El pequeño pueblo vasco de Guetaria en la costa cántabra española, puede presumir de haber sido cuna de dos hombres de talla universal: Juan Sebastián Elcano y Cristóbal Balenciaga.
El sentido de la medida, la sobriedad, el rigor, el perfeccionismo, la maestría en suma de la obra del mejor modisto español de la historia es algo que remite al mejor espíritu de superación de los vascos. Él llevó con orgullo y naturalidad esa bandera en su camino triunfal por la moda europea del siglo 20. Por su fuerza y su influencia se le llegó a llamar 'El Emperador'.
El verdadero Balenciaga era un ser reservado, exigente consigo mismo y defensor a ultranza de la elegancia moral, única base de la que puede surgir la elegancia de porte, que diferencia a unas mujeres de otras.
Las suyas tenían esa luz especial que les permitía brillar con aura propia. Dicen en el 'milieu' de la moda, que cuando una mujer entraba en un lugar vestida por Balenciaga, "il n'y avait plus de femmes". O sea que las opacaba a todas.
"Su 1ra. prueba equivalía a la 3ra. de cualquier otro modista", resumía la condesa Mona Bismarck; una de sus clientas más asiduas y una de las que más sufrió por su retiro en 1968: estuvo 3s días enteros sin querer salir de su casa en señal de duelo.
160 piezas en total se muestran en esta exposición que se ha convertido en el must de la temporada en París. Y de ellas, más de 20 provienen de los archivos de la Fundación Mona Bismarck, mujer cuya vida social exigía una elección clara de su estilo de vestir.
Y como ella, mujeres singulares de la sociedad española como Sonsoles Llanzol, marquesa de Llanzol y actualmente directiva de la Fundación Balenciaga de Guetaria de donde también han salido preciosos vestidos para la muestra. Así, su traje de novia de 1967, de depuradísima realización que despide al espectador ocasional con perfección casi mística.
La relación de Balenciaga con su trabajo rozaba en efecto la mística. El espíritu religioso. Ningún esfuerzo era vano para conseguir que la aparición de una mujer vestida por él, fuera algo inolvidable.
El gotha de la elegancia internacional del siglo 20 se rindió a su espíritu. El sólo les pedía 'naturalidad'. Como si llevar esos vestidos que escondían tanta técnica y tanta precisión de corte detrás, fuera lo más natural del mundo.
Mucho más atractiva que la belleza misma. Eso pedía Balenciaga a sus clientas. Que se movieran con gracia, como si flotaran en sus vestidos con una cierta inconciencia incluso, del asombro que creaban a su paso.
Con gracia natural. "Toda mujer que va de elegante por la vida, siempre tiene algo de antipático", dijo con determinación.
Para revelar esa gracia, el taller de Balenciaga contaba con unas claves desarrolladas tras mucho estudio por él. Claves que la secuencia de esta exposición revela con gran inteligencia.
En los trajes de noche se observa la insistencia de Balenciaga de drapear el busto o bien coserle pinzas para reducir su volumen y dar gracilidad al cuerpo. Las caderas también quedan 'difuminadas' por los pliegues que surgen como cascadas desde la cintura. El resultado es una esbeltez total del cuerpo. Un volumen longilíneo que ignora cómo es el cuerpo en realidad para imponer el sabio patrón del vestido.
Las mangas Balenciaga son siempre tres cuartos, para que se puedan lucir los brazaletes. Él pensaba que de las articulaciones del cuerpo la de la muñeca era una de las más bonitas y merecedora de ser mostrada.
Y los cortes enigmáticos. Un vestido de Balenciaga, sea de noche o sastre, hay que recorrerlo con mirada circular. Hay que dar varias vueltas alrededor de él para captar su realización y comprender su efecto tan majestuoso.
Esa majestuosidad, precisamente, ese señorío de su trabajo, jugó en su contra cuando el espíritu informal y desinhibido de los años 60 se impuso en las revistas, escaparates y calles.
Preguntado sobre por qué no se lanzaba él mismo a hacer 'prêt-à-porter', Balenciaga contestó con orgullo muy español: "Yo, no me prostituyo".
Reflexionando posteriormente, porque tenía un gran aprecio por Courreges, Paco Rabanne, Ungaro o Givenchy que triunfaban entonces y que habían salido de su taller, Balenciaga matizó: "Me hubiera gustado que estos tiempos me cogieran más joven, yo hubiera hecho un prêt-à-porter que no tuviera nada que envidiar a la Alta Costura, pero me encuentro mayor y perteneciente a otra generación de espíritu".
Los años '40 y '50 fueron suyos. De la década de los '60, y como Chanel, deploraba la minifalda. Chanel decía que la minifalda era sale sucia; Balenciaga lamentaba la falta de pudor y que las mujeres no sabían sentarse con ella, porque la rodilla, además, era una articulación fea.
Y para demostrar que su 'prêt-à-porter' habría sido, en efecto, digno y con clase, Balenciaga se despidió en su última colección y con 'gesto torero' con una minifalda que hizo la portada de Vogue por su belleza: tejida en cigaline de bucol con caída de gasa muselina y efecto flou, su minifalda se pega a la piel con un vuelo que no descubre nada cuando la dama se sienta. Parece más bien la falda de una bailarina dueña de su cuerpo y de su andar. Dueña de sí misma.
Ahí queda eso. Y ahí está en la exposición. Descifrando que lo que la obra de Balenciaga permitió a las mujeres fue ser un poco más dueñas de sí mismas, mientras estuvieran vestidas por él. Sentirse semidiosas.
Tocar el cielo de la elegancia y la distinción.
Impresiones
Silvia Tcherassi es una especialista en moda en general y sobre Balanciaga opinó:
> "Lo que más me gusta es la modernidad de sus vestidos de noche y de fiesta. Son totalmente actuales. Parecen no tener fecha. Vestidos que trascienden a su época. Y eso 'en moda' es lo más difícil de lograr. Lo más duro es superar el paso del tiempo".
> "Los sastres y los abrigos, reflejan más su época. Aunque estos abrigos 'saco', por ejemplo, o trapecio estarán completamente de moda este invierno. Pero los tejidos que usa para los sastres y abrigos tienen un aire muy 'pesado'. Ahora ya no gustan esos tejidos. Se pide mucha más ligereza a tejidos y cortes".
> "Me encanta como trata el encaje directamente sobre el cuerpo. Es maravilloso y exige una gran técnica. Su actual discípulo Nicolas Ghesquière, del que también vemos interesantísimos vestidos en esta exposición, ha logrado continuar con esta técnica y por ello son tan valorados sus sastres de encaje o sus vestidos de encaje pegados al cuerpo que tienen un gran efecto visual. Y son modernísimos, además".
> "Me parece maravilloso el vestido de novia que cierra la exposición, y que despide con gran minimalismo la obra de un modisto para quien los efectos especiales de la Alta Costura no tenían ningún secreto".
> "Hay vestidos de Oscar de la Renta que me recuerdan muchísimo a éstos".
Balenciaga: "Yo no me prostituyo"
Los secretos del maestro Cristóbal Balenciaga quedaron descubiertos en una Exposición en el Museo de las Artes de la Moda, en París, que durará hasta el 28 de enero del 2007.
24 de septiembre de 2006 - 00:00







