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Asis entra en el debate acerca de la insólita candidatura de 'Corralito' Cavallo

Jorge Asis Digital escribió acerca del amague de Domingo Cavallo de candidatearse en la Ciudad de Buenos Aires (¿querrá hacer otro 'corralito'?), bajo el título 'Cavallo y la Paramount'. Asis es un amigo personal de Cavallo y es interesante conocer su punto de vista:

Un Domingo entre Sonias A pesar de la lícita reticencia de Sonia Cavallo, la hija que se obstina explicablemente en evitarlo, Domingo Cavallo amaga, por lo menos, con el regreso. En realidad, aunque aún no esté seguro de la conveniencia de postularse como diputado, por la mutual conocida como Acción por la República, en el artificio de Buenos Aires, al actual profesor Cavallo cuesta ya contenerlo en las cafeterías universitarias de Nueva Inglaterra. Por lo tanto, se encuentra interiormente decidido, con firmeza, como su esposa, Sonia Abrazián, a volver a la Argentina y enfrentar la totalidad de los fantasmas concretos que los aguardan. Y tal vez pronto otra esposa pueda incorporarse también a la modalidad matrimonial de pugna política. De manera que las señoras Hilda Duhalde y Cristina Kirchner podrán sorprenderse, en cualquier momento, acompañadas por otra dama, la señora Sonia, orgullosa portadora del apellido Cavallo. Volver desde Boston, en el caso de Cavallo, significa asumir su deseo permanente de luchar. En primer lugar, por defensa propia. Por mero sostenimiento de sus ideas, y las acciones de su trayectoria. Y sobre todo porque ya no soporta la plácida densidad de la vida académica. Y porque extraña, además, el fuerte apasionamiento que se apodera de su cuerpo imponente en Buenos Aires. Y extraña, acaso, y más aún, las pasiones que genera la provocación de su presencia. Aunque tal vez puede asistirse a otro nuevo error de cálculo, un absurdo previsible. Que por ejemplo en la nueva escenografía, infinitamente menos que pasiones, Cavallo pueda despertar, apenas, una sobria indiferencia. Error de colección A propósito, su último error de cálculo fue de colección. Lo indujo a aceptar el Ministerio de Economía, en el 2001. Justamente cuando convalecía aquel injerto político de la Alianza, que se ufanaba de ser progresista. Y que condujo a la presidencia al radical Fernando De la Rúa, un amigo de Cavallo desde los melancólicos inicios de Córdoba. Téngase en cuenta que el viejo Astori, aquel adalid de lo que sería la Fundación Mediterránea, supo vaticinar, en su momento, que los cordobeses De la Rúa y Cavallo iban a ser dos políticos trascendentales para la Argentina. Habrá que aceptar que Astori no se equivocó. Aunque en el 2005, los dos vaticinados mantengan graves inconvenientes para salir de sus casas. O para caminar, incluso, por un shopping. La crueldad de la calle, que en alguna instancia supo venerarlos, hoy puede reservarles sorpresas posiblemente desagradables. Aquel error coleccionable desembocó, al final, en la catástrofe políticamente personal del Mingo. Porque la Alianza tambaleante ya había fracasado con énfasis. Sin embargo, desde los costados más trasversales, se lo solía sindicar a Cavallo como el único Mesías que podía rescatarla, a la Alianza, del destino marcadamente infernal. Al fin y al cabo, su buen amigo De la Rúa lo convocó en el momento justo de su plenitud. Cuando Cavallo disfrutaba ilusoriamente de la más alta estimación político-social. Es posible entonces que, desde la inoportunidad del JorgeAsisDigital, pueda formularse una pregunta contrafáctica: ¿Cuál hubiera sido el destino político de Domingo Cavallo si rechazaba participar del gobierno aliancista-radical de De la Rúa? Nostalgias del Tabac Días antes de asumir, no se podía tomar un café con Cavallo. Por ejemplo en el Tabac, sin que apareciera cada dos minutos alguien muy respetable a decirle: "Sálvenos, doctor Cavallo". O tal vez: "Sólo usted puede sacar el país adelante". Lo peor de todo, es que, en las entretelas de su autovaloración, Cavallo creyó en la perentoriedad de súplicas semejantes. Y que sobreestimó, acaso en exceso, la prepotencia de sus capacidades. Para hacer ser menos romántica la historieta, digamos que, como Cavallo no pudo reencausar la Economía, en medio de la hecatombe, del implacable desbarajuste, quedó, precisamente, como principal responsable del desmoronamiento final, de aquel injerto artificial (la Alianza abandonada) que se desmoronaba irremediablemente. Que se diluía en la salsa de su implícito fracaso. Por lo tanto Cavallo, con su providencia ministerial, hizo un negocio literalmente espeluznante. Invirtió lo mejor de su oro para embadurnarse de estiércol. Porque, justo en su calificado momento de gloria boba, decidió hacerse cargo de una administración que languidecía. Y privatizó el fracaso para él. Como si la Alianza entonces valiera más que un dato prescindible de la historia. Y hoy, con la impunidad conceptual que brinda el paso impertinente del tiempo, puede resultar hasta disparatadamente gracioso, por ejemplo, que Carlos Álvarez -alias inmerecidamente el Chacho-, que fuera uno de sus impulsores principales, ataviado de un fervoroso oficialismo, brinde lecciones semanales de moral en columnas domingueras. O que D’Alessandro, aquel clon a la bartola de Álvarez, sea el embajador en Cuba. O incluso que su inmediato antecesor, el ex ministro de defensa López Murphy, pueda aún postularse lo más pancho para presidente. Y más pintoresco aún, que aquel Bielsa que lo obstaculizaba con el bombardeo contra la Siemens se haya convertido en el canciller, y candidato gubernamental del peronismo. Y entonces es un festival que Alfonsín hasta acompañe al presidente Kirchner por los caminos de Castilla, como si fueran Rinconete y Cortadillo. Mientras tanto Cavallo -el comedido que se inmoló estúpidamente por intentar salvar el gobierno que ellos representaban-, no puede regresar, siquiera, al Tabac. Porque, de sentarse a tomar un café, probablemente aquella misma señora respetable que le suplicaba la salvación, podría increparlo con un compendio de recriminaciones. Un país, Mingo, ideal para la Paramount. Sobre el "canuto" cultural La cuestión que el Mingo Cavallo amenaza con presentarse en el recital. Y acaso lanza una bola para jorobar, ante la perplejidad de un López Murphy, el candidato ideal para jugar al truco, que se come todos los amagues con voracidad. Y ante la inquietud, casi enternecedora, del sopapeado Macri. Incluso pueden surgir, a partir de semejante amague, severas interpretaciones de seres perversos. Que remiten a una jugada de alta política del gobierno. Sin embargo racionalmente tendrían su derecho de pensarlo, ya que Alberto Fernández fue uno de sus colaboradores más sumisamente intrascendentes. Y el propio Vulgarcito, sin ir más lejos, solía esforzarse, hacía formidables méritos para convertirse en uno de sus gobernadores predilectos. Y, en cierto modo, junto con Ramón Puerta, lo era. Porque Vulgarcito hacía, con sistemática obediencia, todos aquellos deberes de los noventa que la dupla Menem-Cavallo le ordenaba. Aparte de la atmósfera socialmente desfavorable, y de la consistente reticencia familiar, a Domingo Cavallo lo obstaculiza una fuerte adversidad cultural. Ocurre que la fantasía, en ocasiones fundamentada, de los supuestos informados del mundillo político, instaló clandestinamente la idea que Cavallo mantiene, en el exterior, un inmenso canuto, de millones de dólares. "La hizo toda tu amigo, con la pala, tiene no menos de cien palos", nos dijo la otra tarde un político ejercitado en el cinismo. De los tantos que suponen sabérselas todas. Y si se intenta, por ejemplo, desbaratar semejante línea de interpretación, puede escucharse: "No vas a ponerme en duda que Cavallo es megamillonario. No me faltes el respeto, ¿o me tomás por...?". Entonces, con esta cultura sigilosamente impuesta, nadie puede creer que Cavallo carezca de los incuestionables millones de dólares. La fantasía indica que los tiene acumulados. En el dichoso "canuto". Por lo tanto, si Cavallo se muestra mesuradamente austero, si en su mutual política nadie alcanza a oír siquiera el ruido de las monedas, no hay que creerle. Tiene que ser, en el fondo, porque disimula. Y en el supuesto caso que alguien le crea, puede llegar a ser peor. Por ejemplo que tiene que hacer números, o tal vez mangar respetablemente, como todos los políticos para una próxima campaña. Es peor porque tomarían su transparencia, en todo caso, como síntoma de estupidez. De manera que Cavallo está condenado a dos feroces alternativas culturales. A ser un eficaz político que supo hacer su diferencia. Es decir, un diferenciador que sabe disimular su fortuna. O, probablemente, un adicto a la idiotez congénita, que se creyó el cuento del poder y no supo amasar su correspondiente "canuto". Cuesta entonces, en el país convertido en la Paramount, francamente evaluarlo, como un político apasionado que protagonizó un período gravitante de la historia. Que fue gravitante en la transformación económica que será, con seguridad, tema de las más ambiciosas tesis, aunque para ensayarse preferiblemente dentro de cinco décadas. Cuando ya nadie este seguro sobre el destino que pueda tener la Paramount. O que fue, acaso, un político valiosamente sarmientino. Que cumplió con sus responsabilidades en exceso. Que hizo su trabajo lo mejor que pudo, y que, hasta cuando se equivocó, fue con énfasis. Sobre todo al aceptar el ministerio principal de un gobierno que se autopulverizaba. Y por una vocación, en todo caso desacreditable, de servicio, e impregnada, para colmo, de una cierta omnipotencia, aderezada con un maltratado patriotismo. Asúmese, no obstante, que semejante evaluación puede, incluso, provocar carcajadas maliciosas de los superados. En definitiva, Cavallo tiene que concentrar el positivismo de sus energías, para luchar contra las dos patéticas alternativas culturales que se le plantan con la dureza de un frontón. Dos condenas, en realidad. La condena de ser un corrupto inteligente, un diferenciador que sabe simular. O un incauto para ser acusado de empobrecimiento ilícito. En todo caso, en la asombrosa Paramount que quiso ser un país, Cavallo sólo será clandestinamente admirado si se impone la primera de las hipótesis condenables.