FALLECIÓ A LOS 45 AÑOS

25 años sin Freddie: De 'El secreto de su voz' al de su enfermedad (y una carta reveladora)

Un 24 de noviembre pero de 1991, una de las voces más poderosas del mundo se apagaba, cerrando una etapa muy influyente. Farrokh Bulsara, conocido como Freddie Mercury, líder de 'Queen', fallecía luego de una larga lucha contra el SIDA, diagnosticado después de las Pacuas de 1987 a los 45 años. Aunque intentó mantenerlo en secreto, la presión de los medios anunciaba lo que años más tarde se confirmó una vez muerto. Dueño de un fenómeno físico llamado subarmonía, similar al canto de garganta tuvano, Mercury dejó éxitos como 'Bohemian Rhapsody', 'Somebody to love' y 'Don't stop me now', pero un 22 de octubre de 1994, su pareja de entonces Jim Hutton escribió una carta sobre sus últimos minutos, que de seguro recorrió tantos países como lo hicieron sus canciones.

Hace 25 años, Freddie Mercury, se apagaba. Ocurrió un 24 de noviembre de 1991 en su mansión Garden Lodge, en Kensington.

Toda una estrella, jamás permitió que se oficializara el SIDA que lo acosaba desde 1987, por lo que la prensa decidió emprender investigaciones y mientras intentaba mostrarse vital y rejuvenecido, los medios ingleses -como The Sun- insistían que se en realidad estaba atravesando una enfermedad muy dura y sin retorno.

Sin embargo, la realidad era inevitable, por lo que el 22 de noviembre de 1991, Mercury llamó al mánager de Queen, Jim Beach, para discutir un asunto público. Al día siguiente, se realizó el siguiente anuncio en nombre del cantante:

"Siguiendo la enorme conjetura de la prensa de las últimas dos semanas, es mi deseo confirmar que padezco SIDA. Sentí que era correcto mantener esta información en privado hasta el día de la fecha para proteger la privacidad de los que me rodean. Sin embargo, ha llegado la hora de que mis amigos y seguidores conozcan la verdad y espero que todos se unan a mí y a mis médicos para combatir esta terrible enfermedad. Mi privacidad ha sido siempre muy importante para mí y soy famoso porque prácticamente no doy entrevistas. Esta política continuará".

Sin embargo, a sólo dos años y once meses de cumplirse la fecha de su muerte, su pareja Jim Hutton se cansó de las especulaciones y versiones sobre cómo habían ocurrido los hechos, por lo que publicó esta carta en The Guardian un 22/10/1994:

"Contrariamente a algunas noticias en la prensa de la época, el dormitorio de Freddie nunca se convirtió en un minihospital.Tenía un gotero a su derecha por si necesitaba una transfusión de sangre, pero todo lo demás de la habitación estaba exactamente como había sido siempre. En los últimos días Freddie dejó de comer alimentos sólidos, sólo comía frutas y bebía zumos (…).

La mañana del jueves 21 de noviembre fue un día muy triste para mí. Fue la última vez que Freddie apareció en la ventana de su habitación gritando 'cooee' y yo sabía que el final estaba muy cerca. Esa noche tuve especial cuidado de él. Se quedó dormido y me acosté a su lado en la cama. Sólo tenía que darme suavemente con el codo y ya estaba despierto para lo que quisiera.

Al amanecer ya estaba despierto, tranquilamente viendo la televisión. Freddie estaba todavía dormido, acurrucado en mi brazo y aferrándose a mi mano. De vez en cuando me la apretaba suavemente. '¿Me quieres?', me preguntó al despertar. Hoy más que nunca necesitaba oír lo mucho que le querían. 'Sí, te quiero', susurré y le besé en la frente. (…) Freddie durmió durante gran parte del día siguiente y por la tarde subí a verlo. Estábamos acostados en la cama cuando me preguntó qué hora era.– 'Son las ocho"', le dije.– 'Pronto el mundo entero lo sabrá', suspiró mirándome con ojos tristes. Este fue el primer indicio de que había algo que estaba pasando.

'Cuando Freddie asintió con la cabeza me fui abajo y le conté a Joe [Fannelli, ex amante y cocinero de Mercury] lo que me había dicho. Confirmó que se había preparado un comunicado explicando su condición. Estaba previsto que se emitiera a medianoche. Yo no tenía que ocuparme de Freddie el sábado por la noche, sino Joe. Pero se había ido al gimnasio, luego a tomar una copa y ya no apareció. Estaba con Freddie en su habitación alrededor de las 10 cuando se agitó terriblemente. No dejaba de preguntarme dónde había ido Joe.– '¿Por qué, cuál es el problema?', pregunté.– 'Bueno, tengo que tomar mi medicina'– 'Oh, eso no es un problema', contesté. 'Te puedo dar yo las pastillas. ¿Cuáles son?'. Él sabía exactamente cuáles eran las tres o cuatro que necesitaba. Analgésicos. Había estado tomando AZT, pero lo dejó junto a todas las demás. (…)

Freddie se despertó de nuevo a las seis de la mañana y pronunció lo que serían sus últimas palabras: 'Pis, pis'. Quería que le ayudara a ir al baño. Estaba terriblemente débil y tuve que llevarle en brazos. Al colocarle de nuevo en la cama oí un crujido ensordecedor. Sonaba como un si se le rompiera algún hueso, partiéndose como la rama de un árbol. Gritó de dolor y le dio una convulsión. Llamé a Joe a gritos. Le necesitaba para sujetar a Freddie a la cama para dejar de hacerse daño a sí mismo.

Con los años, Joe había visto Freddie tener un ataque de ansiedad tras otro y sabía exactamente cómo manejarlo, sujetándolo hasta que la ansiedad cedía. Le dijo: 'Freddie, cálmate'. Entonces Freddie lanzó su mano directa a la garganta de Joe. Era como un hombre que se ahoga luchando por conseguir un poco de aire. Joe se liberó de las garras de Freddie y, finalmente, le calmó. Luego, exhausto por el esfuerzo, Freddie se quedó rápidamente dormido. Llamamos al doctor Atkinson, que se acercó y le dio una inyección de morfina que le ayudara a tirar adelante. Joe me dijo después que Freddie era alérgico a la morfina, pero a estas alturas ya parecía no importar.

Mary [Austin, su mejor amiga] llegó más tarde y nos reunimos en la cocina, a la espera de escuchar el pronóstico del doctor Atkinson. Nos dijo: 'Freddie probablemente durará hasta el jueves'. Joe y yo nos miramos el uno al otro. Ambos sabíamos que no podría durar tanto. (…) El doctor Atkinson se quedó en casa toda la tarde y se fue poco después de las seis y media. Le di las gracias por haber estado tanto tiempo, le vi salir y luego volví a entrar para estar con Freddie.

Pidió ir al baño. Después de las terribles convulsiones que había tenido por la mañana después de ir al baño, no me atreví a lidiar con él otra vez con una sola mano. Corrí escaleras abajo y me encontré a Phoebe [seudónimo de Peter Freestone, que ayudaba al cuidado personal de Mercury]. Cuando llegamos al piso de arriba, Freddie había mojado la cama. Phoebe me miró y preguntó: '¿Cambiamos las sábanas?'– 'Más vale', contesté. 'Si no lo hacemos y se despierta y se pondrá de mala leche'. No sé por qué dije eso, tal vez fue mi subconsciente tratando de hacer ver que las cosas eran menos graves que la realidad. Phoebe comenzó a cambiar la cama mientras yo me ocupaba de Freddie. Cuando le estaba poniendo una camiseta limpia y un par de calzoncillos, sentí que trataba de levantar la pierna izquierda para ayudar un poco. Fue lo último que hizo. Bajé la vista hacia él, sabiendo que estaba muerto.

– 'Phoebe', grité. 'Me temo que se ha ido'. Puse mi brazo debajo del cuello de Freddie, lo besé y lo abracé. Sus ojos seguían abiertos. Recuerdo la expresión de su rostro y cuando me voy a dormir cada noche aún está ahí, frente a mí. Estaba radiante. (…) Detuve la manecilla del reloj de cuerda que estaba junto a la cama. Se lo había regalado a Freddie porque me dijo que siempre había querido uno. Ponía que eran las siete y 12 minutos. Nunca lo he vuelto a poner en marcha".

El secreto de su voz

El científico austríaco Christian Herbst filmó junto a su equipo a un cantante de rock imitando el tipo especial de voz de Mercury y sacaron imágenes de su laringe con una cámara de alta velocidad a más de 4.000 cuadros por segundo, concluyendo que en su etapa más excéntrica, llevó su sistema vocal al límite.

"Mercury era un barítono que cantó como tenor con un excepcional control sobre su técnica de producción de voz", reveló la investigación, en contraposición a muchos otros estudios que aseguraban que la gama vocal del inglés era normal, propia de un adulto sano.

En las imágenes encontraron fue un extraño fenómeno físico llamado subarmonía, similar al canto de garganta tuvano, propio de una etnia siberiana, en el que no solo las cuerdas vocales vibran, sino también unas estructuras de tejido llamadas pliegues ventriculares, que normalmente no se utilizan para hablar ni en el canto clásico. Mercury también se distinguía por su característico sello de vibrato, una variación rápida y ligera en el tono. La mayoría de los cantantes de pop/rock mantienen un vibrato regular, mientras que el suyo era irregular e inusualmente rápido, recopiló un artículo de 'Muy interesante'.