"Los periodistas son ignorantes, perezosos, sectarios e intelectualmente deshonestos", afirmó hace algún tiempo el dueño de uno de los grupos de prensa más grandes del mundo, Conrad Black, de 59 años.
Vaciamiento editorial involucra a Perle y Kissinger
El 'escándalo Hollinger' recién ha comenzado, y para muchos en su evolución convertira al The Daily Telegraph, el diario de los conservadores británicos, en un matutino de los laboristas.
Hace unos días, fue expulsado del consejo de Hollinger, la empresa dueña, entre otras publicaciones, de los rotativos Chicago Sun-Times y Jerusalem Post, y del venerable baluarte de la derecha británica que es The Daily Telegraph.
La revelación de que Black y sus amigos se llevaron millones de dólares de la compañía en forma de pagos sin justificar provocó un escándalo cuya dimensión y desenlace están aún por determinar.
El escándalo podría acabar por sepultar 150 años de Historia, los que van desde la fundación del Telegraph hasta hoy.
El diario está en venta y a punto de caer en manos de los excéntricos hermanos Barclay, que han convulsionado a la clase política británica sugiriendo que podrían dar un vuelco a su línea editorial a favor del laborismo.
Gran noticia para Tony Blair, pésima para los tories y justo castigo para quien no ha tenido la decencia ni la humildad de acatar las normas del capitalismo que con tanta prepotencia intentó imponer a los demás.
El golpe sería particularmente doloroso para Black en la medida en que poseer el Telegraph era para él mucho más que una buena inversión.
Era un vehículo para adquirir relevancia social y poder.
Lo sabe bien el ex director del diario, Max Hastings, a quien Black reconoció que "las distinciones que la cultura británica confiere a los dueños de los grandes periódicos son motivo de enorme satisfacción".
Sin duda lo fueron para él, pues gracias a ello pudo ver cumplido el que siempre había sido su gran sueño: tener un título nobiliario y acceder al selectísimo club de la Cámara de los Lores.
La historia de su polémica renuncia a la ciudadanía canadiense y ascenso a la aristocracia del único país donde la aristocracia todavía tiene algo que decir comienza a finales de los '90, cuando Black, hijo de un adinerado cervecero, tenía ya en su poder buena parte de los diarios de Canadá.
A esos rotativos los utilizó para fustigar a la que bautizó como "detestable izquierda blanda" encarnada en el 1er. ministro Jean Chrétien, y su Partido Liberal.
Pero Chrétien se vengó: cuando se enteró de que los tories iban a proponer el nombramiento de Black a los Lores, envió un mensaje a Blair que frustró la operación.
Aunque el magnate citó al primer ministro en los tribunales, al final tuvo que optar. Y no lo dudó: vendió sus activos en Canadá y renunció a su patria natal.
E 31 de octubre de 2001, engalanado con un manto rojo adornado con ribetes de piel y del brazo de su adorada Margaret Thatcher, fue nombrado Barón Black de Crossharbour.
Lo cierto es que en una cultura como la canadiense, que valora muy especialmente la modestia, el consenso y la justicia social, era difícil que encajaran la arrogancia, la grandilocuencia y el gusto por la opulencia que desde la infancia han caracterizado a Black.
Quienes coincidieron con él en la Universidad de Quebec no olvidan su Cadillac ni su soberbia.
Tampoco lo hace su profesora de instituto, Laurier Lepierre, quien ha explicado que "la vida de Conrad giraba en torno a la idea de que por una extraña combinación de circunstancias y accidentes, Dios le había otorgado un poder especial. Se veía a sí mismo como un instrumento de la Historia".
Ello explicaría el desprecio que siente Black por los canadienses, a quienes ha calificado como "poseídos por una envidia destructiva, de intimidar a todo quien aspire a ser cualquier cosa mínimamente excepcional". Él aspiraba a mucho más. En palabras del director del Spectator, "a ser invencible, si no inmortal".
Primero llegó el palacete en Toronto, con escudo de armas incluido.
Luego el piso de Park Avenue, más tarde la fabulosa casa en Londres y entonces la propiedad en Palm Beach.
Multitudinarias cenas en el carísimo Le Cirque de Manhattan y 2 jets privados han sido parte de la rutina de este hombre cuyo complejo napoleónico tiene una vertiente inquietantemente real.
Su admiración por el emperador le llevó a convertir el sótano de una de sus casas en un campo de batallas donde dicen que, disfrazado de general, ha librado mil veces su propio Waterloo.
En su huida hacia adelante, Black no ha estado solo.
Su 2da. esposa, la periodista Barbara Amiel, también ha reconocido que "mi extravagancia no tiene límites".
Pero el problema no ha estado tanto en el gusto de la pareja por el despilfarro como en que buena parte del dinero para sufragar ese tren de vida, comparable sólo al del Ciudadano Kane, procedía de las arcas de Hollinger.
De ellas también salieron US$ 260.000 dólares que percibía al año Amiel por sus incendiarias columnas en el Chicago Sun-Times y los US$ 12 millones que costaron los documentos que necesitó Black para escribir las 1.250 páginas de su recientemente publicada biografía de Roosevelt.
El escándalo se desató en noviembre, cuando un inversor exigió explicaciones acerca de una extraña partida de US$ 300 millones que había salido de Hollinger.
Pronto se supo que Black había alcanzado acuerdos con compradores de cabeceras del grupo, por los que se comprometía a no crear ninguna publicación rival a cambio de suculentos pagos que no fueron a parar a Hollinger, sino al propio Black y sus más fieles del consejo.
Entre ellos, el ex secretario de Estado norteamericano, Henry Kissinger, y el hasta hace muy poco asesor de Bush en materia de Defensa, Richard Perle.
La presencia de estos dos destacados miembros del ala ultraconservadora del partido Republicano en el consejo de Hollinger apunta a una de las facetas menos conocidas de la vida de Black.
El magnate ha sido el centro de una trama en la que la promoción de una ideología radicalmente de derechas se ha confundido con la búsqueda más burda del beneficio material personal.
En dicha trama figuran periodistas de renombre como George Will y William Buckley, que en sus columnas han defendido la honorabilidad de Black, sin mencionar que habían cobrado miles de dólares como asesores de Hollinger.
cupación que también han desempeñado pesos pesados de la derecha europea como Margaret Thatcher o Valery Giscard d'Estaing.
Lo moralmente reprobable alcanza ribetes de escándalo cuando se analiza la conducta de Perle.
Siendo consejero de Hollinger, el promotor de la Guerra de Irak cobraba millones de dólares como director de una filial de la compañía.
No sólo eso. Trireme, sociedad que dirige, recibió de Hollinger US$ 2,5 millones sin justificar.
En cuanto a Kissinger, se ha demostrado que un think-tank neoconservador en el que participa percibía anualmente US$ 200.000 pertenecientes a los accionistas de Hollinger.
Ésta es la oscura realidad tras la fachada aristocrática y glamourosa de Lord Conrad Black, quien, por otra parte, no tiene intención de rectificar. Ya ha dejado claro qué opina de quienes han sacado a relucir sus miserias: "Son terroristas".







