por CARLOS SALVADOR LA ROSA
Perón, Balbín y otros pecados capitales de Cristina
El famoso abrazo de Juan Perón y Ricardo Balbín tuvo un significado que menospreciaron la Juventud Peronista y sus amigos de Montoneros, los sindicalistas y José López Rega y su Triple A. Pero también muchos radicales. Al comenzar el siglo 21, los Kirchner decidieron reconstruir, entre otros, aquel error cultural de vilipendiar la búsqueda del consenso y rechazar el convivir en paz con el adversario. La gran pregunta es si estos defectos regresaron para quedarse o si ellos se irán junto con quien los trajo, el kirchnerismo.
10 de junio de 2013 - 00:46
CIUDAD DE MENDOZA (Los Andes). La Argentina nació a su vida independiente con un pecado original: la división en -cuando menos- dos facciones excluyentes que no aceptaban compartir la nacionalidad y la legitimidad, sino que cada una quería exterminar -simbólica o físicamente- a la otra para imponer su parte como el todo.
Esa tendencia se acrecentó con el tiempo. Cuando una facción creía haber vencido definitivamente a la otra (como a fines del rosismo, cuando los unitarios parecían una especie en extinción apenas sostenida por un puñado de exiliados, o cuando la “civilización” liberal creyó entrar al siglo XX ya sin las resistencias de la “barbarie”), los supuestos derrotados resurgían de las entrañas de la tierra (con otros nombres pero iguales contenidos) y con su nuevo triunfo se proponían borrar a los hasta entonces vencedores.
Desde 1930 en adelante fue peor: cada diez años, más o menos, una facción le hacía un golpe de Estado a la otra (1943, 1955... hasta 1976) en busca del exterminio mutuo, pero lo único que se lograba es que cada una creciera más en odio contra la otra.
La paradoja más terrible ocurrió en 1973, cuando uno de los más importantes líderes políticos del país faccional, Juan Perón, tomó la sorpresiva, inusual y patriótica decisión de intentar ponerse por encima de las facciones y convocar a todas a la unidad nacional.
Sin embargo, lo único que logró con su tardío gesto fue que el consenso que se empezó a construir incipientemente entre las partes históricamente enfrentadas fuera arrasado por la división brutal y total dentro del movimiento que Perón lideraba.
O sea, mientras el conductor convocaba, con amplio beneplácito nacional, a la unidad de los argentinos, el movimiento que él conducía reproducía interiormente la violencia y la división que el General intentaba sacar del resto de la nación. Con lo que el remedio resultó peor que la enfermedad, iniciándose, apenas muerto Perón, el genocidio que la dictadura de 1976 perfeccionaría a extremos jamás vistos.
Hubo sólo un momento en que el país faccional dejó de serlo y fue precisamente con el fin de la dictadura de 1976. A fines de 1983 el país comenzó a dejar de lado la división excluyente para dar lugar a un país separado entre oficialistas y opositores (ya no entre enemigos); incluso se buscaron síntesis conceptuales entre las grandes dicotomías históricas nacionales.
Así ocurrió en los ’80, cuando Raúl Alfonsín intentó pactar un nuevo contrato social en que las palabras democracia y república (enfrentadas entre sí durante casi todo el siglo XX) significaran lo mismo.
También en la década de los ’90, aunque de manera mucho más “chambona” y oportunista, Carlos Menem intentó la síntesis entre los dos grandes movimientos que, para bien o para mal, hegemonizaron cultural y políticamente casi toda la historia del país: el liberalismo y el justicialismo.
Así, cuando el peronista Menem le entregó el bastón de mando en 1999 al radical De la Rúa, ésa era la primera vez que un presidente democrático de un partido, habiendo completado enteramente su mandato, le entregaba el cetro a un presidente de otro partido.
Se había llegado allí con mil accidentes, con reelecciones forzadas, con golpes de mercado, con conatos carapintadas, con discutibles indultos, con corrupción creciente, con una crisis económica en alza, pero institucionalmente parecía que habíamos ingresado en una nueva etapa.
En aquella en la que todos los problemas, que seguían vivitos y coleando, no sólo se resolverían en democracia sino también sin necesidad de volver a dividir al país en dos facciones inconciliables y en guerra permanente. Hasta que llegó la prueba de fuego a fines de 2001. La durísima prueba que le ofreció a la Argentina la posibilidad de dar el gran salto adelante o el gran salto atrás.
Entonces fue cuando empezamos a entrever la verdadera naturaleza de la democracia surgida en 1983: que era un sistema más defensivo que propositivo. Que surgió más por cansancio histórico que por verdadera convicción democrática.
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La década de los ’70 mostró en toda su crudeza cuál es el final inevitable si el país seguía dividido irreconciliablemente: la matanza indiscriminada sin que ninguna de las partes se imponga sobre la otra. Una guerra a muerte pero sin ningún vencedor y con todos vencidos.
Por eso, por mera necesidad de sobrevivencia, en 1983 se estableció, sin firmar, un pacto implícito entre las facciones argentinas a ver si era posible intentar convivir sin masacrarse mutuamente.
El triunfo de los radicales fue la manera de decir que más que replantearse la década del ’70, de lo que se trataba era de olvidarla, de barrerla bajo la alfombra a ver si ocultándola se la exorcizaba.
Nadie estaba convencido de que la violencia hubiera desaparecido para siempre del país, sólo se intuía que hasta ella estaba cansada de tanta muerte y que entonces teníamos una oportunidad de intentar acabarla.
Por ende, a la democracia de 1983 se la podría definir como aquélla que, al no poderlo hacer desaparecer, decidió esconder nuestro pecado original poniéndolo en estado de hibernación, a ver si algún día encontraríamos el remedio para curarlo definitivamente.
Hubo resistencias: la del peronismo, hasta que se hizo renovador, y la de los militares, hasta que llegó la autocrítica de Balza, pero en general la democracia argentina comenzó a construir la figura del opositor en vez de la del enemigo y a intentar síntesis entre corrientes históricas enemigas que ahora querían ver si era posible seguir disintiendo en paz.
Hasta que llegó el kirchnerismo, el que decidió cortar de raíz con esa política para retornar al faccionalismo anterior. Su supuesta refundación basada en las diferencias con los gobiernos que lo precedieron fue precisamente esa decisión: la de recuperar el espíritu divisionista que los otros ocultaron bajo la alfombra.
Sólo que le agregó una importantísima novedad: para Néstor Kirchner esos grandes enfrentamientos históricos eran algo positivo, no algo negativo. Lo malo para los K era el consenso democrático, el intento de conciliar lo inconciliable, eso de republicanizar la democracia o de liberalizar al peronismo.
Contra esos “pecados” se propuso su misión el kirchnerismo, en la búsqueda de reconstruir el pecado original argentino, ese de las facciones en permanente pugna.Y no es que los Kirchner hayan expresado un anhelo popular, como lo fue el fin de la violencia en 1983, cuando efectivamente todo el pueblo estaba cansado de ella y quería que terminara.
No, se trató de otra cosa: como Kirchner llegó al poder con escasa cantidad de votos, decidió fortalecerse en contra del pasado inmediato (el de Menem, el de De la Rúa, el de Duhalde, en parte incluso el de Alfonsín) apoyándose en el pasado remoto, al que buscó hacer renacer, sobre todo el de los años ’70, dividiendo a esa dramática década ya no entre víctimas y victimarios, sino entre héroes y villanos.
Él vino a resolver la pugna inconclusa en los ’70 en nombre de una parte contra la otra, y a partir de allí se propuso hacer resucitar las contradicciones de toda la historia argentina, las mismas que Perón y Balbín intentaron -aunque sin lograrlo- borrar o al menos apaciguar en ese fallidamente ilusorio 1973.
En la década K se quiso transformar nuestros viejos defectos en nuevas virtudes, tales como el espíritu de facción, el aislacionismo o ese perverso slogan de que cada vez que en algo nos va mal, “la culpa la tiene el otro”.
Además se volvió a separar democracia de república y se readaptó la versión más antiliberal y autocrática del peronismo. Se confundió Estado con partido, partido con líder y líder con Nación. Todos aquellos errores propios que el viejo Perón quiso borrar de su pasado, los K, con la excusa de los otros errores que cometió Perón en su tercera presidencia, los han recuperado, en particular el odio a la prensa y el culto a la personalidad.
O la construcción del enemigo. Lo peor de nuestra historia fue lo mejor en la era K. Una especie de autoestima del resentimiento por la cual debemos enorgullecernos de nuestros defectos. El creernos buenos porque los demás son malos y nos odian y nos atacan de tan buenos que somos.
Esta década ni fortaleció al Estado (apenas lo engordó y lo hizo fofo como Menem lo hizo flaco y raquítico) ni fijó un rumbo estratégico. Simplemente cambió la historia liberal de Grosso o de Mitre por la de Pacho O’Donnell, desvistiendo un santo para vestir a otro.
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El kirchnerismo se autoproclamó revolucionario porque privilegiaba el conflicto sobre el consenso, cuando en realidad la totalidad de la historia argentina hasta 1983 privilegió el conflicto sobre el consenso, sin por eso ser revolucionaria.
Además adaptó como modelo referencial la peor década del siglo XX, aquella en que todas las violencias acumuladas se concentraron, se conjugaron y estallaron todas juntas, hasta hacer implosionar al país Desde 2003 lo que se quiere es hacer retornar ese viejo país aprovechando para eso los mil errores que cometió la incipiente democracia, pero golpeándola en lo que mejor hizo al luchar contra los odios seculares.
En síntesis, la Argentina independiente nació bajo el pecado original de la división inconciliable entre dos bandos. Cuando los combatientes se dieron cuenta que ninguno de los dos podría derrotar al otro porque ambos, aunque se siguieran odiando por siempre, formaban parte esencial de la personalidad nacional, decidieron tratar de armar un sistema donde convivir.
La cosa funcionó por veinte años hasta que un aprendiz de brujo decidió hacer revivir artificialmente la vieja división para quedarse él solo con todo el poder, convencido de que un alcohólico jamás se cura y entonces lo mejor es seguir proveyéndolo de bebida. Hoy la división ha prendido pero no parece que haya prendido tanto como antes de 1983. Aunque nadie lo sabe a ciencia cierta.
El futuro de la Argentina se juega, en el fondo, en esta opción: si los Kirchner lograron demostrar que los argentinos jamás podremos dejar de lado la guerra de todos contra todos, el país no tendrá destino.
Si lo suyo, en cambio, fue apenas un mero artificio que prendió en algunas fracciones de las élites pero ya no en profundidad dentro del seno del pueblo, todos los futuros, incluso los mejores, siguen siendo posible para nuestro amado país, cuando desde arriba se deje de insistir en la división de las partes y se apueste a la unidad de la nación.








