Angélica Benítez, la fea más bonita

Angélica Benítez, descubierta por Mauricio Sabogal, director de La Agencia, cuando era cajera de una discotienda, en Italia, es una modelo top, una de las consentidas de Vogue, L’Oréal y Max Mara. De pronto, las mujeres 'diferentes' están de moda, y los colombianos han hecho algunos aportes singulares a la tendencia con su riguroso casting. La clave es tener un sello que marque la diferencia. Ya no resultan interesantes las modelos 'armadas', y es mejor sin cirugías. Karen Carreño, por ejemplo, mide 1,68 metro, pero su exotismo la convirtió en imagen de Guess. Aqui el increible caso de Angélica Benítez.

POR SANDRA PAOLA REAL

Esta mujer de rasgos bruscos y nariz aguileña ha desfilado en las mejores pasarelas del mundo y ha sido portada de importantes revistas de belleza.

Maquillada y vestida como nunca, Angélica se paró en el portal de un restaurante y tuvo que apoyarse en la pared. Las piernas le temblaban mientras caminaba hacia el fotógrafo, quien la esperaba con luces, trípodes, sombrillas y cajas de luz. No logró relajarse, pero con la ayuda de Salvatore Salomone –el fotógrafo–, salió bien librada de la que fue su primera sesión fotográfica. Las únicas fotos que se había tomado hasta entonces eran las del carné del colegio y las del casting de su agencia.

Salvatore le pidió que se acostara en el piso, en plena Calle del Sol, en Bogotá. A partir de ese momento, ella se olvidó de la postura y allí, desde el concreto, el profesional retrató esas facciones únicas que hoy se aprecian en varias revistas italianas y que le valieron una portada de Vogue (Italia, 2003), campañas de Nolita, L’Oreal, Aldo Copolla y el corazón del banquero Andrea Benotti, su esposo.

Las pecas, la nariz aguileña y caída en la punta. Sus ojos inmensos, sus labios carnosos, su cara angulosa, la delgadez, su particular estructura ósea y esos 1,76 metros de estatura que la encaramaron en las pasarelas italianas, fueron su tortura en el pasado.

De niña y adolescente siempre se sintió fea, ignoraba entonces que los rasgos llamados exóticos –los que rompen con los parámetros establecidos y convencionales– son, por lo inolvidables, cada día más apreciados en el mercado de la moda y la belleza. Hoy lo sabe, y lo admite con gracia, mientras juega con un mechón rebelde que le cae por el costado izquierdo de su flequillo.

Cuando caminaba por los pasillos del colegio San Facon, en Bogotá, la mortificaban los apodos con los que la calificaban: Oliva (como la novia de Popeye); niña de Somalia (o famélica somalí), Jirafa (por lo alta, evidentemente) y hasta Salpicada (por sus pecas).

"Para mí era una tortura la clase de educación física. Al ponerme pantaloneta, lo único que se me veían era las rodillas puntudas, ¡Era taaan flaca! Ahora puede parecer tonto, porque era una niña sana, pero en ese entonces era todo un drama", recuerda. (Y pensar que hoy son tantas las jovencitas que sufren ese drama, pero por lo contrario, por no ser tan naturalmente flacas…)

Por esto, Angélica odiaba el espejo. Imaginaba que un día encontraría un tónico mágico, se lo untaría en la noche y al día siguiente las pecas desaparecerían. Tomaría unas pastillas de ‘chiquitolina’, le crecerían los senos y sus pantalones contrarrestarían la ley de gravedad con un poco más de carne…

Disciplina y soledad

Sus complejos la hicieron rebelde y endurecieron su carácter, peleaba contra ella misma, contra su físico ‘endemoniado’. Por eso, a los 17 años dejó su casa, aún recuerda las discretas lágrimas de Margarita, su madre, quien le rogaba que no se fuera.

Luego de cerrar la puerta de su humilde hogar, sus padres se divorciaron. Trataba de no sentirse culpable, pero ella era la mayor de cuatro hermanos y se temía que tarde o temprano esto ocurriría.

Ahora vive en Milán (Italia), pero igual extraña su hogar de antaño, a sus hermanos peleando por el televisor, por los juegos, por no lavar los platos.

"Cuando alguien considera que tiene cualidades como para embarcarse en una carrera de modelo en París, Milán o Nueva York, primero debe aprender la verdadera magnitud de la palabra disciplina y asumir la sazón acre de la soledad", dice mientras se suelta la cola de caballo, mueve un poco su abundante pelo negro, afloja los cordones de sus tenis habanos y confiesa que no se acostumbra a vivir sin su familia.

La casa de ahora dista mucho del cuartito oscuro en donde vivió tras despedirse de su madre y del apartaestudio en el barrio Orquídeas que luego habitó durante casi un año en compañía de una maleta que nunca terminó de desempacar. Se le ilumina el rostro y reubica el mechón cuando rememora esos días de trabajo duro. En Bogotá, atendió una miscelánea, pasó trabajos en computador, sacó fotocopias y terminó validando los dos últimos años de bachillerato.

También trabajó en una videotienda –era la encargada de recomendar películas, siempre la tentaba La noche de los lápices– y vendió discos en Tower Records. Estaba segura de que la contrataban por buena trabajadora, jamás temió recibir propuestas indecentes de su jefe o de sus compañeros de trabajo, "es que era una tabla, por delante y por detrás"… Pero hoy, a sus 23 años, entendió que esa es su esencia, lo que la hace tan especial.

¿Modelo de qué?

Mauricio Sabogal, director de La Agencia, la detectó una tarde en Tower Records.

Le llamó la atención ese rostro, sin gota de maquillaje, del que sobresalían rasgos tan diferentes. Ese día, el "Cero", como ella lo llama, mientras ordenaba una sección de discos sintió la mirada insistente de dos hombres. Ella, que no sabía lo que era un piropo, se puso muy nerviosa pues llevaban más de 15 minutos contemplándola y no le quitaban la mirada de encima. Sabogal se acercó temblando, con una tarjeta en la mano y le preguntó si era modelo. Ella se rió, por dentro y por fuera. "¿Yo, modelo de qué?"

La tarjetica blanca permaneció en el morral de Angélica durante dos meses. Una noche, mientras ordenaba sus cosas, se topó con ella y le contó a su mejor amigo de la extraña propuesta. Él le aconsejó que probara.

En varias ocasiones estuvo tentada de ir, pero siempre la lluvia, la pereza, un café, o lo que fuera, se lo impedían. Hasta que una tarde, vestida con ropa que le prestó su hermana (los pantalones le quedaban un poco altos y los zapatos no eran cómodos), por fin se atrevió. Le tomaron unas fotos, las manos le sudaban y no sabía posar. Y aunque su sonrisa no podía ser más fingida, dos días más tarde la llamaron: tenía su primer trabajo. Se sintió liberada. ¿Era bella? Era otra…

Dura competencia

Angélica nunca había montado en avión, la primera vez fue en diciembre del 2002. Aterrizó en el aeropuerto Charles de Gaulle, de París, con mucho frío, mareada y sin hablar ni una pizca de italiano, inglés, francés o cualquier otra lengua diferente a la española.

De allí viajó a Milán, donde vivió con una rumana (hoy una de sus mejores amigas) y una rusa en un apartamento de 50 metros cuadrados. La comunicación no era fácil, pues ninguna hablaba inglés u otra lengua diferente a la materna. "Nos daban un mapa, el book y había que salir a caminar para hacer los castings. Uno tenía hambre, así que tocaba aprender a comunicarse, si quería trabajar", recuerda.

En el apartamento, sus roomates (que iban y venían) devoraban su comida, se ponían su ropa y usaban su maquillaje (sin devolverlo). Debía mantenerse con 50 euros a la semana y gran parte del dinero lo gastaba en llamadas a Sabogal, pidiéndole que la enviara a Londres o a donde fuera.

En carne propia padecía las inclemencias de los cambalaches culturales, hasta que por fin apareció un retrato de su rostro en una valla gigantesca, que anunciaba un producto para el cuidado del pelo. Arrancó así, por fin, su carrera en Europa, aunque también un camino pedregoso…

Continúa luchando por conseguir contratos y haciendo filas larguísimas para hacer castings, con mapa y book en mano, sólo que ahora es a un nivel más complicado pues modelos interesantes y profesionales como ellas hay muchas, la competencia es abierta.

Tiene también que lidiar con 'privilegios' de doble filo, como la costumbre en Italia de ofrecer cenas y rumba gratis para las modelos en los mejores sitios. Lo espinoso es que, como nada es realmente gratis en la vida, las agencias se benefician de esto: las beldades van a mesas preseleccionadas (de millonarios), trabajan como acompañantes y reciben una remuneración. "Hay que tener la mente muy estructurada para no caer y también para no usar drogas", dice.

Andrea Benotti, a quien conoció recién llegó a Europa durante una fiesta en la que los presentaron (él no hablaba ni gota de español, ella tampoco inglés o italiano, o sea que el asunto fue de pura química), le propuso matrimonio al año de conocerla, luego de que ella regresara a Colombia (por asuntos de visa). Ya llevan dos años juntos.

Angélica no se siente especialmente seducida por el mundo de las top models. Más bien la tientan la historia y la arquitectura. Todavía no se ha cansado de asistir a castings y de hacer filas. Tiene claro que la vida de una modelo es corta y que pronto su reloj biológico le pedirá un hijo. Continúa madrugando, leyendo mucho, viajando en compañía de su amado Andrea y sintiéndose cada día más bella cuando se mira en ese espejo que ahora no le falta en la cartera.