LA OTRA MUERTE DE ADOLFO SUÁREZ

Hipocresías, traiciones y abandonos de políticos y empresarios

El caso del español expresidente Adolfo Suárez permite introducir otras situaciones similares, donde quienes no rindieron honores en vida pretenden adueñarse del ataúd, el velatorio y el sepelio. En el caso de Suárez, quienes conspiraron contra él, ahora pretendieron rasgarse las vestiduras y arrojarse ceniza en sus cabezas. En el ranking de las hipocresías, empresarios y políticos siempre llevan la delantera, y Suárez los padeció. Aquí 2 lecturas que ayudan a comprender de qué estamos hablando, y sirva el caso para sociedades como la argentina:

 
Han sido legión –periodistas y políticos– los que ayer se acordaron del arzobispo, poeta y escritor, Fenelón, y pensaron, como lo hizo el intelectual francés, que “una hermosa muerte honra toda una vida”. En otras palabras: demasiados han supuesto estos días que los ditirambos del obituario podrán soslayar (y redimir) el relato de las canalladas políticas y personales de las que Adolfo Suárez fue víctima entre 1976 y 1981. Quizás, el único deseo del expresidente fallecido –y si el lector sigue leyendo, sabrá por qué– hubiese sido el que expresó Philip Dormer Stanhope, cuarto conde Chesterfield, en Cartas a su hijo: “Lo único que quiero para mi entierro es no ser enterrado vivo.” Eso fue lo que le ocurrió, sin embargo, a Suárez.
 
Manuel Conthe, en el diario Expansión, escribió ayer ("Los instantes de Suárez"), con la sinceridad que le caracteriza, lo siguiente: “Suárez resistió con entereza esa difusa coalición negativa de agraviados y críticos, a los que se unieron muchos políticos de su propio partido, pero, por lo que parece, se sintió obligado a dimitir cuando el propio Rey se sumó a ella”. Luego, el que fuera presidente de la CNMV reconoce que el respeto y la admiración hacia Suárez  le fueron negados colectivamente “hasta aquel gallardo instante del 23-F”, cuya anatomía, en obra magistral, diseccionó Javier Cercas.
 
Ayer, sin embargo, la “coalición negativa” –en afortunada expresión de Conthe– no dio señales de autocrítica. Hubo algunas excepciones: Miquel Roca asumió en El País en su artículo titulado "Pactar incluso la discrepancia" que “con Suárez no lo hicimos bien; no le tratamos como se merecía”. Y Raúl del Pozo, en El Mundo escribió: “Le apoyé porque no hubo español más difamado que él después de la muerte de Franco. Le silbaban en la zona nacional, le llamaban traidor, tenía que bajar la ventana de humo para que no le insultaran.”
 
Por supuesto, quedó de manifiesto que Suárez fue tratado injustamente durante muchos años, pero nadie dio nombres, contó circunstancias ni relató episodios. Los miembros, muchos, de la “coalición negativa” contra Suárez –que empezó por los más próximos, todos mejor colocados que él tras el colapso de UCD en 1982– se cubrieron unos a otros para que sólo emergiese un elogio abrumador de esos que Aristóteles consideraba “agradecimientos que envejecen rápidamente”.
 
De la caída de Suárez en 1981 muchos sacaron réditos: el Rey se sintió plenamente legitimado con un Gobierno de la izquierda que duró trece años bajo el mandato de Felipe González (1982-1996); los centristas de UCD, se recolocaron en los mullidos asientos –al menos desde el inicio de los años 90– del PP, heredero de Alianza Popular; los posfranquistas perpetraron la venganza que acariciaban desde 1976; los nacionalistas vascos, que ayer fueron transparentes porque apenas se les vio en el homenaje al expresidente fallecido, no entonaron el mea culpa por el boicot que dedicaron a Suárez cuando viajó al País Vasco en 1980 (en los ayuntamientos no le recibieron, y el mismísimo diputado general de Vizcaya se negó a saludarle), la dirigencia de CiU fue correcta –tardó en reaccionar el domingo, pero Artur Mas se presentó ayer en el Congreso– y la izquierda de Cayo Lara parecía perdida en el ritual de Estado con el que se despidió civilmente al expresidente.
 
“Los políticos han acabado cociéndose en las cloacas de Madrid”
 
Adolfo Suárez era perfectamente consciente de que el sistema que él había colaborado decisivamente a erigir ("Suárez, un hombre instrumental") le había expulsado de su entraña. Siendo este cronista director de ABC, en 2007, la gran periodista Josefina Martínez del Álamo me propuso sacar de los cajones algunas entrevistas que, por circunstancias varias, no se pudieron o quisieron publicar. Entre ellas, una –de valor testimonial incalculable– que ella había hecho a Adolfo Suárez en 1980, dos meses antes de su dimisión. Era una entrevista tan sincera y desgarradora que los colaboradores del expresidente vetaron su publicación. Nadie pudo impedir que, diecisiete años después, ABC la sacara a la luz. Y lo hicimos. Ayer, el diario, con muy buen criterio, la volvió a publicar.
 
El texto de la entrevista demuestra muchas cosas (además de la capacidad periodística de Josefina Martínez del Álamo), pero sobre todo la amargura de Suárez. “La clase política le estamos dando un espectáculo terrible al pueblo español”, decía el abulense. “Nadie intenta hacer crítica objetiva de las actuaciones políticas con independencia de los partidos”. Y añadía: “Yo no tengo vocación de estar en la Historia. Además, creo que ya estaré, aunque ocupe una línea, pero eso no compensa”. Lanzaba una seria acusación: “Los políticos están cada día más separados del pueblo…porque han acabado todos cociéndose en la gran cloaca madrileña”.
 
Hablaba también del pueblo español con enorme pesimismo: “¡El desencanto! Yo no creo que el pueblo español haya estado encantado jamás. La historia no le ha dado motivo casi nunca”. Y se refería a él mismo de modo deprimido: “Soy un hombre absolutamente desprestigiado… yo sólo digo que me juzguen por mis obras, que no son todas deleznables”, y abordaba una autocrítica: “Hemos hecho creer que la democracia iba a resolver todos los grandes males que existen en España y no era cierto”, pero también fabuló una profecía: “La transición española dará un ejemplo al mundo. El símbolo es que sean amigos personas de partidos diferentes”. Y una confesión: él siempre quiso ser presidente del Gobierno, pero “eso satisface el primer año. Luego no llena lo suficiente porque entran en juego otras cosas más importantes”.
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No puedo resumir mucho más aquella entrevista que permaneció en un cajón de ABC más de tres lustros porque a los colaboradores de Suárez, cuando se les envió la transcripción, les pareció “demasiado sincera”. Josefina Martínez Álamo porfió años y años por obtener nuevas declaraciones de Suárez, y de no ser por su memoria y profesionalidad ABC no habría publicado su texto con el expresidente en 2007. Fallecido Suárez, sus palabras dos meses antes de la dimisión en febrero de 1981 ofrecen la auténtica temperatura emocional del hombre sobre cuyo féretro, sin autocrítica de los contra él coaligados, se derramaron todos los ditirambos. La relectura de la entrevista de Martínez del Álamo –que me impresionó cuando la publiqué en 2007 y que me indignó entonces– volvió ayer a golpearme.
 
En el Salón de los Pasos Perdidos del Congreso, hubo sincera emoción, un silencio denso y respetuoso y una casi viscosa mala conciencia por la comisión de traiciones, ya sin otro remedio que el obituario, el homenaje y las cabezadas de muchos que, por higiene democrática y por salubridad histórica, debieron reconocer que no estuvieron a la altura de las circunstancias, porque ni Suárez (¿Fuentes Quintana?, ¿Torcuato Fernández Miranda?, ¿Fernando Abril Martorell?, ¿Gutiérrez Mellado?) fue el político tridimensional, único e incontestable que reflejaban la mayoría de las necrológicas ni el villano en que lo convirtieron los miembros de esa “coalición negativa” a la que se refería Conthe.
 
Y que quizás Gregorio Morán –un periodista para minorías pero de una impertinencia depuradora que semanalmente publica en La Vanguardia sus artículos bajo el epígrafe de Sabatinas intempestivas– supo describir en dos libros biográficos, ácidos e iconoclastas que cobran hoy más sentido: Suárez. Historia de una ambición (Planeta 1979) y Adolfo Suárez. Ambición y destino (Debate 2009). Sin demérito de otras obras –de Victoria Prego, de Fernando Ónega, Manuel Campo Vidal– que han ayudado también, aunque de manera distinta, a descubrir las entretelas de un hombre que hizo de su normalidad –intelectual y vital– su grandeza. Y que mantuvo ese silencio digno que le ha acompañado hasta la tumba. De Suárez no habrá ni memorias, ni notas, ni diálogos. Y no creo que fuese olvido por la amnesia de la enfermedad, sino por la generosidad de su espíritu. 
 
 
 
 
Contaba hace algún tiempo el empresario Celso García, conocido por ser el fundador de unos grandes almacenes de la calle Serrano, una anécdota deliciosa. En una ocasión, al principio de la Transición, fue a visitar a Suárez al palacio de la Moncloa, y allí estuvo durante bastante tiempo esperando a que saliera de su despacho el presidente del Gobierno. Pasaban los minutos y seguía esperando. Hasta que en un momento vio que quien abandonaba la sala era el canciller alemán Willy Brandt. Unos segundos después, quien dejaba su despacho era Adolfo Suárez, que al ver al empresario le dijo:
 
– ¿Has visto quién ha salido?
 
– Sí,– respondió Celso García.
 
–Pues yo soy más socialdemócrata que él, –le espetó Suárez*.
 
Con estos antecedentes, no es de extrañar que los empresarios le pusieran la proa al presidente del Gobierno casi desde el primer día.
 
Y es que la estrategia de acoso y derribo contra Suárez tuvo varios frentes: la extrema derecha que buscaba la involución política; el terrorismo etarra con decenas de asesinatos cada año; su propio partido (con Herrero de Miñón como el jefe de los jóvenes turcos que querían asaltar el poder del sultán) o la durísima oposición parlamentaria que ejerció el PSOE. Pero también tuvo que resistir una presión mucho más sutil –aunque efectiva– que practicaron los empresarios de la CEOE contra el expresidente, a quien consideraban un “izquierdista”, como le llegó a calificar Max Mazín, el fundador de una de las patronales madrileñas en los albores de la democracia. Sin duda, porque la élite empresarial había apostado por Manuel Fraga como sucesor de ese cadáver político que por entonces era ya Arias Navarro.
 
Reunión en el restaurante Mariscal
 
Como se sabe, el elegido por el rey fue Suárez, pero ya unos días antes de su elección en la célebre terna ("Estoy en disposición de ofrecer al rey lo que me ha pedido", dijo Torcuato Fernández-Miranda tras incluir su nombre en la lista) un grupo de notables reunido en torno a la Agrupación Empresarial Independiente (AEI) se había reunido con Fraga en el restaurante Mariscal, de la calle Ayala, de Madrid. El grupo lo formaron diez empresarios (el propio Mazín, José Meliá, Celso García o Eduardo Bueno), que a la vista de la voladura de los sindicatos verticales querían conectar con la derecha política, por entonces encarnada en la figura de Fraga.
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Aquel encuentro se celebró el 21 de junio de 1976, días antes del nombramiento de Suárez, quien recibió el encargo de presidir el Gobierno el 3 de julio. Sólo dos días después, y ya con Suárez en la Moncloa, el interlocutor de los empresarios fue el exministro Silva Muñoz. Y, finalmente, unos días más tarde, la reunión fue con José María Gil Robles, el histórico jefe de la CEDA durante la Segunda República.
 
El perfil político de los interlocutores que tuvo en aquellos días uno de los antecedentes históricos de CEOE refleja la posición ideológica de algunos empresarios de aquellos días, entre los que se encontraba el incombustible José Antonio Segurado. El empresario José Melía, incluso, llegó a quejarse en público de la actitud del ministro de Relaciones Sindicales de Suárez, Enrique de la Mata. Melía acusó al Gobierno de ser “tolerante con CCOO y UGT y excesivamente crítico con los empresarios”.
 
El hecho de que Suárez no fuera bien visto por élite de la patronal explica que desde Moncloa se favoreciera la implantación de la Confederación Empresarial Española (CEE) como representante de los empresarios ante la Organización Sindical. Y su líder no era otro que el marchante de cuadros Agustín Rodríguez Sahagún, pariente muy lejano de Adolfo Suárez pero que llegó al Gobierno de la mano de Fernando Abril-Martorell, con quien había negociado con anterioridad. Félix Mansilla, uno de los históricos líderes de la CEOE, llegó a decir del exalcalde de Madrid: “Todos pensábamos que Agustín era un infiltrado del Gobierno y la banca”.
 
No lo era. Pero lo que era cierto es que las relaciones del Gobierno que salió de las elecciones del 15 de junio de 1977 con la recién constituida CEOE eran malas tirando a muy malas. Suárez nunca tragó a Ferrer Salat, y tampoco su sucesor, Leopoldo Calvo-Sotelo, quien en sus Memorias habla de él como un arribista, un pretencioso burgués catalán: “Su éxito grande animó en él una ambición política, y me atrevo a pensar que desde ella empezó a ver a los gobiernos de UCD como unos competidores a los que convenía batir y, por tanto, como unos adversarios”, escribió el expresidente del Gobierno, poco dado a excesos dialécticos.
 
Ferrer Salat no tenía mejor opinión de Suárez. En la CEOE decían que se expresaba con la retórica del “izquierdismo falangista”. En palabras del presidente de los empresarios, “la formación de Adolfo Suárez era falangista y él se consideraba a la izquierda del partido socialista”. Incluso se llegó a acusar de “cobardía moral” al gabinete porque se achicaba ante las presiones de los sindicatos y oposición marxista (el PSOE todavía no había abandonado sus señas de identidad clásicas). El empresario Max Mazín, en la misma línea, decía que “la política socialdemócrata del gobierno se debía al complejo falangista” (sic).
 
¿Y por qué tanta animadversión? En el memorial de agravios de la patronal se encontraba grabado a fuego un año: 1978, cuando entró en vigor el nuevo IRPF diseñado por el equipo económico de Suárez. A los responsables de Hacienda (Fuentes Quintana y Fernández Ordóñez) no se les ocurrió otra cosa que publicar la lista de los mayores contribuyentes. O acaudalados, como se prefiera. Y tras conocerse aquel listado (75 españoles declararon unas rentas superiores a 1.000 millones de pesetas), los empresarios pusieron el grito en el cielo.
 
No fue la única vez. En la CEOE cayó a plomo el hecho de que el primer gran discurso de Suárez estaba deshuesado de economía. Lo que le preocupaba a Suárez era la política y no tenía tiempo para resolver las cuitas de los empresarios. Lo que le ocupaba, por el contrario, eran los pactos sociales con los sindicatos y los partidos de izquierda con capacidad de movilizar la calle. Y eso que contaba con Abril-Martorell, el puente que le unió con los empresarios en ese lugar que llamaban jocosamente ‘la tasca’ (Jockey), donde se reunía el vicepresidente con Juan Manuel de Mingo y los que en realidad mandaban en el país.