hay más de 3.000 hectáreas que se encuentran en estado de abandono. Las tranqueras están cerradas por candados, y por la arena que bloquea prolijamente los accesos y los caminos vecinales.
"Pero el chacarero es demasiado optimista. Frente a este panorama yo no quiero sembrar, pero si fuera por mi papá, con sólo caer 50 milímetros querrá hacerlo", aseveró.
"Creo que, ahora, hay que tratar de acomodar el campo lo mejor que se pueda, sacar la arena de los alambres y de los corrales para no dejar que se cubra. No venderlo, eso sí, porque algún día tiene que cambiar", auguró Gross.
Claro, el chacarero nunca pierde el optimismo... ni en el peor de los escenarios.
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Historias de campo para los Kirchner, Scioli y el FpV
Entre hectáreas y más hectáreas de desierto, que hasta no hace mucho eran tierras productivas para trigo, avena y ganadería, se entretejen testimonios de productores que, hoy, ya están afuera del sistema. Pero hay un sentimiento que los une: los campos no se venden, según un reporte testimonial que publicó el diario La Nueva Provincia, de Bahía Blanca.
12 de abril de 2009 - 12:10







