El jueves 05/07, los observadores de la economía recibieron una imagen instantánea del nuevo papel de las autoridades monetarias más importantes del mundo, después de que la crisis mundial estalló. Con apenas minutos de diferencia, en anuncios tan similares que parecían coordinados, aunque no lo estaban, los bancos centrales de Europa, China y Reino Unido tomaron medidas cuyo objetivo no fue la protección del valor de la moneda.
Por el contrario: intentaban estimular la actividad económica en crisis, misión que hace muchos años era de los Ejecutivos nacionales, no de los bancos centrales (que en los países serios, tienen autonomía del Ejecutivo, precisamente para que las necesidades presidenciales no afecten las prioridades de la moneda, que debe sobrevivir a los administradores coyunturales).
Para algunos economistas, estaba en claro que la crisis había obligado a las autoridades monetarias a revisar su limitado papel como estabilizador de la moneda, volviendo los ojos a lo que realmente importa ahora: el empleo y el PIB.
De acuerdo al diario O Globo, de Rio de Janeiro, la economista Maria Cristina Penido, explicó que el momento de vacas flacas está promoviendo un rescate histórico en el papel de los bancos centrales. Ella recuerda que la noción de que estos organismos debería limitarse a la realización de las metas de inflación y la supervisión de los bancos es un fenómeno reciente en la historia de la BCS.
"El Banco of England (BoE, banco central Inglés), la primera autoridad monetaria que existió en el mundo, nació con un ojo puesto en la moneda y el otro en el empleo y el crecimiento. Su mandato era mucho más amplio de lo que es hoy, pero se vació de contenido al final del siglo 20. La única autoridad monetaria que nació enfocada en la inflación fue el Banco Central alemán, pero eso se explica por la trágica hiperinflación que afectó al país en los años '20 y proporcionó las condiciones para el ascenso de Adolfo Hitler al poder", recordó la investigadora, quien fue profesora en la Unicamp y ahora es consultora independiente.
Ese proceso de remodelación de los bancos centrales sucedió a lo largo de la gestión del economista Alan Greenspan en la presidencia del Federal Reserve (Fed, autoridad monetaria estadounidense), que se inició en 1987 al final de la Administración Reagan y cerró en 2006, justo antes del estallido de la burbuja de las hipotecas subprime en USA, recordó el director adjunto de estudios internacionales de IPEA (Instituto de Pesquisa Econômica Aplicada), Marcos Cintra.
En ese momento, apareció lo que los estudiosos han llamado Nuevo Consenso Macroeconómico, una doctrina compleja que, en términos generales, corona la supremacía del sistema de metas de inflación sobre otros objetivos económicos.
Se entendió que el control de precios era necesario para el crecimiento sustentable (Cristina Fernández de Kirchner habló en el pasado de crecimiento sustentable, y todavía no se entiende cómo piensa lograrlo con una inflación tan elevada y que impide el ahorro en moneda local. Probablemente por eso, su Administración aborrece el sistema de metas de inflación para el Banco Central).
Pero también se entendió (en general, no en la Argentina ni Venezuela) que una alta inflación significaría un crecimiento desventajoso a largo plazo. Como resultado, la búsqueda de una tasa ideal de inflación contradijo lo que habían hecho desde la 2da. Guerra Mundial los seguidores de John Maynard Keynes: la política monetaria como un medio para sostener los niveles de empleo.
El primer país en adoptar metas de inflación -y por lo tanto en invertir en nuevo ropaje para su Banco Central- fue Nueva Zelandia, en 1990. En 1992 llegó el momento del todopoderoso BoE inglés, un cambio simbólico, porque era la más antigua autoridad monetaria mundial. El Brasil se unió al sistema en 1999, tal como lo admite su Banco Central en su página web:
"En el régimen de metas de inflación, cuya acción se basa en el control de un solo instrumento, la tasa de interés a corto plazo, no se puede atribuir a la política monetaria metas adicionales para el cambio o para el crecimiento económico".
En la Argentina, el hoy diputado nacional Alfonso Prat Gay escribió días atrás:
"La última vez que Argentina se propuso bajar la inflación fue hace 10 años. Los precios se habían disparado con la traumática salida de la Convertibilidad y, a pesar de los extraordinarios esfuerzos de estabilización de las autoridades políticas y económicas de aquellos días, el Índice de Precios al Consumidor (IPC) cerraba 2002 con un aumento de 40%. (...) Tuve el honor de dirigir el Banco Central durante aquella experiencia. Cuando asumimos, en diciembre de 2002, el pronóstico de inflación más optimista era del 35% para el 2003. Y el FMI nos exigía que redujéramos un 20% la cantidad de dinero, para alcanzarlo.
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No estábamos de acuerdo. Había entonces enormes recursos de producción no utilizados (desempleo y capacidad ociosa récords), un tipo de cambio real extraordinariamente alto y una durísima política fiscal como consecuencia del default (desendeudamiento genuino). La política monetaria podía y debía contribuir a la recuperación económica con tasas muy bajas -las llevamos del 50% a menos del 1% anual-. Y la batalla contra la inflación había que darla en el plano de las expectativas: teníamos que demostrarle a los argentinos que el peso era una moneda confiable, que los pronósticos agoreros de más estallidos cambiarios estaban equivocados y que Argentina podía ingresar en un círculo virtuoso. (...) Anunciamos una meta de inflación del 20% que lucía ambiciosa para los demás pero que para nosotros era fácilmente asequible. Publicamos metas trimestrales de emisión monetaria para todo un año, lo que parecía temerario. Iniciamos la publicación de 9 informes diferentes, de frecuencia diaria, semanal, mensual y trimestral, desmitificando la política monetaria y financiera para que la comprendieran todos los ciudadanos. (...)".
Todo indica que a Néstor Kirchner no le interesó la experiencia. Y menos a Cristina Fernández. Pero, además, ocurrió un cambio en el escenario global.
Implícita o explícitamente, las prioridades de los bancos centrales han pasado a ser el PIB, el empleo y el cambio. Con el propósito expreso de estimular la actividad económica, el Banco Central Europeo (BCE) bajó el 05/07, su tasa de interés a 0,75% anual, el nivel más bajo valor de su historia. El Banco Central de China sorprendió a los analistas mediante la reducción de las tasas que se cobran en los préstamos bancarios, 2 veces en el mismo mes. Y el BoE anunció ese día que inyectaría US$ 78.000 millones en el sistema para reducir subsidiar el crédito, una operación conocida como Quantitative Easing (QE) en la jerga financiera. El Fed también realizó sus propias operaciones de QE recientemente.
En Brasil, quedó en evidencia para los economistas que la política de reducción de tasa de interés llevada a cabo desde que comenzó la crisis, tuvo la intención de reimpulsar la actividad. A principios de este mes de julio, despertó la desconfianza del mercado financiero la afirmación sin precedentes de un director del Banco Central de que el dólar tendría que subir (o sea el real tendría que depreciarse), ya que la paridad vigente supone un perjuicio para la industria brasilera (si lo concretara, resultaría un problema para la Argentina).
Apenas unos meses antes de adoptar la política de metas de inflación, el Banco Central de Brasil ejecutó un tipo de cambio flotante, comprometiéndose a no manipular la cotización del dólar estadounidense.
"Hay hipocresía en la aversión a las medidas de intervención de los bancos centrales en la economía. La política monetaria es política y debe actuar de hecho. El sistema financiero necesita una mayor regulación, lección derivada de la caída de Lehman Brothers: dejaron quebrar al banco, pero más tarde se dieron cuenta de que había sido la peor opción, con graves consecuencias", analiza Cintra, del IPEA.
Sin embargo, corresponde una pregunta: cuando se habla de intervención de los bancos centrales en la economía ¿de qué tipo de intervención se habla? No es lo mismo actuar como superintendente o regulador de las normas de funcionamiento y rescate (caso Lehmen) que ejecutando medidas para expandir la base monetaria como herramienta de reactivación. Cintra debería precisar porque, de lo contrario, sería un universo excesivamente amplio que haría o bancos centrales todopoderosos o, cuando son controlados por el Ejecutivo (tal como sucede en Brasil y en la Argentina, aunque digan lo contrario), gobernantes excesivos.
Para Maria Cristina Penido, la crisis fue el punto de inflexión en el debate sobre la intervención de los bancos centrales en otros ámbitos más amplios de la economía:
"Creo que fue un duro golpe a la doctrina del nuevo consenso. Acordaron en que los bancos centrales deben actuar en coordinación con los ministerios de Finanzas/Economía. No es cierto que los bancos centrales deben estar fuera del gobierno, es parte del gobierno. Creo que los bancos centrales ya no serán como antes después de este momento", afirmó ella.
Esa es la vision que se diría "heterodoxa". En la Argentina, adhieren a ella desde Mercedes Marcó del Pont, presidente del Banco Central, a Matías Kulfas, gerente general de la institución, y tanto Axel Kicillof, viceministro de Economía, como Guillermo Moreno, secretario de Comercio Interior. En cuanto a lo que opine Hernán Lorenzino, el ministro, es irrelevante. Pero podría afirmarse que él también comparte ese enfoque.
Sin embargo, hay economistas que no ven una profunda transformación en curso. Más bien consideran que hay una sobreactuación de los partidarios de cierto enfoque populista de la gestión económica.
Armando Castelar, coordinador de Economía Aplicada IBRE / FGV (Instituto Brasilieiro de Economia / Fundação Getulio Vargas), dice que no fueron los bancos centrales los que cambiaron, sino más bien la situación.
Es decir que la coyuntura tiene otra exigencia, y eso condiciona la respuesta.
Él admite que los organismos monetarios han recurrido a medidas sin precedentes en el combate de la crisis -hasta entonces, los QE habían sido utilizados sólo en la crisis en Japón en 2001, dice el economista-, pero sólo ocurrió porque los problemas son otros, no porque haya un cambio ideológico y ni siquiera instrumental.
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"No hubo, de ninguna manera, un cambio ideológico. No podemos quedarnos preocupados por la inflación cuando el problema real se volvió deflación", evalúa Castelar, que critica las respuestas del Banco Central de Brasil sobre el cambio: "No creo que sea función del BC fijar un tipo cambio ideal en el régimen de fluctuación cambiaria. Su papel debería ser, a lo sumo, suavizar los cambios abruptos en la tasa de devaluación, no trabajar con límites/topes para fortalecer a la industria o colmar sus necesidades."
Así, Castelar introduce otro tema: el de la competitividad. ¿Solamente debe transcurrir por la devaluación de la moneda local o también por otras decisiones macroeconómicas y microempresarias?
Es un debate que, obviamente, excede a los bancos centrales y a la simplificación de arrojar más moneda al ruedo.








