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Viuda de las letras

Marina Castaño, María Asunción Mateo, María Kodama y Marie Joe Trianín tienen algo en común: Acompañaron en sus últimos días a sendos gigantes de la literatura.

CIUDAD DE BUENOS AIRES ( EDICIÓN i). La condición de viuda de María Kodama no se parece a la de tantas otras mujeres que han perdido a su compañero de vida, porque desde aquel momento no hace otra cosa que viajar por el mundo promocionando su obra.
 
 Sí se parece a la de otras mujeres que han acompañado los últimos momentos de otros genios creadores como Marina Castaño, viuda de Camilo José Cela, María Asunción Mateo, viuda de Alberti o Marie Joe Trianín, viuda de Octavio Paz.  No se diferencian de otras viudas en el dolor que seguramente sienten por la pérdida de sus esposos, pero sí en el modo particular de relacionarse con ellos y de haberse convertido en seres vitales para acompañar a esos genios creadores.
 
 Muchas veces, como lo recuerda una nota que en ocasión de la entrega del Premio Nóbel de Literatura post mortem a Camilo José Cela publicara el diario madrileño El Mundo, estas mujeres "han vivido el dolor de ver morir a la persona a la que habían dedicado sus vidas física e intelectualmente. A los hombres de quienes se habían enamorado antes de conocerlos, a través de su gigantesca obra".
 
 Para esos hombres, recuerda la nota "fueron secretarias, copistas, representantes de prensa y relaciones públicas. Es también el caso de Chillida, que le pidió a su mujer, apenas casados, que se ocupase de las cuestiones organizativas y monetarias porque el arte está reñido con ellas".
 
 El caso más cercano para los argentinos es el de María Kodama, hija de un japonés y una argentina que conoció a Borges cuanto tan sólo contaba con 12 años. Fue su mismo padre quien la inició en el camino de la admiración a Borges, llevándola a una conferencia donde lo conoció. Desde los 30 años fue inseparable y se casó con él en Paraguay, porque estaba separado de su primera esposa y en argentina no se había aprobado la ley de divorcio, que fue aprobada el mismísimo año de la muerte de Borges.
 
 Los problemas que tuvo Kodama por el testamento de Borges fueron casi los mismos que enfrentaron las "viudas célebres de la literatura".
 
 El caso de la viuda de Camilo José Cela fue mucho más complicado. Muy interesante el relato que hizo el diario "El Universal", de México:
 
 "Tenemos que hablar. Está el testamento". Agobiada por los sedantes y haciendo un generoso aporte a este valle de lágrimas, Marina Castaño le dirigió la palabra al Camilo José Cela que seguía en este mundo. El otro, el último prohombre de la literatura española, llevaba un día en ese limbo del que nada sabemos, de alias Más Allá. Cela hijo andaba ceñudo. Minutos antes, al ver que no tenía un asiento reservado en la primera fila del funeral, había puesto el grito en el mismo cielo al que estaba habituándose su padre. Un último incordio para cerrar una crónica de desavenencias, el clásico español "Cela vs Cela".
 
 "Se dice que dejó ocho millones de euros", cuchicheaba un comedido. "Los Cela peleaban más que la familia de Pascual Duarte, y eso es mucho decir", acotaba otro. "No sé qué voy a hacer cuando me acueste y no esté a mi lado", sollozaba Castaño, la viuda doliente. "¿Sabes cómo le dicen? Marina Mercante", reía el chistoso de rigor. En la cacofonía post-oración fúnebre, el 17 de enero pasado, se prenunciaban futuros conflictos entre la viuda -una periodista 57 años menor que su difunto esposo- y el hijo nada pródigo del Nobel de Literatura".
 
 Y sigue: "Las últimas disposiciones del autor de La colmena hicieron arder Troya. A Cela junior -que en 1995 había sido denunciado por su padre por su "ingratitud manifiesta"- no le tocó ni un duro. Todo el patrimonio del escritor iría a parar a la Fundación Cela, presidida por Castaño. Sangrando por la herida -y molesto porque su padre sólo le legó un cuadro de Joan Miró que ya le había regalado en vida-, el hijo vociferó su enfado. "Mi padre murió convencido de que yo era idiota", protestó, mientras escribía contrarreloj un libro que se llamó "Mi padre" pero que bien podría haberse titulado Contra esa arpía.
 
 El pleito entre la viuda y el vástago profesor de Filosofía está lejos de ser un caso cerrado. El Miró adorna una pared en una estación de esquí italiana -"Lo vendí porque me hacía mal verlo; me recordaba el divorcio de mis padres"- y Cela hijo se va desmarañando en los vericuetos del derecho hereditario. "Pelearé por los derechos de mi hija de 13 años", dice. La nena se llama -¿cómo si no?- Camila."
 
 Marina Castaño estaba divorciada de un marino mercante, José Luis Fernández, con el que contrajo nupcias a los 18 y que fue padre de su hija Laura. Cela se enamoró perdidamente de la periodista cuando ésta le hizo una entrevista. Como puede apreciarse, las dificultades de María Kodama con los Borges fueron un juego de niños al lado de las de Castaño, pero ambas son respetadas en el mundo de las letras, y a veces criticadas bajo cuerda.  .......................................
 
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