Fracturas en el modelo K: La izquierda oficial no entiende el reclamo

El caso Blumberg, el debate sobre leyes penales y el reordenamiento de la seguridad demostró que la izquierda no cuenta con un discurso que satisfaga el reclamo popular, y se suma a otras carencias como la incomprensión del proceso de acumulación de capital y de inversión. El modelo K está en crisis, y su única oportunidad es girar antes del abismo. POR EL EQUIPO DE EDICIÓN I

Hasta hace un mes atrás, el ‘kirchnerismo no justicialista’ (la izquierda pro-gubernamental) controlaba la agenda política nacional, e inició un despliegue territorial presionando sobre provincias administradas por el PJ y acusadas de corrupción política o policial o judicial (Santiago del Estero, Buenos Aires, San Luis y otras), y con un discurso amenazador hacia el Fondo Monetario Internacional y los acreedores externos a quienes se incumplió el pago de los títulos en su poder. También se reivindicó el mercado doméstico como herramienta excluyente de reactivación.
¿Era un modelo, o semejante definición resulta aparatosa? A juzgar por la expectativa que provocó en Brasil y Uruguay, y por el debate dentro del FMI, había un ‘modelo K’ en avance, aún cuando abundaran los cuestionamientos a la obsolescencia de sus ideas, el inmovilismo en su acción y el oportunismo como herramienta de marketing político.
Pero ocurrieron cuatro problemas:

# El déficit en la provisión de gas y el peligro de escasez de energía eléctrica, producto de la imprevisión gubernamental y la falta de definición en el ajuste de tarifas posdevaluación (irresponsabilidad de Eduardo Duhalde no resuelta por la demagogia de Kirchner).

# Esto provocó crisis en las relaciones exteriores regionales, especialmente con el presidente Ricardo Lagos, de Chile, a quien Kirchner decía admirar. Así se incrementó un aislamiento regional ya iniciado por el distanciamiento de Brasil por la relación con el FMI.

#La inseguridad creciente, una temática a menudo subestimada por los aliados no justicialistas de Kirchner.

# La salud del Presidente, que le jugó una mala pasada y le envió un mensaje.

El asesinato de Axel Blumberg y la corriente de movilización que logró articular su padre, Juan Carlos, tomó por sorpresa al Ejecutivo Nacional, que demoró en reaccionar porque su percepción era que la inseguridad era una cuestión bonaerense. Cuando logró ordenar su respuesta, allegados a la Casa Rosada prefirieron evaluar a Blumberg como un activista política y no como una expresión genuina del descontento popular.
Así, la izquierda K se desnudó como una izquierda reaccionaria, algo que ya se sospechaba en sus propuestas económicas inmovilistas, impositivamente regresivas (el caso del tributo al cheque, que sigue en pie, por ejemplo) y permisiva ante el deterioro en la calidad de vida de los contribuyentes.

La izquierda K circunscribió el problema de la seguridad al acto de reparación de los detenidos-desaparecidos en el ex predio de la Escuela Mecánica de la Armada, y a la denuncia de corrupción policial con vinculaciones políticas, básicamente en el Gran Buenos Aires. Pero nada de todo esto satisface las expectativas de la población damnificada.

A menudo lo insensible es reaccionario, y la consecuencia fue la fractura del modelo K. La izquierda pro-gubernamental pagó caro el circunscribir el drama a la falsa dicotomía mano dura vs. garantistas, oponerse a priori al endurecimiento de las penas carcelarias a los delincuentes y suponer que es progresista generalizar la aplicación de cláusulas del Pacto de San José de Costa Rica que para los procesados sin condena en firme computan un día en prisión como si fuesen dos.

Miguel Bonasso, Horacio Verbitsky y Eugenio Raúl Zaffaroni son los íconos de la izquierda que simpatizó con Kirchner.

El diputado nacional por la Ciudad de Bs. As., Bonasso, es quien, de los tres, mantiene una relación peronal más profunda con Kirchner. Bonasso se encontraba en Río Gallegos, capital santacruceña, el 26 de abril de 2002, igual que Alejandro Apo, periodista de AM Continental, invitados especiales de Kirchner a la Feria Provincial del Libro, cuando matones del entonces gobernador arremetieron contra empleados públicos que caceroleaban por un recorte salarial que les habían aplicado.
En Río Gallegos se presentaba a Bonasso, oficiosamente, como coordinador de prensa de Kirchner. Y, por ejemplo, no intercedió para impedir la paliza a un ex sindicalista de la Uocra militante del Partido Obrero, de apellido Di Pierro, apodado Dipi. Desde entonces, Bonasso asume una cerrada defensa de Kirchner que se asemeja a la que Armando Gostanián hacía de Carlos Menem. Pero esto, probablemente, le impidió alcanzar la presidencia de la Comisión de Relaciones Exteriores de la Cámara de Diputados de la Nación.

El Partido Justicialista, que le aceptó muchas veleidades a Kirchner, le impidió esa designación que hubiese fortalecido, por ejemplo, la política exterior favorable a Cuba y a Venezuela de promover casi toda la izquierda que apoya al Presidente.

Horacio Verbitsky es el presidente del Centro de Estudios Legales y Sociales, y reconocido como uno de los protagonistas más importantes de la izquierda. No era ‘kirchnerista’ pero fue buscado por allegados al Presidente desde el inicio. La figura de Verbitsky ayudó a profundizar la relación del Gobierno con la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso), una suerte de think tank progresista que ya tenía a Daniel Filmus como ministro de Educación. Verbitsky apoyó muchas de las iniciativas de Kirchner aunque comenzó a marcas diferencias con la más reciente Carta de Intención elevada al FMI, objetando la no concreción de una reforma impositiva y la no utilización por el ministro Julio De Vido de las recomendaciones de Flacso sobre los servicios públicos concesionados y los contratos a renovar.

En cuanto a la política de derechos humanos, fue quien presionó a Kirchner en varios casos de militares, incluyendo el pedido de relevo del general Roberto Bendini, aunque se mantuvo algo distante en el tema Esma, advertido de que Hebe de Bonafini, con quien tiene mala relación, había tomado control del acto.

La decisión del Ejecutivo Nacional de permitirle a las FF.AA. brindarle apoyo a las fuerzas de seguridad en la provincia de Buenos Aires es un duro traspié para Verbitsky y los enunciados del Cels.

En ese tema, Verbitsky reivindicó el discurso de Marcelo Saín, ex secretario de Seguridad en el inicio de la gestión de Juan Pablo Cafiero; y ha sido crecientemente crítico del gobernador Felipe Solá, pese al buen diálogo que tuvieron en el pasado. Verbitsky ha marcado el discurso del diario Página/12 sobre el tema de la seguridad, y cometió el error de no interpretar qué significa el reclamo de Juan Carlos Blumberg.
Verbitsky comprendió, lo que no ocurrió con Bonasso, los límites del ‘modelo K’, y decidió tomar sus recaudos.

En cuanto a Zaffaroni, tampoco él tenía un conocimiento previo de Kirchner, aunque se convirtió en el símbolo no sólo de un cambio en la Corte Suprema de Justicia de la Nación sino también en una ideología de la interpretación del Derecho Penal, frente a la oposición que el ‘kirchnerismo’ simplificó como el ‘menemismo’ y los partidarios de la ‘mano dura’. Muy probablemente hoy la aprobación legislativa del pliego de Zaffaroni para la Corte Suprema tendría más obstáculos que los que encontró, y su designación marcó los días de mayor poder de Kirchner.

Por diferentes motivos, Bonasso, Verbitsky y Zaffaroni marcaron el ascenso del ‘modelo K’ y hoy indican la confusión y las contradicciones que lo dominan.

La izquierda no comprende a la clase media argentina. Esto quedó marcado con la ausencia de la izquierda en las dos manifestaciones populares más claras en los últimos años de los intereses de la clase media.

La izquierda no estuvo al frente de las reivindicaciones de los ‘caceroleros’ estafados en diciembre de 2001 sino que apareció luego, con el ‘se vayan todos’ que intentó convertir en una suerte de asambleas populares que desgastaron todo el proceso reivindicativo.

Luego, la izquierda prefirió fortalecer el desarrollo de la protesta prebendaria, los ‘piqueteros’, a cuyos líderes les otorgó la falsa categoría de ‘luchadores sociales’, cuando eran meros administradores de la asistencia social gubernamental.
La izquierda tampoco evaluó correctamente la declaración del incumplimiento de los pagos a los acreedores que declaró el Partido Justicialista durante aquel diciembre maldito.

Ni comprendió la perversión de la ‘pesificación’ de enero de 2002, provocando un deterioro futuro sobre la calidad de vida de gran parte de la población. La izquierda acompañó el discurso oficial de que quienes cuestionaban esos acontecimientos eran ‘de derecha’ y partidarios de Carlos Menem. Así la izquierda perdió una oportunidad histórica de ganarle el debate económico a la derecha, que quedó dividida ante la ruptura de la convertibilidad porque los banqueros la repudiaron y los industriales la apoyaron.
La izquierda tampoco irrumpió en escena con los secuestros y la violencia creciente, y no interpretó de qué se trataban las reivindicaciones de Juan Carlos Blumberg, las que confundió con una ofensiva de la derecha.

Es verdad que Blumberg recibió el apoyo de algunos medios de comunicación que ya habían concluido su luna de miel con Kirchner pero también lo hicieron porque percibieron la empatía entre la clase media y la causa de Juan Carlos Blumberg, padre del asesinado Axel.

El análisis del discurso denomina hechos como ese ‘caso mediático conmocionante’. Y se componen de un conflicto coyuntural manifiesto que destapa el conflicto estructural latente. La izquierda K, y varios medios de comunicación relacionados, consideraron la problemática como otro conflicto coyuntural cuando superaba en magnitud al estándar y destapaba el conflicto estructural latente.

La derecha lo sufrió en ocasión del caso Ramallo, y la reacción inadecuada de Eduardo Duhalde, de Carlos Ruckauf y de la Bonaerense que obligó a replantear la política de seguridad en el Gran Buenos Aires. Todavía paga aquel fracaso de septiembre de 1999.

A las autoridades en general les fascina reaccionar frente a cualquier acontecimiento de inseguridad como si fuese un problema coyuntural y odian las cuestiones estructurales, porque los obliga a trabajar.

Pero los problemas de la izquierda con la clase media exceden la cuestión de la inseguridad. El déficit en la provisión de gas y su peligro para la generación de energía eléctrica fue un tema muy sensible para la clase media, que tampoco evaluó debidamente la izquierda K, aferrada a la congelación de las tarifas de servicios públicos hasta la renegociación de los contratos, y sin una comprensión adecuada de los procesos de acumulación de capital y de inversión directa.

Tampoco demostró evaluar con exactitud el corrosivo efecto en la estructura social de la variación de los precios, llamada inflación.

Muy por el contrario, la izquierda K tiene un discurso que considera a la emisión como un mal necesario, a la protección del mercado doméstico como un factor de progreso y a la inseguridad como un problema de los pudientes.

Entonces era comprensiva que 200.000 personas en la calle la confrontaran con sus limitaciones no solo en la convocatoria popular sino en la comprensión de la agenda social, porque para la izquierda K, igual que para el justicialismo ortodoxo, lo social se circunscribe a la entrega de cajas de alimentos, frazadas, colchones y planes Jefas y Jefes de Hogar. Como si la justicia y la seguridad no fueran pilares en la construcción de la sociedad.

El modelo K también afronta ahora los problemas de salud de su líder. Y la necesidad de revisar sus formas de vida, buscando cierta calma, posibilidad lejana para un político que sólo cree que realiza su tarea desde la confrontación, la discusión a veces brutal y nunca pacífica.

Kirchner tuvo problemas estomacales en el pasado. Por ejemplo, fue tratado por una úlcera en su sistema gástrointestinal en 1985.

Daniel Gatti, en su libro Kirchner, el Amo del Feudo, afirma que desde el inicio de su campaña política, "siempre refleja en el cuerpo los miedos" y recuerda que cuando ganó la intendencia de Río Gallegos, el 7 de septiembre de 1987, "durante las últimas y angustiosas horas desde el cierre de los comicios sufrió varios desmayos".
Si lo que ocurrió ahora, en Semana Santa fue estrés, había motivos porque desde la fallida convocatoria popular a la Plaza de los Dos Congresos para el discurso de apertura del año legislativo, el Gobierno acumula reveses.

Las dos visitas a Parque Norte fueron fracasos, lo de la Esma no resultó según lo planificado, el gas en el mercado local y el gas con Chile, y la marcha que, parcialmente, terminó en la Plaza de Mayo, mientras los medios de comunicación comienzan a reflejar lo que antes omitían u ocultaban, y que apuntala la opinión de que Kirchner es más precario de lo que se esperaba.

El giro es inevitable. La cuestión es cómo será el giro, con quiénes lo dará y en qué circunstancias. Una de las razones del giro es la imposibilidad de continuar con la actividad presidencial anterior. Cuando Carlos Menem sufrió su percance quirúgico en la carótida, el impacto en su gestión fue menor porque el estilo de administración consistía desde el inicio en delegar. Pero Kirchner no delega, sino que concentra todas las decisiones y se refugia en un grupo íntimo de apenas media docena de personas. Ni siquiera convocó a una reunión de gabinete nacional desde que gobierna la Argentina, y tampoco Alberto Fernández, jefe de Gabinete de la Nación, la convocó, porque el Presidente podría desautorizar muchas de las decisiones que se tomen en esas circunstancias.

Hay quienes opinan que un Kirchner mermado en su salud puede tener que renunciar a su proyecto de reelección presidencial, que es lo que motiva el despliegue territorial que tanta energía y recursos financieros públicos consume en estos días.
La ciencia ficción podría resultar muy interesante en estas circunstancias. ¿En quién delegaría funciones Kirchner ante una eventualidad? En términos institucionales, el hombre indicado sería Daniel Scioli, el vicepresidente de la Nación, pero Kirchner desconfía de él, en especial porque no sólo tiene un pasado ‘menemista’ sino un presente ‘duhaldista’ y pro-USA. Caso contrario, Alberto Fernández es el jefe de Gabinete, aunque carece de poder real. Luego se encuentra Julio De Vido, ministro de Planificación Federal y para muchos el funcionario más poderoso, pero Kirchner, desde su lecho de enfermo, lo desautorizó en el debate sobre la falta de gas (carencia que Kirchner y De Vido padecieron en la localidad turística de El Calafate durante el jueves de Semana Santa, abundando en insultos, en la intimidad contra la empresa Camuzzi).
Menem superó esas turbulencias con el esquema Menem-Menem, motivo por el que estuvo dispuesto a pagarle el Fondo del Conurbano Bonaerense a Duhalde con tal que aceptara convertirse en gobernador. O sea que aquellos US$ 650 millones anuales fueron la indemnización a Duhalde por ausentarse. ¿Un Kirchner-Kirchner resultaría más sólido? Hay quienes planifican desde hace días un lanzamiento político de Cristina Elizabeth Fernández de Kirchner, pero en el corto plazo no es una alternativa viable, aún cuando ella sea la figura detrás de la que se encolumna la ‘izquierda K’.

Lino Gutiérrez, el embajador de USA en la Argentina, es uno de los que cree que ha llegado ‘la hora del giro’, aunque tampoco se atreve a especular sobre la profundidad del giro. Sí es una de las personas que más defiende la institucionalidad y advierte lo inadmisible que sería forzar situaciones irregulares.

Si el ‘modelo K’ se encuentra fracturado por una acumulación de limitaciones y fracasos, ¿hacia dónde irá ahora K? Un problema es la limitación de Kirchner para afrontar cualquier autocrítica. Otro es su carencia de ideas alternativas cuando desde hace años se autodefine, en lo económico, como un neo-keynesiano o heterodoxo. Y en su intimidad lo condiciona su esposa, preocupada por demostrar que en la política es coherente antes que pragmática. Al parecer, todo seguirá siendo muy difícil.