OPINIÓN

Oligocracia y falso progresismo

Hay una ambiciosa tarea pendiente de la centroderecha argentina: quitarle a la centroizquierda el monopolio del uso de la palabra "progresista". Podría intentarlo porque la centroizquierda a malversado el uso, volviendo al vocablo "progresista" un sinónimo de "populismo". Pero no será fácil...

por HORACIO MINOTTI

El relato fronteras adentro habla de un gobierno progresista preocupado por los derechos humanos. Pero los aliados externos son dictadores, en algunos casos aberrantes. La enorme distancia entre la convicción ideológica y el uso de la ideología para control social.

En 1978, la selección argentina le ganó la final del Mundial a una selección holandesa minusválida. Le faltaba su máximo exponente y estrella del ’74, Johan Cruyff. El futbolista no vino a la Argentina en disconformidad con que el Mundial se celebre en un país donde se violaban sistemáticamente los derechos humanos. Y era solo un deportista.

No hay registros de que Martín Luther King haya hecho visitas comerciales a una asamblea del Ku Klux Klan, ni tampoco hay elementos que permitan suponer que la Madre Teresa de Calcuta haya visitado Berlín durante el imperio nazi.

Por el contrario, los líderes de derechos humanos, no se contentan con pelear por ellos en su país, porque reconocen la universalidad de los mismos. Napoleón peleó contra las monarquías europeas para llevarle a los pueblos sojuzgados los principios republicanos y la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano. Ernesto “Che” Guevara no se quedo en un cómodo despacho en Cuba, creyó que Bolivia era un pueblo maltratado y fue a intentar liberarlo. No vale la pena seguir enumerando pero son múltiples los ejemplos.

El gobierno de Cristina Fernández de Kirchner hace un culto discursivo de los derechos humanos. Reabrió los juicios por los crímenes de la dictadura y reencarceló a un grupo de ancianos asesinos; nominó a Eduardo Luis Duhalde como Secretario de Derechos Humanos de la Nación hasta su fallecimiento, como todo un símbolo, tal vez apropiándose de la lucha del propio Duhalde.

Las características humanistas del populismo son siempre discutibles. Si en lugar de generarse trabajo genuino, se establecen planes sociales a cambio de asistencia a marchas oficialistas, no existe un solo indicio de derecho humano en eso. Al contrario, es la manipulación del ser humano usándose de sus necesidades más elementales. No encuentro el humanismo.

Pero supongamos que esto es una confusión ideológica producto de la simple ignorancia. Ahora, otra cosa muy distinta es ser aliado estratégico y comercial de dictaduras aberrantes del concierto internacional. Eso es una muestra, en este caso totalmente consciente, del más profundo desprecio por los derechos humanos. ¿Los derechos humanos de un agoleño son de inferior calidad que los de un militante argentino de los ’70?. Eso parece pensar la Presidente.

O tal vez simplemente no le importa. De hecho cuando Jorge Lanata preguntó al canciller Héctor Timermann si habían tomado en cuenta aspectos de la política interna de Angola, el ex embajador en Estados Unidos dijo simplemente, no.

Esto es perfectamente posible, pero no se inscribe en ningún tipo de “progresismo”, por más que uno quiera buscarle la vuelta. En realidad, tal postura, es el reflejo de lo que Henry Kissinger llamó Real Politik y la teoría de la “bola de billar”. Según esta última, el tablero internacional está formado por tales bolas, y al billarista no debe importarle que es lo que hay dentro de la bola.
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Con dicha postura se manejaron durante decenios las relaciones internacionales, pero de progresista, no tiene absolutamente nada.

Angola, donde la líder en derechos humanos Cristina Fernández danzó animadamente con parte del pueblo sojuzgado, está gobernada hace 32 años por el mismo presidente. Un estilo de “democracia” que seguramente agrada a los Kirchner, pero no al “progresismo”. Además, ingresando a la página web de Amnesty Internacional, pueden observarse cientos de denuncias de diversa índole y gravedad por violación de los derechos humanos en el país africano.

Con una esperanza de vida al nacer de 54 años, un 45% de la población por debajo de la línea de pobreza, según Transparency Internacional, Angola padece “corrupción generalizada en todos los niveles de la sociedad”. Este nuevo socio comercial o “modelo a imitar”, parece dejar claro que piensa el gobierno de los derechos humanos y de la corrupción.

El progresismo pragmático no existe. El progresismo implica cuestiones inmutables e innegociables, como el respeto irrestricto a las libertades individuales y a los derechos del hombre. A partir de allí habrá variantes, pero tales, son caracteres irrenunciables.

No incluiría en nuestro caso bailar en Angola ni mantener relaciones comerciales con Irán como ocurre con tanta fluidez hace tantos años, aún después del informe final de la Corte Suprema de Justicia sobre la voladura de la Embajada de Israel, que señala al estado iraní como colaborador del atentado.

Que raros son estos progresistas, con traje de populistas pragmáticos sin mucha ideología.