REFLEXIONES
Carta abierta a mis compatriotas
La situación de la Argentina me preocupa. Más allá que con el tiempo todo tiene solución; vivimos un presente de una conflictividad enorme. Los tiempos más cercanos son oscuros. Me permití, como simple ciudadano, acercar algunas reflexiones que pretendo compartir con cualquier compatriota que tenga ganas leerlas.
20 de octubre de 2012 - 00:00
por JORGE HÉCTOR SANTOS
Twitter: @santosjorgeh
Web: santosjorgeh.blogspot.com.ar
Youtube: JorgeHectorSantos
CIUDAD DE BUENOS AIRES (Especial para Urgente24). Soy un argentino más, pertenezco a esa Argentina que dio posibilidades a sus hijos de progresar, la famosa movilidad social, origen de la clase media.
Lo hice con la ayuda de mis padres, qienes quisieron -como casi todos- que su hijo fuera más que lo que ellos lograron.
Estudié en la escuela y en la universidad del Estado.
Trabajé para mantener mis estudios, ayudar en mi casa.
Eran tiempos en los había, y sobraba trabajo.
Viví un país de democracias pasajeras, gobiernos militares y un ciclo de democracia que se abrió con la llegada al poder de Ricardo Alfonsín.
Tuve la suerte de no envidiar, sí de admirar, eso me ayudó a crecer.
Nunca odié, sentí siempre que ese sentimiento es detestable, de seres pequeños.
Preferí apartarme de aquellos que odian, que odiarlos.
Tuve la suerte de poder trabajar en el exterior. Lo hice para un grupo empresario argentino ya desaparecido; como tantas otras empresas en el derrotero de un país errático en sus políticas de Estado.
Asimismo, por trabajo, tuve la oportunidad de hacer varios viajes por países que nunca pensaba conocer.
Viajar te hace aprender cómo se vive en el mundo más evolucionado. Ese mundo que hoy se ha globalizado a través de la tecnología.
Me di cuenta que en los países que viven una verdadera democracia, nadie la menciona, al revés de lo que ocurre con recurrencia en nuestra tierra.
Me enseñaron que el Estado es mío y de todos los habitantes del país; que con los impuestos lo financiamos, y que se lo damos a administrar a los gobiernos compuestos por servidores públicos, del Presidente hacia abajo.
A esta altura de mi vida creo que la corrupción es el principal problema argentino. Justo el inconveniente que la ciudadanía en su conjunto, tal como muestran las encuestas, no privilegia.
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Es como que la gente no se diera cuenta que le roban dineros propios. Podríamos llamarla la “inseguridad de Estado”.
Al no ubicar a la corrupción en el lugar que le corresponde, el pueblo -al que pertenezco- ha permitido que inescrupulosos funcionarios públicos en los 3 poderes del Estado se hayan enriquecido descaradamente y con total impunidad.
Como consecuencia directa de los dineros robados circulamos por rutas obsoletas, somos transportados como ganado, carecemos de hospitales dignos, sufrimos con fuerzas de seguridad mal pagas, aceptamos una educación estatal degradada; la lista es inmensa.
A causa del maldito flagelo del cohecho podemos ver, entre otras cosas, cómo un diputado elegido para representar a quienes le entregaron su voto, cambia de bancada y aterriza en una diametralmente opuesta; o cómo un juez hace dormir una causa por sospecha de corrupción que involucra a un funcionario público hasta que la caducidad llegue y nadie sea imputado, procesado, condenado o absuelto.
Con argumentos falaces o inapropiados los gobernantes han permitido que se rompan las más elementales normas de convivencia social.
No llego a entender cómo en un país rico en alimentos, haya niños y familias enteras que pasen hambre.
Me resulta repulsivo que los pobres, en lugar de ser rescatados de esa situación, sean convertidos en una clase social permeable y básica para que a través del clientelismo apaguen la sed de poder de inescrupulosos que pretenden llegar a manejar las riendas del país, de una provincia o de un municipio.
Similar reacción me producen aquellos que enarbolando la bandera de los derechos humanos los utilizan a favor de unos desbalanceando los de otros. Esta discriminación genera resentimiento y abierta injusticia.
No concibo que de la forma más obvia no se respeten las reglas que imponen las leyes y hasta la Carta Magna.
Todo huele a trampa.
La gente desconfía de todo.
La verdad ha sido reemplazada por el relato.
La historia se acomoda a la ficción que le conviene al gobernante.
Las cifras del balance de nuestro Estado son adulteradas por el administrador circunstancial, el gobernante.
El país -nuestra empresa- parece no ser nuestra y habérsela quedado el gestor que elegimos.
Ese gestor se ocupa de apoderarse de lo que le queda, y aún no es suyo, para lograr la suma del poder; mientras se despreocupa de los temas que nos acosan como la inseguridad, la inflación, el desempleo, etc.
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Quien ejerce el poder, el que debe conducir el destino nuestro y de nuestros hijos; nos ha dividido y enfrentado.
Los hijos obedientes al discurso oficial son premiados y aplauden; los otros son ignorados y marchan para ser escuchados.
La discrepancia ha sido censurada en los hechos.
El periodismo tradicional, el que critica, el que no aplaude -el único que debería existir- está amenazado, perseguido.
Periodistas han renunciado al ejercicio legal de su profesión para pasar a militar. Han resignado su dignidad presente y empeñado su futuro; no les importa.
Con nuestros dineros hasta se llega a subsidiar indirectamente a los barrabravas por medio del “Fútbol para Todos”; mientras los que trabajaron toda su vida perciben una jubilación tan miserable que hasta un preso militante llega a cobrar más.
La justicia se ha convertido en un bien tan escaso que nadie cree en ella.
El Congreso es una farsa.
La oposición es una lágrima.
La dirigencia empresarial y la sindical se acomodan, de acuerdo a las circunstancias.
Un gobierno democrático genera miedo.
¡Qué absurdo!
Tan absurdo como habernos acostumbrado a que no hay jornada en que no exista una muerte producto de la delincuencia.
Todo esto sucede, después de años de crecimiento formidable.
Los países vecinos no pueden entender cómo estamos viviendo de esta forma.
Sin embargo, una buena parte de los argentinos defienden este presente como un modelo a defender con uñas y dientes; mientras otra buena parte de argentinos pretenden que el gobierno atienda la problemática que carcome la vida.
Quienes defienden el modelo sienten afinidad y hasta hermandad con Hugo Chávez; los otros temen que nos convirtamos en Venezuela.
El mundo en su inmensa mayoría, ni aún los gobernantes que se abrazan con Hugo Chávez, comulgan con su cercenamiento de libertades ni sus prácticas totalitarias.
Es muy difícil nuestro presente.
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Leyes, como la de Servicios de Comunicación Audiovisual, no pueden ser hechas para castigar a alguien en particular.
Las consecuencias de ello, de aplicarse, serían nefastas para lo que queda de una democracia decadente.
El 90% a 95% de los medios de comunicación quedarían en manos del gobierno.
El monopolio del relato habrá vencido. La Argentina, por el contrario, habrá perdido.
Esto es malo, aún para los que piensan que el modelo es exitoso.
Nadie puede ir de contramano en el mundo.
La fragata Libertad es un ejemplo palpable y cercano.
Algunos errores, los más trascendentes, los pagaremos todos sin división alguna.








