VICTORIA INSÓLITA

Relato de una hincha en Porto Alegre: "Es tan hermoso que es traumático"

La suerte puede cambiar de un momento a otro. Te sacude. Imagino que los hinchas de Gremio también estarán sacudidos. Recuerdo una cosa que alguien me dijo una vez: nunca hay que abandonar el barco, porque la vida te sorprende siempre, para bien y para mal. Lo que es inmutable es que habrá sorpresa. Pienso en todo el sufrimiento que hay en el mundo. Pero también hay estos momentos.

Nunca un partido me dejó tan claro como el de anoche que nada está perdido hasta el último minuto. Cuando estábamos preparándonos piscológicamente para volver a casa con una derrota, todo cambió de repente. Durante toda la noche había parecido que todo estaba contra nosotros, la pelota no entraba. Y de repente, todo pasó a estar a favor nuestro en un segundo. Yendo a ver a River a Porto Alegre, recordé cuando veo pasar esos micros de hinchas visitantes camino al Monumental. Hinchas de equipos recónditos de ciudades perdidas en el continente, que yo no sabía que existían hasta que nos toca jugar contra ellos. Veo pasar 2 o 3 micros rodeados por motos policiales bajando por Congreso y pienso: ¿qué están haciendo acá? ¿Por qué se habrán venido de tan lejos, sabiendo que lo más probable es que se vayan habiendo visto a su equipo perder? Al aterrizar en Porto Alegre, me sentí, por primera vez en mi vida o al menos en mucho tiempo, visitante. Pensé que los brasileños nos verían a nosotros como yo los veo a los que vienen a Buenos Aires. ¿A qué vendrán estos Gallinas, sabiendo que tienen todas las de perder contra el Gremio?

Fui con mi papá, mi tío, mi hermano, mi primo y el cuñado de mi tío. Ya desde que subí al avión, la experiencia de ser la única mujer entre tantos hombres es un poco extraña. Por suerte, había algunas otras mujeres en el avión, todas adornadas con su paranafarnalia de River. Me encanta ver cómo las mujeres que son futboleras, se las ingenian para transformar el atuendo riverplatense en algo femenino. Aterrizamos en Porto Alegre pasado el mediodía del martes y lo primero que percibo es un calor pesado y húmedo. Se siente al instante que estamos más cerca del trópico. Caminamos un poco por sus calles céntricas, tratando de captar algo del lugar en esta especie de turismo exprés. Pienso en lo hermoso que es viajar, aunque sea por un día. Al igual que lo que sentí en el partido, que nada está perdido hasta el último minuto y que cada instante cuenta porque a cada instante todo puede cambiar, también pienso que un viaje, salir del país y de la rutina de uno, aunque sea por un día, vale. Volar una hora y media para estar un ratito en otro lado, también es una vacación. Y también es una forma de conocer un lugar. Una forma un poco rara, pero una forma al fin.

Dos cosas me impactan de las calles de Porto Alegre. En primer lugar, acá ya florecieron los jacarandás. En Buenos Aires estamos al borde de que suceda. Me sorprende descubrir que en otras partes del mundo, la naturaleza va a otro ritmo y la floración del árbol que amo y espero todo el año, ya sucedió. Porto Alegre ya está cubierta de la hermosa flor lavanda. Pero a diferencia de Buenos Aires, acá hay otra planta trepadora que cubre los troncos de los jacarandás, haciendo el paisaje aún más majestuoso. En los climas calurosos, la flora es más frondosa y despiadadamente viva. Arrasa. Lo segundo que me impacta es la elegancia y belleza de las mujeres. Son todas lindas, muy "charmosas", como dicen los brasileños. Pasan caminando orgullosas con sus tacos. Hace una hora que estamos caminando por Porto Alegre y pude observar, en este corto tiempo, algunos pequeños detalles que me llamaron la atención, como por ejemplo un cartel que publicita los servicios de la "Detective Aline", para casos de traición o fraude laboral, promete obtener "pruebas irrefutables". Otra cosa que me llamó la atención es que acá existe una torta de mi postre favorito: banana con dulce de leche. Es que a los brasileros les gusta todo así, todo mucho, todo exagerado. Siempre pensé que en este país la vida se manifiesta de manera exagerada, con la sensualidad, el fútbol, el baile, el goce de la vida; y también cuando hay tragedias siempre son las peores tragedias del mundo.

Después de este ratito de estar acá, ya necesito encasillar a esta ciudad en alguna de las categorías que conozco. No se me hace demasiado parecida a otras ciudades brasileras que conocí. No se me hace tan Brasil como Río de Janeiro. La siento Brasil pero con un toque de Montevideo o de Buenos Aires. Cuando estuve en Montevideo, algo me resultó siniestro: la ciudad me pareció la "doppleganger" de Buenos Aires. Doppleganger quiere decir un fantasma tuyo pero que está vivo, es una expresión que usan en Estados Unidos para describir a alguien que se te parece tanto que podría ser tu doble. Porto Alegre no se me hace lo suficientemente parecida a Buenos Aires ni lo suficientemente diferente como para poder clasificarla. Queda en el limbo. Pero ahora vayamos al partido.

Nos subimos al micro a eso de las seis de la tarde para enfilar hacia el estadio. La odisea para llegar empieza cuando el sol está cayendo en Porto Alegre. El camino es una postal de abandono total: parece una ciudad fantasma. Cuanto más nos acercamos al estadio, más feo se pone. Lleno de fábricas abandonadas, escrachadas con mensajes en aerosol, no hay gente en la calle y pareciera no haber alumbrado público alguno. Apenas de algunas pocas ventanas, de algunos edificios, sale luz. El tránsito nos hace ir practicamente a paso de hombre. Esperamos otro buen rato en una parada de colectivo hasta que llegue la policía, que nos escoltará hasta el estadio. Al acercarnos, el escenario se va pareciendo cada vez más a una villa. El micro apaga la luz y nosotros cerramos las cortinas, para camuflarnos en la noche. Yo me siento cada vez más visitante.

La parte que odio de ir a la cancha: cuando nos tenemos que apretar todos para poder pasar por espacios mínimos. Me falta el aire, siento miedo de que me aplasten. Se escuchan tiros o fuegos artificiales cerca, no sabemos. Del caos generalizado caemos en nuestros asientos. Gremio nos recibe en su cancha mostrándonos un video de un partido Gremio-River de hace algunos años, cuando nos metieron 4 goles. El locutor que presenta a los jugadores también nos deja en claro dónde estamos: cuando nombra a los jugadores de River, lo hace en tono normal, informativo. Cuando es el turno de "Maikon" y "Everton", los pronuncia con un entusiasmo profuso que es festejado por los hinchas gremistas. "¿Qué preferís? ¿Que River gane pero después nos peguen a la salida, o que River pierda pero salgamos ilesos?". Este tipo de preguntas comparativas nos la pasamos haciéndonos con mi hermano. "Si me pegan, pero no me matan ni me dejan daños permanentes, que River gane y me peguen."

Pero River no gana. Intenta, sale a jugar con todo pero la pelota no entra. En el minuto 36, Gremio mete gol y un manto de oscuridad cubre mi corazón: ¿mañana tendré que ir a trabajar, sin dormir, y con esta derrota encima? Pasan los minutos y cada vez nos da más bronca: el arquero de ellos, cada vez que toca la pelota, se queda 5 minutos en el piso. No es solo él: la cancha entera parece preparada para el teatro. Dos paramédicas que salen corriendo apuradas a buscarlo, el arquero suplente que se pasa todo el partido precalentando como si estuviera por entrar. Es una derrota que se siente injusta. Pero Gremio sabe a lo que juega. Ya nos lo hicieron en el partido de ida: si ganan, no tengo dudas, es gracias a esta tortura psicológica de dominar el tiempo, y de tardar 10 minutos cada vez que hay que sacar, sin inmutarse ante los silbidos o insultos. El dueño del tiempo es el amo.

En el entretiempo, intento encontrar algo bueno en que nos hayan metido un gol. Pienso que quizás River jugará más relajado ahora, más por la diversión o el desafío de dar vuelta algo que ya parece perdido. Recuerdo que todo en la vida es un proceso, que nada es ya. Yo quisiera ya estar ganando pero de este momento también hay que aprender. Y todo puede suceder. Y sucederá. Sucedió. En un momento, no sé cómo, no tengo idea de cómo hizo para entrar esa pelota, pero River metió un gol, profanando el arco que parecía impenetrable. Lo imposible, pasó. A partir de aquí, todo es insólito. Difícil de creer. Hasta el momento no lo creo. Vuelvo a mirar el video del momento previo al penal, cuando el Pity se preparaba para patear, y otra vez me da nervios, otra vez se me estruja la panza como si todavía no supiera si va a entrar o no. Es que todavía no lo puedo creer. Todavía no puedo creer que metimos un gol, que lo dimos vuelta, que fue penal y que entró. Hoy me desperté para emprender la vuelta a casa, luego de haber dormido 2 horas, y recién a los pocos minutos de despertarme, lo recordé: River ganó. Cuando todo parecía perdido. Cuando ya estaba intentando hacerme a la idea de que River perdió, River ganó. Es tan hermoso que es traumático. La manera en que tu suerte puede cambiar en un minuto. Te sacude. Imagino que los hinchas de Gremio también estarán sacudidos. Recuerdo una cosa que alguien me dijo una vez: nunca hay que abandonar el barco, porque la vida siempre te sorprende, para bien y para mal. Lo que es inmutable es que habrá sorpresa. Pienso en todo el sufrimiento que hay en el mundo. Pero también hay estos momentos. 

Anoche recé, lloré, canté las frases que nunca canto porque no me gustan. No me gusta cantar que "vamos a matar" a alguien, no me identifica gritar que "nos los vamos a cojer". Pero anoche yo también cante: "Este es el famoso River, el famoso River Plate... Bájense los pantalones...". Entendí que es parte de un juego. Le grité unas cuántas veces, ya casi sin voz: "¡Ahora caete, caete ahora!", al arquero del Gremio, después de los 2 goles, cuando el eterno herido ya no se caía más. Me abracé tan fuerte con mi papá, con mi tío, con mi hermano, con extraños. Me gusta el fútbol porque me enseña, una y otra vez, que no hay nada más importante en la vida que aguantar, tener aguante. Anoche, en el micro de vuelta, resonaban en mi cabeza estas palabras del poeta Almafuerte

"No te des por vencido, ni aun vencido,
no te sientas esclavo, ni aun esclavo;
trémulo de pavor, piénsate bravo,
y arremete feroz, ya mal herido.

Ten el tesón del clavo enmohecido
que ya viejo y ruin, vuelve a ser clavo;
no la cobarde intrepidez del pavo
que amaina su plumaje al menor ruido.

Procede como Dios que nunca llora;
o como Lucifer, que nunca reza;
o como el robledal, cuya grandeza
necesita del agua y no la implora…

Que muerda y vocifere vengadora,
ya rodando en el polvo, tu cabeza!"

Ya por subir al avión, le pregunto a mi hermano: "Si se cae el avión ahora, ¿valió la pena?" Mi hermano no lo duda.