Excelente el documental que anoche difundió HBO Ole acerca de las memorias del general canadiense Romeo Dallaire y sus recuerdos de las matanzas en Ruanda.
En 1994, Dallaire -quien ahora publicó un libro con su experiencia en aquel conflicto- aceptó liderar la misión de paz que organizó la ONU porque quería saber cómo eran las operaciones militares luego de la Guerra Fría. Hacia el final del documental, cuando Dallaire regresa a Ruanda luego de las matanzas y habla en la universidad de la capital Kigali, él realiza una admirable sintesis de lo ocurrido:
> En Ruanda vivían negros, no blancos; cuando los negros se matan entre ellos, para los países centrales resulta una suerte de un control de natalidad.
> Ruanda no tenía historia mientras que en esos días Yugoslavia se desangraba en la Guerra de los Balcanes, y Occidente decidió concentrarse en el conflicto entre Bosnia, Croacia y los otros, que enfrentaba a las religiones y culturas más importantes, básicamente católicos y musulmanes.
> Yugoslavia se encuentra en Europa y Ruanda se encuentra en África.
Por lo tanto, la ONU envió sus fuerzas a la ex Yugoslavia y se olvidó de Ruanda. Sin duda, uno de los más extraordinarios fracasos de la ONU y de los países que integraban el Consejo de Seguridad en aquellos días.
De todos modos el gran rencor de Dallaire es con el gobierno de Bélgica y con la Iglesia Católica Apostólica Romana.
> Con los belgas, porque ellos actuaron en forma cobarde y retiraron sus 5.000 efectivos, dejando a su suerte a los canadienses. Los belgas nunca se caracterizaron por ser valientes y probablemente por su historia en el Congo, decidieron replegarse aún sabiendo que su salida provocaría miles de asesinatos.
> Con la Iglesia Católica porque es la religión predominante en Ruanda, su jerarquía tenía / tiene un peso relevante, pero jamás intervino cuando era evidente que se marchaba hacia una matanza; nunca ejerció presión concreta, por ejemplo advirtiendo a los hutu que era pecado matar a los tutsies.
Holocausto
En estos días, el Tribunal Penal Internacional enjuicia a 23 responsables de lo ocurrido en Ruanda:
> J. Bicamumpaka;
> Edouard Karemera,
> Justin Mugenzi,
> T. Bagosora,
> Idelphonse Hategekimana,
> Gratien Kabiligi,
> Alphonse Nteziryayo,
> Aloys Ntabakuze, y otros.
Pero, ¿son ellos los únicos responsables de la masacre de 800.000 tutsis, y que 3 millones de refugiados y heridos vagaran por los senderos de la región mientras los cadáveres flotaban en los ríos y en el lago Victoria?
'J’ai serré la main du diable' (Yo he estrechado la mano del diablo) es el libro de 700 páginas (el original tenía 2.000 páginas pero se decidió reducirlo) donde Dallaire cuenta aquel horror 2.000 páginas.
Ruanda es un país pequeño, de elevada densidad demográfica y relieve ondulado, situado en la región de los Grandes Lagos, en el África oriental. Una violencia intermitente y de apariencia étnica afecta el país desde finales de la época colonial hasta la actualidad.
Aunque los agentes directos de las matanzas y enfrentamientos han sido y son ruandeses, la influencia de potencias exteriores se ha hecho notar en muchas ocasiones y especialmente en el episodio más grave, el genocidio de 1994. Algunos hitos en la historia de Ruanda:
1884
Llegada de los primeros alemanes al país. En el reparto colonial que se hizo de África en el Congreso de Berlín (1884-1885), a Alemania le correspondió Ruanda pero el país no tenía recursos atractivos y Alemania se desentendió.
1919
Bélgica se hace cargo de Ruanda. Demoró en hacerse presente, y cuando lo hizo apeló a la monarquía tradicional tutsi.
1931
Inicio de la conversión masiva al catolicismo que desde los años '50 trabajó en especial con los hutu.
1957
Publicación del 'Manifeste des Bahutus", en el que 9 intelectuales tutsi, apoyados por la Iglesia Católica, denunciaron el dominio tutsi.
1959
Rebelión de los campesinos hutu contra los tutsi. Matanza de tutsi y de vacas. Los tutsi emigran masivamente a Uganda, Congo, Tanganika y Burundi.
1961
Referendum de abolición de la monarquia tutsi.
1962
Independencia y gobierno hutu.
1963
Invasión de tutsi exiliados, que causan estragos en los poblados. El ejército hutu organiza una venganza y mata a machete a entre 20.000 y 50.000 tutsi.
1972
Los hutu de Burundi, dominados por los tutsi (es una situación contraria a la ruandesa) se rebelan y organizan una matanza de tutsi, que se vengan con una masacre todavía mayor. Muchos hutu huyen a Ruanda, pero no hay infraestructura para acoger a 1 millón de personas.
1973
En Ruanda, radicalización del régimen político, y otra oleada migratoria de tutsi. Habyarimana da un golpe de Estado e instaura una dictadura de partido único, contra los tutsi y los hutu rebeldes.
1986
Los tutsi exiliados fundan el FPR, Frente Patriótico de Ruanda.
1987
Hundimiento del precio del café, lo que provoca una gravísima situación económica en Ruanda.
1988-1989
Sequía.
1990
Los soldados del FPR entran en Ruanda. El presidente Habyarimana reclama y obtiene ayuda militar masiva de Francia. El FPR no puede entrar en Kigali, pero se inicia un largo período de enfrentamientos, que durará hasta 1994. Ambos bandos atacan a la población civil.
1992
El embajador de Bélgica en Ruanda toma nota de la existencia de un "estado mayor secreto encargado del exterminio de los tutsis, con la finalidad de resolver definitivamente el problema étnico en Ruanda y de aplastar a la oposición interna hutu" (documento oficial). Sin embargo, Bélgica no tomas las prevenciones del caso.
1993
Una misión de la ONU sustituye a las tropas francesas presentes desde 1990. Golpe de estado tutsi en Burundi.
1994
6 de abril. Un misil de origen desconocido, pero disparado por radicales hutus, destroza el avión presidencial a su retorno de Arusha. Inicio del genocidio (del que apenas hay imágenes). Los muertos llegarán a 800.000 y los desplazados a 1 millón.El FPR pone en jaque a las tropas del Gobierno. Francia, Bèlgica e Italia desplazan soldados para evacuar a sus ciudadanos pero se niegan a socorrer a los ruandeses amenazados. La ONU retira a sus tropas.
El genocidio comenzó el 6 de abril. El 7 los extremistas hutus torturaron y asesinaron a 10 soldados belgas de las fuerzas de paz de la ONU. Una semana más tarde Bélgica retiró sus tropas. Los soldados belgas dijeron haber sido obligados a actuar como cobardes y a salir humillados. En señal de protesta, a su salida desgarraron sus boinas azules en la pista del aeropuerto de Kigali.
Una semana después el general Dallaire seguía insistiendo en que con un contingente de 5.000 y un mandato claro todavía estaba a tiempo de parar las masacres. Hasta hoy nadie ha podido discrepar con esa opinión y son muchos los expertos militares que han confirmado esa aseveración. Sin embargo, Dallaire y sus hombres, ante la falta de compromiso por parte de sus superiores en New York, se vieron esencialmente obligados a quedarse de brazos cruzados mientras el genocidio tenía lugar a su alrededor.
23 de junio, inicio de la operación "Turquoise", de iniciativa francesa y encaminada a ocultar ciertas pruebas comprometedoras acerca de su tolerancia para con el genocidio.
4 de julio, el FPR entra en Kigali.
5 de julio, Francia crea una 'Zona humanitaria segura' donde se refugian 400.000 personas. Inicio del éxode masivo de hutus, entre los que se encuentran los dirigentes del genocidio; durante el verano, el cólera les provocará 30.000 muertos.
1995
Tribunal Penal Internacional para Ruanda en La Haya. Como venganza, el ejército -ahora tutsi- ataca a civiles hutus; decenas de miles de muertos; incluso asesinan a unos 4.000 desplazados instalados en el campo de KIbeho
1996
El gobierno de Ruanda organiza acciones de desestabilización en la región oriental. Los ataques del ejército ruandés a los campos de refugiados hutus en Zaire fuerzan a retornar a miles de hutus, entre quienes se ocultan muchos genocidas.
1997
El retorno de los refugiados influye en el incremento de las acciones de las guerrillas hutus. La respuesta del ejército es muy dura. 22 acusados de genocidio son ejecutados en público
1998
La guerra civil se agrava. Kofi Annan y Bill Clinton reconocen el error cometido en 1994, cuando dejaron que ocurriese la matanza.
1999
Los ejércitos de Ruanda y Uganda se enfrentan como resultado de desacuerdos referentes al botín de la guerra del Congo.
2002
Firma de acuerdos de paz -no muy sólidos- en Congo; consiguiente expulsión de refugiados hutus, en condiciones deplorables.
La desesperanza
El papel de los países ocidentales en el conflicto ruandés ha sido y es muy marcado. Bélgica, potencia colonial, optó desde el principio de su dominio por privilegiar a la minoría tutsi y convertirla en élite.
También la Iglesia Católica ubicó a los tutsi por sobre los hutus. Gérard Prunier califica el papel de Francia de "catalizador" del genocidio.
USA, aliado del actual gobierno tutsi de Ruanda, patrocinó el desembarco de ese país, junto con Burundi y Uganda, en la guerra de rapiña que ocurrió en la República Democrática del Congo.
En la región abunda la intolerancia cultural y racial, lo que provoca el autoritarismo y la violencia irracional.
La incompatibilidad más importante consiste en la decisión de las élites de hutus y tutsis de no compartir el poder, de disponer en exclusiva de las riendas políticas del país y de las prebendas que de ello derivan.
Luego, la posesión de la tierra -un bien escaso en días de crecimiento demográfico- enfrentó a ambas comunidades, agricultora una, pastoril la otra.
En la base del conflicto actual -explicó McCallum en 1995- se encuentra el miedo de los tutsis a ser exterminados y el miedo de los hutus a ser explotados.
La situación en 1994 fue marcada por la angustia económica: el campesinado fue ahogado por falta de tierras y una pobreza creciente. La densidad de población en las tierras útiles llegó a 380 habitantes por Km2.
Para entonces, la jerarquía católica se dividió entre los que apoyaban sin fisuras al gobierno de los hutus radicales vs. quienes intentaban proteger a las víctimas con fortuna desigual. En ese caso debió existir una directiva del Vaticano o de la autoridad regional, pero no la hubo.
La depresión
Al regresar de Ruanda, Roméo Dallaire enfermó de tal modo que durante años permanecióo como un zombi. Intentó suicidarse varias veces. Y odiaba el silencio, que se le llenaba de cuerpos mutilados y mujeres violadas. Finalmente escribió su libro.
Lo primero que aparece en su libro es la sorpresa que le produjo entrar en el departamento de operaciones de Naciones Unidas para mantener la paz, en Nueva York, la DOMP. Era una oficina donde nada funcionaba, sin un lugar donde poder trabajar.
Llegó a Ruanda, en octubre de 1993, con un mapa turístico del país que le dieron en la ONU, y al mando de una misión que desde el principio consideró insuficiente para el trabajo ques debía realizar.
¿Por qué aceptó tanta rebaja como se le fue imponiendo?
"De pronto me encontré con un problema moral entre las manos".
¿Por qué no renunció cuando los belgas se habían retirado y era evidente que había comenzado un genocidio?
Él dice que porque como militar no debía abandonar su posición. ¿Valentía o candidez? Probablemente todo a la vez.
Él visitaba y hablaba con esos políticos ruandeses que luego mutarían en genocidas.
"Resulta que los partidarios de la línea dura, dentro de los hutus, entre quienes había gente del Gobierno provisional y del Ejército, habían comprendido muy bien que Occidente estaba obsesionado por Yugoslavia y por la reducción de sus fuerzas militares en misiones internacionales; que no querían implicarse en el centro de África. Puede que los extremistas nos tomaran, a mí incluido, por unos imbéciles. Yo podía suponer que Occidente no quería consagrar muchos recursos para asegurarse un papel de policía planetario, pero ellos tenían la certeza de que era así. Nos conocían mejor que nosotros a ellos. Cuando se llevaron a 10 soldados belgas, acusándoles falsamente de haber derribado el avión presidencial, y los mataron, yo me pregunté cómo reaccionaría la comunidad internacional, si me daría más apoyo para detener la locura que iba a desencadenarse o si, como en Somalia, la ONU utilizaría esas muertes como excusa para huir. Ellos, en cambio, sabían que los belgas se retirarían unilateralmente del país y que eso iba a ser un factor determinante para el resto de mi misión. Los mismos oficiales belgas no entendían por qué les sacaban del país cuando más necesarios eran. Ése es el momento que los radicales ruandeses están esperando para iniciar la masacre".
-¿Por qué los extremistas hutus sabían antes que usted lo que la ONU decidía? -pregunta el documental de HBO.
-Tenían su propio embajador en Naciones Unidas. Como la representación de los países se hace por rotación, su embajador estaba por casualidad en el consejo en ese momento. O sea, que recibían todas las informaciones sobre las negociaciones, las discusiones, tenían acceso a todo lo que pasaba. Pero lo peor es que cuando el consejo se dio cuenta de que se estaba produciendo una destrucción masiva de seres humanos, no echaron al embajador que representaba a los extremistas; lo dejaron seguir en su puesto. A pesar de que varios representantes querían que se fuera, los peces gordos se negaron para no sentar un precedente... Ni siquiera para detener un genocidio se quería sentar un precedente. Ruanda seguía siendo un país soberano, aunque se violara, se exterminara y se cometieran crímenes contra la humanidad.
En Naciones Unidas rechazaron una y otra vez todas las propuestas de Dallaire de actuar, con el argumento de que los ruandeses deben ser dueños de su futuro. Pamplinas. El derecho a la autodeterminación de los pueblos tiene un límite. La ONU lo sabe. Y no hizo nada como tampoco lo hizo cuando Saddam Hussein mataba a los kurdos, y la no intervención en ese momento llevó más tarde a la tragedia presente.
Dallaire pidió permiso para decir que la ONU apoyaba a los moderados de las dos etnias, tutsis y hutus, pero le contestan que ni hablar, que era una injerencia interna.
El Consejo de Seguridad decía que no había que intervenir cuando en Ruanda había asesores franceses, belgas, alemanes.
El jefe del movimiento FPR, de los tutsis, le reveló a Dallaire que su ejército estuvo a punto de ganar la guerra contra los hutus, pero que las tropas francesas lo impidieron.
La política exterior francesa es, tradicionalmente, una porquería. Terminan mereciéndose lo que tienen. Llámese Aguas Argentinas, por ejemplo.
Los que podían intervenir, después de la derrota de los estadounidenses en Somalia, donde hubo 18 muertos, decidieron que abandonaban la misión. Si no había un valor estratégico en un país –por su situación geográfica o sus recursos, como diamantes o petróleo–, no intervendrían.
Y los países de media potencia, que no tienen capacidad estratégica (Bélgica), dijeron que el riesgo era demasiado grande y decidieron dejar las cosas como estaban.
-Así entendí que el negro africano, por sí mismo, no tiene ningún valor para las grandes potencias. Ahora vemos que tienen misiones los británicos en Sierra Leona y los franceses en Costa de Marfil. Pero el Congo está en plena destrucción y nadie quiere intervenir.
-Pero si no les interesaba, ¿por qué los franceses impedían que ganaran la guerra los tutsis?
-Los franceses se mueven en la zona por la llamada 'francophonie', por el orgullo de controlar. E invariablemente ayudan a los hutus. Enseguida comprobé asombrado que tanto franceses como belgas y alemanes tenían allí consejeros a docenas. Ellos sí sabían lo que pasaba, pero ninguno proporcionaba a la ONU, es decir, a mí, su representante., la información que poseían. Y al mismo tiempo, esos países que estaban en el Consejo de Seguridad tampoco dejaban a la ONU, a mí, montar mi propia unidad de información, porque, decían, el mandato no contemplaba eso. Incluso cuando tuve constancia de que se pasaban armas de contrabando a través de la frontera de Uganda y pedí permiso para buscarlas, me contestaron que no.
-Kofi Annan estaba al mando, junto a otros 2, era un triunvirato, de la organización de la ONU para la Paz. ¿Qué opinión le mereció Annan?
-Yo ni salvo ni condeno. Me limito a contar lo que sucedió. Lo que vi.
-La masacre, los asesinatos de tutsis con machete, comienza en marzo de 1993. Entonces empieza a actuar lo que usted llama ‘Tercera Fuerza’. ¿Qué es la ‘Tercera Fuerza’?
-Sí, y aparecen los cadáveres flotando en los ríos y en el lago Victoria. Desde Burundi, donde había habido un golpe de Estado, llegaban miles de refugiados; 300.000 en unos días. La Tercera Fuerza no es algo que se improvisa o que surge de modo espontáneo. Fue organizada durante meses. El partido hutu, extremista, estuvo entrenando a grupos de jóvenes desde hacía tiempo. No es algo que surge. Se trata de un método, de un plan ideado para exterminar a los tutsis. Son escuadrones de la muerte a los que enseñan el uso de armas y la forma de asesinar. Todo está organizado, los espías extremistas están infiltrados en la armada gubernamental, en las fuerzas de la ONU. Mientras, la radio lleva emitiendo mensajes racistas durante meses. Sólo se espera una señal para empezar a matar a los tutsis y los hutus moderados.
-De todas las atrocidades que vio, ¿cuáles le han perseguido más después?
-Las escenas de violaciones. Les introducían palos y botellas que rompían; les cortaban los pechos. Todas esas escenas con mujeres, para mí, con mi cultura, me parecían lo peor que se puede imaginar. Aún muertas, veía en los ojos de esas mujeres el horror y el sufrimiento, la indignidad que habían padecido. Muchas veces mataban a los niños delante de sus padres, les cortaban las extremidades y los órganos genitales, y les dejaban desangrarse. Luego también mataban a los padres. Había gente que pagaba para que les pegaran un tiro en vez de ser matados con machete. Pagar por cómo morir...
-Ud. cuenta en su libro algo sorprendente: que algunos extremistas que dirigían las masacres se habían educado en Occidente. ¿Para qué sirve, entonces, la educación?
-El extremista, o el africano que está en la estructura política de élite, es una persona muy bien educada, estudia en las mismas escuelas que nosotros y conoce muy bien la política internacional, cómo llevar su país, cómo manipular los medios de comunicación. Están extraordinariamente bien formados intelectualmente. El problema es cómo se les puede inculcar el sentido del humanismo, el respeto de los derechos humanos... Por ejemplo, uno de los jefes de los extremistas estaba en Canadá durante las crisis entre Quebec y Canadá, y pudo ver cómo actuábamos nosotros. Simplemente con la educación no se puede garantizar que toda su historia y su pasado se eliminen. Pero hay que trabajar en ese sentido. El hijo de Habyarimana (jefe extremista hutu) estaba en el colegio con mi hijo en Quebec, en 1994.
-Usted es de Quebec, pero después de haber visto lo sucedido en Ruanda ha dejado de ser nacionalista.
-Lo que impide que la humanidad avance es la soberanía y el nacionalismo. Porque la soberanía ha sido lo que los países han utilizado para no acabar con los regímenes autoritarios. En nombre de la soberanía, usándola como excusa, se puede justificar el racismo y se hacen cosas espantosas. El nacionalismo es una espada que corta por los dos lados. Es bueno para dar ánimos a los ciudadanos, para enaltecer, pero cuando se utiliza como arma política se identifican las diferencias que aseguran que la gente es diferente y que deben defender esa diferencia. Y en este contexto la humanidad no avanza. El racismo no es otra cosa que considerar que hay seres humanos que no son tan humanos como nosotros, lo cual significa que no somos todos iguales. Yo lo que digo es que somos todos iguales.
-Una de las personas que peor quedan retratadas en su libro es el enviado personal del entonces secretario general de Naciones Unidas, Butros Butros-Gali.
-Se cruzó de brazos, no actuó ni me dejó hacerlo. Decía que no había que comprometer el proceso político. Incluso llegó a cambiar uno de mis informes y a escribir que todo progresaba, lenta pero constantemente.
-¿Cuánto costó que la ONU aceptara denominar genocidio lo que ocurría en Ruanda?
-Los norteamericanos fueron los que se opusieron con más fuerza. Se negaban a que se usara ese término. Yo me preguntaba qué diferencia había entre lo que estaba ocurriendo allí y lo que hicieron los nazis en Alemania. No podía entender que después de que los occidentales dijeran tantas veces que eso no podía volver a pasar ocurriera de nuevo. Por lo visto, nos estábamos refiriendo a los blancos, pero no a los negros. La ONG OXFAM fue la primera en usar la palabra genocidio. Yo lo consulté a Nueva York, y nadie me respondió jamás. Pero nunca pude imaginar la controversia que iba a producirse por ese motivo. A mí siempre me pareció la palabra exacta y comencé a usarla.
El genocidio ruandés es la prueba de la incapacidad de la humanidad para atender a la llamada de un pueblo en peligro. La ONU sólo es un símbolo de que la comunidad internacional ha fracasado, de que no tiene la voluntad política ni los medios materiales necesarios para impedir la tragedia. Pero las potencias mundiales desgraciadamente no han cambiado desde Ruanda.
-¿Cómo fue su vida después de Ruanda?
-Regresé a Canadá, me hicieron comandante adjunto del Ejército, di muchas conferencias sobre Ruanda. Después de unos años empecé a decaer, necesitaba dormir. Estaba lleno de imágenes de Ruanda y en 1998 me sentía completamente aplastado. Fui a testificar, pero cuando regresé estaba tan cansado emocionalmente que no pude trabajar durante seis meses. Después volví a trabajar. Los médicos, al cabo de un año, dijeron que no avanzaba en mi terapia porque estaba todavía demasiado implicado con Ruanda y que mi objetivo era suicidarme trabajando. No podía ir al dormitorio porque el silencio era enorme y me resultaba insoportable; me quedaba en mi trabajo. En casa me caía de cansancio en el sofá, pero necesitaba siempre mucho ruido a mi alrededor. Todas aquellas imágenes me venían a la mente. En abril de 2000 me licenciaron de las fuerzas armadas.
-Creo que pensó en el suicidio.
-Lo intenté varias veces. Y si no lo conseguí fue porque no me dejaron solo. Siempre venía alguien. Sufría de una herida que siempre ha estado considerada como no honorable. Una herida en el brazo es honorable, pero una herida en la cabeza, entre las orejas, no lo es; en las estructuras militares se es valiente o se es cobarde. No se entiende el traumatismo que daña el cerebro y que nos imposibilita para continuar porque hemos perdido la confianza, la capacidad de concentración, porque no podemos seguir. Ha sucedido en todas las guerras. Y hay que ocuparse de esos soldados heridos. A nosotros, en Canadá, se nos considera como veteranos heridos igual que a los que han perdido un brazo, y recibimos compensaciones y tratamientos. Pero hemos luchado ocho años para lograr ese derecho.
-General, ¿usted sabe por qué mataban con machete y no con balazos? Un escritor y periodista polaco, Kapuscinski, cuenta en uno de sus libros, ‘Ébano’, que lo del machete se hacía para que todo el mundo estuviera involucrado en el crimen, con las manos manchadas de sangre...
-Creo que eso es un poco de imaginación. Los extremistas asustaban a las personas a través de la radio, la radio era la voz de Dios, y la voz de Dios les decía que mataran con el machete, porque las balas son muy caras y las reservaban para luchar. Los machetes venían de China. No distribuyeron armas de fuego hasta un mes antes del principio de la guerra. La gente allí es muy hábil con el machete; es un instrumento de la agricultura. Les pareció la solución ideal. Así que usaban el machete o un palo pequeño con algo así (dibuja un pequeño pico) en el extremo, que sirve para excavar en la tierra, y los clavaban en la cabeza y abrían los cráneos.
El fracaso internacional para ayudar a Sierra Leona es un ejemplo indignante de racismo y de ignorancia de las lecciones recibidas en Ruanda. Sigo viendo a los Cinco Permanentes (USA, Gran Bretaña, Francia, China y Rusia) manejando el show desde fuera del Consejo de Seguridad. La dimensión moral no es necesariamente lo que predomina a la hora de tomar las grandes decisiones. Lo que domina es el interés propio y la aversión al riesgo.
A mediados de mayo de 1994, tras una atroz torpeza inicial, las Naciones Unidas descubrieron que, con una mínima muestra de resolución, los tigres como Foday Sankoh, del Frente Unido Revolucionario, resultaban ser de papel.
¿Que fue lo que cambio? Que Tony Blair envió 700 paracaidistas, una flotilla de aviones de ataque Harrier y 600 números de la fuerza naval. Que el presidente nigeriano Olusegun Obasanjo amenazó con enviar dos batallones de sus bien preparadas tropas. Que Canadá se ofreciera a transportar fuerzas de paz de la India y Bangladesh: Dallaire sabía de lo que hablaba cuando pedía permiso para intervenir antes de que comenzara el conflicto. El conflicto cedió.
El académico canadiense Gerald Caplan, miembro del panel de 7 que ha publicado un informe preparado a petición de la Organización de la Unidad Africana, le pidió al general no culparse de los acontecimientos. "Se flagela por un fracaso sobre el que no tuvo control alguno -decía Caplan- cuando en realidad es el único héroe internacional en todo este triste escándalo y alguien que intentó hacer todo lo que pudo por evitar el genocidio".
El informe concluye que un reducido número de actores pudo haber impedido, detenido o reducido la matanza: Francia en Ruanda; USA en el Consejo de Seguridad; Bélgica, cuyos soldados sabían que podían salvar innumerables víctimas de haber permanecido en el país pero no lo hicieron; y los líderes católicos de Ruanda.
Ruanda, la lección más terrible que la Humanidad no aprendió
La ONU es un organismo inoperante. Es inútil. Francia y USA tienen un rol lamentable. El Consejo de Seguridad no existe. Bélgica es un país cobarde. La Iglesia Católica tiene, a veces, una hipocresía lamentable. Son las lecciones de Ruanda.
14 de junio de 2006 - 00:00








