POLÉMICA

Videla y la preocupante hipocresía de Ernesto Sanz

Ricardo Balbín no solamente dialogaba con Jorge Rafael Videla sino también con Emilio Eduardo Massera, en los días previos al golpe de Estado de 1976. Y no solamente Balbín sino muchos dirigentes políticos, aunque a Ernesto Sanz, al parecer, le sorprende tomar conocimiento de semejante obviedad.

por EDGAR MAINHARD

 
 
CIUDAD DE BUENOS AIRES (Urgente24). Al senador nacional Ernesto Sanz (Mendoza-UCR) le queda holgado el traje de líder político que él reivindica para sí, con el apoyo de algunas grandes empresas.
 
De acuerdo a Sanz, Jorge Rafael Videla "sigue teniendo la perversidad del '76" al afirmar que puso en conocimiento de Ricardo Balbín la acción que realizarían días después las 3 fuerzas armadas, y que recibió un consentimiento del por entonces líder de la Unión Cívica Radical, tal como ahora lo es Sanz.
 
La reacción de Sanz -quien el 09/12/2010 cumplió 54 años pero en marzo de 1976 contaba con 16 años y parece que no se interiorizaba de los acontecimientos- no contempla algunos conceptos indispensables de considerar al evaluar los acontecimientos previos al autodenominado Proceso de Reorganización Nacional:
 
> el golpe de Estado fue cívico-militar, no solamente militar;
 
> el golpe de Estado fue solicitado por una apreciable mayoría de los dirigentes políticos de entonces (basta con revisar la prensa gráfica a partir del denominado 'Rodrigazo' hasta 1976);
 
> el golpe de Estado arribó al poder con cierto consenso civil que iba mucho más allá de José Alfredo Martínez de Hoz, Jaime Perriaux, Horacio García Belsunce, Carlos Dietl, Juan Alemann, Guillermo Walter Klein, Ricardo Yofre, Armando Braun Menéndez y Alejandro Estrada, entre otros. De lo contrario no podría explicarse todo lo ocurrido en aquel 1976.
 
Porque se trataba de actores institucionales, porque había una sociedad en enorme tensión, porque se trataba de personajes con intensa vida social, la UCR mantenía un vínculo frecuente e intenso con sectores del Ejército (y también con Emilio Eduardo Massera, jefe de la Armada). Y eso ocurría también en otros partidos políticos.
 
La sociedad argentina dialogaba sobre la inminencia del golpe de Estado desde las fiestas de fin de año de 1975 (el 23/12/1975 ocurrió el conmocionante y sangriento fallido asalto del Ejército Revolucionario del Pueblo al Batallón Depósito de Arsenales 601 Domingo Viejobueno, en Monte Chingolo, Lanús, provincia de Buenos Aires, la última acción de envergadura de parte del ERP). 
 
Entonces, ¿cómo no dialogarían sobre los acontecimientos próximos el jefe del Estado Mayor del Ejército y el líder del principal partido de oposición?
 
Es más: Videla buscaba apoyo civil para las acciones militares, y es tan ridículo suponer que él o Massera ocultaron a Balbín algunos conceptos básicos del plan de operaciones, como que Balbín los ignoraba.

Influyentes afiliados a la UCR (desde Ricardo Yofre, subsecretario general de la Presidencia luego con Videla, hasta Enrique Vanoli, Antonio Troccoli y muchos otros) frecuentaban a militares porque estaban preocupados por la anarquía que imperaba, tal como ocurría con dirigentes del PJ (Ángel Federico Robledo, por ejemplo), del Partido Federal y otras fuerzas políticas influyentes por entonces.

 
No hay constancia histórica que Balbín hubiera solicitado a los militares que no concretaran el golpe de Estado. No hay evidencia en las declaraciones públicas de Balbín, previas al golpe de Estado, en las que él reclamara a viva voz la continuidad de María Estela Martínez de Perón. Curiosamente sí lo hay de parte de Álvaro Alsogaray, y del pequeño Partido Comunista Revolucionario o sea el maoismo.
 
No hay perversidad en el relato de Videla sino un relato histórico al que Sanz puede aportar en vez de negar. Los días finales del gobierno de la viuda de Juan Perón fueron un desastre por la inflación que avanzaba -y provocaba desabastecimiento-, y por la violencia política con la que colaboraban FAR Montoneros, ERP, la Triple A, el Comando de Organización y otras organizaciones irregulares que se disputaban el control de la calle. Muchos ciudadanos creían que la intervención de los militares traería orden, un concepto que es muy apreciado en circunstancias caóticas.
 
Sí hay una insoportable ignorancia o una perversidad temeraria en Sanz al afirmar que Balbín no le brindó su aval a Videla sin brindar pruebas de ello. Por lo menos Videla puede hablar de una cena y de una persona que organizó el ágape. ¿Cuál es la fuente de Sanz?
 
En verdad, Sanz acepta dar por válido el relato histórico del kirchnerismo transversal (ex Montoneros, ex ERP, etc.), que omite que la población civil optaba por los militares y no por las guerrillas urbanas o rurales. Esa construcción apunta a intentar obviar una cuestión fundamental: por qué la opinión pública le dio la espalda a Montoneros, ERP, etc. (y hasta colaboró en las delaciones, circunstancia muy trágica para la propia sociedad).
 
Sanz debería haber dado el inicio de un necesario debate acerca de acontecimientos que conocen miles de argentinos, y que inevitablemente ocurrirá en los meses venideros, y en particular cuando los Kirchner sean historia, proceso que, tal como ya se sabe, ha comenzado.
 
No es cierto que el golpe de Estado fuese inevitable, pero nadie ofreció un soporte de autoridad política-institucional alternativa. Y fue inaceptable que la Junta Militar se hiciera cargo del Estado sin un cronograma de recuperación de las instituciones democráticas (llamado a elecciones), en especial cuando en 1977 tanto ERP como Montoneros estaban desarticulados.
 
Por supuesto que fue horroroso

> la utilización de la tortura sistemática sobre los prisioneros,

> la detención ilegal de personas, la desaparición forzada y

> la utilización de delincuentes comunes en la represión a cargo del Estado.

 
Pero precisamente por eso es que cabe utilizar la Teoría de los 2 Demonios para explicar aquellos años de fuerte enfrentamiento interno, en vez de la idea de un único actor de la tragedia argentina.
 
Cuando las organizaciones armadas irregulares se negaron a dejar las armas y desafiaron a Juan Perón, aún desde 1973, quedó el germen de una insurrección que proponía que el Estado argentino se asemejara al de Cuba, contra la opinión de la mayoría de la sociedad civil que, sin embargo, creía que la situación no desbordaría, tal como sí ocurrió más adelante.
 
Entre 1973 y 1976 ocurrió un enfrentamiento interno sangriento dentro del peronismo, y a la vez entre el Estado y fuerzas irregulares, y es menospreciar a Balbín afirmar que él tuvo una visión pasatista del problema e ignoraba la gravedad de los acontecimientos.
 
Sanz perdió su oportunidad de reclamar una crónica profunda y verídica de los acontecimientos, y demostrar que puede tener una dimensión superior a Ricardo Alfonsín o Julio Sanz.
 
No solamente Balbín le pidió a Videla que "cuanto antes" se desencadenaran los acontecimientos que pasaban por el relevo de María Estela Martínez de Perón y "evitar así una larga agonía a la República".
 
La reacción de la UCR inmediatamente después del golpe de Estado no es compatible con el desmentido de Sanz, vale la pensa destacarlo. 
 
Por último, es tan grave seguir aferrados al pasado como no lograr organizar un relato histórico adecuado de ese pasado. En cualquier caso, persiste una enorme imposibilidad de reconciliación de la sociedad argentina, y ese debería haber resultado el nudo del pensamiento de Sanz.

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