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Acuerdos escritos en chino

Es indiscutible que, el campo aparte, nuestra economía no es competitiva y cuanto más tiempo traten de mantenerla aislada más débil se hará. Así lo indica en la sección editorial, el diario Río Negro de esa provincia. En tanto, U24 reprodujo la nota a continuación:

El gobierno del presidente Néstor Kirchner, como el encabezado por su apadrinador Eduardo Duhalde, debe su existencia en buena medida a la noción de que, por ser francamente absurda la idea de pedirles a los empresarios argentinos competir con sus equivalentes ya de países más avanzados que cuentan con ventajas tecnológicas injustas, ya de los más pobres que pagan muy poco a los trabajadores, nos convendría defendernos contra las importaciones asegurando que sean tan caras que sólo una minoría pequeña se sintiera tentada a comprarlas. Por cierto, pocos discrepan con el consenso de que la apertura comercial de los años noventa fue "suicida", cuando no un acto de lesa patria, y que a fin de reparar los daños provocados por aquel disparate "neoliberal" es forzoso asegurar a la industria local diez años o más de protección. Sin embargo, resulta que si queremos vender cantidades importantes de productos del campo y materias primas a China tendremos que ir desmantelando las barreras erigidas para proteger a nuestros empresarios del "dumping" que según ellos es la única explicación posible de la capacidad china para producir bienes de calidad aceptable que cuestan mucho menos que los nacionales. Es que la eventual relación "estratégica" con China, lo mismo que aquélla con el Reino Unido que permitió que la Argentina disfrutara de más de medio siglo de prosperidad envidiable, no puede sino basarse en el intercambio de productos industriales chinos por alimentos, energía e insumos. Este no sería el caso si nuestro país estuviera en condiciones de fabricar productos sofisticados como están Estados Unidos, el Japón y los miembros más competitivos de la Unión Europea, pero puesto que ni siquiera es capaz de competir en este ámbito con Brasil, sería utópico esperar que las empresas automotrices, textiles o de calzado argentinas encontraran muchos clientes en Pekín o Shanghai. Por motivos comprensibles, el gobierno kirchnerista hubiera preferido no verse constreñido a fingir creer que China posee una "economía de mercado" genuina, lo que en un plazo relativamente breve lo obligará a abrir las puertas a importaciones fabriles que, sus palabras optimistas no obstante, no tardarán en barrer con sectores enteros. Comenzará con los regidos por los célebres productivos bonaerenses que militan en el duhaldismo, pero la verdad es que no tuvo otra alternativa que complacer a los representantes chinos a menos que estuviera dispuesto a abandonar hasta nuevo aviso el sueño de una relación "estratégica" con un gigante que parece destinado a cumplir un papel cada vez más importante en la economía internacional. En sus negociaciones con el gobierno de Kirchner, el equipo liderado por el presidente chino Hu Jintao se hallaba en una posición muy ventajosa porque nuestras necesidades eran incomparablemente más urgentes que las suyas. Por lo tanto, es natural que los acuerdos alcanzados se hayan ajustado más a los intereses chinos que a los de nuestros industriales. Es de prever que en las semanas próximas Kirchner sea blanco de las críticas furibundas de una amplia gama de lobbistas sectoriales y grupos militantes nacionalistas de izquierda por haber cedido tanto a China a cambio de muy poco, pero dadas las circunstancias no hubiera sido nada razonable esperar que el presidente hiciera gala de la prepotencia negociadora que lo caracteriza. Asimismo, es menester reconocer que el problema tiene menos que ver con la presunta incapacidad del gobierno para defender un esquema proteccionista que con el hecho indiscutible de que, el campo aparte, nuestra economía no es competitiva y que cuanto más tiempo los gobiernos inviertan en tratar de mantenerla aislada, más débil se hará y más penoso resultará cualquier intento de abrirla. Mal que les pese a muchos, no habrá forma de conservar el "modelo" corporativo reivindicado por Kirchner y otros integrantes de un gobierno que ha hecho de su resistencia a hacer frente a los desafíos planteados por la globalización la base de su gestión, negándose a pensar en "reformas estructurales", postergando hasta más no poder la salida del default e insistiendo en las bondades de un peso subvaluado que si bien habrá traído algunos beneficios en el corto plazo nos perjudicará mucho en el mediano y en el largo.